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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

miércoles, 10 de enero de 2018

The Island of Dr. Moreau

“The gates of hell are unlocked”

Junto a la británica Mary Wollstonecraft Shelley, al estadounidense Edgar Allan Poe, al francés Jules Verne y a Bram Stoker, con su “Dracula”, que ha generado no pocas inspiraciones; el también británico Herbert George Wells es seguramente uno de los escritores del siglo XIX dedicados al género fantástico, cuyas obras más recurrentemente han sido adaptadas al cine; pero a diferencia de Verne, que siempre fundamentó su obra en la aventura y en una curiosa intuición para la anticipación científica, H.G. Wells optó por argumentos con cierta capacidad crítica respecto a la sociedad y a la ciencia que en ella tiene su seno, revelando las distintas opciones morales y las contradicciones que de la relación entre ambas instituciones podían surgir, hecho que sus historias siempre trataron de sacar a relucir; pues sus novelas utilizan el símbolo y la metáfora como formas de cuestionar el mundo en el que vive, casi siempre dentro de un contexto tonal de ligero misterio, lo que para mi gusto hace su literatura mucho más sugerente que la del más lúdico Verne.
“The Island of Dr. Moreau” es una novela de 1896, de ciencia ficción, escrita por H.G. Wells, introduciendo ideas de sociedad y comunidad, naturaleza e identidad humanas, el jugar a ser Dios y el darwinismo.
Wells fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico; famoso por sus novelas de ciencia ficción, y es considerado, junto a Jules Verne, uno de los precursores de este género; ya que todas las obras de Wells, están influidas por sus profundas convicciones; y en aquí veremos los límites éticos de la ciencia y la obligación del científico de actuar de forma ética, más allá del poder que le otorgan sus descubrimientos.
En la novela, se trata de mostrar, cómo la barrera que separa al hombre del animal se hace a veces tan fina que no se sabe cuándo es traspasada.
Los animales, o mejor dicho, “humanimales”, muestran cómo se comportan los hombres en realidad:
Algunos lo hacen de forma vandálica e irrepresiva, otros son pacifistas y temerosos, pero todos en última instancia, sólo intentan sobrevivir.
El texto de la novela, es la narración de Edward Prendick, un náufrago que es rescatado del mar, y llevado a una isla por un hombre llamado Montgomery, quien revela que la isla es propiedad y está operada por un eminente fisiólogo británico llamado Dr. Moreau, un científico loco, que crea seres híbridos humanos a partir de animales mediante la vivisección.
Moreau, fue rechazado por la comunidad científica cuando sus horribles experimentos de vivisección se llevaron a la luz pública; y continuó sus experimentos sobre la vivisección en su isla privada, donde los animales se alteran con gran detalle para parecerse a los seres humanos.
Son un experimento defectuoso, ya que volverán a sus formas bestiales después de un período de tiempo; por lo que Moreau no es más que un trasunto del doctor Frankenstein que creó Mary Shelley; sólo que en este caso, el objetivo científico no es crear la vida humana a partir de la muerte, sino el de aportar un halo humano a las bestias, forzando de forma antinatural la evolución de las especies; y para cumplir su objetivo, Moreau, en tiempos, eminente y reconocido científico, luego rechazado por sus colegas debido a sus atrevidas metas; no se priva de someter a sus víctimas/hijos/pacientes al sufrimiento que estime necesario.
Allí, acompañado de Montgomery, su ayudante, y antiguo estudiante de medicina que tuvo que huir de la civilización “por 10 minutos de locura”; El Dr. Moreau somete a diversos animales a procedimientos quirúrgicos extremos que los humanizan… al menos superficialmente; y en realidad, los instintos salvajes son mantenidos apenas a raya por el respeto y temor que imponen Moreau, El Creador; y en menor medida Montgomery, “El Hombre del Látigo”; y la llegada de Prendick altera ese equilibrio inestable, empujando los acontecimientos hacia el desastre.
