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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Les Quatre Cents Coups

“Angel fait face à l'enfer pour la violence”

La vida nunca es igual de fácil para unos, que para otros.
Las obras decisivas en la historia del cine, no lo son casi nunca sólo por sus valores intrínsecos, sino que se configuran en todos los casos, como la punta del iceberg de una situación coyuntural que es siempre la suma de múltiples factores determinantes para el cambio.
Así, aquellas películas de La Nouvelle Vague, no sólo se enmarcaron dentro de un espíritu de renovación que afectó a todo el cine europeo de la época, espíritu propiciado por el declive en esos años del cine de Hollywood, y que vería su plasmación en el florecimiento de los llamados “Nuevos Cines”, iniciados pocos años atrás con el Free Cinema inglés, sino que también encontraría su sentido, a un nivel más local, en las diversas medidas proteccionistas que el mismo gobierno francés estaba llevando a cabo en su política cultural desde los primeros años de la década de los 50, que ponía el acento en el aumento de la promoción del cine francés, con vistas a su exportación y en el refuerzo de las leyes de subvención y ayuda, hecho que favoreció especialmente a unos jóvenes realizadores que consiguieron renovar de arriba abajo el panorama artístico del cine francés de posguerra.
La Nouvelle Vague fue entonces un impulso cultural, una corriente cinematográfica que surgió en plena convulsión intelectual francesa, suscitada por las reacciones políticas y sociales contrarias al modelo extremista del General De Gaulle.
Francia, en torno a los años 60, fue centro de una vitalidad cultural apasionante y excitante, a menudo mal interpretada, lo que ha convertido este período en algo vacío de contenido, en un simple escaparate de ideas, en una moda o tendencia.
Los directores de cine que realizaron sus largometrajes al inicio de esa década, provenían de una única escuela:
Los cine-clubs.
La mayoría de ellos poseían 2 rasgos generales, los cuales condicionaron su trabajo artístico:
Su pasión incondicional por El Séptimo Arte, y el ejercicio de la crítica cinematográfica; y de la práctica de la crítica, surgió la necesidad de dirigir “películas-ensayo” donde demostrar la nueva visión que sobre el cine tenían aquellos nuevos directores.
Así, La Nouvelle Vague fue una tendencia crítica, que pretendió anteponer el “cine de autor” al “cine de qualité” o comercial que se exhibía a principios de los 60 en los cines franceses.
Se trataba de la búsqueda de un lenguaje cinematográfico capaz de plasmar la voluntad artística y la independencia creadora del director, concebido como un creador que, mediante la puesta en escena, debe dotar a la película de un discurso independiente y autoral.
En esta actitud, convergen 2 influencias:
La admiración por la “mirada” transparente y limpia de los clásicos de Hollywood de Hawks, Ford, Hitchcock, Welles; y el realismo desgarrado y social del neorrealismo italiano, con su afán por el exterior y sus personajes-metáfora.
Con La Nouvelle Vague también, el cine adquiere una mayor densidad cultural, a la vez que se convierte en un instrumento libre e independiente del resto de las artes.
Por otro lado, se potenciaron los premios a la renovación formal en los festivales, lo que explica el triunfo de muchos filmes de esa etapa.
“Je n'ai plus de chaussettes autour de ces trous »
Les Quatre Cents Coups es un drama francés, del año 1959, dirigido por François Truffaut.
Protagonizado por Jean-Pierre Léaud, Claire Maurier, Albert Rémy, Guy Decomble, Georges Flamant, Patrick Auffay, Jeanne Moreau, entre otros.
El guión es de Marcel Moussy y François Truffaut; y fue el primer largometraje del director, que entonces tenía 27 años; aunque antes había dirigido 3 cortometrajes; siendo considerada una de las primeras obras de la denominada Nouvelle Vague, porque muestra muchos de sus rasgos característicos del movimiento.
Y con ella, Truffaut rompió moldes, al aportar una temática muy alejada del cine comercial francés que se hacía en esa época; extendiendo una mirada sensible y tierna sobre la adolescencia y sus problemas; adopta los postulados de “la ola”, como el realismo, la sencillez y sobriedad narrativa, el humor sutil, la renuncia a la artificiosidad y al efectismo, la objetividad del relato, y un grato tono artesanal.
El título del film, está tomado de la expresión popular francesa:
“Faire les 400 coups” que significa “hacer todas las tonterías posibles”; refiriéndose a todas las trasgresiones del personaje en la película, aunque también juega con el significado estricto de la expresión, es decir, con la enorme cantidad de golpes que la vida propina al protagonista.
En las primeras impresiones del film en Estados Unidos, la subtituladora y dobladora, Noelle Gillmor, dio a la película el título “Wild Oats”, pero al distribuidor no le gustó, y lo volvió a “The 400 Blows”
Y es que algunas personas pensaron que la película cubría el tema del castigo corporal... que lo es en el fondo; una película semi-autobiográfica, que refleja los acontecimientos de la vida de Truffaut y de sus amigos, una mezcla de sus duras experiencias, anécdotas y aventuras de infancia y adolescencia, mezcladas con recuerdos dispersos, y con lo vivido por su mejor amigo, un compañero de clases llamado Robert Lachenay; y con estilo, expresa la historia personal de Truffaut, con referencias a otras obras.
