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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

viernes, 12 de mayo de 2017

Entre Les Murs

“Bienvenue à tous nos nouveaux collègues.
Les étudiants peuvent être difficiles mais ils sont de bons enfants”

Los problemas a la hora de educar a las generaciones más jóvenes, han sido unos de los mayores quebraderos de cabeza para todas las sociedades a lo largo de la historia.
Desde hace décadas, la educación europea está viviendo transformaciones constantes, que intentan superar los desajustes producidas tanto en el orden interno como en el externo.
La universalización de la educación, ha supuesto un cambio radical de los objetivos tradicionales de los sistemas educativos, la mayor parte de ellos creados y configurados durante el siglo XIX, inmersos en las primeras sociedades industriales, y el nacimiento de los regímenes liberales.
Otro factor que ha dejado obsoletos muchos de los planteamientos tradicionales de la educación, basados en el papel predominante de la escuela como transmisora de valores y conocimientos, son los cambios sociales, culturales y tecnológicos que se extienden con la progresiva configuración de la sociedad postindustrial de la información, de la comunicación, o del conocimiento, según las diversas denominaciones que encontramos en la actualidad.
Los sistemas educativos europeos viven, por estas causas, entre otras, problemas comunes.
De hecho, los países de La Unión Europea son un verdadero mosaico en las formas de organizar la educación, en los sistemas para financiarla, en los procedimientos de formación del profesorado, en la ordenación académica, etc.
Sin embargo, todos ellos participan de unos mismos objetivos:
Garantizar la universalización de la educación hasta los 16 años, en algunos países hasta los 18, y asegurar la igualdad de oportunidades.
Metas fundamentales que intentan conseguir por caminos diferentes.
Y preocupa en casi todos los países, las dificultades derivadas de la incorporación masiva de la población inmigrante al sistema escolar.
La interculturalidad y la multiculturalidad, son cuestiones debatidas que intentan establecer el grado de aculturación relativo, respecto a la cultura dominante del país de acogida.
Los problemas fundamentales que plantea esta situación, son los procesos de integración e incorporación normalizada a las distintas etapas del sistema educativo.
No hay consenso entre los países, sobre el sentido que debe darse a lo que se considera integración, y al tratamiento de las diferentes minorías en relación a sus rasgos culturales, su lengua, etc.
Tampoco hay soluciones únicas para los sistemas de escolarización.
Incluso, países con una larga tradición en la acogida de población emigrante, como Francia o Gran Bretaña, buscan nuevas soluciones a los viejos problemas que plantea este fenómeno.
Otros problemas comunes son:
La insuficiente incorporación de las nuevas tecnologías de la información a la actividad didáctica del profesorado; la ruptura de la estabilidad y el orden en las escuelas, con la aparición de brotes de violencia, el malestar de amplios sectores del profesorado, especialmente el de secundaria obligatoria que viven un claro proceso de desprofesionalización, etc.
En un mundo, como el europeo, en el que los valores cambian, y la información fluye por muchos caminos diferentes al de las organizaciones escolares, los sistemas educativos, diseñados en otro momento histórico, con funciones centrales en la transmisión de valores y conocimientos, tienden a quedarse atrasados, respecto a las nuevas exigencias y, sobre todo, en los métodos educativos.
Esta situación explica, en parte, la crisis en la que se encuentra sumida la educación europea, sobre todo la secundaria.
Un momento de crisis como el actual, exige:
Repensar los objetivos, renovar los métodos de enseñanza y reformular su propia identidad.
Todo un desafío para las sociedades europeas.
Desafío que debe ser abordado y superado, ya que el futuro es, en gran parte, lo que es hoy la educación.
Porque la realidad viene dada en forma de preguntas:
¿La escuela sirve para enseñar conocimientos, o para educar ciudadanos?
¿Es más importante, que un alumno sepa hacer la raíz cuadrada, o que desarrolle su capacidad reflexiva y deductiva?
¿Cuál es la función del profesor?
¿Debe ser un pequeño psicólogo?
¿En los centros de enseñanza, evaluamos estudiantes mejores y peores, o realmente buscamos crear ciudadanos maduros e independientes?
¿Hasta dónde ha de llegar la autoridad del profesor; y dónde está la línea que separa lo que es competencia del profesor, y lo que lo es de los padres?
¿Cuánta culpa tienen las situaciones familiares en el fracaso escolar?
¿Es ético expulsar a un alumno conflictivo, cuando supone condenarlo al trabajo forzoso, y cerrarle las puertas a un futuro esperanzador?
“La dynamique d'une classe multiculturelle et son enseignant éclaireront”
Entre Les Murs es un drama francés, del año 2008, dirigido por Laurent Cantet.
Protagonizado por François Bégaudeau, Agame Malembo-Emene, Angélica Sancio, Arthur Fogel, Boubacar Toure, Burak Özyilmaz, Carl Nanor, Cherif Bounaïdja Rachedi, Dalla Doucoure, Damien Gomes, Esmeralda Ouertani, Eva Paradiso,  Henriette Kasaruhanda, Juliette Demaille, Justine Wu, Franck Keïta, Laura Baquela, Louise Grinberg, Rachel Régulier, Vincent Caire, entre otros.
El guión es de François Bégaudeau, Robin Campillo y Laurent Cantet, basados en la novela “Entre Les Murs” (2006), escrita por François Bégaudeau; una astuta e inteligente novela sobre la identidad moderna de Francia, y sobre el intento de transformar a los jóvenes en ciudadanos, a través del diálogo.
