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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

sábado, 3 de marzo de 2018

120 Battements par Minute

“Le SIDA c'est moi, le SIDA c'est toi, le SIDA c'est nou”

Desde el año 2010, se ha producido un aumento del 84% en el número de personas que tienen acceso al tratamiento anti-retrovírico para El VIH.
No obstante, es muy preocupante que, tanto a comienzos del nuevo siglo como en los pasados años, las infecciones de SIDA también se hayan incrementado exponencialmente.
Los afectados en Europa Oriental y Asia Central, aumentaron en un 30% entre el año 2000 y el 2014, y el número de muertes asociadas a esta enfermedad pasó a multiplicarse por 3.
Estas cifras requieren una acción inmediata, sobre todo cuando la única explicación plausible a esta situación, reside en que las nuevas generaciones no recuerdan el estado de pánico sufrido entre los años 80 y 90.
ACT UP, en español: “Pórtate mal”, es el acrónimo de la AIDS Coalition to Unleash Power o “Coalición del SIDA para desatar el poder”, es un grupo de acción directa fundado en 1987 para llamar la atención sobre la pandemia de SIDA y la gente que la padecía, con objeto de conseguir legislaciones favorables, promover la investigación científica y la asistencia a los enfermos, hasta conseguir todas las políticas necesarias para alcanzar el fin de la enfermedad.
ACT UP se fundó en marzo de 1987, en el centro para la comunicad lésbica, gay, bisexual y transgénero de New York; y se organizó como una red anarquista y sin líderes; pero en la práctica no era ni puramente anarquista ni democrática, y otros admiten que de hecho, algunos miembros eran capaces de comunicar e imponer sus ideas con mayor efectividad que los demás.
Este modelo se ha extendido esencialmente en el mundo occidental, de New York a Filadelfia, Basilea… en Francia, a París y Toulouse.
ACT UP PARÍS fue creado el 26 de Junio de 1989, aprovechando La Marcha del Orgullo Gay que se celebraba, y en la que 15 activistas representaron el primer “die-in”, una protesta consistente en simular cuerpos muertos sobre la calzada.
En sus camisetas, se podía ver el lema:
“Silence=Death” es decir, “Silencio=Muerte”, y el triángulo rosa, distintivo impuesto sobre los hombres homosexuales deportados en La Segunda Guerra Mundial, aunque dado la vuelta con la punta hacia arriba, que expresaba su determinación a imponer una dura oposición a la epidemia que acabó con la vida de miles de homosexuales.
En ese momento ACT UP PARÍS nació, replicando el modelo de su homónimo de New York, fundado en 1987.
Los orígenes del ACT UP surgen del resentimiento hacia el “establishment” médico, político y religioso, cuya pasividad y prejuicios fueron y continúan siendo la fuente de este desastre humano.
La misma ira es la que conduce a aquellos quienes fueron obligados a luchar contra el silencio, y hacerse así mismos visibles; por tanto, el punto era hacer a los enfermos visibles, hacer la enfermedad visible, y no permitir más que las instituciones decidieran su destino; esto es ACT UP PARÍS:
No más figuras borrosas, no más testimonios anónimos, no más representaciones desencarnadas.
Como ACT UP NEW YORK, ACT UP PARÍS aglutina a todas aquellas voces de los afectados por el VIH positivo, usando una poderosa cultura visual, utilizando eslóganes precisos e imágenes simbólicas en eventos con gran difusión; donde cada asociación disfruta de una autonomía total, y se caracteriza por un cierto número de técnicas activistas relativas, tanto para la visibilidad de la lucha como para la forma en que el colectivo opera internamente, pues la toma de decisiones son por consenso.
Los objetivos de ACT UP en general, consisten en alertar a los medios sobre la epidemia del SIDA, presionar a figuras políticas para mejorar la imagen y el cuidado de los pacientes, sea cual sea su género, su sexualidad o su inclusión en la democracia representativa:
Drogadictos, presos, inmigrantes ilegales, prostitutas; siguiendo el modelo estadounidense de Los Principios de Denver, para compartir, transmitir, reanudar y reinvertir en lo real, el conocimiento de los pacientes.
ACT UP es también un grupo con una fuerte identidad colectiva homosexual-seropositivo, pero abierto a múltiples identidades.
Sus activistas, provienen de todas las categorías de la población que se ven afectadas por la epidemia, lo que hace de este grupo, un movimiento político que uno realmente puede designar como “queer” en la medida en que se define solo por su carácter oposicionista:
Emmanuelle Cosse, Presidente de ACT UP desde 1999 hasta 2001 dijo al respecto:
“Más allá de la ira de ACT UP, siempre ha habido una denuncia de la norma, de lo que debería decidir qué es lo correcto, qué está mal, si nuestras vidas son las correctas o no”
Además, las vidas de millones de personas que viven con el VIH en todo el mundo, están amenazadas por el costo del tratamiento y la falta de medicamentos genéricos.
ACT UP PARÍS, esencialmente trabaja presentando eventos cuidadosamente elegidos, y trabajando cuidadosamente en la construcción de símbolos y su comunicación:
El triángulo rosa invertido, la colocación de un condón gigante en el obelisco de La Concordia, tirar bolsas de sangre falsa, etc.
Sus “teatralizaciones” son parte de un proceso continuo para forjar una identidad gay en acción, mientras se desafía la forma en que se desarrolló, para las personas homosexuales en un momento en que el estigma de la enfermedad estaba vinculado a los de una sexualidad desviada.