Les Quatre Cents Coups, presenta la primera aparición del personaje de Antoine Doinel, álter ego del propio Truffaut, y que interpretará a lo largo de 20 años el mismo actor, Jean-Pierre Léaud; siendo la primera de una serie de 5 películas en etapas posteriores de su vida.
Truffaut, dedicó la película al hombre que se convirtió en su padre espiritual:
André Bazin, que murió justo cuando la película estaba a punto de ser rodada.
En la mañana del 10 de noviembre de 1958, se inicia el rodaje; y como la fatalidad no conoce de fechas, esa misma noche fallece André Bazin, víctima de una leucemia.
Por ello, Truffaut le dedicaría el filme a la memoria de su mentor, consejero y amigo.
Además de ser un estudio de carácter, la película es una exposición de las injusticias del tratamiento de los delincuentes juveniles en Francia, en ese momento; y nos sumerge en la educación escolar y familiar de los años 60, y en una relación padres-hijos, aún muy impersonal en la época.
Nominada al premio Oscar en la categoría de mejor guión original; en El Festival Internacional de Cine de Cannes, obtuvo el premio al Mejor Director.
Cineastas como:
Akira Kurosawa, Luis Buñuel, Woody Allen, Satyajit Ray, Jean Cocteau, Carl Theodor Dreyer, Richard Lester y Norman Jewison, citaron al filme como una de sus películas favoritas; especialmente Kurosawa lo llamó “una de las películas más hermosas que he visto”
Una versión restaurada del film, se estrenó el 19 de octubre de 2004, con ocasión del 20° aniversario de la muerte de François Truffaut.
Filmado en París y Honfleur, la acción principal tiene lugar entre 1957 y 1958.
Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud), es un adolescente parisino de 12 años, no especialmente querido por su familia.
Es hijo de una pareja disfuncional, con problemas conyugales de estabilidad y fidelidad.
Antoine se encuentra en la difícil etapa de la adolescencia, y necesita cariño y apoyo.
Le gusta la libertad, la independencia, el cine, las marionetas y la lectura; y no le gusta ni el colegio ni la gimnasia.
Su madre, Gilberte Doinel (Claire Maurier), que lo tuvo de soltera, tiene una conducta severa con él; mientras su padrastro, Julien Doinel (Albert Rémy), por su parte hace lo posible por tolerarlo.
La falta de atención de su familia, hace de Doinel un alumno díscolo en el colegio, pero sus travesuras y la mala suerte que tiene al descubrir a su madre con un amante, hacen que se vaya encaminando progresivamente hacia el delito, lo cual dará pie para que su madre, junto a su padrastro, puedan buscar deshacerse del muchacho con mayor ímpetu, mientras él sufre todos los golpes que le da la vida a su tan corta edad.
Esa etapa de su vida, será la antesala a su autodestrucción, pues esa edad es trascendental lo que vivas, elegirá el rumbo de la vida y decidirá si triunfarás o fracasarás.
Así, malinterpretado por sus padres por haber estado ausente de la escuela y robado, y atormentado en la escuela por problemas de disciplina por su profesor (Guy Decomble), el muchacho finalmente abandona la escuela después de ser atrapado plagiando a Balzac por su maestro; y roba una máquina de escribir del lugar de trabajo de su padrastro, para financiar sus planes de huir de casa, pero es detenido mientras trata de devolverlo…
La culpa y el miedo, lo arrastran a una serie de mentiras que poco a poco van calando en su ánimo, deseando dejar atrás todos sus problemas, sueña con conocer el mar, y traza con su amigo René (Patrick Auffay), un plan para escaparse, hasta que el padrastro lo lleva a la policía, y Antoine pasa la noche en la cárcel, compartiendo una celda con prostitutas y ladrones.
Durante una entrevista con el juez, la madre de Antoine confiesa que su esposo no es el padre biológico de Antoine; y él es colocado en un centro de observación para jóvenes delincuentes, cerca de la orilla del mar, según los deseos de su madre.
Allí, un psicólogo saca sondas razones de la infelicidad de Antoine, que la juventud revela en una serie fragmentada de monólogos.
Y un día, mientras juega al fútbol con los otros chicos, Antoine se escapa bajo una cerca, y huye al océano, un lugar que ha querido visitar toda su vida.
Llega a la orilla del mar, y corre hacia ella.
La historia concluye con una toma congelada del rostro de Antoine, y la cámara ópticamente se acerca en su cara, mirando a la cámara.
En esta película podemos ver los estragos que pueden causar el maltrato y la negligencia en la crianza de un niño, y como el desamor y el despego de unos padres que no se hacen verdadero cargo de él, y de lo que consiste una verdadera paternidad y maternidad, consiguen llevarle por caminos cada vez más tortuosos y de sufrimiento.
Cuando el niño lo único que quiere es ser querido y reconocido; esto solo lo encuentra en la amistad y nada más.
En su afán de ser libre y encontrar su camino acabará... huyendo, de nuevo, para evitar tanto sometimiento y dolor.
Les Quatre Cents Coups trata un sentimiento de nostalgia hacia la niñez, con las preocupaciones de esa temprana edad cuando empezamos a adquirir comprensión de las cosas, pero todavía somos demasiado jóvenes como para entenderlas en su plenitud.