Laurent Cantet, comenzó a pensar en esta película poco después de concluido el rodaje de su anterior filme, época en la que François Bégaudeau, profesor de profesión, presentaba su novela “Entre Les Murs”
El director, decía al respecto que “por una vez, un profesor no escribía para saldar cuentas con adolescentes, presentados como auténticos salvajes o verdaderos tarados.
Leí el libro, y tuve la sensación de que aportaba 2 cosas a mi proyecto inicial:
En primer lugar, una especie de marco documental del que carecía, y que tenía la intención de suplir, pasando unas semanas en un instituto; y en segundo lugar, el personaje de François y la relación con sus alumnos.
Condensó y encarnó las diferentes facetas de los profesores que yo había imaginado”
Cantet nos pone así, frente a un personaje idealista, que no claudica, pero que cae en la cuenta de las limitaciones de su idealismo.
“Todos mis personajes son unos idealistas que sueñan con la utopía.
Pero también es cierto que se topan con mi pesimismo, que piensa que el sistema es siempre más fuerte que el individuo”, admite el director.
Aun así no desespera:
“Justamente, lo que quiero enseñar es que hay que seguir negociando con la realidad para alcanzar, si no la utopía, sí la mayor justicia posible”
La novela y la película, son una narración parcialmente autobiográfica de las experiencias de Bégaudeau, como profesor de literatura, en una escuela secundaria del distrito 20 de París, 20e arrondissement, cuyos alumnos tienen orígenes culturales y nacionales diversos; y es tratada con una vocación documentalista, donde el autor de la novela, se interpreta a sí mismo en su papel de profesor.
“Quería hacer justicia a todo el trabajo que se desarrolla en las escuelas.
En una clase, la inteligencia siempre está en juego, incluso en los malentendidos y en los enfrentamientos.
Queríamos mostrarlo cada vez que rodábamos una escena.
En los intercambios entre alumnos, entre profesores, entre profesores y alumnos se hacen preguntas, se entienden, se intercambian ideas.
Apostar por la inteligencia, corresponde al modo particular, y poco ortodoxo en que François ejerce su profesión.
La película no intenta proteger a unos y atacar a otros.
Todos pueden ser débiles y brillantes, con momentos de gracia y de mezquindad.
Cada uno puede tener momentos de clarividencia o de ceguera, de comprensión o de injusticia.
Pero me parece que esta película comunica un mensaje positivo, porque reconoce que el colegio es a menudo caótico.
Se viven momentos de desaliento, pero también momentos de gran felicidad.
Y de entre este gran caos, surge bastante inteligencia.
Pocos profesores se arriesgan tanto como François ante los alumnos.
No se arriesgan a equivocarse, a fracasar.
Es más fácil transmitir el saber mediante una clase magistral, que intentar hacerles partícipes a todos, sin que se den cuenta.
Para eso hace falta mucha sangre fría.
Algunos se lo reprochan, y otros le envidian.
Este hombre tiene algo de Sócrates”
Laurent Cantet opina sobre la actitud en el aula:
“No debemos olvidar, que tanto en una película como en un libro, está el efecto artístico.
En otras palabras, aunque se intente reproducir la realidad e incluso su monotonía, una película y un libro se componen de excepciones.
Muchos lectores del libro, me han dicho:
“Pues sí que pasan cosas en las aulas”
Pero no ven que solo he contado los mejores momentos, porque era necesario para el libro.
Si todos se callan, no hay escena.
La clase de las 8am, donde todos los alumnos están dormidos, no da nada para contar”
A diferencia de otras películas célebres, y más o menos recientes, que tienen las aulas como escenario y el proceso educativo como tema, Entre Les Murs no sale nunca hacia el exterior del recinto escolar.
No obstante, “los muros” a los que se refiere el título, no son tan sólo los que limitan el espacio físico, siempre un poco carcelario, del instituto, sino los de una institución, cuya faceta más problemática, es abstracta, puesto que corresponde al lenguaje.
Entre Les Murs ganó el prestigioso premio La Palme d’Or del Festival Internacional de Cine de Cannes, siendo el primer filme francés en ganarlo desde 1987.
Según el presidente del jurado, Sean Penn, la elección fue unánime.
Entre Les Murs abarca todo un curso académico en un instituto.
François da clases de lengua francesa, en un aula donde se mezclan estudiantes de procedencia, culturas y actitudes muy diferentes, desempeñando también la función de tutor de estos alumnos.
El instituto es conflictivo, en parte debido a que está situado en un barrio marginal; sus alumnos tienen entre 14 y 15 años, y el profesor no duda en enfrentarse a ellos en estimulantes batallas verbales; pero el aprendizaje de la democracia, puede implicar auténticos riesgos; por tanto, es la crónica de la vida en una clase:
Una comunidad de 25 personas, que no han elegido estar juntas, pero que deberán trabajar “entre muros” durante un año escolar.
Al comenzar el curso, los profesores, llenos de buenas intenciones, deseosos de dar la mejor educación a sus alumnos, se arman contra el desaliento…
Pero la abismal diferencia de cultura y de actitud choca violentamente en las aulas, que no son más que un microcosmos de la Francia contemporánea.
Por muy “divertidos” que sean a veces los alumnos, sus comportamientos pueden cortar de raíz el entusiasmo de un profesor.
