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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

viernes, 15 de diciembre de 2017

The Killing of a Sacred Deer

“If you had to choose between them, which would you said is the best?”

¿Cuál es el precio de jugar a ser Dios?
Que un día llegará uno de verdad, y te pasará cuentas.
Según el folklore japonés, los ciervos de Nara en los templos de Kasuga y Kōfuku-ji se consideraban sagrados; así que matar a uno de estos ciervos era una ofensa capital, castigada con la muerte hasta el siglo XVII.
En la mitología, Ifigenia en Áulide es una tragedia de Eurípides, datada en el año 409 a.C., y representada en 406 a.C., con posterioridad a la muerte de su autor.
Ifigenia es hija del Rey Agamenón y La Reina Clitemnestra, hermana de Electra, Crisotemis y Orestes; que vengará a su padre luego de La Guerra de Troya.
La obra gira en torno a Agamenón, el líder de la coalición griega, antes y durante aquella guerra; y su decisión de sacrificar a su hija, Ifigenia, para apaciguar a la diosa Artemisa, y permitir que sus tropas zarpen para preservar su honor en la batalla contra Troya.
El suceso ocurrió mientras los griegos estaban reunidos en Áulide; y se dice que Agamenón mató un ciervo que estaba consagrado a Artemisa, y además provocó con palabras irreverentes, la cólera de la diosa, por lo que ésta envió una peste al ejército griego, y produjo una calma absoluta, de forma que los griegos no podían abandonar el puerto por falta de viento.
Cuando afirmaron los videntes, que la ira de la diosa no podría ser aplacada a menos que Ifigenia, la hija de Agamenón, le fuese ofrecida como sacrificio compensatorio, Diomedes y Odiseo, fueron enviados a buscarla al campamento, con el pretexto de que debía desposar a Aquiles.
Ella accedió a acompañarlos, pero en el momento en que iba a ser sacrificada, fue llevada por la propia Artemisa, según otras fuentes, por Aquiles, a Táuride, y otra víctima ocupó su lugar.
Tras esto, cesó la calma, y el ejército partió hacia la costa de Troya.
El conflicto entre Agamenón y Aquiles sobre el destino de la joven, presagia un conflicto similar entre los 2 al comienzo de La Ilíada; y en su descripción de las experiencias de los personajes principales, Eurípides frecuentemente usa ironía trágica para el efecto dramático.
Ifigenia, según otra versión, fue atraída con engaños...
Según otras, se ofreció voluntariamente en sacrificio.
Y según unos, Ifigenia fue perdonada “in extremis” por Artemisa, que la sustituyó por un ciervo o un corzo, transportándola a Táuride en Crimea, donde la convirtió en sacerdotisa.
En Táuride, Ifigenia tenía como misión sacrificar extranjeros como ofrendas a la diosa, siguiendo la pintoresca costumbre local.
La historia se completa con Ifigenia entre Los Tauros
La obra, inspiró la tragedia “Iphigénie” (1674) de Jean Racine, y fue la base de varias óperas en el siglo XVIII, utilizando libretos que derivaban tanto de las versiones de Eurípides como de Racine, y que tenían varias variantes de la trama.
Sin embargo, la ópera más conocida de hoy, es “Iphigénie en Aulide” (1774) de Christoph Willibald Gluck.
“I wanted to say one more thing, I'm really sorry about Bob”
The Killing of a Sacred Deer es una película de terror y suspense, del año 2017, dirigida por Yorgos Lanthimos.
Protagonizada por Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Raffey Cassidy, Sunny Suljic, Alicia Silverstone, Bill Camp, entre otros.
El guión es de Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou; basados en la antigua obra griega, “Ifigenia en Aulis” por Eurípides; cuyo título de la película proviene del final de la tragedia; por lo que hay un posible error en la traducción del título de inglés al español; pues “To kill” se puede traducir por “asesinar” o “matar”, o incluso por “cazar”, cuando se refiere a animales; pero casi nunca por “sacrificar”, un uso definido en los diccionarios como “poco habitual”
La indagación del director griego, Yorgos Lanthimos, se apoya en 2:
Uno en Atenas; con la tragedia de Eurípides, en la que Agamenón bajo la cólera de Artemisa por dar caza a un venado sagrado de la diosa, debe sacrificar a su hija Ifigenia para que el contingente aqueo congregado en Áulide, pueda partir hacia Troya.
Y el otro se apoya en Jerusalén, donde el sacrificio propiciatorio por la culpa moral, es expiado por animales simbólicos, hasta desembocar en el final sacrificio del propio Hijo de Dios, que consuma toda posibilidad de nuevas inmolaciones sustitutivas.
Por tanto, The Killing of a Sacred Deer, hace referencia al asesinato del ciervo que caza Agamenón en la tragedia, causa del castigo que infringen los dioses; pero este ciervo no fue sacrificado como ofrenda al Olimpo, sino cazado por pura soberbia.
Si el título español hiciera referencia al segundo ciervo, que Artemisa cambia por Ifigenia, en ningún caso se corresponde con la adaptación del mito que Lanthimos nos presenta.