Es muy significativo que Antoine solamente se comunique con René, el amigo del colegio también desatendido por su familia, siendo este probablemente uno de los aspectos auto-biográficos de la obra, pues en su juventud, Truffaut recibió más apoyo de André Bazin, que de su propia familia.
El filme es un auténtico y honesto retrato sobre el abandono, o el cruel despojo de la niñez, la difícil y no menos cruel entrada a la adultez, y la incesante búsqueda personal de un joven que debe luchar contra las directrices de una sociedad que no puede tener menor interés en él.
En cualquier caso, imposible quedar indiferente ante las imágenes de Truffaut y su manera de transmitir todas estas sensaciones.
¿Y esa secuencia final?
Memorable y mítica, veremos qué le deparará la vida a Doinel...
¿Seguirá siendo el joven corriendo hacia un destino incierto, o sentará cabeza?
“Maintenant, Doinel, va chercher de l'eau et effacer ces fous, ou je vais te faire lécher le mur, mon ami”
Les Quatre Cents Coups es una película que nace fruto de la ideología de un grupo de entusiastas del cine en la Francia de los 50, que querían recuperar el concepto de autoría en un cine nacional e internacional, plagado de producciones industriales con una base muy guionizada.
Es con esta mentalidad, que el cineasta François Truffaut concibe esta ópera prima, con la que catapulta un movimiento cinematográfico que el tiempo le pondría el nombre de “Nouvelle Vague”, formado por unas obras caracterizadas por abrazar un mismo modo de entender el cine:
Rodajes rápidos, personajes contemporáneos interpretados por una nueva generación de actores, filmación en exteriores con luz natural, equipo técnico pequeño, pequeños presupuestos.
Nada más que eso.
De este modo, el director desarrolla esta historia sobre un adolescente dotado de una gran sensibilidad:
Antoine Doinel, cuya sensación de rechazo por parte de la sociedad, le hace aislarse de ella, y empezar a llevar una vida de delincuencia.
Es un lúgubre cuento urbano, y uno de los mejores debuts de la historia del cine, vanguardista, que narra los avatares de un niño cuya vida no le sonríe, su maestro no lo tolera, su madre lo aborrece, y su padre termina por sentir lo mismo luego de que él y su mejor amigo comiencen a hacer travesuras.
El film está perfectamente ejecutado en torno a estas coordenadas.
Un joven parisino, Antoine Doinel, se adentra en la vida de la pequeña delincuencia, cuando sus padres le abandonan emocionalmente.
Falta a la escuela, se escapa de casa, roba cosas, se cuela en el cine…
El muchacho tan solo tiene 12 años, y se ha convertido en un verdadero delincuente.
Todo esto lo hace como vía de escape por todas las discusiones de sus padres, que ha tenido que soportar, y le han causado un trauma desde pequeño.
Vive en los suburbios de la gran ciudad, en unos pisos sucios casi en ruinas, donde se encuentran galerías de mala muerte, y fábricas abandonadas.
A pesar de todo, el chico ve en la hermosa ciudad de París, alguna esperanza para salir de esto.
¿Qué tendrán las buenas historias de niños/adolescentes que comienzan a crecer, a hacerse adultos, a dejar la infancia ya sea por propia voluntad o no, que siempre logran conectar con el espectador, y aferrarse a una sensación familiar?
¿Será esa inocencia perdida, la que evoca tiempos más sencillos y complicados despertares?
Independiente de lo que sienta cada espectador, Les Quatre Cents Coups es un amargo relato inicialmente hilado, casi como una inocua aventura infantil, que sin embargo, deviene en una cruda desventura humana, que desnuda el miedo, el sufrimiento, la mentira, la impotencia, el desamparo, y el abandono personal que siempre subyace en el típico sistema basado en la corrección moral, y en el buen lucir.
No es la historia de un rebelde, no necesariamente, al menos no en primer plano, sino más bien la de un incomprendido, que simplemente recibe los embates que todo incomprendido deberá enfrentar/aguantar eventualmente en la vida:
Es el destino de aquellos, aunque tratándose de Doinel en particular, podemos decir que la suya es una de las historias más trágicas y auténticas:
Quiere huir pero no puede, no tiene límites pero aun así se ve impedido de avanzar.
Y ya no hablemos de su soledad, otra marca registrada de aquel que no acepta el rol que se le intenta imponer... así, la lucha es tremenda, y de nunca acabar; y por si fuera poco asumir el hecho de que la vida es dura de por sí, y que estamos aquí seguramente por pura suerte, o por puro azar, y que todos los días ocurren desgracias de toda índole, que hacen polvo o eliminan de un plumazo a muchas personas…
Añadamos a todas esas desgracias, la que quizás sea la más catastrófica y trágica de todas:
La falta de amor.
En este mundo nuestro, falta amor por todas partes.
Dondequiera que uno mire, hay muchos ojos que suplican con gritos mudos, y piden unas migajas de afecto.
En los túneles del metro, en las calles concurridas, en los colegios, en los hospitales, en los sanatorios, en las clínicas de desintoxicación, en la consulta de los psiquiatras, también esos compañeros de trabajo que tratan de disimular la opacidad de sus miradas, y que arrastran vidas grises, esos empleados tristes apostados como ratones en una ratonera tras ventanillas alienantes, y que miran adelante con insatisfacción…
Tantas miradas pidiendo auxilio, tantas historias de desamor, pero son los ojos de un niño los que dicen muchas cosas:
Dicen si es amado o no.