La tremenda franqueza de François, sorprende a sus alumnos, pero su estricto sentido de la ética se tambalea, cuando los jóvenes empiezan a no aceptar sus métodos.
Así, la clase funciona como una metáfora, un microcosmos del exterior.
Conviven entre los muros:
El aplicado, el rebelde, la inteligente, la insolente, la presumida, el raro, el exiliado, “el diferente”, el callado, el emo… y el profesor que debe aceptar a cada uno en su diferencia, pero intentando que saquen cada uno lo mejor de sí mismos, y que la escuela no sea sólo un vehículo para aprender disciplinas, sino para formarnos como personas.
Como si de un documental se tratase, Laurent Cantet nos sumerge y nos cuenta con veracidad y honestidad, todo lo que transcurre en el instituto.
El papel del profesor, que a pesar de los avatares y problemas que sufre a causa de sus alumnos, sigue confiando completamente en ellos, también habla de la absoluta soledad del profesor ante circunstancias burocráticas que favorecen más al alumno, que al profesor.
También de los numerosos problemas de integración de los inmigrantes, metidos en un sistema burocrático que, en lugar de buscar integrar, consigue todo lo contrario.
Del relativismo moral y la ley del mínimo esfuerzo, más preocupados en tenerlos entre muros, antes que realizando cualquier otro tipo de actividad.
El título es elocuente trasmitiendo por momentos, una sensación claustrofóbica.
En la clase salen a relucir los conflictos, la violencia, la diversidad, la miseria y la grandeza de una clase real, con su mezcla de culturas y razas diversas.
El tema principal, es el diálogo, la lucha socrática del profesor por educar a través del diálogo con los alumnos.
En este sentido, queda perfectamente reflejada la dificultad de la tarea, la labor ardua y diaria que supone educar, moldear a los adolescentes, con la frustración que conlleva, cuando solo se consigue el fracaso, como en el caso del alumno expulsado, o de esa alumna que a final de curso le dice al profesor que no ha aprendido nada…
Entre Les Murs es real en mostrar lo que a los jóvenes les interesa en ese momento de sus vidas, a través de la educación recibida en el colegio, centrándose en su profesor/supervisor en la clase de francés, dejando de lado a los demás.
La película no puede dejar de ser sociopolítica, en mostrar la muy variada fauna que compone tanto Francia como La Unión Europea, así como los índices de educación, alfabetismo, valores familiares y de tolerancia, entre otros aspectos; y es esencial para los padres, en el sentido que “la educación” comienza en el hogar, los hijos no se educan en la escuela; con 2 temas tangenciales implícitos:
La disciplina y el respeto.
Estos 2 rasgos constituyen un pilar fundamental para la formación personal y el aprendizaje, pero se nos olvida que estos no deben impartirse en la escuela, sino en casa.
Tengo la sensación, de que cada vez más, los nuevos padres dejan a sus hijos en la escuela “para que los eduquen”
Pues no; la educación comienza desde casa, dedicando tiempo a los hijos, preocupándose por sus amistades y compañías, imponiendo respeto en el trato a los familiares, premiando lo bueno, y castigando lo malo.
La escuela debe ser un centro de aprendizaje del conocimiento, aprender y comprender, y formación de habilidades, pero para ello debe haber una estabilidad emocional trabajada anteriormente desde el hogar.
Y es cierto; hay 2 factores que impiden que los nuevos educadores progresen:
No ha habido una migración de la disciplina, antes impartida en las clases con el castigo físico, a los hogares, con lo cual los profesores están indefensos ante los ataques a su persona, especialmente por la tendencia a la sobreprotección del menor.
Y el concepto de educar en valores, es peligroso, porque implica una individualización de la enseñanza, algo que en la escuela pública no es viable.
Por no hablar de que cada vez más se les atribuyen a los profesores tareas que no son de su incumbencia.
Curiosamente, en la enseñanza universitaria, existe la tendencia contraria, que es librar al profesor de tareas que deberían ser suyas.
La convergencia europea, es una evidencia de ello.
Otro tema que daría mucho juego sería:
¿Quién y cómo se educa a los futuros educadores?
En definitiva, Entre Les Murs es el marco ideal para enseñar a los alumnos de distintas razas, lenguas y religiones que conviven en ella, a respetar las diferencias de los otros, y aportar lo mejor de su cultura, para que de ahí surja una sociedad futura en la que el respeto, la igualdad y la tolerancia sean la nota predominante.
“Khoumba, si nous commençons à choisir des noms adaptés à toutes vos origines, cela ne finira jamais”
Casi todos los conflictos de la sociedad actual, tienen su reflejo en un aula de instituto.
Así lo entendió el cineasta francés, Laurent Cantet, que se propuso explorar las tensiones de la sociedad multiétnica en la que vive, a través de los adolescentes de un instituto.
Unos chicos en torno a los 14 años, alumnos de un liceo multirracial de un popular y conflictivo barrio de París, a los que convirtió en actores.
Cantet la rodó tras un año de preparativos y ensayos con los muchachos de origen magrebí, subsahariano, chino y francés de clase obrera.
Trabajaron en un taller de arte dramático junto a sus profesores y padres.
Muchos, han visto la película como un documental sobre la vida real.
El empeño de Cantet y su equipo en reproducir la realidad de un año escolar, en un aula del instituto Françoise Dolto de la multicultural periferia parisina, ha convencido a muchos de que lo que veían, no podía ser otra cosa que lo que había pasado de verdad entre esas mismas 4 paredes.