Sin embargo, el sacrificio del que habla la película, no es el del “ciervo sagrado”, sino otro más retorcido.
“Matar al ciervo”, aun accidentalmente, trae una maldición de la que sólo a través de un martirio supremo se puede escapar; y es evidente que el espectador medio no tiene por qué saber nada de esto, pero a Lanthimos le gusta provocar e incomodar al espectador, y comienza haciéndolo desde el primer momento, entregándole un acertijo:
Un corazón.
Al tiempo que es bien sabido que el cineasta es muy amigo de colocar nombres que tengan que ver con los animales en sus películas; y en la mejor tradición del relato de terror psicológico, que va penetrando lentamente en la audiencia, para acabar dibujando un drama de tintes rallantes en la locura, y la crueldad inexorable.
Como producción eminentemente irlandesa con participación británica, se ha rodado principalmente en EEUU; siendo seleccionado para competir por La Palme d’Or en La Sección Principal de la competencia en El Festival Internacional de Cine de Cannes; donde ganó Mejor Guión – ex aequo, con “You Were Never Really Here” de Lynne Ramsay.
The Killing of a Sacred Deer Se filmó en Cincinnati, en The Christ Hospital; y en los vecindarios de Hyde Park y Northside; así como en el Roger Bacon High School.
Nos aproximamos a una familia de la alta burguesía estadounidense, retrato de la perfección social en la actualización del “Sueño Americano”, al estilo de una extraña parábola, no exenta de cierta ironía, en torno a una acomodada familia compuesta por Steven Murphy (Colin Farrell), un eminente cirujano casado con Anna (Nicole Kidman), una respetada oftalmóloga.
Ambos viven felices junto a sus 2 hijos:
Kim (Raffey Cassidy) de 14 años, y Bob (Sunny Suljic) de 12.
El director trabaja el contexto laboral y familiar de Los Murphy a base de diálogos banales, y de una cotidianidad plena, en la que pronto se advierte que hay algo anormal, inconcreto:
Todos se expresan en un tono mesurado y de extrema educación, mientras se oye sin aparentemente venir a cuento, una música crecientemente inquietante y chirriante; como técnica para condicionar anímicamente al espectador, y así horrorizarnos con cuanto de algún modo, y sin saber qué, cómo, ni por qué, intuimos va a ocurrir…
Cuando Steven entabla amistad con Martin (Barry Keoghan), un chico de 16 años, huérfano de padre, a quien decide proteger, los acontecimientos dan un giro siniestro:
Steven tendrá que escoger, entre cometer un impactante sacrificio, o arriesgarse a perderlo todo.
Son 3 historias que se mezclan, 3 personas que cruzan sus caminos:
Un joven con sed de venganza, un doctor que debe tomar una importante decisión y su familia, que tiene que luchar por sobrevivir.
Lanthimos crea una película, en la que no solo está presente el concepto de venganza, el rencor, los secretos familiares, los pequeños gestos de desprecio cotidiano, las iras sofocadas durante años…
Todo un mapa de pequeños generadores de violencia que se retroalimentan y se alinean en silencio, formando frágilmente una hilera de fichas de dominó a la espera de que caiga la primera.
La violencia, por tanto, en todas sus formas, sobrevuela permea, y es tratada de una manera que hibrida lo doméstico con lo aséptico, lo que hace que la obra se aproxime más que nunca a un “thriller” de los que acostumbra proponer Michael Haneke; porque The Killing of a Sacred Deer es un film de autor, simbólico, brutal, surrealista, desasosegante, terrorífico, minimalista, frío, psicológico, violento, que gira en torno al momento en la que socio-psicopatía “in crescendo”, elige su víctima y recae sobre una familia de una burguesía acomodada y habitualmente infeliz, flirteando alrededor de la ausencia de sentimientos tradicionalmente humanos, y dirigida, por tanto, hacia un cierto transhumanismo; y es, sobre todo, una alegoría sobre el desapego y la mentira familiar, y sus consecuencias.
“I don't understand why I should have to pay the price.
Why my children should have to pay the price”
El griego Yorgos Lanthimos, sube el volumen a su perturbadora narrativa; después de “DogThooth” (2009), “Alps” (2011) y “The Lobster” (2015); escrito junto a Efthymis Filippou, colaborador habitual del director; en esta nueva película que lo coloca al lado de grandes directores modernos, navegando entre varios temas pero siempre con un norte.
The Killing of a Sacred Deer, es su segunda película en inglés, y se inspira en la mitología griega de la tragedia de Eurípides, “Ifigenia en Áulide”, presentada como metáfora de venganza, dentro de una atmosfera opresiva y tenue, pero también endiabladamente perturbadora.
De nuevo, se impone la brillantísima capacidad del cineasta para hilvanar metáforas desoladoras de nuestro presente; donde explicó, por qué le interesaba explorar la noción de sacrificio:
“Mucha gente se enfrenta a enormes dilemas, y estos siempre implican un sacrificio”
¿Hay una visión cosmogónica en la cinta?
