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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

martes, 9 de mayo de 2017

楢山節考 (The Ballad of Narayama)

“時間だけが伝統の残酷さを変えることができた”
(Sólo el tiempo podría cambiar la crueldad de la tradición... sólo su amor podría sobrevivir...)

Si cada vez hay más jubilados, y cada vez menos contribuyentes, la pregunta no sería:
¿Qué vamos a hacer con nuestros ancianos?
Este asunto que sería tabú en la sociedad occidental, encuentra respuesta en la tradición nipona ancestral, donde los habitantes de una aldea remota de montaña, se enfrentan a la muerte de manera profana.
Viven sabiendo que van a morir, pero ellos además, saben cuándo.
El término “姥捨て” o “ubasute” significa “abandono del anciano”, también llamado “obasute” y a veces “親捨て” o “oyasute” que es “abandono de un padre o familiar”; se refiere a la costumbre supuestamente realizada en Japón en el pasado distante, por la que un pariente enfermo o anciano, es llevado a una montaña, o algún otro lugar remoto o desolado, y se deja allí para morir, ya sea por la deshidratación, hambre, o la exposición, como una forma de eutanasia.
La práctica, era supuestamente más común en épocas de sequía y el hambre, y a veces recibió el mandato de los funcionarios feudales.
Según el Kodansha, enciclopedia ilustrada de Japón, el “ubasute” es un tema de leyenda, pero no parece nunca haber sido una costumbre común.
Las sociedades de la antigüedad, vieron el suicidio y la eutanasia de manera muy diferente de la cultura moderna.
Aunque factores tales como un mejor conocimiento médico y psicológico, han afectado vista de la sociedad contemporánea de suicidio y la eutanasia, la mayor parte del cambio en la opinión de estas formas de muerte, ocurrió debido al cambio en la religión, es decir, grecorromano, la sociedad estaba dominada por las religiones paganas, que no condenaban categóricamente el suicidio y la eutanasia.
Así, muchos cristianos modernos, no aceptaron la práctica del suicidio o “senecticidio”, que es el abandono a muerte, suicidio, o muerte de la personas de la tercera edad, sosteniendo que sólo Dios debe tener control sobre la vida y la muerte de una persona.
“姨捨山” o “Ubasute-yama”, es el nombre común de “冠着山” o Kamuriki-yama, una montaña de 1252m en Chikuma, Nagano, Japón.
Además, según el folklore, el bosque Aokigahara en la base del Monte Fuji, fue una vez un lugar para la realización de estos rituales, donde su reputación como un sitio de suicidio, pudo haberse originado.
El “ubasute”, ha dejado su huella en el folklore japonés, donde forma la base de muchas leyendas, poemas y “koans”
Así, en una alegoría budista, un hijo lleva a su madre a una montaña en la espalda; durante el viaje, ella extiende sus brazos, alcanzando las ramitas, y dispersarlos a su paso, por lo que su hijo va a ser capaz de encontrar el camino a casa.
Un poema conmemora la historia:
“En las profundidades de las montañas,
¿Quién era él para la anciana madre chasqueó una ramita tras otro?
Sin hacer caso de ella misma así lo hizo por el bien de su hijo”
La práctica de “ubasute” es explorada en profundidad en la novela japonesa “楢山節考” (The Ballad of Narayama - 1956) por Shichirō Fukazawa.
La novela, fue la base de 3 películas:
De Keisuke Kinoshita:
“楢山節考” (The Ballad of Narayama – 1958), y del director coreano, Kim Ki-young “고려장” (Burying Old Alive – 1963)
“彼らは有用である人々が価値を持っています”
(Las personas tienen valor mientras son útiles)
楢山節考 (The Ballad of Narayama) es un drama japonés, del año 1983, escrito y dirigido por Shōhei Imamura.
Protagonizado por Ken Ogata, Sumiko Sakamoto, Tonpei Hidari, Aki Takejo, Shoichi Ozawa, Fujio Tokita, Sanshō Shinsui, entre otros.