Que los chicos de la clase fueran alumnos de ese mismo instituto, que François Bégaudeau, el profesor protagonista, fuera en la realidad también profesor de un instituto similar, y autor del libro en el que está basada la película, y el tono franco, directo y documental de la cinta, han contribuido al espejismo.
El instituto Françoise Dolto en el distrito XX de París, es el mundo.
Y el aula de lengua francesa del profesor François Bégaudeau, radiografía de una democracia imperfecta, la constatación de que el lenguaje es el principio de toda identidad.
“La mejor herramienta para encontrar tu lugar en el mundo, es la lengua”, admite Cantet, “y lo interesante de François, es que no ejerce de censor”
La clase, es una estimulante batalla campal de la palabra.
Empieza el curso, y los profesores se presentan a la cámara…
Los alumnos se presentan al profesor…
La clase se convierte en una ventana por la que miramos todo.
Ellos, sin duda, saben que estamos ahí, mirando, pero hay un tono, una frescura, una apariencia de verosimilitud, de documental, que nos indica lo contrario:
Miramos sin que lo sepan.
Cinematográficamente, Entre Les Murs es un prodigio de puntería y de oportunidad:
La educación, el lenguaje, la relación entre alumnos y profesor, la sustancia maleable, flácida, en la que a veces se sustenta el poder...
Pero además, es un privilegio:
Asistimos a un profundísimo experimento, pues sólo hay personas, ni un sólo personaje, incluido el propio profesor, François Bégaudeau; pero perfectamente enfocado al grupo y al individuo con qué naturalidad vamos conociendo a cada uno de los alumnos y sus puñetas.
François, es un entusiasta profesor de lengua en un instituto conflictivo a las afueras de París.
Su arriesgada manera de plantear las clases, decide transgredir determinadas normas, trata a los alumnos de igual a igual, se adapta a las necesidades educativas de los alumnos, emplea la ironía, y permite que los alumnos le planteen preguntas comprometidas, entre otros detalles; le hace ser punto de mira de la dirección del colegio, y de la parte más estricta del profesorado, que lo tildan de “blando”; peor es un nadador a contracorriente que tiene que enfrentarse a las estrictas normas del Instituto para poder dar una oportunidad a sus alumnos.
El profesor, se ve obligado a medir con exactitud cualquier frase, cualquier réplica:
La institución educativa le obliga a ello, para evitar connotaciones ideológicas indeseadas, ya sean racistas, sexistas o de cualquier otro tipo.
Debe estimular, pero también debe encontrar las palabras justas con las que imponer orden.
Debe conocer y dominar el lenguaje de los jóvenes, para lograr que sepan hallar los matices, las connotaciones, los deslizamientos que se expresan, sin que lo queramos en todo acto de habla, incluido el silencio.
Pero tiene dificultades para mostrar o para ocultar, cómo las palabras contienen siempre una ideología.
Los alumnos lo intuyen, sospechan del habla del profesor, pero no del habla propia.
Él es homosexual, pero cuando un alumno se atreve a preguntárselo delante de los demás, el profesor vacila, da un paso atrás y, sin perder las formas, lo niega…
Lo contrario, seguramente, hubiera ocasionado demasiados problemas, como por ejemplo algún chantaje para echarlo o manipularlo.
Para los jóvenes, las palabras son un arma inmediata, o una ocasión para inventar agravios, o una máscara simple y divertida.
A lo largo de un año veremos cómo el profesor se enfrenta a esa multirracialidad, hijos de la inmigración o por nativos de clase baja lumpen, alumnos negros que ejercen el racismo con los magrebíes y viceversa, gente con recelo o desidia ante la autoridad que encarna el mismo, que se ha propuesto enseñar la asignatura de lengua a sus impuestos, indiferentes o agresivos parroquianos.
No le amenazan con pistolas, pero los estallidos de violencia entre ellos, o contra él, pueden ser muy fuertes, tienen sus días mejores y peores, hay listos, normales, tontos, retorcidos, limpios, traumados, osados, dóciles…
Hay de todo, como en la vida, pero las posibilidades de que el verdadero profesional de la enseñanza sienta que ha logrado los frutos que se proponía, y que los alumnos asuman que estar entre las paredes es gratificante o decisivo para su futuro, pertenecen al reino de la utopía.
Su clase, está compuesta en gran parte por hijos de inmigrantes subsaharianos, magrebíes, antillanos o asiáticos.
La lengua que imparte a sus alumnos quinceañeros, es por tanto la del antiguo imperio colonial, atención a ese tipo de detalles…
A fin de cuentas, el profesor representa a un poder, el de la institución educativa, que es la primera y más básica herramienta de unificación del Estado, y que dispone por eso mismo, de un lenguaje propio.
Pero ese lenguaje consiste básicamente en un inventario tácito de restricciones y supuestos que aprisionan al propio docente:
Debe enseñar tolerancia, pero también disciplina, pero también un sentido mesurado de la justicia, pero también entusiasmo por el saber, pero también capacidad de sacrificio, pero también respeto hacia uno mismo, pero también respeto a la autoridad, pero también respeto hacia el colectivo del que esa autoridad, en cualquier caso, no puede emanar… pero también…
No puede extrañar que todas estas intenciones cívicas, mantengan un equilibrio precario, cuando no se cancelan entre sí.
