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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

sábado, 18 de marzo de 2017

Danza Macabra

“Quando finalmente scrivere questa storia, la gente dire che è... incredibile”

El cine italiano de los años 60 y 70, contrariamente a lo que se cree, resulta ser una amalgama de variopintas sorpresas, no solamente en lo referido al cine fantástico, también a otros géneros como “la comedia a la italiana”, el “spaghetti western”, o el “poliziesco”
Dentro del cine de terror, la variedad de sus temas, estéticas y formatos, también da muestras de lo que fue una industria que exhibía cierto vigor y regularidad en sus producciones. 
Si esta etapa del fantástico, se tuvo como enseña el prolífico género del “giallo”, los directores que se harían ultra famosos por esta vertiente genérica, más cercana al “thriller” que al terror, se toparían previamente con la ejecución de un tipo de cine menos conocido hoy en día, quizás por contar con un número menor de producciones, que en algunos casos rozaban una artesanía cuasi primitiva. 
Podemos hablar con propiedad, de la existencia y consolidación del cine de terror gótico italiano, deudor de la estética Universal, y del morbo “hammeriano”, que contó como puntas de lanza con directores que después se reciclarían para la industria en el citado “giallo”; entre estos nombres, suenan con fuerza y entrañable recuerdo:
Ricardo Fredda, Mario Bava o Antonio Margheriti. 
Hay varios títulos básicos en la cinematografía italiana, para adentrarse como dios manda en el género de terror que tantas alegrías le ha dado a la industria transalpina; pero a la vez, estamos hablando de una época en que el género se mostraba en Italia, sino en todo su esplendor, sí en su irrefrenable ascenso.
Porque en el presente, el cine de terror se decanta por la visceralidad y el friquismo extravagante, pero en aquel tiempo, se recurría a la elegancia narrativa, a la metáfora, y al ingenio. 
“Amano solo per il sangue!”
Danza Macabra es una película de terror, del año 1964, dirigida por Antonio Margheriti & Sergio Corbucci.
Protagonizada por Barbara Steele, Georges Rivière, Margarete Robsahm, Arturo Dominici, Giovanni Cianfriglia, Silvano Tranquilli, Sylvia Sorrente, Umberto Raho, entre otros.
El guión es de Bruno Corbucci y Giovanni Grimaldi; la idea de Corbucci surgió, cuando el productor Giovanni Addessi, le encargó crear una película que reutilizaría los conjuntos medievales de la película de comedia de Corbucci, “Il Monaco di Monza” (1963)
Por lo que Corbucci tuvo a su hermano, Bruno Corbucci, y al guionista Gianni Grimaldi, para escribir el guión; y aunque el guión está acreditado a “un cuento de Edgar Allan Poe” en los créditos, la película no se basa en ningún trabajo específico de Poe.
Se cuenta que el film lo empezó a dirigir Sergio Corbucci, quien a nada de empezar, de hecho no dirigió ni una sola secuencia; tuvo que dejar el rodaje, y sugirió el nombre de Antonio Margheriti para que le sustituyera. 
Para evitar pasar horas extras, Corbucci fue llevado a filmar una escena; y los directores, llegaron al acuerdo de homenajear a Poe, añadiéndole a modo de personaje secundario.
Y resulta curiosa la solidez de estos filmes de tan bajo presupuesto y rodajes rápidos, porque en aquella época se utilizaba la falta de medios para justificar la pésima calidad de subproductos rodados en otros lares, como por ejemplo España. 
Rodada en 15 días, Danza Macabra se estrenó en plena moda de las adaptaciones sobre cuentos y relatos del escritor Edgar Allan Poe, propiciadas en gran medida por el productor y director Roger Corman. 
Los italianos, siempre atentos a todo lo que genera beneficios en la industria del cine, también se sumaron a esta tendencia. 
De hecho, Danza Macabra se vendió al público como “basada en un relato inédito, y nunca publicado del escritor Edgar Allan Poe”
Naturalmente esto es del todo incierto, la historia es completamente inventada, aunque es justo reconocer, que Danza Macabra es uno de los mejores acercamientos vistos en cine, del particular universo literario del escritor de fantasmas.
La acción sigue a Alan Foster (George Rivière), un periodista británico que intenta entrevistar a Edgar Allan Poe (Silvano Tranquilli), durante la visita que el escritor estadounidense hace a Londres; y termina liado en una curiosa apuesta; muy inteligente detalle de guión, que hace referencia a la pobreza de la profesión. 
Un noble llamado Lord Thomas Blackwood (Umberto Raho), le desafía a pasar esa noche, la de Los Santos Difuntos; 2 de noviembre, en una de sus propiedades: 
Una mansión supuestamente embrujada. 