Y los de Antoine, proclaman su paso por días y más días rebosantes de incomunicación, de indiferencia, de carencias afectivas, de falta de entendimiento, de roces, conflictos y ausencias.
Desconoce, qué significa la entrega, y que alguien se desviva por él.
Desconoce qué significa el amor verdadero...
Uno de los mayores dolores para un niño, tiene que ser el de saber que su madre no deseó su nacimiento; considerarse un estorbo, un obstáculo para ella.
Sobre todo si ella no para de recordárselo…
Si ella le hace ver que es una carga.
Los ojos del protagonista lo dicen todo, nos habla de su desolación, de unos padres distantes, de unos maestros que parecen domadores de fieras, una sociedad deficitaria, que no provee al niño de lo que un niño necesita:
Cobijo, afecto, educación, amor...
Sólo tiene a los amiguitos, niños igual que Antoine en torno a los 12 años, entrando en la pubertad.
En esta edad, a los sufrimientos que le ocurren a Antoine, está también su deseo de ser mayor, y sobre todo, su necesidad de desembarazarse y escapar de todos las dificultades que le angustian.
Sobre todo unos padres que a las claras ni se aman ni lo quieren.
Hay que escapar, y su sueño es hacerlo a ese lugar de inmensidad que todo lo acoge y abarca:
¡El mar!
El niño que se siente desplazado en el orden natural de las cosas, que carece de ese punto de apoyo fundamental, pasará por la vida trastabillando, sin hallar un sentido ni un objetivo preciso al que aferrarse, como no sea buscar de algún modo llamar la atención, rebelarse contra un entorno amenazador y vacío, y escapar de lo que le hace daño.
Incomprendido, condenado por dedos acusadores que desoyen su súplica inarticulada.
Hablando un idioma que los cerriles adultos no entienden.
Lúcido, forjándose su propósito de ser libre, y tratar de encontrar su lugar, un lugar donde no haya unos padres amargados que lo lastimen, donde no haya un sistema ciego y sordo, incapaz de calar las complejas sutilezas de las mentes de los niños maltratados.
Existe mucho más que el maltrato físico, y tal vez sea aún peor ese tipo de maltrato, que no resulta tan evidente porque no deja marcas en la piel, sino en el espíritu, y en el corazón.
Antoine, metido en el círculo vicioso de la incomprensión y la barrera entre los adultos y él, comenzará sus andanzas, con aires de bravatas entremezcladas de ingenuidad, hacia su búsqueda particular de un mundo que sea más soportable que aquél, que constantemente le decepciona y lo acusa desmesuradamente, incluso cuando él, tratando de hacer algo que complazca a sus mayores, mete la pata como todo el mundo.
Pues en realidad, el niño lo que está es literalmente machacado, sin horizonte ni perspectivas, sin aliento vital, sin sugerencias de parte de una vida adversa y sin esperanza, justo cuando la pubertad se abre ante él, y más necesita de una guía.
Más que la mera historia del niño-joven, Antoine Doinel, la película es igualmente una metáfora de otros temas como el paso del tiempo, tanto del tiempo histórico como de del tiempo personal, una alegoría de la nostalgia, del sentido del castigo, la educación y el aprendizaje, la pérdida de la inocencia y, sobre todo, es una película que nos habla de la emancipación, de la búsqueda de la libertad y el feliz encuentro con la independencia.
Se trata de una película que plantea el eterno conflicto entre lo real y las ilusiones, desde la óptica de un niño.
No se trata, como muy a menudo se ha venido defendiendo, de un cine individualista y ajeno a la crítica social:
Las instituciones familiares, escolares y carcelarias, son puestas en duda, sino criticadas abiertamente.
Frente a la rigidez de una educación basada en la obediencia, Truffaut propone la voluntad de vivir y gozar del tiempo.
De ahí las correrías de Doinel por la ciudad, su descubrimiento de la literatura, o su pasión por conocer el mar.
Su forma libre de entender la existencia, le hará ser el referente negativo del colegio, junto con su admirado amigo, un niño bien, con un camino menos abrupto, pero igual de estéril.
Los continuos tumbos del muchacho, terminarán por incluir la omnipotente y reparadora justicia, para terminar de arreglar el proceso.
Sin cargar las tintas sobre nadie en concreto, Truffaut reprocha uno tras otro, sutil pero claramente, a todos los engranajes de la sociedad:
Familia, educación, justicia, etc., la marginación de su “alter ego”, Antoine Doinel, en busca de encajar su pequeña rebeldía en la vida diaria.
Todo ello demuestra el talante vitalista del autor con su primera película, que rompió los moldes temáticos del cine francés:
Propuso una nueva reflexión acerca de los valores sociales que imperaban en su época, y definió un nuevo romanticismo.
La sencillez de la película, la naturalidad, nos acerca más a la película, vamos donde ellos van, por ejemplo la escena en la que Antoine baja la basura, le seguimos desde que abre la puerta, bajamos, y volvemos a subir con él las escaleras.
Otra escena interesante, es la panorámica de las calles, cuando los niños escapan poco a poco del profesor en portales, tiendas…
Gracias a esta vista, no perdemos detalle de todo lo que sucede.