El papel de Moreau en su isla, es doble:
Por una parte es El Creador, y por otra es quien imparte justicia, castigando a quienes infringen la ley, ambas facetas se llevan a cabo en La Casa del Dolor, que es como los animales denominan a su laboratorio.
La moral transmitida a través de mandatos, “no comer carne ni pescado”, “no andar a cuatro patas”, “no utilizar las garras”… se sustentan en el conocimiento superior y en la promesa de castigo.
No surge del interior, sino que es impuesta.
Cuando Moreau muere, existe una rebelión, instigada en cierta medida por Prendick, al sembrar la duda sobre la omnisciencia del doctor, pero el funesto resultado tiene mucho de accidental; el pilar sobre el que se asienta el sistema de valores se desmorona y, pese al desesperado intento de Prendick por apuntalarlo, afirmando que Moreau no ha muerto, sino que sólo ha dejado atrás su cuerpo y aún observa a sus creaciones desde los cielos; la pérdida del referente moral supone un golpe definitivo para la humanidad de los animales.
Todo ello parece inspirado en las ideas de Nietzsche; en particular, en su crítica a la cultura occidental que caracteriza su primer período, donde expone las consecuencias de la secularización de la sociedad ante el declive del cristianismo, es decir, ante la muerte de Dios.
El proceso que se vive en la isla, es similar al esbozado por el filósofo; de hecho, aunque Wells, como ateo convencido, pudiera coincidir con el autor alemán en su juicio sobre la pervivencia de los valores tradicionales de la cultura occidental en el nuevo contexto intelectual, su idealismo socialista a buen seguro le hizo rechazar la evolución posterior del pensamiento “nietzschiano”; así, la necesidad de mantener los paralelismos más o menos disimulados, aunque no se corta en comparar la palabrería grandilocuente y sin sentido de un mono modificado con los sermones del cura de su pueblo; así como, sobre todo, la carencia de una resolución satisfactoria, que se apunta a que Prendick encuentra consuelo a la angustia metafísica que le deja como secuela su estancia en la isla en la ciencia, pero esto apenas ocupa unas líneas en el epílogo; trunca un tanto la evolución filosófica de la novela, dejándola en un terreno ambiguo que podría explicar su consideración como la “menos buena” de entre sus grandes obras, el estilo llano y expositivo, muy victoriano, de Wells, que no casa bien con las necesidades de la obra en las abundantes escenas de acción y tensión, juega también en su contra.
La novela aborda una serie de temas filosóficos, incluidos el dolor y la crueldad, la responsabilidad moral, la identidad humana y la interferencia humana con la naturaleza.
Wells lo describió como “un ejercicio de blasfemia juvenil”; y en parte, también, cabe achacar esta circunstancia a ciertos problemas inherentes a la estructura de la propia obra, que parece dar bandazos al adentrarse por territorios ideológicos sensibles, no cabe descartar cierto oscurantismo premeditado para evitar una confrontación demasiado directa con la sociedad victoriana…
La idea de base, en contraposición con el resto de sus romances científicos más famosos, puede adscribirse con facilidad a una tradición literaria previa:
El mito prometeico, cuya más temprana manifestación en la ciencia ficción o protociencia ficción es “Frankenstein o El Moderno Prometeo” (1818) de Mary Shelley, y que desde entonces ha dejado una ingente prole de robots, productos de ingeniería genética y posthumanos de diversa índole.
Eso sí, Wells lo actualiza a su época, yuxtaponiéndolo con una polémica muy viva, la de la cualidad moral de la vivisección de animales como método de investigación y formación médica.
Moreau, posiblemente, esté basado lejanamente en Claude Bernard, fisiólogo francés y principal defensor de la vivisección en Europa hasta su muerte en 1878, lo que le costó, entre otros sinsabores, la ruptura de su matrimonio y la furibunda oposición de su exmujer y su hija; aunque Wells lleva la polémica un paso más allá.