De la que, por cierto, nadie ha salido vivo; de los que, con anterioridad, han intentado hacer lo mismo. 
Como es natural, el periodista acepta el reto; y es ahí cuando empieza esta notable película de terror. 
Lo fantástico de Danza Macabra, es que los fantasmas de esta mansión, son almas atormentadas por una noche de celos, traición, venganza, y asesinatos, que se fueron, pero que no descansan en paz, pero hay una en particular:
Elizabeth Blackwood (Barbara Steele)
Y es que son tan reales los fantasmas, que el periodista escéptico, se cree que está en presencia de una bella mujer, por lo que ambos se enamoran, y es aquí cuando Elizabeth cree haber encontrado el amor que por fin la deje en libertad.
Alan se sentirá atraído de forma súbita por Elizabeth; a pesar de sus sospechas de que se trata de un espectro viviente. 
En el desarrollo de la narración, irán apareciendo una serie de personajes perversos:
Desde la fría y ninfómana Julia (Margarete Robsahm) hasta el Dr. Carmus (Arturo Dominici), un científico loco, obsesionado con los temas paranormales, y la inmortalidad; y una serie de espectros relacionados con un suceso macabro que tuvo lugar en el castillo en el pasado, y por el que los fantasmas se tomarán su particular venganza.
¿Quién se podría resistir a esta joya de un tiempo pasado que no volverá?
Veremos muertos vivientes, castillo gótico, pasajes tétricos, apariciones fantasmales... 
De este modo, Danza Macabra pasa a ser una alternancia de atmósferas, de silencios y de desasosegantes revelaciones, con pasajes de violencia inusitadamente elevada, sexo de no menos sorprendente explicitud, y asesinatos sobrenaturales. 
Todo ello sazonado con cierta poética romántica, a la que se llega mediante una elaboración de personajes más profunda de lo habitual, con ecos de tragedia shakesperiana.
Un compendio de valores, en definitiva, que la hacen uno de los ejemplos del subgénero más dinámicos, compactos, y de alta carga/intensidad que se recuerdan. 
Si la película daba inicio con la espeluznante historia que narraba Edgar Allan Poe, concluye con otra frase del escritor, después del maravilloso detalle del aristócrata, cobrando las 10 libras apostadas, cogidas de la billetera del cuerpo ya sin vida del periodista, en la entrada de la mansión; detalle este de una inteligencia fuera de lo común, al ser eliminado por un elemento físico de la propia casa, justo cuando se cree a salvo:
“Cuando relate esta historia, nadie se la creerá; como siempre”
Danza Macabra parece un juego con el propio espectador, al proponer una ficción dentro de una ficción, que concluye con una cruel realidad:
La muerte segura e inevitable.
“Il tuo sangue sarà la nostra vita!”
Danza Macabra es una obra fantástica de terror, a la vieja usanza, y opera prima de Antonio Margheriti. 
El director, con un horario apretado para la filmación, rodó la película usando el mismo método que una producción de televisión, instalando 4 cámaras a la vez; y para terminar la película a tiempo, Margheriti trajo a Sergio Corbucci, para dirigir la escena del dormitorio.
Danza Macabra, es un film en el que se nota el suspense, se huele y se palpa, se cuidan los detalles y las formas, pero sobretodo, se cuida su historia, y se honra con bastante acierto, a una leyenda de la literatura como es Edgar Allan Poe.
Con una cuidadísima ambientación, que solo podíamos encontrar en las películas de la productora Hammer; se nos ofrece un guión solvente, a ratos obvio, que cuenta con unas actuaciones sólidas de unos personajes bien perfilados en encuadres espartanos, sin más artificios superfluos, que la propia historia narrada en blanco y negro. 
Todo se inicia como una muy clásica historia de caserón embrujado, y almas en pena, de ambiente tétrico y decadente, magníficamente fotografiado en blanco y negro por Riccardo Pallottini; y reforzado con una aplicada banda sonora de Riz Ortolani. 
Las numerosas peregrinaciones del protagonista por los pasillos de la mansión, están rodados con tal elegancia, y de tal forma, que acrecientan la sensación de inquietud y suspense, a lo que ayuda la iluminación empleada por Pallottini, basada en el contraste entre la sobrecargada iluminación de los elementos en primer término, y la penumbra de unos fondos de los que parece pueda surgir el mayor de los terrores en cualquier instante.
Una vez más, se plasma en pantalla, el buen hacer de técnicos italianos a todos los niveles, en general, grandes profesionales, que a menudo desarrollaban su arte y su trabajo, con medios muy precarios. 
A partir de ahí, se desarrolla un melodrama de influencias sobrenaturales, con espectros atrapados en una eternidad de celos enfermizos, y complejas relaciones abocadas al fracaso y la tragedia. 