Especial mención a la escena en la que un alumno finge no saber pronunciar el inglés para burlarse del profesor, curiosamente idéntica a la escena de “Amarcord” (1973); a las lágrimas de Antoine tras las rejas; y por supuesto, a la carrera final.
Es importante destacar, que con esta premisa, Truffaut no llega a desarrollar una historia compleja, sino que se centra en el personaje de Antoine, con quién vivimos todos los acontecimientos que tienen lugar durante el metraje, y para ello el director se sirve de la faceta expresiva del medio, para acercarse a la mirada de Doinel.
El director huye de artificios para dar un enfoque naturalista a una imagen en la que abundan las panorámicas y los “travellings”, mostrando así una puesta en escena aparentemente simple, pero muy elaborada en su conjunto, con una planificación que mezcla la sobriedad con la elegancia.
Por otra parte, Henri Decaë ilumina los espacios de un modo realista, basado en la luz natural de los mismos escenarios.
En el caso de los interiores, se sirve de luces rebotadas, que inciden en los mismos actores de un modo suavizado, apoyado por el mismo diseño de fotografía utilizado en la película:
A medida que se exacerba el alineamiento social del protagonista, la imagen pasa de unos tonos suavizados, con una predominancia de los grises, a una más contrastada, cuando nos acercamos al final del relato, acompañado en ambos casos, de un uso del blanco y negro que transmite la frialdad y el desapego acordes con el sentimiento generalizado de la historia.
Se debe mencionar además la música de Jean Constantin, cuyo trabajo también gira alrededor del personaje principal.
Quizás, lo más importante en la película, aquello que conecta más directamente con la realidad del director, es la visión que da sobre la institución familiar, un ente desestructurado en el que la figura materna es la que sale peor parada.
Y esto no tiene nada de extraño, puesto que Truffaut pasó su infancia con su abuela, alejado de una madre que nunca se ocupó realmente de él, y de un padre adoptivo que trató en su adolescencia de educarlo aun a riesgo de alejarlo más de su lado.
La madre del Doinel cinematográfico, interpretada por Claire Maurier, es una mujer que no ha aprehendido su responsabilidad maternal, comportándose con su hijo casi como si de un extraño se tratase, dejando bien patente con su actitud distante y despreocupada hacia él, que no está dispuesta a sacrificar su individualidad por esa dependencia afectiva que todo hijo demanda de su madre.
Hay un hecho traumático, que sucede solo en la mente del joven Doinel, uno de los hechos que realmente sucedieron en la infancia del realizador francés, involucra a su madre y padre, y a una mentira; da muestra de la perfecta caracterización de un personaje a quien Truffaut consiguió dibujar magistralmente.
El aspecto de la película en general es excelente, y el rostro sincero y desgarrador de Antoine, es como el París monocromático de Truffaut:
Bonito, duro, inocente, y terrenal.
El elemento más importante, después del mismo director, es el trabajo realizado por su joven protagonista:
Jean-Pierre Léaud, pues es sobre él donde cae todo el peso dramático de la historia; un actor muy importante para La Nouvelle Vague, y para esta generación, cuya filmografía es valorada por la crítica, como “la mejor de un actor europeo”; sin embargo, el actor no ha sido muy valorado por la crítica...
Cuenta el director:
“En septiembre de 1958, puse un anuncio en el periódico France-Soir, con el fin de encontrar un niño de 13 años, que representara al héroe del filme.
Se presentaron unos 60 niños, y les hice pruebas en 16 milímetros a todos; me limité a hacerles preguntas sencillas, con la intención de encontrar un parecido más moral que físico con el niño que yo creía haber sido…
Muchos niños habían venido por curiosidad o empujados por sus padres.
Jean-Pierre Léaud, era diferente de ellos; él quería el papel con todas sus fuerzas; se esforzaba en parecer relajado y bromista, pero en realidad, estaba terriblemente nervioso, y de este primer encuentro me llevé una impresión de ansiedad e intensidad.
Continué con las pruebas el jueves siguiente; Jean-Pierre Léaud se diferenciaba claramente del grupo, y en seguida decidí darle el papel de Antoine Doinel…
Léaud, que en aquel momento era menos socarrón que Antoine Doinel, que todo lo hace a escondidas, que finge estar siempre sometido para acabar solamente lo que él quiere; era al igual que Doinel, solitario, antisocial y rebelde, pero como adolescente, tenía mejor salud, y a menudo se mostraba desvergonzado.
En su primera prueba, dijo delante de la cámara:
“Por lo visto buscas a un chico bromista, y aquí me tienes”
Cuando empecé el rodaje de la película, él se convirtió en uno de los más preciados colaboradores.
Espontáneamente, encontraba los gestos adecuados, rectificaba el texto cuando era necesario, y yo le animaba a utilizar palabras de su vocabulario.
Observábamos las primeras pruebas en una pequeña sala que tenía 15 o 20 butacas y, por eso, Jean-Pierre creía que la película nunca sería proyectada en las grandes salas de cine normales…
Cuando vio acabada la película, Jean-Pierre, que no había dejado de reírse durante todo el rodaje, prorrumpió en sollozos.
Reconoció un poco su propia historia detrás de esa historia que había sido la mía” dijo el director.
El personaje principal, está definido con acierto:
Sus relaciones con los padres, maestros y amigos, son objeto de un cuidadoso análisis, más recio y profundo de lo que parece.