Para su doctor, la vivisección no sólo es un medio desagradable aunque necesario para obtener un fin deseable, “el bienestar del ser humano”, sino un proceso justificable por la obtención de un conocimiento puro, básicamente, comprobar hasta dónde es posible llegar.
Al disociar la práctica “viviseccionista” de su justificación moral, Wells parece trazar los límites éticos de la experimentación científica, aunque en realidad deja el tema un poco en el aire, con una resolución maniquea que se apoya más en consecuencias circunstanciales, que en un análisis profundo de la cuestión.
Por ejemplo, está la consideración del hombre como animal, que parte de las ideas evolucionistas de Darwin, transmitidas a Wells por mediación de Thomas Henry Huxley, a quien se menciona específicamente en la novela como mentor de Prendick.
Si mediante el uso de la cirugía es posible humanizar a un animal, alterando su laringe para permitirle hablar, modificando sus articulaciones para permitirle erguirse, dotándolo de manos, cortando y pegando un poco por el cerebro… entonces la diferencia entre ambos se difumina hasta convertirse en poco más que una convención artificial.
Cabe recordar que, a finales del siglo XIX, la teoría de la evolución estaba aún lejos de constituir un corpus conceptual maduro, y universalmente admitido.
El hecho de que el hombre y los animales poseían un ancestro común, era todavía polémico, así que el paso adicional de Wells, de borrar la distinción, constituye todo un desafío.
Y no contento con ello, sube la apuesta introduciendo la posibilidad de la degeneración.
Los animales modificados de Moreau, ante el estímulo adecuado, revierten a comportamientos atávicos bestiales, un destino que podría no ser ajeno a los hombres que después de todo, no son sino animales modificados por la evolución, el concepto de “degeneración” en un contexto darwinista que proviene de la obra del zoólogo Ray Lankester.
A partir de aquí, entra de lleno en la crítica social, y lo hace, como no podía ser de otra forma, con una base filosófica sólida.
Una degeneración espontánea, no es científica.
Hace falta un disparador; por ejemplo, la muerte de Dios.
Este argumento da pie a Wells para efectuar una parábola de la sociedad como una entidad que solo genera monstruos, a los cuales se intenta mantener pasivos y acríticos hacia las injusticias y los privilegiados, utilizándose para ello normas arbitrarias, cuyos creadores son los primeros que las incumplen, o credos religiosos que mantengan al hombre en la ignorancia.
Por supuesto, también para denunciar, en ese positivista ocaso del siglo XIX, el horror de una ciencia sin ética, algo tanto más encomiable en cuanto que Wells fue un materialista convencido.
Por tanto, la conclusión de Wells es todavía más pesimista que en otras novelas suyas, como “La Máquina del Tiempo”, sin que ese pesimismo se vea temperado por la melancolía humanista que impregna esa obra maestra con la que inició su carrera.
De hecho, ni siquiera tiene necesidad de convertir a su Dr. Moreau en un genio del mal, sino en un homo superior impasible al sufrimiento que genera su propósito de ordenar el universo, la sociedad según sus principios, y que simboliza el significativo nombre que él mismo ha dado al laboratorio donde modela a sus criaturas:
La Casa del Dolor.
El Moreau literario, encuentra la muerte mucho antes de que termine la novela; pues lo mata una de sus criaturas como símbolo de su fracaso, ya que el científico, por mucho que intente alterar la naturaleza, no consigue evitar la regresión que sus “humanimales” acaban sufriendo, debido a la llamada superior del instinto, en lo que supone un involuntario o no terrible presagio por parte de Wells de las revoluciones del siglo XX:
El precio que han de pagar las víctimas por rebelarse contra sus injustos amos, ha de estar marcado por la sangre y el sufrimiento, y en ningún caso de ese levantamiento contra su Dios podrán extraer beneficio alguno.
Así las cosas, “The Island of Dr. Moreau”, es un clásico de la ciencia ficción temprana, y sigue siendo uno de los libros más conocidos de Wells.