Entre esa fauna tenemos algunos “destacados” alumnos:
Khoumba es una adolescente risueña, habladora y muy participativa en clase.
Mantenía una buena relación con François, pero tras el verano, Khoumba cambió de actitud, y adoptó una postura distante, y hasta cierto punto grosera con el profesor.
A François le parece, que la actitud de Khoumba es inaceptable, y le llama la atención.
Sin embargo ella no está dispuesta a cambiar, se ha hecho “mayor”, y el instituto ya no le interesa como antes.
¿Algún enamoramiento hacia él, que cambió cuando se le preguntó al profesor de su evidente homosexualidad?
Esmeralda es la mejor amiga de Khoumba.
Es una chica habladora e insolente, que pone en tela de juicio la metodología del profesor.
Es la encargada de representar a los alumnos en la junta de evaluación.
Sin embargo, su actitud chistosa y distraída durante la junta, le hace mal interpretar las palabras con las que François define a Souleymane.
Este malentendido, será el desencadenante de uno de los momentos más tensos que se viven en el aula, cuando Souleymane adquiere una actitud agresiva.
Soberbio retrato del pernicioso efecto de la incorporación de los “agentes afectados” a los órganos de decisión del colegio.
La imagen de la asesinable Esmeralda, rumiando su chicle en El Consejo Disciplinario con la otra modorra, nos muestra los efectos de la participación democrática mal entendida.
¿Por qué los profesores no pararon esa actitud de las guarras, que actuaron de forma insolente, irrespetuosa y bajuna, siendo las 2 alumnas delegadas de clase?
¿Qué se puede esperar de un director y de un claustro de profesores que permiten tales necedades en medio de una importante toma de decisiones?
“Esmerada”, en joder, reconoce que no ha aprendido nada en el curso escolar, pero si lo ha hecho fuera de ella, gracias a un libro, prepárense que esto es bueno… el libro, de un tal Platón, llamado algo así como “La República”
¡Para mear y no echar gota!
Escena absurda, fuera de lógica, y que una vez más, usa su director para pretender demostrar que el sistema educativo está obsoleto, y que es fuera del aula donde los alumnos aprenden más…
Souleymane es uno de los alumnos más conflictivos de la clase.
Viste con ropa ancha, tipo hip-hop, lleva un tatuaje en el brazo, se sienta en la última fila de clase, nunca lleva los materiales necesarios, y falta al respeto a sus compañeros.
Souleymane pertenece a la segunda generación de una familia de inmigrantes de Mali; cuando su madre va al instituto para hablar con el profesor, la comunicación entre ambos se ve complicada, porque ella no sabe hablar francés, y es su hermano quien hace de intérprete.
Tras un incidente en clase, Souleymane es llamado a un Consejo de Disciplina para decidir si le echan del centro, y va solo acompañado de su madre, siendo él quien traduce… y nosotros como los profesores, sin saber qué rayos le tradujo, porque no hay subtítulos para ello, lo que incrementa la preocupación en el diálogo.
Y es que Souleymane es un joven con un grave problema de disciplina que desperdicia las horas de clase.
Un día, debido a un mal entendido, se encoleriza en clase, con tan mala suerte que golpea con la mochila a una compañera de clase, Khoumba, causándole una herida en la ceja.
Por ello es que el director del centro piensa que este incidente es inadmisible, y convoca un Consejo de Disciplina para juzgar y determinar el futuro de Souleymane...
La historia de Souleymane, nos plantea la sobreprotección que da el sistema educativo a los no quieren estudiar por amor de un igualitarismo suicida.
Los remilgos y mohines de los profesores para expulsar al delincuente, demuestra que el buenismo y el pensamiento débil, funciona no sólo en muchos países.
Plantea si con nuestros impuestos tiene sentido dar educación a una criatura de 16 años que no quiere estudiar.
Wei, es un inmigrante chino, que todavía no sabe hablar bien francés.
Es trabajador, hablador y bueno…
Cuando le preguntan su opinión acerca de sus compañeros, Wei explica lo desconcertante de la actitud de sus compañeros con respecto a su experiencia anterior.
Le parecen vagos y faltos de vergüenza, por eso no se siente cómodo con sus compañeros, y se encierra en su casa a jugar al ordenador.
Su madre, que se encuentra de forma irregular en el país, es detenida en la calle, y llevada a un centro donde la van a deportar.
Los profesores intentarán recaudar fondos para pagar a los abogados, y así impedir su deportación.
Demoledor retrato de Wei, que a pesar de su interés en progresar, es el que peor habla francés, será condenado a un futuro muy negro, pues el igualitarismo buenista le impedirá desarrollarse y competir con los demás, anulando su deseo de esfuerzo y superación.
Pero también veamos el otro lado del espectro:
El director del centro, es un hombre serio y disciplinado.
Su metodología es radicalmente diferente a la de François.
Él aboga por una educación, donde la disciplina rija la vida dentro del aula.
No se involucra en la vida de sus alumnos, y parece que establece un límite muy claro entre lo que ocurre dentro del centro, y lo que ocurre fuera.
Como dato, alarmante y desolador, hay un profesor que tiene cierto grado de sensatez, y que por defender posturas de mayor respeto/autoridad, es presentado de forma antipática; en ese sentido digo que la película toma partido.