Los “golpes” de los activistas consisten en hacerse notar, que llaman “zaps”, para denunciar lo que la asociación juzga como una injusticia.
Hay motivos recurrentes, como el uso de sangre falsa, que simboliza para ACT UP, la denuncia de la responsabilidad de una organización o la personalidad “zapée”, según sus términos, en la muerte de los enfermos o víctimas de la minoría  discriminada.
ACT UP, también usa el “die-in” que es “tirarse al suelo” para simular las muertes por SIDA.
Su modo de expresión, el uso de la desobediencia ilegal y civil, es regularmente objeto de controversia debido a la perturbación del orden público.
“Savoir = Pouvoir”
120 Battements par Minute es un drama francés, del año 2017, dirigido por Robin Campillo.
Protagonizado por Nahuel Pérez Biscayart, Adèle Haenel, Yves Heck, Arnaud Valois, Emmanuel Ménard, Antoine Reinartz, Ariel Borenstein, François Rabette, entre otros.
El guión es de Robin Campillo y Philippe Mangeot; que aborda el tema de la epidemia del SIDA durante los años 90, siguiendo a una pareja de un grupo de ACT UP PARÍS, activistas en la lucha contra El SIDA, que a modo de “guerrilla” dedican sus esfuerzos a luchar por dar visibilidad, y lograr una mayor implicación del gobierno y de las farmacéuticas.
El director, Robin Campillo, coescribió el guión y se describió a sí mismo como “un militante de ACT UP en los años 90”, lo que significa que no tuvo que llevar a cabo ninguna otra investigación sobre cómo retratar con precisión la experiencia.
Una escena, también se basó en su experiencia con la epidemia del SIDA, cuando dijo:
“He llegado a vestir a un joven cuando murió”; mientras el coguionista, Philippe Mangeot, también participó en ACT UP; así, el espectador será invitado a compartir con los personajes la ira, la fiebre y hasta el sudor; y la cinta funciona tanto como film-denuncia, como a modo de advertencia en una sociedad pronta a la amnesia colectiva, pues el problema sigue vigente, ya que habla sobre todo de la necesidad de la acción, algo que en términos políticos, culturales, humanos en definitiva, es tan necesario hoy como en aquellos tiempos aciagos en que el virus sembró la muerte y el miedo.
120 Battements par Minute incluye acciones, temas de debate, y personalidades de ACT UP, pero sigue siendo un trabajo de ficción, sin embargo, la hace una rara e invalorable visión no estadounidense de la crisis mundial de salud que diezmó, entre otros, a la comunidad gay en la sombra inminente del siglo XXI.
120 Battements par Minute ganó El Gran Premio del Jurado en El Festival Internacional de Cine de Cannes; ganador de 6 premios de 13 nominaciones al César del Cine Francés, incluyendo Mejor Película, Mejor Guión Original y Mejor Actor de Reparto (Antoine Reinartz); y candidata para representar a Francia en los Premios Oscar.
En Cannes, Campillo explicó su decisión de seguir adelante con la dirección de la película, y dijo:
“120 Battements par Minute es sobre todo una película que quería hacer donde la fuerza de las palabras se transforma en momentos de acción pura, que nos muestra una situación en la que El SIDA se silenciaba y se ocultaba.
Ese silencio creaba más muertes, ya que no había campañas de prevención públicas, y mucho menos para personas homosexuales, prostitutas, toxicómanos o personas en la cárcel”
Por ello, en la película vemos la complejidad de la lucha de este colectivo, que se enfrentaba al estigma, al Estado y a las grandes farmacéuticas; y el espíritu que los hace seguir ebrios de vida, pese a estar rodeados de tanto dolor y muerte.
Y es que uno podría ver como paradójico, que los miembros de ACT UP no cambien su actitud festiva pese a la muerte de sus compañeros, pero lo entiendo cómo un mecanismo de resistencia, ante un hecho frente al cual, no quieren sentirse derrotados.
Pero la muerte terminará por imponerse, y 120 Battements par Minute es también un Réquiem.
La filmación comenzó en 2016, en París; y una pequeña parte de la película fue filmada en el antiguo hospital de La Source en Orléans-la-Source; y otra en la escuela secundaria Camille-Sée, en el distrito 15 de París.
También en Parrot Street, en el distrito 12 de París, no lejos de la Gare de Lyon; y fue cerrado el tráfico para permitir el rodaje de escenas con cientos de extras que encarnan las tropas de los activistas de ACT UP PARÍS.
La acción toma lugar en Francia, a principios de los años 90.
La vida cotidiana para la comunidad gay estaba condicionada por el miedo:
Miedo al rechazo, al desprecio, y al SIDA.
Esta enfermedad representa una plaga letal que se ceba especialmente con la población homosexual; y para responder a esta situación, nace en París, ACT UP, un grupo de activistas que, utilizando métodos de guerrilla, dedica sus esfuerzos a luchar por dar visibilidad, y lograr una mayor implicación del gobierno y de las farmacéuticas en la lucha contra El SIDA.
Claro que, dentro de esta asociación, descubriremos los desacuerdos entre algunos de sus miembros, ya que hay quienes no están de acuerdo en forzar los límites y radicalizarse; por lo que la historia se puede dividir en 2 partes:
La primera, un fresco de una época en la que poco se sabía, y poco se quería informar sobre esa enfermedad que, como una maldición gitana, venía a cambiar las costumbres sexuales.