Bueno, el espectador tiene que poner mucho de su parte para interpretarla así, pero parece que es su fin último.
The Killing of a Sacred Deer es la “típica” de un director irrepetible que nunca defrauda en el sentido de la técnica, su posición de la cámara, el uso de los encuadres, y dirección artística, de hecho, esta obra utiliza el “expresionismo alemán” pero en color, con detalles y símbolos que pondrán muy inquieto al espectador, porque esta película es un misterio, con temas tanto psicológicos como filosóficos, religiosos y científicos; que chocan, se mezclan y complementan de manera que solo el director logra realizar, no es casual que haya ganado el premio al Mejor Guión en el pasado Festival Internacional de Cine de Cannes.
Y también por la manera en la que los diálogos están más cerca del absurdo que de cualquier cosa parecida a la realidad.
Esa distancia y ese tono, hace que su viaje por el universo del dolor, el miedo, la venganza y la muerte, sea menos visto como una serie de sentencias sobre el mundo que se le tiran a la cabeza a los espectadores, y más como recursos del más puro espanto cinematográfico; pues una vez más, el cineasta griego compone un escenario increíble, alimentado por la sátira y lo absurdo; burlándose de la burguesía, presenta a los personajes con una gran autoestima, y los coloca frente a un espejo totalmente quebrado.
Sin poder enfrentarse entre sí para aceptar el riesgo de perder el equilibrio, estos revelan su verdadera naturaleza, ya que por una determinada situación, se ven obligados a actuar en calidad “divina”
Lanthimos, está vinculado a una trama de terror  muy simple, y le da a la misma, así como a la puesta en escena, una pequeña preferencia a lo surrealista, llegando a Buñuel.
Nunca pierde la referencia a la realidad, sino que brota de la crueldad arcaica dentro de un estilo particular para crear una cruel premisa:
Un padre debe sacrificar a uno de sus hijos, con el fin de prevenir un desastre aún peor.
De esa manera, el director envuelve a los espectadores dentro de esta macabra trama en donde nos hace partícipe de las decisiones.
Después de la muerte prematura del padre de Martin, de 16 años, en la mesa de operaciones, poco a poco se empieza a formar un vínculo profundo y empático entre él y el respetado cirujano cardiotorácico, Dr. Steven Murphy.
Al principio, los costosos obsequios; y luego una invitación para la cena, pronto le darán al adolescente huérfano, la aprobación de la familia perfecta del Dr. Murphy, aunque desde el principio, un sentimiento vago pero enervante, eclipsa la intención sincera de Martin.
Y luego, inesperadamente, la familia idílica es golpeada por un castigo feroz y despiadado, mientras que, al mismo tiempo, todo comenzará a desmoronarse como los inocentes tienen que sufrir.
Al final, como los pecados de uno cargan a toda la familia, solo una decisión inimaginable e insoportable que exige un sacrificio puro, puede purgar el alma pecadora.
Pero para encontrar la catarsis, uno primero debe admitir el pecado; y cuando comienza The Killing of a Sacred Deer, sabes que estas ante algo especial, incluso diría que trascendental; desde sus primeros y bellos planos, el inquietante sonido al principio, carente de ningún atisbo de armonía, muestra una relación entre un hombre y un muchacho… que no acabamos de entender ni moral ni socialmente en esos primeros minutos, y bien podemos castigar de homosexualidad o pedofilia...
Es en esos primeros instantes, en los que la cinta desconcierta al espectador, presentándonos a una familia que se limita a vivir en un bucle de sopor extremo, intentando aparentar una normalidad totalmente artificiosa, que queda en evidencia en escenas como la de la pareja teniendo sexo de una forma muy particular, o la forma en la que tienen estructuradas las tareas de cada uno de sus 2 hijos.
Esta apariencia se rompe al descubrir esta relación del protagonista, aparentemente paterno filial, con un adolescente con el que queda de forma regular, al cual hace regalos e incluso invita a cenar en su casa con su familia.
En un momento, Martin le informa a Steven sobre su plan:
Si el cirujano no asesina a un miembro de su propia familia, ya sea alguno de sus 2 hijos o su esposa, él hará que cada uno de ellos sufra primero de una parálisis, luego de hambruna, y finalmente que sus ojos sangren hasta de la muerte... y no consideramos que mencionar el escenario ideado por Martin para vengarse, sea precisamente ver la ejecución de la premisa, y atestiguar los extremos a los que Lanthimos conduce a la familia protagonista:
Un infierno que desconcierta, y que vale la pena experimentar.
Y es que por motivos que al principio no conocemos, Martin empieza a ser cada vez más demandante con Steven, invitándolo a visitar a su propia madre, y llamándolo por teléfono todo el tiempo, hasta que al médico no le queda otra que dejar de contestarle.
Un día, el hijo menor de Steven, no puede levantarse de la cama porque está paralizado de las piernas.
Nada sale en sus estudios, pero no puede caminar; ni comer.
Steven, como cirujano, no compra el discurso de que tiene “un problema psicosomático”, y le hace miles de estudios más.
Pero no sale nada.