La novela es la representación más antigua del motivo de la ciencia ficción “de elevación” en el que una raza más avanzada interviene en la evolución de una especie animal, con el fin de llevar a este último a un nivel superior de inteligencia.
La novela, fue adaptada al cine en varias ocasiones, iniciando con “L'Ille d'Epouvante” (1913), una película muda dirigida por Joe Hamman en 1911.
“On the sixth day, God created man.
On the seventh day, He rested.
And on the eighth...”
The Island of Dr. Moreau es una película de ciencia ficción, terror y fantasía, del año 1997, dirigida por John Frankenheimer.
Protagonizada por Val Kilmer, Marlon Brando, Fairuza Balk, David Thewlis, Ron Perlman, Temura Morrison, Mark Dacascos, Marco Hofschneider, entre otros.
El guión es de Ron Hutchinson y Richard Stanley; y es la 3ª gran producción cinematográfica de la novela homónima de H.G. Wells, una historia de ciencia ficción y horror, acerca de un científico que intenta convertir a los animales en personas.
Anteriormente se habían rodado “La Isla de Las Almas Perdidas” (1932), con Charles Laughton de protagonista; y “La Isla del Dr. Moreau” (1977), con Burt Lancaster como el doctor; pero esta producción se estrenó en el 100° aniversario de la publicación de la novela de H.G. Wells; película que surgió en pleno revival de los monstruos clásicos iniciado por “Dracula” de Bram Stoker en 1992, seguido por “Frankenstein” de Mary Shelley en 1994; y “Mary Reilly” (1996) y continuado por “La Momia” (1999); siendo The Island of Dr. Moreau su peor exponente; pues su producción fue notoriamente difícil, y la película fue un fracaso de taquilla, que recibió críticas negativas en su mayoría.
No obstante, la película es precisamente famosa por su caótica producción, siendo la 3ª película que John Frankenheimer asumió después de que el primer director fue despedido.
Los otros filmes fueron “Birdman of Alcatraz” (1962) y “The Train” (1964)
Ambas películas protagonizaron Burt Lancaster, quien interpretó el papel principal en “The Island of Dr. Moreau” (1977)
Conocido como uno de los últimos directores de Hollywood del “viejo estilo”, el enfoque brusco y dictatorial de John Frankenheimer era radicalmente diferente al del director inicial, Richard Stanley, y pronto se distanció de muchos del elenco, y especialmente de la tripulación australiana muy experimentada, de la que era frecuente duramente crítico.
Luego de consultas de emergencia con sus ejecutivos en el set, New Line despidió abruptamente a Richard Stanley, por fax.
El atribulado director reaccionó con enojo, destrozando documentos en venganza, y luego desapareciendo después de ser entregado en el aeropuerto para el vuelo de regreso a Hollywood.
Las razones del despido de Stanley no se aclararon, y se difundieron rumores falsos sobre su supuesto comportamiento errático, pero las razones principales parecen haber sido su falta de voluntad para tratar con los ejecutivos del estudio, y especialmente sus problemas al tratar con Val Kilmer, quien ya la reputación bien establecida de ser “difícil”, pronto se consagrará en el conocimiento de la película gracias a esta producción.
El guión, sufrió varias reescrituras:
Richard Stanley escribió el primer borrador del guión, y Michael Herr escribió un segundo borrador.
Cuando se nombró a John Frankenheimer como director, quería su propio guión…
Entonces, los productores trajeron a Walon Green, para hacer una reescritura.
John comenzó a filmar desde la versión de guión de Green, pero decidió que quería poner más énfasis en ciertos aspectos.
Por esta razón, Ron Hutchinson fue llevado a hacer reescrituras; y cuando New Line primero dio luz verde a la versión de Richard Stanley del guión, el proyecto se concibió de $8 a $10 millones de presupuesto, pero no fue hasta que Marlon Brando, Val Kilmer y aparentemente Bruce Willis, quienes brevemente coquetearon con el protagónico subieron a bordo, fue que New Line aumentó significativamente el presupuesto.