Se ve la mecánica, las personalidades y orígenes diferentes de los activistas, pues hay gays, lesbianas, hemofílicos, transgéneros; y el carácter de las intervenciones colectivas.
Luego se va haciendo más personal, centrándose en Sean Dalmazo (Nahuel Pérez Biscayart), uno de los miembros más activos.
Es un joven que a su vez es Seropositivo debido a que fue contagiado años atrás, cuando tenía 16 años, al llegar a Francia, por su profesor de matemáticas, quien contrajo relaciones sexuales con él, sin saber las consecuencias.
Más tarde, Sean conoce a un joven llamado Nathan (Arnaud Valois)
Es el nuevo integrante de los miembros de ACT UP, y llega a la asociación junto a 3 amigos más, y luego surge una relación con Sean; pero Nathan se quedará sorprendido ante la radicalidad y energía de Sean, que gasta su último aliento en la lucha.
Ambos, formarán una relación, y deciden cuidarse uno al otro hasta que uno de ellos se le acaba el tiempo…
Otros personajes son:
Sophie (Adèle Haenel), una joven miembro de ACT UP, que a su vez se convierte en la mayor vocalista de la asociación; ella es la amiga más cercana de Sean, aunque en la primera parte de la película, ambos actúan como rivales.
Thibault (Antoine Reinartz), es el líder principal de ACT UP, y rival de la mayoría de los miembros, debido a grandes diferencias de pensamientos.
Jérémie (Ariel Borenstein), es uno de los nuevos miembros de ACT UP, a quien le queda poco tiempo de vida... y después de su muerte, los demás integrantes utilizan su fotografía para realizar marchas y protestas en la calle.
La madre de Sean (Saadia Ben Taieb), aparece casi al final de la película, acompañando a Sean en sus últimos días; y Hélène (Catherine Vinatier) es la madre de Marco, una mujer que colabora con la asociación; pues su hijo, Marco (Théophile Ray), es el miembro más joven de ACT UP, que con tan solo 16 años, contrae el virus del SIDA por error, por sangre contaminada...
La historia irá alternando las protestas y eventos relacionados con la agrupación ACT UP PARÍS, que se nos presentan de forma cuasi documental, donde lo que importa son las palabras y el aprovechamiento del tiempo para las personas que pelean por tener un día más, con la relación que comienzan a desarrollar estos individuos.
Porque seguir viviendo, enamorarse, salir y convivir, es también parte de la lucha.
Si bien, la cinta nos muestra el período histórico correspondiente a la etapa inicial, donde se sabía poco o nada de la enfermedad, se nos expone que algunas cosas no cambiaron demasiado, y siguen siendo parte del prejuicio social y la falta de políticas por parte del Estado.
La película vale sus 2horas y 23 minutos exactos, porque nos mete en el ese recinto donde el grupo pasa sus momentos de logística para implementar sus actividades, hasta llegar a conocer a algunos de los miembros del grupo, de manera calmada, sin estridencias ni situaciones forzosas; al tiempo que vemos cómo se van involucrando en una sociedad hipócrita, despreocupada, desinformada, y antipática.
La historia no solo pone el dedo en la llaga en el gobierno y en las farmacéuticas, sino también en los métodos y actitudes de los activistas, pero si algo debemos tener en cuenta en todo el metraje, es el reloj, el reloj biológico infectado de esos jóvenes que enfermos, se niegan a morir, denunciando que no reciben la ayuda que necesitan.
Llama poderosamente la atención, la falta de seriedad de la misma juventud que está expuesta al virus, porque “no soy gay” o “eso no me va a pasar a mí” entre miles de estupideces que la película inteligentemente remarca; así como la unidad de los afectados, y la lucha desesperada contra el tiempo.
120 Battements par Minute es un ejercicio cinematográfico tanto interesante como necesario; una crónica de un período de la historia que muestra, cómo un grupo de personas logran hacerle frente a la indiferencia, día a día, minuto a minuto, los 120 latidos a la vez del título, que es la frecuencia cardíaca media.
“Ignorance is your enemy.
Knowledge is your weapon”
A veces, el cine no solo nos cuenta historias, sino que busca trascender, y hacernos reflexionar, atravesar por distintas emociones y/o presentarnos una idea que surge de la mente del autor. 
En un ejercicio de sincero e inteligente cine social, 120 Battements par Minute dinamita la habitual mirada reduccionista hacia la causa sobre El SIDA, a través de su transparencia y de su vocación de dar voz sin matices, mostrando cómo en ACT UP, tenían cabida desde jóvenes infectados de VIH a madres que luchaban por sus hijos, o amigos que solo querían ayudar.
Entre la cuenta atrás para los más afectados, y la ausencia absoluta de respuestas, el director Robin Campillo trata de personalizar este drama gracias a una relación de amor surgida en el seno del grupo activista.
Será a través de su devenir, cómo la historia transitará hacia su vertiente más emocional, buscando transmitir el miedo que debían de respirar sus personajes, pero sin olvidar que cada segundo debería de ser una celebración de la propia existencia.
Con François Mitterrand todavía en el poder, ya a principios de los 90, una asociación lucha por dar visibilidad, y lograr una mayor implicación gubernamental en la plaga del SIDA.
Asistimos a sus periódicas reuniones, y a sus intervenciones con métodos de guerrilla, como asaltar los laboratorios que ocultan los resultados de sus investigaciones, y dejarlos manchados de sangre falsa.