Hay que prestar atención a las indicaciones que el realizador asocia a pequeños detalles, gestos en apariencia poco trascendentes, y reacciones contenidas.
Las imágenes de Truffaut, son portadoras de una rica y densa información, que reclama la atención del espectador.
Apasionado de la cultura, Truffaut rinde homenaje al cine con Rivette, Jean Vigo y Welles; y a la literatura con Balzac.
Analiza instituciones sociales tan importantes como la familia, la escuela, los servicios sociales para menores, etc., y nos traslada siempre a su punto de vista, provocando que nosotros como espectadores, siempre estemos a su lado, sepamos lo mismo que él y, mucho más importante, sintamos lo mismo que Doinel.
Al fin y al cabo, la película trata sobre su mundo.
Considerando esto, Léaud se sobrepone a la tarea, y representa muy convincentemente las distintas facetas que le arranca la historia, una que le lleva a enfrentarse contra un muro infranqueable que le separará primero de sus padres, y luego incluso de sus propios compañeros de clase.
Antoine, es un niño mentiroso y rebelde, pero no posee malicia en sus actos, que incluso se pueden ver en algún caso cargados de buenas intenciones, como cuando prepara lenta y obedientemente en su casa la mesa para la cena.
La infancia del niño, explica el carácter posterior del Doinel adulto, cuya interpretación de Jean-Pierre Léaud es tan efectiva y memorable, como particular por su extrañeza; un hombre introvertido y de carácter inescrutable, mentiroso, egoísta y manipulador a través de sus encantos, aunque en el fondo con un gran corazón, buena voluntad y una necesidad de aprobación y afecto por parte de aquellos a los que él ama.
En este filme, Antoine Doinel sintetiza en su joven vida, a todas las víctimas de un terrible mal, hoy más que nunca vigente:
La exclusión y la reclusión ejercidas por el estado y la sociedad, con fines “disciplinarios”; se excluye al que piensa diferente, al niño, al rebelde, al “loco”, al que no se ama.
Los excluidos, son encerrados en las escuelas, en los reformatorios, en las academias militares, en los hospitales, en las prisiones, etc.; con un propósito fundamental:
Disciplinar, y alienar sus conciencias.
A excepción de algún momento del filme en el que Truffaut se dejó llevar por la enfatización de una nostalgia explícita, como ese memorable final con Doinel caminando sobre la playa, dejando abiertas todas las probabilidades hacia un futuro que permanece del todo incierto, la sobriedad de exposición caracteriza toda la cinta, una sobriedad que aún imprime más poesía y sentimiento en la historia del niño que la que hubiera supuesto un dramatismo mayor de las situaciones.
Hablar del resto del elenco, es también excelente, destacando a Claire Maurier y, sobretodo, a Albert Rémy como los padres de Antoine.
Todos los jóvenes actores, que sin éxito hicieron audiciones para el papel de Antoine, fueron utilizados en las escenas del aula.
En la filmación intervinieron, además de los actores, un colectivo de los amigos del director como extras:
Jean-Claude Brialy, Jacques Demy, Jean Douchet, Jeanne Moreau, y el propio Truffaut.
Incluso Philippe de Broca, fue uno de los asistentes de dirección.
François Truffaut se ve montado junto a Antoine, en la centrífuga de la feria, y luego se puede ver fumando un cigarrillo a las afueras.
Como dato, todas las líneas habladas en la película, fueron dobladas de nuevo por los propios actores, a excepción de algunas partes menores y triviales.
Por ejemplo, durante la última escena, el sonido de los pasos de Antoine se añadió durante la edición, porque el camión sobre el que descansaba la cámara, produjo demasiado ruido.
El rodaje en las calles de París, como muchas películas de La Nueva Ola Francesa, era a menudo agitado, y el re-doblaje permitió a François Truffaut, no tener que preocuparse de llevar equipo de sonido voluminoso y costoso alrededor, y lo más importante, no tendría que preocuparse por una escena de la calle que tiene demasiado ruido de fondo.
Esto hizo rodar más rápido y más fácil.
Según Jean-Pierre Mocky, el “travelling” al final de la película, que muestra corriendo a Antoine Doinel, está inspirado en “羅生門” (Rashōmon – 1950) de Akira Kurosawa, que había visto con François Truffaut y Claude Chabrol en el cine, y que les había marcado fuertemente.
En esa última secuencia, Antoine se escapa del reformatorio en la costa de Francia; sale a un camino, y se dirige corriendo hacia el océano, mientras la cámara y la banda sonora de Jean Constantin, lo acompañan continuamente.
Finalmente llega a la playa, y ahora la cámara va su derecha, mientras él continua corriendo.
La cámara lo espera, mientras él se acerca al borde del agua.
Antoine regresa, y lo vemos de frente.
La cámara hace un “zoom” repentino, mientras él la mira fijamente.
Ahí, la imagen se congela súbitamente, como sin presentir que será el último fotograma del filme.
Antoine luce confundido y asombrado.
Es una imagen de una provocadora y elocuente belleza.
Es más, es una imagen que rompe con las expectativas que nos habíamos hecho con el personaje, recordándonos lo que Truffaut afirmaba:
“El cine es un arte indirecto... oculta tanto como revela”
Lo que vemos es un niño, un niño auténtico, que luce perdido y en busca de afecto.