El guión se basa en la novela homónima, escrita por Shichirō Fukazawa, y publicada en 1956, y en su adaptación cinematográfica de 1958, dirigida por Keisuke Kinoshita; una meditación que afecta a la edad y la mortalidad, en una sociedad campesina, agraria y rudimentaria del Japón de hace apenas uno o dos siglos.
“Narayama”, es el nombre que recibe la montaña desde la cual, los mortales deben emprender el viaje a la otra vida, para reunirse con sus seres queridos.
楢山節考 (The Ballad of Narayama) representa un mundo sombrío, obsesionado con la escasez de alimentos, y el paso del tiempo, los temas que a menudo están vinculados; y la hacen una de las películas más insólitas, cautivadoras, desabridas y desapacibles del cine japonés, que lejos de querer aleccionar moralmente, al final reflejará hasta que extremos es capaz de llegar el ser humano para sacrificarse por sus congéneres.
El tiempo, ha convertido al filme de Imamura, en todo un clásico.
Un clásico indiscutible del gran cine japonés, de los grandes narradores del Imperio del Sol Naciente, como Ozú y Kurosawa, un cine donde se cuida a la perfección la imagen hasta el menor detalle.
Un cine rico en gestos, silencios y sentimientos, con un ritmo lento, típicamente oriental, que provoca entusiasmos en Occidente, porque representan una cultura rica y poderosa.
楢山節考 (The Ballad of Narayama) obtuvo La Palme d’Or en El Festival Internacional de Cine de Cannes, que interesó el día de su proyección, pero levantó los más encendidos comentarios entre un público adicto al cine tierno, siendo destacada por muchos críticos con entusiasmo, pero sin valorarla luego entre las mejor situadas, pero destacaban su belleza plástica, su mensaje de amor a la vida, y su sensibilidad para no renunciar a la negrura con que narraba el abandono de los ancianos en una alta montaña, para que aguarden en soledad, el fin de sus días.
Es cine antropológico, que hace su estudio en una comunidad japonesa, y en un tiempo indefinido.
Shōhei Imamura, nos habla de una aldea de montaña, con muy duras condiciones de vida, en la que las reglas ancestrales vienen marcadas por la necesidad de sobrevivir.
Son normas primitivas, y prácticas extraídas de la vida animal y de las propias limitaciones impuestas por la naturaleza en cuestiones, sobre todo, alimenticias.
Estamos en una remota aldea de montaña en el Japón del siglo XIX, donde apenas se han dejado notar los cambios políticos y sociales del fin del “Shogunado” y su sustitución por una restauración del poder monárquico en la figura del Emperador de La Era Meiji (1868 - 1912), y el comienzo de un periodo de occidentalización, militarismo, nacionalismo, y expansionismo territorial en Asia.
La remota aldea, no es un microcosmos de Japón, es una comunidad aislada con características antropológicas propias, con unas reglas propias, y donde la influencia exterior por parte de otras comunidades es nula, por no decir inexistente, con una estructura predominantemente patriarcal, donde apenas existe ceremonial en el matrimonio, y pervive la figura del mayorazgo, evitándose así la repartición de la tierra esencial para una economía de subsistencia y autoconsumo, que no evita periódicas hambrunas, lo que provoca una fuerte dureza psicológica por parte de sus habitantes, que en otras circunstancias y en otros lugares, incluso nos podría parecer cruel.
Nos encontramos con una curiosa relación intergeneracional, donde la muerte está muy presente, no se esconde, como si formara parte esencial de la propia vida; y de este modo, nos topamos con una extraña tolerancia hacia el “geronticidio” y en menor medida, el infanticidio; y es precisamente el “geronticidio”, donde se camufla las primitivas creencias religiosas de sus habitantes.
Era una vieja ley del pueblo de un tiempo tan lejano que ya nadie lo recordaba; que al alcanzar los 70 años, los ancianos debían abandonar el pueblo para ir a vivir en la cima de la montaña Narayama.