De lo general pasaremos poco a poco a lo particular, para centrarnos en la historia de amor, trágica por supuesto, entre 2 de los miembros de la asociación.
Todo inicia a principios de esa década de 1990, con un grupo de activistas del VIH/SIDA, asociados con la agrupación ACT UP, que luchan por llevar a cabo acciones para luchar contra la epidemia del SIDA.
Mientras que el gobierno francés ha declarado su intención de apoyar a los enfermos de VIH/SIDA, ACT UP organiza protestas públicas contra su lento ritmo, acusando al gobierno de censurar y minimizar la lucha contra la enfermedad.
Todo estalla cuando la compañía farmacéutica, Melton Pharm, anuncia sus planes de revelar los resultados de su prueba de VIH en una importante conferencia farmacéutica al año siguiente; por lo que ACT UP invade sus oficinas con sangre falsa, y exige que se publiquen los resultados de su prueba de inmediato.
Mientras ACT UP avanza con sus protestas públicas, sus miembros debaten ferozmente la estrategia del grupo, con objetivos conflictivos de teatralidad y persuasión, con estéticas conflictivas de positividad y miseria.
Y es que ACT UP se esfuerza por planificar un desfile del Orgullo Gay más efectivo que en años anteriores, lamentando la atmósfera deprimente y “zombie” que la epidemia del SIDA había creado; y pronto surgen los conflictos internos de un grupo que se dividía entre los “positivos” y los “negativos”
La intensidad y la metodología que seguirán en cada una de las manifestaciones, se convierte en el gran punto discordante de la asociación.
Los espectadores se debatirán entre las 2 posturas a las que aferrarse, pues si bien habrá quienes condenen la violencia como actitud injustificable en cualquier protesta, lo cierto es que se entenderán muy bien sus argumentos, y la apremiante urgencia de su discurso.
Por su parte, Melton Pharm exigía tiempo y paciencia a un grupo de gente que veía como sus compañeros fallecían a diario de una forma espantosa, completamente desfigurados.
La película cambia gradualmente de la historia política de ACT UP, a las historias personales de sus miembros, presagiando sucesos posteriores, como cuando Jérémie, un joven con SIDA positivo en el grupo, ve que su salud se deteriora rápidamente.
Según sus deseos, el grupo desfila en las calles después de su muerte, poniendo su nombre y rostro en las filas de las víctimas del SIDA.
Todo cambia cuando un recién llegado, gay y VIH negativo, Nathan, comienza a enamorarse del veterano seropositivo, Sean.
Nathan y Sean, se involucran sexualmente, pero Sean ya está mostrando signos de la progresión de la enfermedad; por lo que Nathan se preocupa por Sean mientras ambos discuten sus historias sexuales.
Cuando Sean es llevado al departamento de Nathan para recibir cuidados paliativos, Nathan lo eutanasia, y ACT UP realiza un velorio en su casa.
Al final, y según los deseos de Sean, invaden una conferencia de seguro médico, rociando sus cenizas sobre los asistentes a la conferencia y su comida.
Las líneas políticas se exponen convincentemente en el primer ítem de discusión de la película, las consecuencias de una intervención discutible en el escenario en una conferencia farmacéutica, donde la organizadora, Sophie encuentra sus planes para la protesta pacífica, iluminado por globos de agua llenos de sangre falsa, secuestrado por el manejo espontáneo de Sean, y esposando al conferencista clave de la noche.
¿Qué cuenta como violencia, y qué tan cerca puedes llegar a impactar a las corporaciones complacientes para tomar acción?
Esto se convierte en el principal argumento en las reuniones semanales del grupo, ya que Sean y otros cuya salud, como la suya, está en rápido declive, temen que literalmente no tengan tiempo para tácticas más diplomáticas de Sophie y Thibault.
Así, el tenor del discurso adquiere una verdadera urgencia de materia de vida o muerte, integrando los intereses intelectuales, procedimentales y espirituales de la película en un efecto fascinante:
“Vivir en la política en primera persona”, para pellizcar una frase picante del guión.
Por su parte, Sean y Nathan, y su descripción franca y sensual de la vida sexual comprometida pero aún activa de la pareja, agrega riesgos viscerales y táctiles a la batalla ideológica de ACT UP, pues quieren el derecho no solo a un tratamiento médico y social justo, y no discriminatorio ante el público, sino a amar sin miedo a puertas cerradas.
La pieza central emocional de la película, es una escena sexual extendida, exquisitamente filmada en azul oscuro por la directora de fotografía, Jeanne Lapoirie, en la que el amor de la pareja se funde en “flashbacks” de los encuentros eróticos más fatalmente formativos de cada hombre, una exquisita maraña de extremidades que atraviesan ambos tiempo y trauma interno.
Por lo que 120 Battements par Minute funciona como uno de los avisos más certeros que nuestra olvidadiza sociedad necesita, no sólo por su mensaje, sino también por la acertada estética atemporal que permite asimilar la película de Robin Campillo, al airado grito de protesta contra las farmacéuticas que evidencia, y sobre todo, a un profético y lacerante retrato sobre las devastadoras consecuencias que tendría retomar los malos hábitos pasados, para caer de nuevo en la ignorancia sexual.
Esto se aplica a familias, amigos, colegios, medios de comunicación… el hecho de evadir, por vergüenza, pudor, protección, conservadurismo, ignorancia o cualquier otra excusa moral, un debate impostergable y de urgencia vital como es el de la protección sexual, no evitará que los jóvenes comiencen a interesarse por las relaciones íntimas y el descubrimiento del cuerpo, propio y ajeno, sino que los condenará a una peligrosa exposición a un virus degenerativo que los acompañará hasta el final de sus días.