Mientras hay otra profesora embarazada, que será protagonista de importancia extracurricular, y por último, un profesor hastiado de los salvajes alumnos, que está dispuesto a mandarlos a la mierda, y largarse de ahí, porque está hasta las cejas de arrojarle flores a los cerdos, etc.
A destacar que no hay profesores de otra etnia, o color, todos son blancos, y aparentemente de buena situación económica.
Hay en el fondo, un perfecto tratado de filosofía sobre la acción y la reacción, sobre el dominio y la autoridad, sobre la sublevación y la sumisión, sobre castigo y penitencia...
Como en cualquier clase, en cualquier curso, en ésta se asiste a docenas de lecciones, la mayoría de ellas lingüísticas y humanas.
Una enorme, no es cierto que aquí se esté a salvo, pues es constante la filtración en esa clase del mundo exterior, un mundo recio, racial, lleno de penurias y reflejo de una Francia tan diversa en culturas y clases como un ala entera del Museo de Ciencias.
La película no sale de allí, pero entra a raudales la circunstancia de cada alumno, inmigrante, añorante y, lamentablemente, ignorante, pero con una fuerza y una resolución que dan miedo, pena, desolación y cólera.
Nuevamente atención a las etnias del alumnado, versus la etnia del profesorado, en este sentido, la película explora los temas del colonialismo, el desplazamiento, la asimilación frente al pluralismo cultural y el privilegio blanco.
Hay que ser consciente, de que la diversidad cultural que presenta una clase con alumnos de distintas nacionalidades, es un arma de doble filo.
Es indudable, que tal diversidad permitirá a nuestros alumnos más pequeños, que serán los hombres del mañana, cosa que da terror al ver a estos salvajes, ser personas abiertas y tolerantes hacia una problemática que afecta a la sociedad de todo el mundo.
Sin embargo, es esta misma diversidad, la que puede conllevar ciertos problemas de adaptación, tanto al alumno extranjero, como al alumno autóctono/nacional.
Llama la atención, que no se haga necesario recurrir a la vida en las calles y en las casas de los alumnos, sin embargo, se puede presuponer fácilmente, quién es cada uno, sus negaciones ante el conocimiento académico, sus complejos, frustraciones e indiferencias; y sus raíces y sus posturas ante la nación, algo que en Francia es común desde hace tiempo, este es un país multirracial, y hay que adaptarse a los nuevos tiempos.
Pero también es una ida a ningún lado, casi “una batalla perdida” del profesor guía, y su afán de hacer quedar bien a sus pupilos ante hechos deplorables, su escala de grises es enorme, y hasta su intransigencia le borra la razón.
Así, en vez de emplear su clase magisterial al completo en la asignatura y los conocimientos propios de su especialidad, y para lo que está contratado y se le paga; él permite y se pone a responder todo tipo de cuestiones que no vienen al caso, incluso preguntas personales, las cuales no son ese el lugar donde debe contestarlas, por ejemplo, si él es o no homosexual; para mayor gloria de sus maleducados alumnos.
Es obvio que este profesor siembra él mismo su propia falta de autoridad, y les pone en bandeja a sus educandos, las chispas con las cuales encender el fuego del irrespeto, del cachondeo, del desorden.
En consecuencia, el propio preceptor contribuye a que el espacio escolar construido para la enseñanza, no sirva exactamente para tal fin; el propio maestro es el causante consentidor de que la clase, donde ha de reinar el silencio, la atención y el clima imprescindible de aprendizaje, se convierta en un salón donde los colegiales más aviesos e incívicos, den rienda suelta a sus chulerías, groserías e incivismo; esto es:
“Dándoles cuerda para que con ella le ahorquen”
En definitiva, el maestro François Bégaudeau, demuestra a todas luces en el interior del aula, una praxis académica poco solvente, contraproducente, y fuera de lugar.
Como docente está suspendido, porque él es el primer causante, el principal fomentador de los problemas que surgen en su clase, desde el desorden a los brotes de irrespeto que sus alumnos le dedican; porque demuestra ser una autoridad que carece de autoridad, y siembra entre sus escolares, la continua desautorización.
Como educador, da suficientes motivos para, una vez acabado el curso del que somos testigos, calificarle con un reprobado magisterial.
Obviamente, como François Bégaudeau va sobrado de instructor que busca en el aula el “democratismo irrelevante”, en vez de la autoridad docente, que debería ser su auténtica función y deber; la mayoría de los alumnos que son muy avispados, le toman hasta el hombro de la mano que él previamente les ha dado, tratándolo como a un “amigo”, en vez de como a un docente-autoridad; no le guardan el respeto debido, y le hacen casi inviable las horas lectivas.
Pero él erre que erre, como va de “supercomprensivo”, y encima, no se hace caso de las advertencias de otros compañeros docentes más serios, que son los que siempre suelen aparecen como antipáticos y rigurosos, cuando en verdad son los verdaderos maestros que saben lo que hacen; pues trata de ser el profesor con más “talante pedagógico” en el aula, sin comprender que su actitud es pedagogismo nefasto, carente de disciplina y de autoridad, el cual provoca degeneración en cuanto a transmisión de conocimientos se refiere, o educación académica en sí misma.
El rostro del profesor, es el saco de arena que recibe los golpes, oscilando en busca del pensamiento que le permita dar la réplica adecuada ante cada exabrupto del alumnado.
La paradoja que expone Entre Les Murs, es la impotencia que aparece en las delicadezas del lenguaje del profesor.