Una sentencia de muerte despiadada, que sumía en la tristeza y la desesperación a las familias cuando tenían que enviar a sus mayores a la montaña.
Orin (Sumiko Sakamoto), la abuela y más anciana de la casa del árbol, es decir, de la casa de la familia que dirige Tatsuhei (Ken Ogata), primogénito de ella, va a cumplir los 70, y está en perfecto estado.
Pero para despejar camino, pues se trata de una sociedad donde sobrevive por subsistencia muy apurada, y ayudar de algún modo a su familia, decide ir arrancándose ella misma los dientes; ya que según la creencia, los viejos que ya no tienen dientes, han de ser dejados en la cima del monte Narayama, pues así lo desea el Dios de la montaña.
A Tatsuhei, no le queda otra, por ser el mayor, que al final, trasladar a su madre al monte, donde perecerá.
El dilema que se le plantea a Orin, es que si no se va, Tatsuhei no podrán tener otro hijo, otra mano fuerte de ayuda en el campo, y la posible complicación de la sucesión hereditaria.
Y ante la antesala de la muerte de Orin, 楢山節考 (The Ballad of Narayama) nos muestra la vida de la comunidad, con una cruda realidad imperante en la aldea:
Cómo una familia que es enterrada viva por no compartir alimentos con la comunidad, “la casa de la lluvia”; cómo un padre que, por una extraña superstición, ordena a su hija a tener contactos sexuales con todos los hombres posibles, para aplacar espíritus malignos; o cómo un aldeano practica zoofilia, pues no hay con quién mantener relaciones sexuales, etc.
Y viene la última parta, que dura una media hora, donde nos encontramos el desenlace y Tatsuhei, que sale con su madre a su espalda, muy de madrugada para que los vecinos no los vean, según el ritual, y comienza un camino donde no habrán palabras, según el ritual, sólo pensamientos; adquiriendo todo, un tono en cierto modo más espiritual y lírico.
Pero el final no es épico, no adquiere un tono legendario con el encuentro con los antepasados en Narayama, sólo se ven cadáveres putrefactos, y buitres en busca de carroña.
Allí, Tatsuhei deja a su madre, en ese paraje… y regresa a la aldea.
楢山節考 (The Ballad of Narayama) puede leerse como una alegoría de los peligros de la obediencia ciega, y el sacrificio del individuo en nombre de una causa supuestamente mayor, quizás también, como una mirada de soslayo a las fricciones intergeneracionales que se convirtieron en una característica a menudo deplorable en la posguerra la sociedad japonesa.
Pero más que nada, se erige como un “rumiación” elegíaca de la fugacidad y el paso implacable del tiempo.
“亡命で死ぬ、それは家族の残りの生存を促進します”
(Morir en el destierro, favorece la supervivencia del resto de la familia)
Los críticos han subrayado siempre el humanismo e inconformismo de este director japonés, de su amor por los personajes desheredados, olvidados y marginales, en el poderoso Japón que resurgió de las cenizas tras La Segunda Guerra Mundial, pero también su deseo de revelar las paradojas y los aspectos más oscuros e irracionales de la sociedad japonesa, que había comenzado a cambiar la tradición por el consumismo.
楢山節考 (The Ballad of Narayama) es una película sobre la dura supervivencia en un enclave situado en una zona escarpada.
En su argumento, se plantean temas escabrosos, como el infanticidio y la eutanasia a los ancianos, justificados por motivos religiosos.
La supervivencia de una gente embrutecida por sus condiciones de vida, que les llevan a extremos aberrantes.
La visión de Shōhei Imamura, es muy realista; incluyendo las explícitas escenas de sexo mostrados, además, con verdadera suciedad, despojada del glamour de dichas secuencias.
El viaje hacia la muerte de la anciana madre, es duro y cruel, en una población alienada por creencias bárbaras, ancladas en el pasado.
Una ignorancia que se reproduce a sí misma, de generación en generación.