Robin Campillo, nos otorga por eso un relato puro y duro, donde nos cuenta sin pelos en la lengua, la vida de estos activistas que se ven involucrados en política y en protesta social con el objetivo de informar a las personas de una enfermedad en pleno surgimiento.
A su vez, la cámara tomará un rol privilegiado de testigo, con la cual podrá conocerse más de la intimidad de estas personas, tanto en el plano militante como en el plano social, personal y afectivo.
La primera parte, por hablar de la más interesante, es en gran parte una reconstrucción de las reuniones de aquella asociación:
Todo el mundo espera su turno, nadie corta al otro, y ni siquiera se aplaude, aquí se chasquean los dedos, porque lo que importa son las palabras y aprovechar al máximo el tiempo.
Se trata pues, de un estudio de dinámica de grupo; y la verdad es que puede resultar incluso inspirador en los tiempos que corren, cuando va a ser cada vez más necesario organizarse y reunirse de la forma más ordenadamente posible.
Filmadas con forma de documental, estas reuniones albergan un variado mosaico de personajes que quieren ser tan carismáticos como simbólicos, representantes de un caso o de una posición ideológica.
Pero 120 Battements par Minute va mucho más lejos, pues se llena de dobleces, de matices, algunos de los cuales sólo se descubren avanzado el metraje, y que hacen de ella, una historia profundamente desesperanzadora:
Sean va atando cabos, es valiente y apasionado, pero no imbécil.
No sólo se va dando cuenta de que se enfrenta al hecho de que va a morir, sino que lo hará absolutamente solo.
Nadie, ni las instituciones, ni los médicos o científicos, amigos y colegas, pareja... harán nada por él.
Su vida y el castigo que arrastra por haber amado y confiado, la única culpa de tantos enfermos, serán usados por todos para lograr cada uno sus propios fines:
Los políticos oran para criminalizar a las minorías, las derechas; u oran para presentarse como sus valedores, las izquierdas.
Recordemos el autocomplaciente discurso al inicio y la paga que el gobierno social de Mitterrand le concede pocas horas antes de morir, un gobierno que nunca se enfrentó a las farmacéuticas para exigirles sus avances; y los médicos que cubren el expediente, prescribiendo insufribles tratamientos limitándose a cumplir maquinalmente sus protocolos; y las compañías farmacéuticas que esperan forrarse a costa de la enfermedad y la desesperación...
Pero también “los compañeros” de lucha:
120 Battements par Minute no sólo enseña sin pudor la hipocresía de la sociedad y de las instituciones, sino también, y esto es lo más perturbador, la de los grupos y asociaciones que pretenden luchar contra ello, pero que luego, internamente, reproducen idénticos esquemas de intereses creados:
Las interminables y estériles discusiones por egos, personalismos y liderazgos, por el poder a costa de los demás.
Eso es Thibault, jefe de la asociación ACT UP, uno de tantos que siempre con buenas palabras y gestos oportunos, se acomodan en sus puestos, pero en realidad no quieren cambiar nada, porque se benefician de alguna manera, y viven mejor contra los problemas, que solucionándolos.
Se aseguran así un enemigo, antes que reunir a los demás y dirigirlos, saciando con ello su sed de ambición y protagonismo.
Y por supuesto, la pareja:
El aparentemente abnegado Nathan, no tiene VIH, pero sí sufre otra de las epidemias más destructivas que asola a la sociedad y a la comunidad gay en particular:
El complejo de culpa.
Lo arrastra desde que por egoísmo y cobardía había dejado morir sólo a su anterior pareja.
El director no ha querido, o no ha sabido exponerlo de modo más sutil que con la abierta confesión que hace a Sean; pero desde entonces va quedando claro, que todo lo que hace por él, va encaminado a desquitarse su mala conciencia:
No le importa nada el bienestar de Sean, sino el suyo propio, para lo cual, la enfermedad de Sean le es útil…
Cuando Sean lo entiende, se rinde; ya no se sienta junto a Nathan en las reuniones, ni le devuelve la sonrisa.
En un último gesto de dignidad, Sean echará a Thibault de la sala de hospital, donde éste le hacía “su sentida” visita obligatoria “de rigor”
Luego, mientras Sean se retuerce en una cama de hospital, Nathan, ya satisfecho de sí mismo, se divierte bailando y siente ganas de sexo con otros…
Sólo duerme al lado de Sean una última noche para inyectarle, por compasión o por hartazgo, lo que acabará definitivamente con su vida.
Van llegando “los compañeros”, uno a uno a hacerse la foto:
El primero, Thibault, el más hipócrita.
Nathan lo sabe, pero lejos de decirle que su presencia no es oportuna, le ofrece tener sexo con él esa noche, estando el cadáver de su novio aún caliente y de cuerpo presente.
Thibault está encantado, el muerto al hoyo y el vivo...
Todo el cinismo imaginable queda concentrado en la mirada fija que durante un segundo lanza Nathan al espectador, diciendo:
“Sí, soy un mierda, pero soy humano y voy a lo mío”
El odioso complejo de culpa reaparecerá tras ser follado por Thibault, la culpa siempre sigue al placer, es más cómodo así... y llora, sí, pero que le quiten “lo bailao”
De poco le sirven ya a Sean sus lágrimas…
No es El SIDA, son temas eternos:
La miseria humana, el egoísmo, la ambición, la insolidaridad, las apariencias.