El guión original de Richard Stanley era mucho más oscuro, sexy y violento; y el final, donde los animales se apoderaron de la isla, fue mucho más apocalíptico y pesimista que lo que realmente quedó plasmado; por lo que la producción desastrosa de la película, fue cubierta en el documental “Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley's Island of Dr. Moreau” (2014)
Rodada en Queenisland, Australia; la acción sigue al negociador de Las Naciones Unidas, Edward Douglas (David Thewlis) cuando sobrevive a un accidente de avión en el mar de Java, y finalmente es rescatado por un barco.
A bordo, Montgomery (Val Kilmer) lo lleva a una isla selvática, donde Douglas es testigo de un lugar donde se producen extraños experimentos con animales, con el objetivo de convertirlos en humanos y, de esta manera, mejorar la especie.
El resultado, sin embargo, son unos monstruos horribles que planean levantarse de forma inminente contra su creador.
Tendrá importancia en el relato:
El Dr. Moreau (Marlon Brando); la joven Aissa (Fairuza Balk), hija del Dr.; y varios seres mutantes como:
Lo-Mai (Mark Dacascos), un híbrido humano con leopardo; un híbrido de cabro, Sayer of the Law (Ron Perlman); Azazello (Temuera Morrison), extraña criatura apegada a Moreau, entre otros.
En definitiva, The Island of Dr. Moreau es una crítica aguda hacia lo instintivo del ser humano que lo convierte en un animal más, o en el mejor de los casos, en una combinación inestable de ambos.
Con muchos paralelismos religiosos, donde el doctor en una suerte de Dios que da vida y la norma; les trata de brindar la perfección, y a cambio quiere la idolatría de sus criaturas y que se respete su ley.
La isla, es un escenario sugestivo, la temática originalmente tomada de la novela de H.G. Wells, colabora a que se espere una opción bien equilibrada de ficción, terror, y fantasía.
“Through DNA experimentation Dr. Moreau has upset the balance of nature.
By turning animals into humans, he's turned heaven into hell”
Richard Stanley, gran fan de la novela de Wells, consideraba que dichas adaptaciones no estaban a la altura de la obra del británico, de modo que decidió filmar su propia versión de la misma; y estuvo 4 años trabajando en ella.
Su visión de la historia, según sus palabras, era la de “una realmente astuta, épica, película de horror gótico vudú a una gran escala”; y escribió el guión con la colaboración de Michael Herr; pero los derechos de la novela fueron de la productora AIP, que produjo la versión del 77, a Orion Pictures Corporation, y de ahí a New Line Cinema, donde Stanley consiguió la financiación para su película, que se presupuestó en $35 millones.
Pero la aproximación de John Frankenheimer a la isla terrible imaginada por H.G. Wells, se inscribe en el ámbito de esos intentos poco afortunados de trasladar a la pantalla una obra maestra de la literatura universal.
Desde el punto de vista cinematográfico, el guión apenas hace justicia a la rotundidad del argumento original, los efectos especiales resultan muy pobres, el sentido del ritmo apunta hacia lo cansino, la capacidad de fabulación brilla por su ausencia, lo cruel ofrece el rostro de lo ridículo e incluso, en general, la interpretación presenta lagunas muy notables.
La creación de las bestias, corrió a cargo del gran Stan Winston, cuyo equipo tuvo que dar vida a todos los hombres-bestia en un plazo limitado de tiempo, como comentaba el propio Winston:
“Creo que tuvimos aproximadamente 20 semanas en total para el diseño, desarrollo y creación de los isleños de Moreau.
Esculpiendo, buscando a los actores, creando los “animatronics”, trajes de cuerpo entero y prótesis para el pelo, mucho trabajo intensivo fue necesario para crear un gran número de estas personas”
Por su parte, Digital Domain fue la encargada de los efectos visuales de la película; y su principal trabajo fue crear copias digitales de algunas de las bestias para aquellas escenas que no podían ser interpretadas por los actores que les daban vida, como por ejemplo, cuando se muestra a Lo-Mai saltando en el río.