Y ese es el principio de los problemas para él y su familia.
¿Qué tendrá que ver en todo esto, el misterioso y cada vez más enojado Martin?
Es claro que hay hechos previos que los conectan, secretos que no se han contado, y lo que parece ser algún tipo de maldición, brujería, o como dice con extremo grado de ironía uno de los personajes, “una metáfora” en juego.
Es evidente que The Killing of a Sacred Deer entra en un registro de violencia y crueldad negrísimas que, como muchos filmes de género, funciona de manera metafórica.
La visión entre tenebrosa y repulsiva del género humano de Lanthimos, es hasta similar a la de Haneke, pues en ambos casos hay familias de la alta burguesía con secretos horrendos, y actitudes deplorables; y en las 2 hay adolescentes que lucen inocentes, y pueden cometer actos terribles; pero el griego se despega del realismo, y entra en una zona de extrañeza que podríamos definir como “cine de autor de género”, en la que se autopostula casi como heredero de Stanley Kubrick, o Hitchcock.
Nuevamente socavando el paradigma familiar, Yorgos Lanthimos profundiza su crítica, salvajemente cínica y analítica, en el comportamiento humano y la moralidad que algunos afirman.
Al hacerlo, nos invita a cuestionar nuestro propio comportamiento, colocándonos en la posición singular de catarsis.
La recuperación de modelos de códigos de películas de ciencia ficción y fantasía, desarrolló una línea estética hipnotizante e impresionante, pero sobretodo ansiosa, ya que la película se mueve inexorablemente hacia la tragedia; porque algunas cosas son tan crueles, que uno ni siquiera quiere imaginarlas.
Yorgos Lanthimos, toma un escenario monstruoso, y despliega todo su horror en él; porque la historia posee un suspenso desde el minuto 1 y no afloja, con un ritmo que no decae, con situaciones que pueden llegar a ser previsibles, pero que a uno lo impacta por su crudeza, su “organicidad” y visceralidad, tanto metafóricamente como literal.
Para enfrentar a nuestros demonios, Lanthimos profundiza en las perversiones humanas, centrándose en ellas de manera absoluta al invocar lo abstracto.
El guionista y el mismo director, han creado un escenario que agita nuestros sentidos a través de una estética literalmente fantástica, ofreciéndole a la película, un resultado radical pero carente de dogmatismo.
Al sobrepasarse a sí mismo, nos asombra, nos engaña y nos petrifica mientras nos deslumbra; y es simplemente paralizante.
Lo primero que me llama la atención, es la proliferación de símbolos:
Desde el triángulo en el frontispicio de la mansión familiar, hasta el ajedrezado masónico de la cocina, los 2 pilares del lecho matrimonial, además de muchos otros detalles... porque es una película que pone a reflexionar sobre las conexiones que hacemos, sobre la familia, las decisiones, las creencias, el cómo “mi actuar” afecta al otro, al tiempo que la sugestión nida, y la duda crece ante lo desconocido.
Al probar la realidad de los personajes, el director resalta hábilmente su personalidad a través de sus interacciones:
La frialdad de Anna hacia Kim, y su preferencia por Bob, son contrarias a la relación de Steven con sus hijos:
El hombre es más tierno con su hija, y autoritario con su hijo menor.
Junto a esta exposición, despierta nuestra curiosidad en torno al personaje de Martin, un adolescente mayor que sus hijos, a quien Steven protege discretamente; y Martin presenta su verdadero rostro, al acusar a Steven de asesinato, por lo que le exige un sacrificio.
La historia luego cambia al simbolismo, y nos pide adherirnos a una fuerza que excede toda racionalidad, una fuerza divina, simbólica o metafórica.
El escenario entonces se inclina literalmente a lo fantástico:
Él es un cirujano cardiaco, ella es oftalmóloga.
Él no siente nada, ella está ciega...
Y los personajes son noqueados por una fuerza impotente, una muerte es necesaria.
Martin, es “el segador”, que le echa la mirada vengativa a Steven; la cuenta atrás ha comenzado y Steven debe pagar.
Lanthimos es tan cruel que se vuelve demente.
Como un dios griego, que está furioso; avanzando para sumergirse un poco más en la incomodidad que prevalece, usando una banda sonora que nos grita en los oídos; pues nos sentimos atrapados e inmóviles frente al desenlace final.
Incluso antes de que tengamos claro a dónde se dirige la historia, Lanthimos nos va alimentando desde el principio, dentro de una atmósfera de desconfianza y superficialidad, como una charla de marca de relojes, por ejemplo; no solo entre los personajes, sino también entre el público, debido a que el director deja rápidamente claro que no respeta los habituales acuerdos tácitos con la audiencia, ni en términos de hábitos de visualización, ni en la observancia de ciertos límites morales.
Lanthimos impulsa a sus protagonistas lentamente en una esquina, hasta que la tensión permanente finalmente se inclina al terror más puro cuando la trama se revela en todas sus consecuencias, trágicas y mitológicas.