En medio, sólo hay un héroe, que tendrá que pagar muy caro unos pecados que el mundo no perdona:
La ingenuidad y la necesidad de amar y ser amado.
El precio será el dolor, la soledad y la muerte.
Técnicamente, con un hermoso estilo visual, Robin Campillo busca transcribir las emociones de sus personajes a través de registros y colores en la pantalla:
“Quería que sintiéramos que es el mismo flujo en el que surgen las más diversas emociones.
En la etapa final de la enfermedad, este flujo se detiene”, dijo.
Visualmente es merecedora de aplauso, la mezcla de sinergias metafóricas, las transiciones parabólicas, esa mezcla de cadencias con las luces que busca lo ínfimo en la perplejidad del momento, en la muchedumbre insignificante, hace que amemos el detalle específico de cada plano.
Esas imágenes que hacen transiciones de momentos agradables a momentos serios o íntimos, son de una belleza poética pocas veces vista, como por ejemplo, la escena de la discoteca con el momento íntimo de la pareja protagonista, o con el virus mutante… son escenas que siendo poderosas, quedan grabadas por lo bien rodadas que están, así como la banda sonora, con “Smalltown Boy” de Bronski Beat en francés, quedó estupenda.
El estilo de filmación predominantemente sincero y sin matices de Campillo, muestra sin manipulaciones la intención ida, en este caso, un pasaje severo y trascendente de la poesía visual que paga El Sena, con la sangre del innecesario maldito.
El título oblicuo, mientras tanto, se refiere no solo a ritmos cardíacos médicos como monitores de hospitales, sino al ritmo eufórico de la música electrónica que hace sonar las discotecas ocasionales de ACT UP, en las que los temas de amor, muerte e ideología, se pierden brevemente.
La emoción de la pista de baile y las caras iluminadas por estrobos, se desvanecen en motas de polvo, el virus mortal y células sanguíneas.
En una de las escenas más divertidas, la madre de Marco es ridiculizada por sugerir:
“El SIDA soy yo, El SIDA eres tú, El SIDA somos nosotros” como un eslogan de campaña.
Al final, ve de dónde vienen sus críticos:
La película sexy, perspicaz y profundamente humana de Campillo, se mueve sobre todo en esos extáticos interludios en los que, durante unos momentos, El SIDA no es nadie en absoluto.
También, hay una clara posición didáctica del filme, orientada a explicar al espectador sobre la transmisión de esta enfermedad, y sobre el mecanismo de acción de la terapia.
Que sea tan expositiva puede llegar a fatigar, sobre todo porque gran parte del metraje se dedica a detallar las discusiones y polémicas suscitadas en las reuniones semanales del grupo, y a mostrarnos de manera episódica sus estrategias de lucha, que en ocasiones rayan con la violencia.
Pese a eso, hay que destacar el ánimo solidario y el respeto por unas reglas de juego grupales que todos acogen, convencidos del propósito mayor que los convoca:
¡Sobrevivir!
Ahí llega el mensaje político, 120 Battements par Minute es cine social y político; tal vez muy ruidoso y poco sutil para el espectador promedio.
Una cinta que a lo largo de su desarrollo delata la irresponsabilidad de distintos organismos e instituciones que en su momento dejaron morir a cientos de personas por considerarles “ciudadanos de segunda”; y enfrenta a las grandes farmacéuticas de la época, y su ineficiencia en la búsqueda por frenar las muertes que día a día incrementaban de manera exorbitante.
Deja en evidencia el papel que jugaron los medios de comunicación en su omisión de la verdad, y alude a la insensibilidad de los dirigentes políticos de aquellos años, quienes poco se preocuparon por hacer algo verdaderamente útil al respecto.
Es evidente la intención de Campillo, al exponer este tipo de problemáticas ante una generación que pareciera ajena a estas; y aboga por una memoria social, y establece una comunicación con las audiencias jóvenes con una trama cargada de sensibilidad y crudeza.
El francés, quien participó en las manifestaciones de aquellos años en la vida real, muestra un panorama desolador y cruel, no maquilla nada de lo que expone en pantalla, y plantea un historia de amor dentro de un escenario donde pareciera que es lo último que encontrarías.
Y es que la película contiene muchas luchas políticas, como la responsabilidad de los poderes públicos en la lucha contra El SIDA, la necesidad de políticas públicas de prevención dirigidos a grupos marginados:
LGBT, trabajadores sexuales, los extranjeros, los presos, drogadictos, y la educación sexual integral a los menores, el reconocimiento de los pacientes en las empresas como interlocutores legítimos de las farmacéuticas, denunciando las prácticas anti-éticas de estos, o la necesidad de la investigación sobre las interacciones entre los tratamientos y drogas o terapias hormonales.
Para Robin Campillo, su película permite realizar la frase de Sean:
“¡Esto es lo que padecen los pacientes con SIDA, por si nunca lo has visto!”
La película también evoca las contradicciones sin resolver entre ellos, ya que el apoyo de pacientes por sangre contaminada, vuelve a querer enviar a la gente a prisión, en lugar de ver la contaminación misma, donde el acceso a la asistencia es inadecuada.
Una de las principales diferencias que se encontrará en 120 Battements par Minute, en comparación con muchas otras películas prolíficas enfocadas en LGBT, es que esta no es una historia de madurez, y a pesar de que hay un fuerte enfoque en Sean y Nathan, realmente se trata de su comunidad.