Una sociedad cerrada en sí misma, ignorante, y de pocas luces, donde la gente se pasa el día trabajando para poder comer, y que sufre las inclemencias del tiempo de forma implacable.
Una sociedad que no puede permitirse el lujo de la moral tradicional que todos conocemos.
Una comunidad que prácticamente se rige por la ley de la selva.
Allí, Shōhei Imamura muestra una vida amarga y dura en las montañas, un pueblo rural, donde el estilo de vida de sus habitantes se parece al de los animales.
Sin embargo, hay un vínculo a través de la sangre, que mantiene a estas personas funcionando a través de los momentos más difíciles, sacrificándose a sí mismo, con el fin de preservar el uno al otro, para hacer frente a la próxima generación.
楢山節考 (The Ballad of Narayama) está rodada a modo de documental costumbrista, narrando la vida cotidiana del pueblo, siendo los destierros forzosos de los mayores, un hecho natural más, un suceso tan cotidiano y tan intrínseco a su modo de vida, como el vecino que al no conseguir a la mujer que ama, alivia su deseo con el perro de un conocido; o la familia que, en temporada de grandes hambrunas, no quiere compartir su comida con el resto, y por ello se le impone la pena de ser enterrada viva en su totalidad.
La historia se trata desde el punto de vista de Orin, anciana cercana a cumplir los 70 años, y el drama que para ella supone ver cerca el momento, no de la muerte, sino de su abandono forzoso ante ella, quizás mucho tiempo antes del hecho natural inevitable que constituye el cierre del ciclo vital.
Son ancestrales costumbres que imponen a un varón de la familia, llevar al anciano que cumple 70 años, hasta las inhóspitas cumbres, para abandonarlo allí a su suerte.
Cuestión de supervivencia... como el vender o matar a los hijos varones cuando ya existen en la familia un primogénito, y un benjamín.
Orin, encorvada por unas más que probables osteoporosis y artrosis vertebrales, a pesar de su edad, disfruta de una vida saludable.
Trabaja en el campo, y capitanea las labores domésticas y familiares, y todavía posee una dentadura en buen estado que le permite alimentarse sin problemas.
En una conmovedora escena, veremos como ella misma se rompe varios dientes, golpeándose contra una piedra, para acelerar su discapacidad, una escena brutal por el realismo, donde también veremos la organización social:
La estructura de vínculos familiares, y la comunidad/pueblo, está formada por un conjunto de familias.
Se deduce por el film, que se trata de un sistema patriarcal, pues son las mujeres las que han de acudir a vivir a casa del esposo.
De hecho, el ceremonial de matrimonio, apenas existe.
Es más bien, un proceso que comienza cuando Matsuyan (Junko Takada), de la casa de la lluvia, entra en la casa de Tatsuhei, la casa del árbol.
A partir de aquí, se inicia el proceso del matrimonio, que se puede considerar consolidado, cuando la pareja tiene un hijo.
Se trata también de un sistema patrilineal, pues la vía hereditaria pasa de primogénito/masculino, al primogénito/masculino.
La familia de la casa del árbol es ésta:
Tatsuhei es el hermano mayor, el cabeza de familia, que se casa con Tamayan (Aki Takejo) tras la muerte de su primera mujer, Takeian, a la que vemos muy enferma...
Tatsuhei es el que manda y toma las decisiones en la familia; y es el heredero del estatus y los bienes materiales, evitándose así la división de tierras.
Aunque en la práctica, en esta familia, parece ser su madre, Orin, “la abuela”
Orin tiene 69 años; su marido era Riei, y avergonzó a toda su familia al no tener el valor de subir a su padre al monte Narayama, según se narra en el film…
Sobre la organización económica, se trata de una sociedad agraria, pues aunque se ve cómo pescan truchas, cazan con escopeta, lo que nos indica que data seguramente sobre el siglo XIX, un periodo medianamente reciente; añádase que sólo se ve que cace el primogénito, esto es, Tatsuhei, liebres, y tienen un escueto repertorio de animales domésticos.