Un film de esos que son una delicia para el espectador, para entrañar el misterio y resolver qué fue lo que experimentó; y que nos recuerda momentos “cristicos”, con ciertos pasajes del Viejo Testamento, incluso ha habido algunas voces que la han emparentado con el universo de Kafka; otros mitológicos, y hasta cinematográficos/históricos como el crimen de Los DeFeo, en el ventanal de la habitación de un hombre perturbado.
Y vista como una película de terror, tiene un horror de lenta combustión.
Como un drama, es una parábola muy oscura y provocativa sobre los pecados, la venganza y la conciencia humana, o la falta de ella; y roza el surrealismo con secuencias tan perturbadoras, como la entrega sexual de la protagonista, o aquella en la que se muestra la forma escogida para realizar el sacrificio final, amén de los diálogos para besugos entre los personajes, o la extraña conducta de la madre de Martin, interpretada por Alicia Silverstone; pero todo en ella es gélido, no se nos genera ninguna empatía hacia las víctimas del sacrificio, y por tanto, no hay conexión emocional que nos lleve sentir compasión.
La extrañeza que sentimos, se ve incrementada cuando el cirujano, por motivos ignotos, muestra mucho interés y afecto por un muchacho, y que nada tiene que ver con su familia ni ámbito laboral.
Otro de los logros que apuntar a la fundamentos de este “ciervo sagrado”, es el haber recuperado la obscenidad en el arte, tan herida de muerte en nuestros tiempos, poder observar la intimidad en pareja, o el uso de un lenguaje lascivo, que se atreve incluso a penetrar en el siempre espinoso asunto de la sexualidad adolescente, son factores que suman incomodidad argumental, a un planteamiento que persigue el horror de lo cotidiano como principal objetivo.
Otra serie de rarezas se suceden, no siendo menor las relaciones sexuales del matrimonio, hasta saber los motivos de ese interés cuasi paterno-filial.
El cirujano, pronto se verá ante la desquiciante obligación de matar a uno de los suyos como compensación por algo que hizo; de lo contrario, y como ya percibe en la salud de ellos, irá perdiendo la familia.
Lo desquiciado del planteamiento, se ve incrementado por el hecho de que ambos cónyuges, pese a su estricta formación científica, acaban convencidos de ser víctimas de algún tipo de sortilegio, que diríase antes fruto de una súbita locura colectiva del grupo familiar.
En el cine, la magia, lo arcano, en contexto urbano y racional, siempre ha generado un tipo de terror psicológico muy sugerente, como bien demostró Roman Polanski; realizador que más de una vez viene a la mente en este film.
O Kubrick, no sólo por el tratamiento musical y sonoro, sino también por la presencia de Nicole Kidman, donde hay una secuencia que recuerda la fiesta inicial de “Eyes Wide Shut” (1999), y por la elección del actor que encarna al hijo pequeño de Farrell:
Sunny Suljic, muy parecido a Danny Lloyd, el pequeño de “The Shining” (1980)
Y es que los protagonistas se comportan como robots, porque eso es lo que son; productos de la programación mental mediante trauma.
Algo que insinúa claramente, aunque de forma encriptada, el personaje del padre cuando refiere haber masturbado a su propio padre mientras dormía, pero también en la extraña forma de hacer el amor de la pareja protagonista.
En estos personajes, cualquier emoción humana auténtica, se ha evaporado por completo, y solo queda el residuo, lo puramente formal, la cáscara, la no sustancia/esencia.
Y lo que es peor, ellos parecen no darse siquiera cuenta, hasta tal punto llega su deshumanización, sin el corazón mostrado del inicio.
Del reparto, segunda vez que Colin Farrell y Nicole Kidman trabajan juntos en una película este año; pues la anterior fue “The Beguiled” (2017); que solo unas semanas más tarde, terminaron de filmar esta película.
Ambas películas, compitieron por La Palme d'Or en El Festival Internacional de Cine de Cannes; y ambas ganarían premios en La Competencia Oficial:
“The Beguiled” ganó el premio de Mejor Director para Sofía Coppola, mientras The Killing of a Sacred Deer, compartió el premio al Mejor Guión.
Y con ellos se siente la gran química que hay, con personajes crudos y antipáticos por su frialdad, no es casual que sean médicos, donde el director pone el dedo en la llaga; de hecho el doctor de Farrell, plasma la perfección, la angustia que debería sentir un padre en un caso similar; pero es un tipo racional/científico.
Está acostumbrado a jugar con la vida humana como un dios, pero nunca se ha planteado si la muerte es un acto de fe.
A pesar de que por su mesa de operaciones pasen personas que lleguen a perder su vida, nunca ha entendido las plegarias que rezan sus familiares, ni el modo que tienen de creer que la muerte es injusta.
En su frialdad, para él, la vida y la muerte son un acto racional, algo que puede predecirse.
No hay magia ni misterio en la manera que tienen de llegar y marcharse del mundo las personas.
Su profesión, lo ha hecho demasiado lógico, y su lógica goza de una total falta de sensibilidad que también ha trasladado al resto de su familia.