Los técnicos de Digital Domain, estudiaron los movimientos de un tigre de bengala para animar el CGI del personaje; además crearon a las ratas mutantes con las que Douglas se topa en un barco.
Para esta escena, varios técnicos llevaron trajes de captura de movimiento, e imitaron los movimientos de cada una de las criaturas, para después trasladarlos a las criaturas digitales; sin embargo, fue una producción que se convirtió en una odisea de catástrofe sobre catástrofe:
Todo se abre con una voz “en off”, observando la lucha desesperada de 2 hombres por la última cantimplora de agua en un naufragio.
Un torpe inicio que en su ansia de existencialismo acaba calando, pues en una escala reducida, nos cuenta cuál es el principal problema que tenemos cuando la necesidad aprieta.
En el fondo seguimos siendo esos animales que no hace mucho aprendían a andar sobre 2 patas como primera muestra de ambición, pero seguían luchando brutalmente por lo suyo.
Siglos de civilización no pueden borrar la huella de las leyes elementales.
Así es en esa isla perdida, donde los hombres han dejado paso a las bestias, gobernadas férreamente en una ley que deben cumplir a toda costa, y enseñadas para obedecer al dolor que el incumplimiento les puede provocar.
Sangre por sangre, sin posibilidad de revancha.
El Doctor Moreau, aparece entonces como figura divina y chiflada, a la que sin duda la inestabilidad de Marlon Brando presta comportamientos, y se revela como el peor tipo de padre:
Aquel que ve a sus hijos más por lo que podrían haber sido que por lo que son, negándoles la humanidad y la bestialidad al mismo tiempo.
Tan solo son una cadena de continuos triunfos, pero fallos genéticos que intentarán inútilmente adaptarse a algún tipo de civilización mientras ignoran las garras y los colmillos.
Son 2 los “humanimales” que expresan con acierto esta condición:
La Hyena, hijo putativo y abandonado, lleno de rencor; y Aissa, la mujer con rasgos de pantera, con el dolor de saber que no será humana mucho tiempo.
No importa Douglas y sus sobreactuados asombros, tan solo importa como narrador de un sitio alejado de la cordura, donde los términos de Dios, ley y profeta se ponen a prueba sin cesar.
Hasta Moreau, el dorado benefactor, miente para mantener su posición, y no se le ve más vulnerable que sintiendo miedo de sus propios hijos, esos que él creía llenos de agradecimiento hacia él.
Pero en el fondo, la historia es innecesariamente confusa, y a veces privada de cualquier tipo de bestialidad que le habría venido bien, pero sigue habiendo momentos:
Aquel en el que Aissa suplica a su padre que la conceda una vida humana, la misma que parece ansiar cada vez que baila sin importarle nada más; y a la Hyena, un monumental Ron Perlman, clamando al cielo nocturno a su padre y preguntando por qué les ha abandonado.
No se diferencia demasiado de lo que gritaríamos nosotros, algún día, de manera inconsciente, si supiéramos que un dios desequilibrado nos puso aquí para que nos acabáramos matando mientras soportábamos el peso de la culpa solo sobre 2 patas.
Es imposible negar la fascinación del relato, pese a su pobre ejecución; y el escalofrío, profundo y sincero, que nos recorre al pensar en las palabras finales de Douglas, reflexionando sobre una isla en la que hombres apenas humanos se resignaron a aceptar su bestialidad.
¿Quién nos dice que Él, algún Moreau inmisericorde, no nos abandonó en esta Tierra para aceptar y purgar nuestro inevitable dolor?