Su principal objeto de esfuerzos, es el cultivo del arroz y las papas.
Debido al momento histórico en que se desarrolla, que como hemos comentado, se trata de apenas 2 siglos atrás, podemos aventurarnos a clasificarla de campesina.
En cuanto a la fase de producción, añadiríamos que todos participan de ella.
Todos ayudan y se esfuerzan en sacar adelante los campos y las tareas.
Respecto a la fase distributiva, se percata en el film, que se trata de una sociedad de subsistencia.
Todo lo obtenido, se distribuye dentro de la misma familia para propio consumo, o casi todo.
No hay prácticamente intercambio, tan solo con el vendedor de sal para conseguir ésta.
El dinero no aparece.
El vendedor de sal, es el que actúa como “celestina” y contacto entre los diversos pueblos del valle.
Habría de destacarse también, el infanticidio y el “senecticidio”, que es el abandono a muerte, suicidio, o muerte de la personas de la tercera edad.
El infanticidio, se da en menor medida; pues la economía es sumamente ajustada, y una boca más que alimentar, resulta inconcebible.
El “senecticidio”, en cambio, está más estructurado y desarrollado, camuflándose entre las faldas de las creencias religiosas que tienen.
Finalmente, al cumplir los 70 años, Tatsuhei cargará a su madre para llevarla a Narayama.
El tránsito es todavía más penoso que la propia vida en el pueblo.
El gran logro es, observar cómo Orin asume su destino, con qué grandeza, con qué humildad, como algo natural, como si ese traslado constituyese de hecho, el momento de la expiración, y de hecho así es, o al menos un anticipo del mismo.
Muchos encontraron atroz a楢山節考 (The Ballad of Narayama), por la dureza de la vida regida por las leyes draconianas.
Aún más preocupante para nosotros que vivimos en una sociedad que glorifica el individualismo, es la idea de que no es el individuo, sino la familia y la comunidad la que importa y que debe ser servida.
Orin entiende esto perfectamente, y vive en consecuencia, sin lugar a dudas o miedo.
Su hijo Tatsuhei, por el contrario, desgarrado por el amor a su madre y por su necesidad de ella, resiste lo mejor que puede; mientras un aldeano es encerrado por su hijo, que no lo soporta, y encuentra en la ley, un motivo conveniente para sus propósitos, pero su acción va en contra de su espíritu.
En efecto, es el viejo padre que debe tomar la iniciativa, e ir con valentía, aunque de mala gana, a su muerte.
No todo el mundo es tan entregado a su destino como Orin.
El anciano aterrado, cuyo hijo está desesperado por deshacerse de su padre llevándolo a Narayama, intenta una y otra vez para escapar...
Orin lo protege de la ira de su hijo, pero al mismo tiempo lo regaña por no estar dispuesto a aceptar lo que los dioses ahora piden de él.
Visualmente impresiona la forma en que se retratan las diferentes estaciones en su luz más bella:
La primavera y el verano, están llenas de exuberante césped y flores florecen.
El otoño proporciona árboles magníficos, derramando sus hojas; y el invierno produce montones de nieve.
El entorno, muestra imágenes increíbles de las montañas en el fondo.
Otro elemento interesante, es mostrar a diversos animales que como los personajes, nacen, se reproducen y mueren, son unos buenos segundos animales en su hábitat natural.
Existen los rituales brutales, sin lugar a dudas, y se aceptan como una parte normal de la vida.
El realismo y la brutalidad escandalizan nuestras conciencias de personas civilizadas:
El suicidio, el infanticidio, con ese cadáver de un recién nacido abandonado sobre los campos de arroz helados, que servirá como abono… el asesinato, el bestialismo del tarado, que alivia su concupiscencia con una hermosa perra de la raza Akita Inu; el utilitarismo, la ley del talión...