Los alumnos, por su parte, responden con automatismos y con la relativa garantía de hallar protección en la masa.
Negado o inhabilitado para acceder a los matices, el joven utiliza las palabras del profesor para volverlas en su contra ante la aprobación de los compañeros.
Hasta el punto de que un desliz verbal de él, provoca una cadena de acontecimientos que termina con un consejo disciplinario contra Souleymane, un alumno díscolo, pero inteligente, que es expulsado y que, tal vez, deba regresar sin desearlo a su país de origen, Malí.
Víctima y victimario, intercambian papeles, pero finalmente es el hijo del emigrante quien sale despedido del sistema, a pesar de la defensa activa, y también culpable de su tutor.
Los profesores del centro, junto con el director y los padres de los alumnos, debaten sin llegar a ninguna conclusión, sobre cuál es el mejor método para inculcar disciplina en el centro.
A pesar de que todos coinciden, en que deben tomar medidas, no son capaces de ponerse de acuerdo sobre cuál es el mejor método.
Entre Les Murs me hizo odiar a todos los personajes, todos tienen una cuota reprochable en su actuar.
Sino veamos el careo del estudiante con su madre, y el directorio disciplinario, donde la madre no habla el idioma, y el hijo cuestionado es quien traduce, y nosotros sin saber que se dicen… pero toman como tema puntual, un ejemplo malinterpretado del profesor para con un par de alumnas revoltosas… o bien, la detención de la madre china, y la noticia del embarazo…
Entre Les Murs plasma el gran desencuentro de la educación hoy, más en un país como Francia, dónde la escuela pública ha contado tradicionalmente con ser la gran vehiculadora de los valores laicos, ciudadanos y republicanos.
Entre esos muros amenazantes, el punto de vista desde el que se muestra el patio del instituto, parece tomado desde la torreta de una prisión, donde conviven 2 esterilidades, la de enseñar y la de aprender, frente a la frustración de los profesores, corre pareja la de los alumnos.
Además, refleja perfectamente el burocratismo, y a veces el sinsentido, que rodea el hecho de educar hoy, y la implacable máquina de poder estatal que está detrás de ello.
En este sentido, los planos finales con el aula vacía, materializan perfectamente ese pesimismo, es el agujero negro que el curso que viene, se tragará a la siguiente generación de alumnos que venga a rellenarla.
La única esperanza es la posibilidad de que más adelante, quizás brote algo de lo que allí se haya dicho.
En Entre Les Murs, no hay alumnos que acaben siendo redimidos, ni profesores capaces de enderezar el rumbo del alumno más negado, sino un aviso hacia un sistema educativo que ve quebrantarse los valores que antaño marcaban su esencia.
Los conocimientos, el respeto, la cultura del esfuerzo, cotizan a la baja ya no solo entre los adolescentes, sino en el global de la sociedad occidental que ve cómo además, el problema de la inmigración acentúa las dificultades de formación de unos jóvenes que no encuentran más alicientes y alternativas que el ocio y el consumo desenfrenado.
Lo más lamentable, es que “entre muros” es una guerra de todos, pero salen al patio, y los une un partido de fútbol, donde se sabe, los jugadores de ese deporte, ganan más que cualquier profesional de la educación; y que además, siempre genera competencia y perdedores, la analogía al respecto es brutal; trata de ser “tolerante”, al centrarse en un profesor homosexual, pero es imposible sentir rabia por todos, por algo no se nos mostró al profesor harto con su experiencia, o a la profesora embarazada, que probablemente sufrirá con el paso de su estado, y la vida con el alumnado más salvaje.
El director, Laurent Cantet, narra esta historia sin solución y claustrofóbica, con espíritu documentalista, plasmando la autenticidad de personajes y situaciones, haciendo que alumnos y profesores se interpreten a sí mismos, huyendo del efectismo, el discurso y la moralina.
Y lo hace admirablemente, logrando que el espectador se sienta incómodo, testigo de algo que se parece excesivamente a la vida cotidiana.
Los actores, de hecho, son todos tan inmensos como naturales/no profesionales.
Para formar el reparto, el director realizó un taller de interpretación abierto a todos los alumnos en un colegio de los suburbios de París.
De los 50 alumnos que se interesaron, sólo 25 alumnos permanecieron en el taller durante todo el año, y esos son quienes aparecen en la película.
En estos talleres, Cantet y François conocieron a los jóvenes, y trabajaron con ellos para dar vida a los personajes que ellos habían planteado.
A pesar de que todos los personajes son ficticios, los jóvenes aportaron en mayor o menor medida, aspectos de su personalidad.
Al respecto, cabría cuestionarse, hasta qué punto los actores interpretan un papel, o se proyectan.
Según se comentó, basado en un guión tradicional, el director proporcionó una estructura detrás de las conversaciones de aula, en gran parte improvisadas.
Los actores tenían unas pautas de actuación delimitadas, pero el director les dejó un margen muy amplio a la improvisación.
No cabe duda, de que éste fue un gran acierto, ya que la película consigue capturar gestos, palabras y actitudes que hubieran sido muy complicadas de recrear.
Lo mismo ocurre con los diálogos.
Los actores no dicen textualmente un diálogo escrito de antemano, sino que los improvisan.
De ahí las expresiones y la jerga empleada.
Técnicamente, Entre Les Murs no tiene ningún logro; el director filmó las escenas del aula con 3 cámaras de video digital.