Una enorme fragilidad trasluce sus ojos, pareciera por momentos, a punto de romperse.
No es la cara de felicidad de un truhan que se ha escapado de una cárcel:
Es la cara de un joven que no sabe realmente qué será de su vida.
La película no termina allí, empieza apenas en ese rostro de Antoine que mira un futuro que no alcanza a vislumbrar.
Refiriéndose a un filme de Godard, Truffaut escribía:
“Las mejores películas abren puertas, apoyando nuestra impresión de que el cine empieza una y otra vez con ellas”
Al final del filme, Antoine ve la inmensidad del mar, como si fuera su futuro.
El aire marino parece susurrarle algo…
Antoine, he ahí el mar, he ahí la libertad, he ahí el infinito.
¿Los verá?
Truffaut, compasivo, abre la puerta, sería imposible no entrar.
Para Truffaut, los 400 golpes son aquellos que recibe el niño-adolescente durante este difícil período conocido con el nombre de “crisis juvenil”, caracterizado por el vacío afectivo, el despertar a la pubertad, el deseo de independencia y el sentimiento de inferioridad, las respuestas a un mundo injusto, que obliga a despabilarse a base de golpes.
La expresión “faire les quatre cents coups” podría traducirse en castellano, como “hacer las mil y una” o más actual, “joderla”
Sin embargo, después de la hora y media de película, al espectador no le cabe la menor duda, de que esos 400 golpes no sólo se recrean a las travesuras de un niño pícaro, sino también a los embistes de la vida que azotan al joven personaje:
Con cada bofetada que le propinan a Antoine Doinel, este despierta en un mundo cada vez más crudo.
La bofetada de la familia, para los padres de Antoine, su hijo ya no es un niño, y aunque a veces le guiñan el ojo, o le acarician su perenne pelo despeinado, estas situaciones sólo se dan, si es para conseguir algo del joven Doinel.
A lo largo del film, el pequeño Antoine es cada vez más consciente del ensimismamiento de su madre, y la inseguridad de su padrastro.
Los planos cortos de su rostro mientras escucha las discusiones de sus padres a medianoche, o el momento en el que descubre la infidelidad de su madre mientras hace novillos, se muestran con tal crudeza que es imposible evitar sentir cada golpe que recibe el protagonista en el contexto familiar.
La bofetada de la escuela, donde no se llegan a los 5 minutos de metraje, y el pequeño Doinel yace en el rincón de clase, castigado injustamente por su profesor.
Son pocas las escenas en las que Antoine aparece en el aula, sin que su tutor le insulte o le coja por el cuello sin especial cuidado.
El golpe definitivo viene cuando su intento por destacar académicamente, es interpretado como plagio; su rostro se ilumina al recordar la frase de Balzac:
“¡Eureka, lo encontré!”, y la redacción acerca de la muerte de su abuelo, se convierte en su última esperanza.
La paráfrasis y metáfora que había escrito, inspirado por la novela del autor parisino, es interpretado por su profesor como una vil copia, y Antoine ve todo su esfuerzo convertido en un castigo.
A partir de entonces, jamás vuelve a la escuela.
La bofetada de la vida viene una vez en el reformatorio en el que es internado al final del film:
Antoine come el pan antes de que se den la orden.
El responsable se quita el reloj, le enseña con cinismo las palmas de la mano, y le pregunta al protagonista, con qué mano prefiere que le de la bofetada.
En ese momento, el espectador descubre con congoja, que da igual de dónde provenga el golpe:
Antoine seguirá recibiendo bofetadas a lo largo de su vida, sin que éste pueda hacer nada.
Aunque el relato de Truffaut se sitúa en la Francia de la posguerra, con Argelia y sea bastante trágico por momentos, la metáfora de la bofetada refleja con sumo realismo el impacto de la realidad que sufrimos todos durante la adolescencia, sobre todo en occidente, en una cultura donde en muy poco tiempo los niños pasan de estar en una burbuja, sin apenas responsabilidades o preocupaciones, a una vida donde la familia, la sociedad y las instituciones demandan rápidamente que los jóvenes adopten un rol, y una actitud determinadas en medio de una cantidad ingente de posibilidades.
A pesar de los mitos y leyendas que su compañero de reformatorio le cuenta en torno a la labor de la psicóloga, la entrevista se convierte en el único momento en el que Antoine puede contar su versión de todo lo sucedido:
En sus respuestas, no sólo descubrimos hechos que el espectador desconocía, sino que también nos percatamos de que detrás de la dulce mirada de Antoine, a veces picarona e ingenua, hay un hombre totalmente consciente de los sucesos que lo han llevado hasta dicha entrevista, recordándonos una vez más, que los niños, aunque poco elocuentes y a veces traviesos, no son tontos; también son personas.
Pese a este aparente tono pesimista en el retrato de la adolescencia, Truffaut nunca recurrió en su cine a la nostalgia o al dramatismo en las situaciones mostradas.
Al llegar a la orilla, Antoine no sabes cómo seguir; el hombre ha dejado de ser niño.
Por último, la banda sonora del cantautor Jean Constantin, se presenta en fragmentos breves; y se basa en un motivo central melancólico, y en variaciones del mismo.
“Chaque fois que je pleurais, mon père m'imiterait sur son violon, juste pour me rendre fou.