La naturaleza, como se citó, está muy presente durante todo el metraje, con un entorno que se torna reflejo o imagen de los acontecimientos venideros, donde desde las condiciones climáticas hasta la fauna, se nos presentan como metáforas visuales del ciclo vital, del paso natural de la vida a la muerte.
Las escenas se intercalan con imágenes de insectos, reptiles o aves rapaces en momentos clave, como el apareamiento, la reproducción o la caza, paralelamente a las mismas actividades que realizan los humanos.
Muy interesante el paralelismo final, entre los cuervos que esperan poder zamparse a la vieja, y las nueras que ya han saqueado sus pobres pertenencias.
Imamura, hace proliferar las escenas de animales copulando, para recordarnos la frontera difusa que separa a aquellos desdichados humanos de las propias bestias...
Las hijas son vendidas, o deben dormir con hombres en el pueblo, las mujeres embarazadas son asesinadas, hay sexo a sangre fría, y la codicia existe sin respuesta.
Imamura no permite que esto se convierta en la morbilidad absoluta, y lo presenta como la comedia negra, aliviando mucho esa tensión.
Del mismo modo, la espiritualidad y la muerte, es algo que va ligado a esas creencias, desde el propio Dios de la montaña, a la presencia de espíritus errantes en la propia naturaleza, representado con el viento en este caso.
La norma de que los mayores no pueden hablar durante su trayecto a Narayama, no es más que la representación de que durante el camino, perdemos parte de lo que nos hace humanos, nuestro habla, para transformarnos en lo que nos espera, en muertos; o bien para cumplir con el desapego.
De hecho, el crecimiento personal y la asimilación del destino mortal del personaje de Ken Ogata, el primogénito que debe llevar a su madre Orin a Narayama, es más que evidente, más aún cuando la bella montaña de las historias, se descubre que no es tan bella como la pintaban las leyendas…
El frío, la tempestad, la nieve, el deshielo, la suciedad, el viento, el hedor que puede llegar a desprender el cuerpo humano, en contraposición al aroma de las flores, o al dulzor que desprende el arroz recién hervido, y la fatigosa ascensión hasta el improvisado osario de la montaña, abandonan la pantalla para estremecernos, si cabe aún más, como espectadores del esta sensacional obra de arte cinematográfico.
La crueldad, ciertamente no es escasa, y en este entorno de nuestras propias costumbres, tienen el reto de decidir lo que es correcto o incorrecto.
La simbología y las creencias populares, son utilizadas para ocultar lo que es claramente un caso normalizado en dicha sociedad de “geronticidio”, o acabar con los ancianos, pues los mayores se convierten con el paso de los años, en un “estorbo” al no poder realizar las mismas tareas físicas que el resto, y son una boca más que alimentar, una carga.
Se prefiere que desaparezcan, para dar paso a nuevas generaciones.
Es muy duro pensar, cómo la anciana, que pese a estar en plena forma de salud, no duda en ir rompiéndose los dientes, para ser llevada cuanto antes, o la “suerte” de que el día que te lleven a la montaña nieve, para que con el frío, el sufrimiento sea menor.
De los personajes, aparte de Orin, Tatsuhei, y Tamayan, los aldeanos en su mayoría, se presentan como insensibles y egoístas.
El nieto de Orin, Kesakichi (Seiji Kurasaki), no es atípico:
No puede esperar que su abuela muera, y ya le compone una canción maliciosa sobre sus “treinta y tres dientes de demonios”, símbolo de su apetito inmoderado.
Pero contra estas manifestaciones del lado más oscuro de la naturaleza humana, el director establece continuamente la bondad y la dignidad de Orin.
楢山節考 (The Ballad of Narayama) no deja de tener sus momentos más ligeros.
Kesakichi y su novia, a pesar de su falta de corazón, a menudo son figuras cómicas.
Del reparto, vale la pena señalar a Sumiko Sakamoto como Orin, que pese a parecer una anciana, por aquel entonces tenía 49 años, interpreta a una mujer encorvada y desgastada a punto de cumplir los 70 años.