Esto le permitió una mayor flexibilidad en la planificación y en la dirección de los actores.
Una cámara estaba en el profesor François Bégaudeau, otra en el alumno en foco en ese entonces, y otra toma adentro, en el bullicio del fondo, y la charla en el aula.
Todo un prodigio de montaje, que recoge con elegante precisión los pormenores de una batalla dialéctica y vital sin solución; y más allá del enorme mensaje que propone, y la angustiante reflexión que nos deja:
Esta generación, es la muestra de la involución humana.
Entre Les Murs, no pretende ser un alegato contra los males endémicos del sistema educativo.
Tampoco propone respuestas, ni soluciones, sino que interroga a la escuela desde sus propias aulas.
¿Qué es educar?
¿Quién debe asumir y ejercer esa responsabilidad?
¿Cómo se instruye a un buen ciudadano?
El profesor Bégaudeau compone un microcosmos donde el diálogo es la única senda hacia el espíritu democrático.
Un espacio público y crítico, que se opone a un sistema determinado por las reglas de la autoridad.
“Je ne vous ai pas demandé ce que vous avez aimé dans la classe, je veux savoir ce que vous avez appris”
En Entre Les Murs volvemos a encontrar los mismos problemas que han estado presentes a lo largo de la historia en la educación de los adolescentes:
La falta de respeto a la autoridad, la negación de la utilidad de lo que se está aprendiendo, la necesidad de autoafirmarse frente a la manada, y ese ansia de rebelión y anarquía que late en el corazón de los que todavía no han tenido que sufrir ninguna de las derrotas que te va infringiendo la vida.
Todos estos conflictos, son universales, forman parte de la condición humana, y a lo largo de los siglos seguirán presentes.
Pero todas las épocas y todos los países tienen sus particularidades, y esta Francia de comienzos del siglo XXI, está marcada por los problemas derivados de la inmigración y sus hijos.
El estallido de violencia de los suburbios parisinos, traumatizó a una sociedad que se dio cuenta que la insatisfacción de la 2º generación de la inmigración no podía seguir siendo ignorada.
La educación pública tuvo distintos períodos, con distintos objetivos desde el gobierno de turno, en cada uno de los países, donde se buscó extender la enseñanza elemental para conseguir una uniformación de la población ante el fenómeno de la inmigración europea.
Saber leer, era una habilidad envidiada.
Cultura del folletín, el libro, el diario...
Los gobiernos creyeron, que necesitaban ciudadanos ilustrados, y buscaron aumentar el capital humano.
Luego, el mundo estaba dividido entre “los buenos” y “los malos”
En la escuela, el maestro era el portador de los saberes, que eran entregados como herramientas a los alumnos, para que estos se labraran un seguro porvenir, dependiendo de su sola voluntad.
El progreso y el ascenso social, eran posibles, y aún seguros para los más capaces.
Las actividades sociales eran múltiples, y los clubes sociales y deportivos tenían mucha concurrencia, se hacían desfiles y reuniones públicas.
Los gobiernos perdieron de vista a la educación, como prioridad en los gastos, atiéndase aquí también la cívica y la cultura.
Mientras en el mundo caían el comunismo y el neoliberalismo; la globalización termina con las seguridades de fuentes de trabajo, y los trabajadores cambian fácilmente de lugar de trabajo.
Aumenta la informalidad y el trabajo “en negro”
La institución familiar se desmorona, por separación y/o divorcio de los padres, etc.
En la escuela, se busca teóricamente, hacer posible el diálogo maestro/alumno.
Pero el aislamiento social de jóvenes y adultos, está fomentado por el uso autista de la televisión, los juegos electrónicos, la informática, y la decadencia de los servicios sociales de clubes y otros centros.
Llegando el auge de las adicciones…
Los gobiernos caen en la cuenta, que cuando más ignorante y empobrecido es el pueblo, más fácilmente se lo maneja.
No existe un modelo buscado de país; pues el sistema de formación de docentes, está muy desactualizado; y la Universidad Pública, no forma profesores adecuados para la función que les espera.
Me pregunto, hasta qué punto un film como Entre Les Murs, podría ser interpretado como una enmienda a la totalidad de los modelos educativos en las democracias modernas.
En realidad lo es, pero en absoluto, desde una perspectiva conservadora, a no ser que el pesimismo se juzgue como reaccionario de por sí.
El optimismo progresista, presupone la universalidad de una determinada educación democrática, al tiempo que silencia el hecho de que dominar un lenguaje culto, es naturalizar el habla de la cultura dominante.
Nos ronda entonces la sospecha irritante, de que ningún sistema educativo pueda ser otra cosa que conservador.
Más allá de que los alumnos perciban la enseñanza recibida como un fardo de cosas inútiles, es el propio lenguaje lo que no aceptan.
Les es por completo ajeno, pero resistirse a él, les convierte en analfabetos funcionales, es decir, políticos.
La clase, es una lección magistral sobre el inevitable pesimismo de la izquierda contemporánea más lúcida, “entre los muros” del lenguaje institucional y del lenguaje inmaduro de los jóvenes, el profesor se encuentra enmudecido.
Uno y otro, están hechos de automatismos y cansancio, y la libertad real, sólo se alcanza mediante el matiz, el habla creativa, el discernimiento interminable.
Mientras tanto:
¿Qué han aprendido los alumnos al final de curso?
No han aprendido nada.

“Je ne veux pas aller à l'école professionnelle”



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