Con 2 partes marcadas, una en vida de Moreau donde la tensión y la violencia está latente pero sostenida frágilmente por el pequeño Dios, donde se debería cocer el mensaje, y lo que hace es triturarlo en poses petulantes arteras; y la otra tras desaparecer Moreau, entonces el salvajismo explota en secuencias aberrantes en su sinsentido, con momentos tan grotescos como es la imagen de Val Kilmer transfigurado en una cosa entre Moreau y un cantante de rap, donde las muertes se producen de modo enmarañado, cual tsunami la coherencia narrativa es barrida de la isla, una autodestrucción desde dentro en que todas las piezas están perfectamente desorganizadas, en un aquelarre donde la víctima es el espectador, arrollado por un producto mediocre; con una historia como la que tiene, efectos visuales bastante buenos para la época hechos por Stan Winston, un maquillaje perfecto y escenarios bien ambientados, en ningún momento creo que llegase a captar más que el mero interés por ver a los seres, y cuando ya los has visto, la cinta se hace pesada, lenta, incluso absurda, pudiendo ofrecer muchísimo más; y todo debido a los muchos problemas con la producción, y los evidentes intentos continuos de Marlon Brando y Val Kilmer para sabotearlo, ya que el rodaje finalmente se extendió de 6 semanas programadas a casi 6 meses, y la atmósfera en la producción se convirtió casi en un espejo de la trama de la película, con el castigado elenco y el equipo cada vez más alienado y hostil hacia sus coestrellas megalómanas, y su director tiránico.
El acoso de Kilmer, y su actitud consistentemente hostil y obstructiva durante los primeros días de rodaje, no ofreció el diálogo como estaba escrito y criticó repetidamente las ideas de Stanley, y lo poco filmado se consideró inservible; para más INRI, la describió como una producción caótica; pues Richard Stanley había pasado 4 años desarrollando el proyecto, solo para ser despedido después de 4 días; pasando a que se pagaron millonadas por la presencia de Brando, siendo este es uno de los films que le valieron el apodo de “el actor de los minutos de oro”
Marlon Brando, todavía se estaba recuperando del suicidio de su hija, el día en que comenzó la producción, pues los franceses lanzaron una bomba atómica submarina cerca de Tahití, donde Brando tenía un atolón.
Kilmer encendió el televisor, y se enteró de que se divorciaría.
Y 2 días más tarde, el estudio despidió al director Richard Stanley debido a sus preocupaciones sobre la dirección de la película.
John Frankenheimer, que fue contratado para reemplazar a Stanley, se enfrentó desde el principio con Brando, Kilmer y los ejecutivos del estudio sobre la dirección de la película; aun sabiendo que a Richard Stanley le habían ofrecido su tarifa completa con la condición de que dejara la producción en silencio, y no hablara sobre su despido, por lo que su desaparición causó consternación en New Line, quien temía que intentara sabotear el rodaje.
Su eliminación, también predeciblemente envió ondas de choque a través del elenco y la tripulación.
Una indignada Fairuza Balk salió furiosa del set después de un acalorado intercambio con los ejecutivos de New Line, y según los informes, un asistente de producción la llevó desde Cairns a Sydney, a una distancia de unos 2.500 kilómetros, en una limusina alquilada.
Sin embargo, por su propia cuenta, el agente de Balk le advirtió en términos contundentes, que el estudio la arruinaría, y que nunca volvería a trabajar en el cine, si rompía su contrato, por lo que pronto se vio obligada a regresar al set.
Curiosamente, no hay ningún personaje femenino principal en la novela original, solo los 3 personajes principales y las criaturas.
Sin embargo, cada adaptación cinematográfica del libro, ha agregado un interés amoroso femenino.
Por otra parte, Val Kilmer fue elegido originalmente como el líder de la película, pero quería que su compromiso con el proyecto se redujera luego de que su esposa, Joanne Whalley, le entregara documentos de divorcio.
Esto lo llevó a cambiar roles con Rob Morrow, originalmente elegido como Montgomery, el asistente del Doctor.
Pero Morrow dejó la película después de que el director Richard Stanley fue despedido, lo que llevó a David Thewlis a ser elegido; irónicamente, Thewlis era una de las personas que Stanley quería originalmente en la película.