Uno que incluye a un niño llamado Marco y su madre, al igual que hay gente sorda, al tiempo que vemos transgéneros, lesbianas, mujeres, hombres, etc.
Todos los cuales no son retratados como del tipo burgués habitual que parecen enojados porque nacieron homosexuales, porque significa que ahora tienen que lidiar con la opresión.
Hay un poco de todos y mientras, para algunos grupos demográficos, como negros, transgéneros o sordos, hay cierta sensación de ser vistos como parte de la conversación que muestra la importancia de esos subgrupos.
Además de mostrar que El SIDA no es un asunto puramente masculino, sino que atraviesa una cultura “queer”; y tal vez una de las mejores cosas de la película, es que no hay víctimas.
Ya sea “poz” o VIH positivo o no, todos se muestran como luchadores.
Ya sea por el hecho de estar informados, y quizás hablar en reuniones de ACT UP o interrumpir una oficina, una presentación o ir a una escuela para impulsar su agenda, que incluye proporcionar información y preservativos.
De cualquier manera que lo mires, mientras haya frustraciones válidas y veamos morir a los personajes, no puedes decir si luchan por ellos mismos, o por los demás, no se balancean.
Una de las cosas que parecen ser parte de la agenda de la película, es dejar en claro que El SIDA no es necesariamente una sentencia de muerte, y que las personas con SIDA aún pueden ser deseables, sexuales y relativamente felices.
Es desafortunada la forma en que Nathan está escrito, porque parece que hay algo raro en él…
No sé si es porque parece fascinado por la popularidad de Sean, o tal vez que él no diga que solía prostituirse, se hace mirar de reojo, pero algo le pareció desagradable a ese chico…
Sin embargo, una vez más, creo que parte de la agenda de la película no se trata solo de mostrar luchadores, un sentido de comunidad, y luego dejar de lado el sexo y el romance.
Quieren que tengas la experiencia completa, escenas de sexo gay y todo, pero también la intimidad de hablar con tu pareja, desnudo o no, además de estar con ellos en sus momentos finales.
Se trata de una película incómoda y polémica, que no da concesión ninguna al espectador.
La polémica no se debe en absoluto al tema del VIH, ni de la homosexualidad, ni la libertad sexual o el activismo.
No es por tanto el tema en sí, sino que Campillo rechaza purificarlo o embellecerlo.
Es una película rodada sobre todo en interiores, con planos imperfectos y poco cuidados, causando cierta claustrofobia en el espectador; como signo de huida del academismo más complaciente para el gran público, incluso cuando la dirección resulta más convencional que revolucionaria.
A excepción de unos planos del mar sin diálogos, que nos conceden una pausa antes del golpe emocional final, únicamente las manifestaciones son rodadas en exteriores, con planos abiertos, cuya grandeza se revelará así doblemente en el público.
Esto cobra sentido en el tramo final, mostrándonos que tras la tragedia, hay una continuación… tal vez con el mismo final…
Una obligación moral que no debe ser destruida por el dolor, pero también una libertad, un derecho al placer y a la felicidad.
Y es que nadie quiere morir, quieren seguir viviendo.
Nos encontramos ante personas discriminadas por su sexualidad, personas enfadadas, personas luchadoras, personas moribundas.
La muerte acecha a muchos de los activistas, ya que el grupo está formado por gente seropositiva y seronegativa.
Los enfermos no tienen más tiempo que perder, exigen que el gobierno se fije en la cruda realidad, que le busque solución a esa enfermedad que los está consumiendo; pero además de la muerte, tenemos el amor.
El amor de una madre que lucha porque su hijo siga con vida, el amor de un amigo que protege con todas sus fuerzas al compañero, el amor de una pareja que lo da todo…
Nos enseña el lado humano de las personas, el lado más frágil.
Las relaciones personales hacen que este problema crezca, le da más dramatismo porque refleja sentimientos humanos, algo que nos puede obligar a empatizar con cada uno de los personajes.
Las relaciones interpersonales entre los protagonistas, Nathan y Sean, no suavizan la enfermedad, sino que resaltan su crueldad en un guión con representación de diversas identidades de género, sexualidades, etnias y culturas.
Del reparto, actores comprometidos con sus personajes, desde la madre que infectó al hijo, hasta la pareja del paciente del filme, que al final, mira a la cámara como diciendo:
“Esto es lo que me espera” o en el peor de los casos:
“Solo necesito tener sexo”
Es una imagen desgarradora, como la parte de las cenizas y el sepelio político… la película tiene muchos puntos para reflexionar como sociedad, como personas, como vecinos, amantes, y amigos.
Casi todos los personajes presentan una historia que desean recorrer mientras hacen su viaje, y ver el trabajo de esta comunidad como un todo, es bastante inspirador; especialmente cuando tomas nota de todas las luchas internas entre las diferentes sectas y las diferentes agendas que impulsan.
Sin embargo, incluso con las luchas internas, el hecho de que estas personas se hayan unido para una causa común, ya sea educando, llamando a los opresores o siendo una especie de grupo de apoyo, es bastante hermoso.
Hay una frase que dice el personaje de Sean, que es importante en un momento dado, y que explica mucho sobre su relación con Nathan:
“Siento haberme cruzado en tu camino”, en pleno momento en que la enfermedad le llevará a la muerte inevitable.