Un jour, j'ai eu marre et je l'ai assommé”
La transición de la infancia a la adolescencia, fue uno de los temas que más trató el director Françoise Truffaut en su cine, y cuyo interés justificó él mismo en muchos de sus escritos.
Los niños y los adolescentes rondan su autobiografía, aunque sus personajes no son aceptados por la sociedad, no son antisociales, sino asociales... están al margen, pero no están en contra.
François Truffaut fue una personalidad que se formó a sí misma, acudiendo al cine a una temprana edad; y ahí conoció a André Bazin, crítico que lo apadrinaría introduciéndolo a la crítica cinematográfica de su revista Cahiers du Cinema.
De los escritos sobre las películas de un joven Truffaut, nacería una pulsión de querer plasmar en imágenes su propia visión del cine, y esa idea cobraría forma en su ópera prima, Les Quatre Cents Coups.
Antoine Doinel, es en gran medida un álter ego para Truffaut, compartiendo muchas de las mismas experiencias de la infancia, pareciendo algo semejantes, e incluso siendo confundidos uno con otro en la calle.
Aunque Truffaut inicialmente no planeó que Doinel fuera un personaje recurrente, finalmente regresó al personaje en un tema corto, y 3 largometrajes después de presentarlo en su debut.
En total, Truffaut siguió la vida ficticia de Antoine Doinel durante más de 20 años, siendo interpretado en las 5 películas por Jean-Pierre Léaud, que además participó en otros films de Truffaut, en papeles diferentes al de Antoine Doinel, como:
“Les Deux Anglaises et le Continent” (1971) y “La Nuit américaine” (1973)
En las posteriores películas de la serie de Antoine, quizá no sean tan claras las referencias a la vida de Truffaut, pero se adivinan en detalles como la deserción y posterior encarcelamiento del protagonista, la azarosa vida sentimental del mismo, su interés por la lectura...
Detalles como la amante de Doinel y esposa posterior, Christine Darbon, fue actuada por Claude Jade en 3 películas.
Su interés amoroso no correspondido, Colette Tazzi (Marie-France Pisier), aparece en el segundo, tercer, en un breve cameo, y quinto filme.
Patrick Auffay, aparece como el amigo de Antoine, René en las primeras 2 películas.
François Darbon, aparece como el padre de Colette en el segundo, y como un militar en la tercera película.
Numerosos, otros personajes, vuelven a aparecer a través de “flashbacks” utilizando imágenes de películas anteriores.
El conjunto de las 5 películas, han sido nombradas “Les Aventures d'Antoine Doinel”, y toda la saga se presenta de manera progresiva:
A Doinel, lo acompaña el personaje de Christine Darbon, su amiga y después novia y mujer.
El papel de Christine, lo encarnó Claude Jade.
Primero, los pesares y rebeldías del niño malquerido; enseguida, el corto perteneciente a la película “L'Amour à 20 ans”, donde Antoine vive un amor platónico con una muchacha llamada Colette, en “Antoine et Colette” (1962)
Después, Antoine en pos de trabajo y de novia, cortejando a una chica formal violinista, Christine Darbon (Claude Jade) en “Baisers volés” (1968)
En tercer lugar, los avatares de la vida matrimonial con Christine, un embarazo y la irrupción de una japonesita, en “Domicile conjugal” (1970)
Y para finalizar, Antoine, al borde del divorcio de Christine, se reencuentra con la primera novia, lo que le permite relatar la historia de su vida y sus amores en “L'Amour en fuite” (1979).
Françoise Truffaut, utiliza la ocasión para examinar 3 estados, 3 edades de la mujer:
Amada a distancia, casada y engañada, divorciada, pero todavía en buenos términos; porque Christine se caracteriza por su buen comportamiento, la rapidez de su mirada, una sensación de sacrificio que de ninguna manera es trágica.
Como dato, en la película de 1970, Antoine y Christine fueron la primera pareja en el país en divorciarse bajo una nueva ley que permite la disolución de un matrimonio por consentimiento mutuo.
En un caso de vida imitando el arte, Christine también puede ser vista como parte de la autobiografía de Truffaut:
Mientras que Antoine está tratando de seducir a Christine, en la vida real, Truffaut se enamoró de la actriz que la retrató, Claude Jade, comprometiéndose con ella.
Sin embargo, los 2 no se casaron.
El personaje de Christine Darbon, dejó una huella importante e indeleble en el trabajo de Truffaut, porque es un personaje que nunca revela sus emociones, cuya triste sonrisa es su única arma para combatir la crueldad de Antoine, y cuya suave mirada, apenas logra ocultar una herida interior.
Así las cosas, erigida e interpretada como una protesta del director ante una sociedad indiferente con el drama humano, Les Quatre Cents Coups justifica la atracción que ejerce sobre el espectador en la honestidad y sinceridad que destila cada uno de sus planos, en el cariño evidente que Truffaut dedica hacia una obra en la que se desnuda la etapa más vulnerable e inocente, pero también cruel y solitaria de su propia vida, extensiva por lo demás, a todos nosotros por lo que del joven Doinel conservamos en nuestro interior.

“Oh, je mens de temps en temps, je suppose.
Parfois, je leur disais la vérité et ils ne voulaient toujours pas me croire, alors je préfère mentir”



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