La prueba es que Steven deberá enfrentarse a preguntas que nunca se había planteado, a hechos que no tienen una respuesta lógica, o racional.
Deberá lidiar con unos “hados” que ponen la ciencia en la que había basado su existencia contra la espada y la pared; y lo hará para poder seguir viviendo con cierto confort; por lo que a pesar de ver con sus propios ojos, cómo la profecía era real, nunca se plantea acceder a las imposiciones anteriores de Martin.
Como doctor, es demasiado correcto, demasiado formal, demasiado prepotente como para plantearse una solución de ese tipo...
De hecho, permanecerá casi toda la película observando impasible el sufrimiento de su familia, incapaz de intentar comprender algo que bebe de un destino que le resulta indescifrable, inexorable e inevitable.
Lanthimos, viene a decirnos que tal vez la soberbia de los seres humanos ni siquiera merezca el favor de los dioses; en un tipo que después de beberse unos tragos, operó a un hombre condenándolo  a una muerte injusta, y que nunca se planteó una culpabilidad que solo es materializada en un par de encuentros con su hijo.
Y como en todas las tragedias, al final el ser más inocente, acaba siendo sacrificado.
En la parábola, en esa enseñanza quizá moral, en ese castigo que sufre Steven inexorablemente, también es posible entrever una velada denuncia de las muertes que quedan ocultas tras sólidas corporaciones sin que haya siquiera revisión del caso, y sin que haya quizás gran pena por parte de los perpetradores.
También subyace la crítica, como en “Eyes Wide Shut” (1999), de lo que se oculta tras la prístina fachada “bourgeois”
¿Cuál es el mayor castigo que puede recibir Steven?
La familia es concebida como su debilidad y, por tanto, objeto fácil de amenazas.
El padre, que obviamente no es capaz de tomar una decisión correcta nunca, jamás piensa en quitarse su propia vida, y no tiene el verdadero valor para quitársela nunca, ni después de haber matado a su propio hijo, al causante de todo este embrollo.
Porque si Yorgos nos quiere poner en la piel de la elección, la elección más lógica sería, que menos, acabar con Martin y su madre, y enterrarlos en el jardín.
Otro dato de interés es que esta es la segunda colaboración entre Yorgos Lanthimos y Colin Farrell, siendo la primera “The Lobster” (2015)
Y los actores que hacen de hijos de la pareja, Raffey Cassidy y Sunny Suljic, con papeles de mucho esfuerzo para logra las dosis necesarias de empatía, intriga y lástima.
Como curiosidad, cuando Steven está en la escuela para la conferencia de padres y maestros, el director le dice que Kim escribió un artículo sobre “Ifigenia” por el cual obtuvo una A, y que fue leído en voz alta para la clase.
“Ifigenia”, en la mitología griega, es la hija de Agamenón, aquella que iba a ser sacrificada por los pecados de su padre.
Mientras Bob es el único miembro de la familia Murphy, que no fuma un cigarrillo durante la película.
Además, cuando Martin pregunta si puede encender un cigarrillo en la habitación de Kim, Bob responde:
“Será mejor que no”, porque todavía es un niño que no tiene ni secretos, que no se masturba y que no ha sido “manchado” hormonalmente.
¿Será que el director vuelve a castigar a la mujer en sus filmes?
Curioso fue ver a Alicia Silverstone en una corta aparición, que dejó con ganas de saber más de ella;
Y la cereza del pastel, Barry Keoghan en su segundo filme importante de este año, el otro fue “Dunkirk”, en el cual vuelve a dar muestra de su gran nivel interpretativo.
Solo Keoghan es capaz de transmitir siempre desde la calma y renunciando a lo histriónico, los complejos sentimientos que asolan a su personaje.
Atención a la película favorita de Martin, “Groundhog Day” (1993), que es famosa por no explicar cómo el protagonista termina en un ciclo de tiempo, al igual que esta película, nunca explica cómo Martin enferma a la familia de Steven.
Las escenas de cirugía cardíaca en la película, son reales, y fueron filmadas durante una operación en un paciente real, que se sometió a cirugía de bypass cuádruple, a la que asistió Colin Farrell.
Y si ponen atención, verán durante la primera escena de cena con Steven y Martin, que un ciervo es visible en el fondo de pantalla; así como una toma panorámica hacia Bob, justo cuando comienza a enfermarse, muestra una foto de un ciervo sobre su cabeza, presagiando el final de la película.
Aquí hay demasiados momentos se graban en el cerebro y el oído, como un padre hablando como si nada, con un hijo al que no para de manarle sangre por la cara.
La cima de insensibilidad humana, que impide tomar una decisión porque nos negamos a ser definitivos con algo que se supone nos importa.
Y digo se supone, porque Steven necesita el juicio de un profesor de escuela para decidirse a quién de sus hijos matará; y solamente hay un elemento fantástico, que Lanthimos se niega explicar:
La enfermedad.
La película se abre con un corazón palpitante, un cuerpo abierto, y por encima de él, un grupo de seres, médicos y enfermeros, llegando lo más lejos que nosotros, como raza, hemos sido capaces de alcanzar, en el más maravilloso de los mundos:
La ciencia y nuestro orgullo; y allí se introduce, como un virus, Martin.