Así, a lo largo de su trama, Danza Macabra aborda desde una tormentosa relación lésbica no correspondida, hasta un cierto coqueteo con la necrofilia que, sin duda, hubiera hecho las delicias del mismísimo Edgar Allan Poe.
Danza Macabra también es una película cumbre del terror gótico italiano, con unas determinadas pautas y pauras; que ya por desgracia se han extinguido. 
Una obra melodramática, con un romanticismo soterrado, que aglutina amores imposibles, en una historia en la que los vivos y los muertos se entrecruzan. 
Los muertos, en un ciclo eterno, reaparecen fieles a su cita, cada día de los difuntos, presos de una tétrica mansión abandonada. 
Necesitan de los vivos para hacer acto de presencia, y revivir una perpetua pesadilla; y nadie mejor que la enigmática y perturbadora Barbara Steel, para interpretar a una chica inmersa en tan desolador escenario.
En efecto, aún sin adaptar ningún texto concreto, Danza Macabra plasma magistralmente en imágenes, la malsana y enrarecida atmósfera de cuentos fantasmagóricos; e incluso introduce al personaje del propio Poe en la trama, a modo de vínculo entre un universo irreal, onírico y fantasmal; frente al racionalismo inflexible del personaje protagonista, sujeto y víctima final de la pesadilla que nos propone Margheriti; por lo que saca un enorme partido a su atmósfera de cuento de miedo, gracias a una planificación sencilla y efectiva.
Pero también lo redondea con algunas dosis de erotismo, y explota la siempre turbadora presencia de La Gran Dama del Terror, Barbara Steele:
Aquí la encontramos en lo mejor de su carrera, 4 años después de protagonizar “La Maschera del Demonio” (1960), dirigida por Mario Bava; película que, junto con otros títulos como esta, la acabaría por convertir en todo un icono del cine de terror.
También destacar la reconversión final de los espectros que pueblan la mansión, quienes terminan por despojarse de su aura fantasmal, digamos más típica, para acabar con un original enfoque más cercano al de los vampiros, o incluso los zombies.
El argumento entonces, juega con algunos tópicos, como el escepticismo del periodista, que se cree que todas las leyendas de la mansión son imaginaciones de gente ignorante; creencias ya periclitadas en El Siglo de Las Luces, en que se han producido avances científicos importantísimos.
Pero la realidad es amarga, y es también es dura como inevitable. 
El director, se inclina por tanto, plenamente en su apuesta, por lo sobrenatural, apostando por ello, en una vertiente insólita al plasmar una relación física por encima de ese divergente estado de la existencia, que para el propio protagonista supone su obligado reconocimiento de la presencia de una dimensión paralela. 
Es en ese sentido, donde Danza Macabra triunfa plenamente, dando rienda suelta a una extrema plasmación del abismo insondable del horror, en fragmentos como el de la presencia inicial del periodista en la mansión, o en el episodio final, en el que la catarsis de horror, adquiere tintes asombrosos, y en donde las convenciones del género, donde es curioso constatar, cómo entre ellas, no se encuentra la presencia de tormentas y rayos propios de la ambientación tenebrosa; se combinan con una admirable pertinencia. 
Es a partir de este contexto, cuando hay que dejar de lado, todo el aparato argumental que rodea la función, y que en cierta medida, procede a engarzar una serie de episódicos personajes, que deambulan como auténticos muertos en vida, en el interior de la mansión protagonista, albergando en ella, una dimensión suplementaria del ser, dominada por su expresión de diferentes vertientes de la maldad humana. 
En este sentido, resulta indudable matizar que Danza Macabra no plantea ninguna reflexión ni moraleja moral, ni conclusión aleccionadora. 
No le hace falta formular digresión alguna. 
La atmósfera casi irrespirable de terror que asumen sus imágenes, es suficiente para destacar la fuerza y capacidad de maligna fascinación de su relato, proporcionando además, una conclusión absolutamente memorable; la manera con la que culmina la apuesta entre el arriesgado periodista y el Lord; que brindará al narrador Edgar Allan Poe, una aguda reflexión en torno a la humana fuente de inspiración de sus aparentemente, imaginarias y terroríficas historias. 
Como otro componente interesante, Danza Macabra cuenta con elementos narrativos de marcado carácter sexual, como la relación sexual “en off”, de Elisabeth y Foster; o la relación explícitamente lésbica, que Julia (Margarete Robsahm) quiere mantener con la propia Elisabeth. 
Una historia de amor lésbico, que rememora el pasado, subraya el irreal presente, y termina de complementarse con otra historia de amor, la que viven en esa larga noche, el periodista con Elisabeth, incluso consumada con lo que ello supone, en una habitación que encierra varios polvos, literalmente hablando.