Una madre y abuela, que sucumbe a la atrocidad, sin quejarse, sin vacilar, y casi con impaciencia, que sus hijos más nerviosos.
Su calma, pacífica, rostro radiante, es una visión tan eficaz en las representaciones del largo sufrimiento de las mujeres explotadas, pero también la máscara de una terquedad finalmente aterradora.
Al ser un remake, la versión de Imamura, aunque de alguna forma no menos estilizada que Kinoshita, no hace uso de la puesta en escena de “Kabuki”, por lo que tiene una calidad intensa, a menudo anárquica, con escenas que en la película de Kinoshita, solamente son insinuadas, tales como el asesinato de la familia, se presentan sin pestañear por Imamura, en visiones de una película de terror, por su impacto visceral.
El momento más inesperado en la película de Kinoshita, se produce en las tomas finales:
Tatsuhei ha vuelto a bajar de la montaña, llorando y sosteniendo en sus brazos, la silla en la que se llevó a su madre.
De vuelta en el pueblo, se encuentra fuera de su cabaña, y oye a Kesakichi y Matsu cantando alegremente en su interior.
Tama se une a él y, al lado del otro, miran hacia fuera en la nieve que cae.
“Cuando tengamos 70, vamos a ir juntos al Narayama”, observa Tama, a modo de redondeo en los temas insistentes de la película, del tiempo efímero y la mortalidad.
Tatsuhei se hunde hasta las rodillas.
Y entonces, de repente, disolvemos de color a blanco y negro, del kabuki, ajustado a la realidad, y un tren de pasajeros se muestra hacia una estación llamada Obasute, o “abandono de personas mayores”
Lo mejor de楢山節考 (The Ballad of Narayama) es su gran fuerza dramática y la calidad artística; y se le puede achacar el sentimiento de asco por el ser humano que deja.
Trastornado me quedé con el bebé muerto en los arrozales como abono, cuando la abuela se rompe los dientes, el castigo aplicado a la familia que roba comida, en ese entierro… y el asesinato del viejo, tirado por el barranco…
Por último, la banda sonora fue compuesta por Shinichiro Ikebe, donde utiliza las canciones populares, sobre las que versa la historia.
Unas canciones que nos hablan de que cuando un anciano pierde todos sus dientes, debe de ser llevado a la montaña de Narayama, para cumplir su destino con el Dios de la montaña.
“長い過去ではなく、最初の法律は古いが死ぬ必要がありました”
(En un tiempo pasado no muy largo, la primera ley era que el viejo debe morir)
Nuestras vidas son como narraciones o historias que contamos conforme las representamos en el mundo.
Por tanto, al entender las historias de los ancianos, podemos entender mejor las diversas formas en las que los ancianos definen su autoestima, y cuáles son los planteamientos problemáticos...
En nuestra sociedad occidental, para los despistados, las personas mayores toman caminos diferentes, bien por decisión propia, del destino, qué poético queda esto, o de terceros, dígase familiares, cuidadores y/o amigos.
Así, un buen número de personas mayores, son cuidadas por sus familia más directa, otros son ingresados en estupendas instituciones, eso dice la publicidad, dígase residencias u otros destinos más o menos confortables.
El resto, con una buena calidad de vida, viven solos o acompañados:
La calidad de vida relacionada con la salud, es aquella auto percepción de salud que tiene la persona, independientemente de su “etiqueta médica diagnóstica”, estatus social, economía, etc.
Así, 2 personas con una misma enfermedad, pueden tener diferentes percepciones de su calidad de vida.
Entonces:
¿Podría valorarse a una sociedad determinada por el trato que dispensa a sus ancianos?
¿Qué vamos a hacer con nuestros ancianos, en esta sociedad envejecida que no les deja sitio?