Allí, ante todos, pide un sacrificio:
La llegada de lo arcano a una sociedad moderna, rompe la familia y nos lleva a cuestionar los límites del amor.
Ahí está la obsesión de los personajes por el vello corporal, como símbolo de ese retroceso, de esa vuelta a los orígenes.
Steven cree que puede redimir su pecado, el asesinato del ciervo, a través de regalos y de ofrendas, el reloj, al hijo de su víctima, un dios tembloroso que los acepta, pero que quiere otra cosa, quiere que el Universo recupere el orden.
Porque no, no es una venganza…
El hecho de que Martin, lo primero que intente sea reconstruir su familia, y obligar para ello al médico a amar a su madre, demuestra que no es el rencor lo que le mueve.
Es la justicia, es la ley más antigua, del “ojo por ojo”
Martin quiere ordenar el mundo a través de lo simbólico.
Y la familia de Steven, tiene que entenderlo.
Poco a poco, los personajes se van librando de sus falsos ropajes, de sus mentiras y convenciones.
Poco a poco, luchando por sus vidas, se les puede reconocer como seres humanos.
El corazón sigue ahí, latiendo, primitivo.
Y ese es el abismo al que la cámara nos lanza.
La tragedia que contemplamos, no es una tragedia clásica, es algo más brutal y antiguo; algo que nos lleva al Japón medieval, a la tradición bíblica, o al mundo de los héroes mesopotámicos; antes de la llegada de la razón y del mundo moderno.
Y esa verdad antigua, la del Código de Hammurabi, la de lo simbólico como parte de lo real, va contaminando el mundo de esa familia gélida, y de ese universo pálido y triste.
Un corazón late; y no es ciencia, es magia; porque no hay explicación a lo que sucede, y ni siquiera llegamos a conocer su “pecado”, y la redención pasa por una solución salomónica.
O la tomas o la dejas.
Esa acechante entidad sobrenatural que le atosiga, y que se diría, consigue incluso seguir sus pasos, se muestra a nivel cinematográfico en planos cenitales, de espalda, a la esquina, a vista de pájaro o en ojo de pez, y en una cámara que persigue a los personajes creando una sensación de desasosiego y peligro constante.
Y tiene una materialización muy concreta en el personaje de Barry Keoghan, que ejerce de semi-dios, trasladando la amenaza de forma verbal a Steven, que en su lógica, se siembra la duda incomprensible.
Tan irracional como poderoso, su simple presencia inspira repugnancia y temor.
Así, Yorgos Lanthimos juega con la idea de que somos animales, sentimos las cosas, nos dejamos llevar por los impulsos, intentamos seducir o besar los pies del depredador que nos puede dar el toque de gracia.
Pero, al contrario que los animales, nos frustramos, estamos condenados a mantener la calma, a comportarnos correctamente, y lo peor, dudamos.
No sabemos elegir, queremos tenerlo todo, la asunción de culpa y el perdón de los pecados, pero, si animales somos:
¿No deberíamos regirnos por sus reglas, y dejar de esperar un milagro que nos saque de todo?
La superstición se apodera así de un médico al que la ciencia ha dado la espalda, e inyecta en él un pensamiento mágico, que le hace atribuir un efecto a un suceso sin que exista una relación causa-efecto demostrable entre ambos.
Desesperado por salvar a su familia, Steven se ve obligado a elegir entre satisfacer el sangriento mandato divino de Martin, o arriesgarse a lanzar un órdago.
El eco de la voz de Kundera, recuerda que “un asesinato así, solo se adelanta un poco a lo que Dios se hubiese encargado de hacer algo más tarde”
Al fin y al cabo, “se puede suponer que Dios contaba con el asesinato, pero no contaba con la cirugía”
Ojalá fuera tan fácil como quitarse el guante y tirarlo; pero no sólo no es así, sino que además, esos guantes conservan manos bonitas, como no paran de decirle a Steven, que para él no importan, pero para Martin son el testimonio insoportable de que... él tampoco importó.
Y no hay nada que pueda agraviar más, en el salvaje hábitat animal, que un culpable con las manos sin ensuciar.
Por si cabía más incomodidad, esta historia añade otra capa a esa idea:
La insensibilidad como una norma de la que sólo nos desprendemos cuando sabemos que se acerca el final.
El lapso de tiempo que dura el perverso juego de Martin, a todo el mundo le parecería una pesadilla; en el hogar de los Murphy donde todo son miembros colgantes y agresivos silencios, pero rascando el horror queda una familia unida, con hijos obedientes, esposas dispuestas, y maridos que por primera vez se preocupan del estudio en la escuela.
Pienso que a Lanthimos le obsesiona mostrar este patetismo, lo tristes que somos cuando mentimos en lo que decimos sentir, y por eso hace a sus personajes no emocionarse más de lo necesario; porque así nos reímos, y no nos paramos a pensar, qué oculta parte de nuestra horrenda naturaleza se está mostrando.