Sin duda, el magnetismo sexual de ambas actrices, queda patente en cada plano:
En unos, se saca partido de la inocencia y sensualidad de Barbara Steele, con su tez pálida y sus enormes ojos negros; y en otros, de la imagen matriarcal y dominatriz de Margarete Robsahm. 
Y claro, La Steele, que pocas veces ha mostrado su particularísima belleza con tanto esplendor como aquí. 
Aún, Danza Macabra cuenta con el personaje de Giovanni Cianfriglia, como Herbert, el monstruo celoso y asesino, bajo la apariencia de galán despechugado y decimonónico, que representa la brutalidad y la crueldad sin refinamientos; alejado de ese otro galán prototípico que encarnó Christopher Lee de un determinante elemento vampírico.
Nos queda también, Georges Rivière, como el público escéptico, el científico que todo lo razona y justifica, y que se deja llevar por el terror y la paranoia, hasta encontrarse realmente como la muerte, agregándolo a su colección de espantos.
Algunas anécdotas finales: 
El ayudante de dirección de Margheriti, fue Ruggero Deodato, muchos años más tarde, controvertido realizador de la célebre “Cannibal Holocaust” (1980), quien firmó aquí como Roger Drake. 
Por cierto, los nombres de todos los participantes en el film, fueron alterados para hacerlos sonar como “ingleses” o “estadounidenses”, buscando favorecer así la distribución internacional.
Eso era algo bastante habitual por aquel entonces, y de hecho, Margheriti conservó su pseudónimo, Anthony M. Dawson, para casi todas sus futuras producciones. 
Como un error de producción notable, lo vemos durante la escena de apertura, cuando Alan Foster entra en la taberna, Four Devils, un miembro de la producción, es visible en el reflejo en la ventana de cristal de las puertas. 
Está usando un pequeño dispositivo de mano, y generando humo adicional para la escena.
Otro dato, es que al final, se supone que Alan está siendo empalado fatalmente por un pico, que es lo que vemos en primer plano; pero el pico en la puerta oscilante, sólo podría golpearlo tangencialmente. 
Es decir, su cuerpo permanece erguido, pero no hay pico incrustado para proporcionar el apoyo necesario.
En cualquier caso, un pico de apoyo, no tendría que estar en la puerta, sino en la barandilla detrás de él.
Con esos detalles, en definitiva, nos encontramos con un planteamiento que muy poco antes lo habían tomado títulos como:
“The Innocents” (1960) de Jack Clayton; o “The Haunting” (1963) de Robert Wise; o años después, la discutible “The Shinning” (1980) de Stanley Kubrick.
Por último, la pegadiza banda sonora, está a cargo de Riz Ortolani, que sin lugar a dudas, se puede contar entre las mejores de su producción. 
“Solo tra la mezzanotte di oggi, 1 novembre e l'alba del mattino, i morti ritornano al mio castello di far rivivere i tragici eventi che li strappavano la vita”
En la realidad, “Las Danzas Macabras” son, junto a “Los Triunfos de La Muerte”, una expresión artístico-literaria, surgida en el siglo XIV, que representa a La Muerte personificada. 
Pero, a diferencia de “Los Triunfos de La Muerte”, su acción es más personalizada, porque no es un monstruo amenazante atrapando a sus indefensas víctimas. 
La Danza Macabra es representada como una serie de escenas, en las que unos esqueletos van emparejándose con los vivos, arrastrándolos a bailar con ellos…
El término “Danza Macabra”, encierra entonces ciertas manifestaciones artísticas, que cobraron auge en Europa, entre los siglos XIV y XV; y en un mundo azotado por plagas devastadoras, La Danza Macabra surge como un “memento mori”, recordatorio de la fragilidad de la vida terrena, y la posibilidad latente de una muerte repentina, aunado a la búsqueda espiritual que exhorta a estar preparado, en cualquier momento, para rendir cuentas al Creador.
Por medio del ámbito literario y plástico, el hombre de la saliente Edad Media, manifiesta así su inquietud, no con la burla ni la representación lúdica de la muerte, como sucede en otras culturas; sino a través de la expresión del horror provocado por la muerte inesperada, que es sublimado en tajante resignación, que llega a tomar tintes de cinismo y de ironía.
Es muy discutido saber, si La Danza Macabra apareció antes en las artes plásticas o en las escénicas. 
Al no ser un tema doctrinal, sino alegórico, popular, y vinculado a la literatura sapiencial, las formas de representarla son muy diversas, relacionándose siempre con los tópicos del “ubi sunt, memento mori, vanitas vanitatum y mundus inversus”
Así las cosas, “La Danza Macabra del Cementerio de Los Santos Inocentes de París”, está considerada como el punto de partida de otras Danzas Macabras europeas. 

“Il vivi e dei morti scambiati il loro posto in un'orgia di sangue”



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