Si no pueden vivir en sus casas, porque no pueden valerse por sí mismos, si las residencias públicas tienen unos límites de capacidad tan ínfimos que implican unas condiciones de admisión draconianas, y las residencias privadas cobran como complejos de súper lujo para estancias selectas…
¿Habrá que subirlos a una montaña, y abandonarlos allí a su suerte hasta que mueran de hambre?
La contemplación del abandono de un anciano, nos provoca un sentimiento de pena, y una inmensa sensación de repulsión.
Esta situación inaceptable, aparentemente entraría en colisión con la historia que Imamura expone delante de nuestra mirada.
En una sociedad contemporánea, donde se rinde culto a la juventud, a la salud y a la independencia…
¿Resultaría admisible desentendernos de nuestros mayores?
Si por los avances sanitarios, nuestra sociedad cada vez está más envejecida, si además, la actual crisis económica mundial, ha servido para despertarnos de aquel dulce sueño de los recursos ilimitados…
¿Terminarán siendo los ancianos, los débiles y los desfavorecidos, los más perjudicados?
La sociedad tarde o temprano dará respuesta, habrá menos dinero para escuelas y universidades, y mucho más para medicina terminal, y lugares para la población envejecida, y no faltarán quienes quieran sacar tajada con ello, como los bancos, que enseguida se han apresurado, primero en Estados Unidos, y desde hace unos años en Europa, a crear negocios y contratos como el llamado vitalicio inmobiliario, o la hipoteca inversión, que no son otra cosa que volver a quedarse con las propiedades de quienes, después de pagar hipotecas durante décadas, no pueden valerse por sí mismos, o no tienen familia, a cambio de pensiones o rentas irrisorias.
Al ver楢山節考 (The Ballad of Narayama), en el trayecto de Orin hacia el lugar de su abandono y muerte, nos damos cuenta también, de que para ese pueblo, el cumplimiento de este rito bárbaro e inútil, constituye uno de sus principales rasgos de comunidad, el abandono de los mayores para destinar los alimentos y el espacio que éstos ocuparían a los más jóvenes, y a los niños que son el futuro, y que algún día serán llevados también a la montaña.
¿Es eso lo que olvidamos?
¿No nos damos cuenta, de que condenando a nuestros ancianos a ser abandonados y privados de todo en una montaña inaccesible, nosotros mismos nos condenamos a ella tarde o temprano?
¿Por qué vivimos con esa insistencia en olvidar que un día vamos a morir, y que antes de que eso ocurra, si llegamos a edades avanzadas, no hay razón alguna porque se nos prive de nuestra dignidad como seres humanos?
El mito en el que se basa este poema, hecho imágenes que es 楢山節考 (The Ballad of Narayama), es sin duda uno de los más crueles cuentos acerca de la inhumanidad del ser humano.
Un ser capaz de eliminar a sus ancianos, en nombre de la supervivencia y el bienestar de los jóvenes.
Una sociedad diseñada en el engaño de falsos ídolos anunciadores de paraísos celestiales, ajenos a la vida terrestre que aniquila la dignidad que supone la vejez.
Unos ancianos que sacrifican con alegría y convencimiento su propia vida, arrancándose incluso sus propios dientes, para tratar de propiciar caminos de felicidad a sus descendientes.
Una ordenación a simple vista primitiva de la sociedad, que un simple vistazo a los nuevos hábitos sociales mantenidos en el progresista occidente del siglo XXI, parece que no es tan prehistórico como nuestra mente nos hace creer.
Y es que los asilos de ancianos, con sus doctorados trabajadores y comodidades, se han convertido en el Monte Narayama que sigue turbando con su presencia el seguro destino que el paso de las estaciones y del tiempo, nos deparará a todos nosotros.
Porque todos acabaremos habitando ese Narayama, frío, silencioso, misterioso…
Un hábitat que únicamente espera nuestras dentaduras postizas, y bastones de madera para cobijarnos en sus frías paredes hasta que el último aliento haga su espiración.

“あなたは沈黙の中で旅のルールを遵守しなければなりません”
(Usted debe cumplir con las reglas del viaje en silencio)



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