Entonces, The Killing of a Sacred Deer, se convierte en un ejercicio de horror que establece un escenario para explorar los aspectos más sórdidos de la humanidad:
“Ojo por ojo, diente por diente”, dice el famoso refrán sobre la venganza, el cual está muy presente en la mente de Martin, quien eventualmente se vuelve omnipresente para la familia de Steven.
Las acciones del joven, son cada vez más extrañas e incómodas, equivalentes a las de un acechador, aunque Lanthimos decide introducir un elemento fantástico propio del género que no será del agrado de todo el público, pero una vez que lo acepte, dará paso a un desenlace realmente fascinante.
Y si queremos agregarle un elemento religioso, véase a Martin como Cristo o Dios, a Steven como Abram, el hijo como Isaac; o la hija como La Virgen, y la madre como La Magdalena, de hecho hay una escena de una cruz, como sombra en el cielo de la habitación, cuando la madre está con el hijo... al tiempo que Martin pide “dejad que los niños vengan a mí”, el besado de pies, la última cena, etc.
Por último, la banda sonora y la selección musical escogida son inmejorables para trazar el tono de rasgada contención e inquietante malestar, siendo el filme la más exacta representación visual de las pesadillas.
Con piezas de Sofiya Gubaidúlina y György Ligeti, mezcladas con rock y composiciones disonantes, es poderosa y cautivadora.
Ocasionalmente, la música se reproduce de tal manera que se ahogan las conversaciones mantenidas por los personajes, lo que hace que el espectador se sienta incómodo e inquieto; y es magistral la forma en que la música se utiliza para provocar ciertas emociones que pueden estar en conflicto directo con las imágenes que se muestran.
La atmósfera desconcertante, se crea así, principalmente a través de un excelente paisaje sonoro, donde hay un gran uso de sonidos largos, principalmente provistos por un instrumento de cuerda como el violín, que constantemente inquietan al espectador, e incluso hay veces en los que los sonidos atraviesan, como si se trataran de chirridos de tiza en una pizarra.
Todo, desde el sonido de la música hasta los ángulos utilizados de la cámara, el diseño del escenario y la iluminación, crean un ambiente muy inquietante y escalofriante.
Una experiencia total.
“Don't be scared, mom.
You'll see.
You won't be able to move either, so get used to it”
Cuando la lógica estalla en mil pedazos, como la pared de cristal de tu estereotipado nido, donde guardas celosamente el aburrimiento, más o menos, cortés y las responsabilidades asumidas, entra a veces brisa, a veces huracán; el miedo revolviéndolo todo, confundiéndote, mareándote tanto, que ni siquiera te importa el sacrílego asalto al altar de tus ya antiguas certezas, para ponerte de rodillas; para humillarte arrastrándote hasta las mismas catacumbas del asco sin que te despeines, tan hipócrita eres, que no se moverá ni un pelo.
Es entonces cuando te percatas de que eso que hay sentado en el sofá del salón, es La Locura; y es que el remordimiento, pica mucho.
Y si te lo rascas, duele; y el dolor, ya se sabe, es capaz de estrangularte las tripas.
Algo fascinante de este mundo, es cómo hemos despojado a la vida y la muerte de significado.
Hablamos de que han muerto no sé cuántos en un accidente, se le comenta a un paciente los días que le restan, y existe el fallecimiento por negligencia…
Como hemos dispuesto una estructura social educada y moderada, a los directos responsables, nunca se les castiga, sino que se les disculpa, y presta comprensión, porque a fin de cuentas, un mal día lo tiene cualquiera…
El escritor checo, Milan Kundera, ya afirmaba que “la cirugía lleva el imperativo básico de la profesión médica hasta límites extremos, en los que lo humano entra en contacto con lo divino”
Además, rememoraba esa “breve pero intensa sensación de sacrilegio” que supone hurgar por primera vez en un cuerpo humano, pues El Creador “no sospechaba que alguien iba a meter la mano dentro del mecanismo que él había inventado, meticulosamente cubierto de piel, sellado y cerrado a los ojos del hombre”
Y si para Ernst Jones, “la angustia era el alfa y omega de la psiquiatría”, parece que no hay dudas de que el fenómeno multifactorial y complejo de la culpa, es uno de los ejes fundamentales de la constitución de la cultura universal.
Afecta a nuestro sentido de la responsabilidad, la justicia, la reciprocidad relacional, el modelo comunicativo, y la vivencia de la fe.
Por su parte, así es cómo Yorgos Lanthimos traslada la tragedia griega al mundo médico de hoy.
La creencia del destino contra la tecnología; la imposibilidad del hombre de nuestros días, de salvarse de aquello ya escrito mediante los avances sanitarios, una situación ilógica para nosotros; y plasma sus orígenes helenos en una superproducción británica, pone a una familia occidental ejemplar, en un dilema de la antigüedad.
La cultura clásica, contra la actual.
El rencor de un niño, como la fuerza del destino, implacable del adulto.
La negligencia del ciervo herido, como mala praxis médica.

“Can I have your MP3 player when you are dead?”



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