Al hilo de la dedicación de los personajes a La Asociación, a la pregunta de Nathan de a qué se dedica, Sean responde que “es seropositivo”
Desgarrador.
El final de la película indica que a pesar de la muerte de un ser querido, hay que seguir adelante en la lucha por vivir, y con el corazón latiendo.
Pero 120 Battements par Minute no deja muñeco sin cabeza, y reparte bien todas las responsabilidades.
Así como el director Robin Campillo sacó tiempo para describir la vida y el amor, saca tiempo para lamentar la muerte, para hacernos partícipes de esos instantes de dolor, más allá de las palabras.
No es fácil ver morir a alguien, no es sencillo enfrentarse a un cuerpo ya inerte; y Campillo respeta los sentimientos involucrados, y no nos ahorra detalle.
Su franqueza puede quizá incomodar, pero nos habla de fragilidad, de fugacidad, de dejar de asumirnos como eternos; y después, aunque se oiga absurdo, vendrá el amor, la vida, la celebración física, Eros y Tánatos unidos, confundidos, hechos uno solo.
En la vida como en el cine, el reloj sigue.
Por último, la banda sonora compuesta por Arnaud Rebotini, es otro de los puntos altos, y toma un rol preponderante en esos momentos donde los personajes buscan liberar tensiones y relajarse entre cada enfrentamiento frente a los médicos y la industria farmacéutica.
La música contiene extractos musicales, muy bien incluidos, como “Smalltown Boy” de Bronski Beat; y “What About This Love? (Kenlou mix)” de Mr. Fingers.
El título de la película, es también una referencia al house, a lo que Robin Campillo dice:
“Esta música, tanto festiva como preocupada, es un poco como la banda sonora de esta época”
“J'ai habillé un petit ami à sa mort”
Cuando eres obscenamente joven, cuando en la lotería de la vida te ha tocado en suerte jugar con cartas marcadas:
Homofobia, rechazo, incomprensión, odio, indiferencia o un virus letal que a todos inquietaba, pero a nadie le quitaba el sueño; cuando sabes que te quedan pocas semanas o meses de existencia, pese a que la naturaleza no te ha desvelado aún ninguno de sus tesoros o frutos más preciados, tienes la sensación de que el vigor se te escapa sin razón ni motivo, como en un reloj de arena que está a punto de completar su afanoso recorrido imparable.
Y te sientes impotente, rabioso, desquiciado, iracundo y lleno de cólera hacia todos aquellos que juegan a ser grandes estadistas o científicos, pero desconocen la urgencia aniquiladora de lo inexorable.
¿Qué harías?
¡ACTUAR!
Entre 1989 y 1996, ACT UP PARÍS trabajó principalmente en casos de emergencia, para el desarrollo y puesta en el mercado de los tratamientos contra el VIH en Francia, y en los derechos de prevención y minoritarios.
Después de la llegada de la primera terapia triple, la asociación tuvo que adaptar su trabajo a los nuevos retos que la llegada proporciona ahora:
Si los tratamientos están disponibles ahora en Francia, el acceso a la atención no es equitativa y eficaz en todas partes.
En lo que respecta a la prevención, las minorías siguen siendo las más perjudicadas por las pocas campañas dirigidas, especialmente para los migrantes, los presos, las trabajadoras del sexo, los drogadictos, etc.; pero el trabajo en torno a los problemas de prevención, se está intensificando.
“La idea de que la comunidad está compuesta por minorías, más o menos mayor, oscurece una cierta jerarquía de dolor experimentada por el mayor número.
Mi generación enfrentaba el problema cambiando la escala, y adoptando una actitud más pragmática.
Primero abordamos los problemas que afectaban a la mayor cantidad de gente posible.
Los éxitos políticos sirven como un motor para resolver los problemas de las minorías.
Hoy en día, sucede lo contrario.
¡La persona que grita, aplasta a todos los demás porque estamos en una jerarquía de la víctima!”, dijo Didier Lestrade, cofundador de ACT UP en 2008.
Y es que la lucha contra El SIDA se une a ACT UP PARÍS en la política sexual de los homosexuales y la resistencia a la movilización social en torno a múltiples preguntas como raza, género, por la igualdad de derechos LGBT; de pobreza, prisión, drogadicción, fobia al sexo, representaciones periodísticas, reforma del sistema de salud, leyes de inmigración, investigación médica, el poder y la responsabilidad de los expertos o y la industria farmacéutica.
No obstante, tras el estreno de 120 Battements par Minute, el 4 de febrero de 2018, un grupo de manifestantes cristianos con iconos y cantos de iglesias, interrumpió la proyección de la película en El Museo Rumano Campesino de Bucarest.
Mostrando carteles con mensajes nacionalistas y cristianos, los manifestantes afirmaron que “una película con esta trama es inadmisible para ser proyectada, porque es una película sobre homosexuales, y el campesino rumano es ortodoxo cristiano”
Después de media hora de escándalo, la policía sacó a los manifestantes del cine, y los legitimó.
La proyección de 120 Battements par Minute fue parte de una serie de eventos dedicados al mes del colectivo LGBT.
El director, Tudor Giurgiu, partidario de los derechos LGBT y testigo de lo sucedido, criticó en una publicación de Facebook tales manifestaciones, y solicitó medidas de protección en las salas de cine donde se proyectan películas con temas LGBT.
¿Acaso hay una conspiración mundial, entre políticos y religión, para matar personas?

“Soudainement, nos amis sont passés du sourire au grondement dans l'indignation”



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