Por lo que Morrow pasó un par de días en el set para filmar sus escenas como Edward Douglas, pero no estaba contento con la producción y su creciente falta de dirección.
Queriendo regresar a Los Ángeles con su familia, Morrow llamó al presidente de New Line Cinema, Bob Shaye, y suplicó que lo liberaran del papel, que Shaye honró.
Cuando David Thewlis llegó, Marlon Brando le dijo:
“Vete a casa, David.
Esta no es una buena película para trabajar.
Está maldita”
De hecho, Marlon Brando rutinariamente pasaba horas en su remolque con aire acondicionado cuando se suponía que debía estar frente a la cámara, mientras los actores y extras se sofocaban bajo el calor tropical con maquillaje completo y trajes pesados.
Fue idea de Brando, que el doctor Moreau llevara un cubo de hielo en la cabeza en una escena; y se le ocurrió la idea por aburrimiento y por el calor.
Todos tenían miedo de pedirle que lo quitara... y fue idea de él, que el Doctor Moreau se pareciera al Papa, ya que sentía que estaba blasfemando contra la naturaleza.
Así las cosas, John Frankenheimer asignó a su frecuente colaborador de HBO, Ron Hutchinson para reescribir la película, lo que dejó a todos en la ignorancia sobre lo que harían a continuación.
Las páginas se entregaron solo unos días antes de que se dispararan, y el ritmo vertiginoso que mantuvo Hutchinson, no fue igual a la calidad.
David Thewlis dijo:
“Obtendríamos páginas y páginas todos los días, y las leerías y pensarías:
Bueno, esto también es una mierda.
Todos teníamos diferentes ideas de dónde debería ir.
Incluso terminé improvisando algunas de las escenas principales con Marlon”
Thewlis también pasó a reescribir su personaje personalmente; y cuando John Frankenheimer exigió más extras, trajeron a algunos hippies sin hogar que vivían en la selva cercana; de hecho, los actores que interpretan a los hijos del Doctor Moreau, pasaron la mayor parte de su tiempo libre, dedicados al alcohol, el sexo, las drogas y el libertinaje general.
La parte de Marco Hofschneider, fue originalmente mucho más grande; y su papel fue cortado porque Val Kilmer no quería ser eclipsado por él.
Luego, Marlon Brando se obsesionó con Nelson de la Rosa, el hombre más pequeño del mundo, e insistió en que se revisara el guión; por lo que algunas de las escenas de Hofschneider fueron entregadas a de la Rosa.
El personaje de Ron Perlman, es ciego; pues tenía lentes puestos sobre sus ojos, por lo que en realidad hizo el papel a ciegas.
Y es cierto que The Island of Dr. Moreau tiene momentos sonrojantes, excéntricos y carentes de todo sentido, que evidencian la locura que fue su rodaje.
Como la escena en la que Douglas conoce a Aissa, donde Montgomery les observa llevando una flor en la boca sin venir a cuento.
El dueto a piano de Moreau y el enano es un WTF de los grandes.
Como que ambos vayan vestidos exactamente igual en cada escena que comparten.
Sin olvidar las 2 escenas en las que Montgomery imita a Moreau, que son una ida de olla en toda regla.
¿Y por qué el enano aparece desnudo mientras Montgomery vacuna a las bestias?
No lo sé, y nunca lo sabré.
Y un caso aparte, es la horrible interpretación de Marlon Brando, con diferencia el peor trabajo de toda su carrera.
Su presencia a lo largo de la película molesta y despista más que aportar algo a la misma.
Desde su ridículo aspecto en su introducción, que intenta ser espectacular y termina siendo ridícula, a cualquiera de sus otras escenas, parece que Brando esté en una película diferente al resto.
Kilmer tampoco es que esté a la altura, por momentos no sabemos a qué juega su personaje, parece como si a cada escena el actor hiciera lo que le diera en gana, a veces sus actos o comportamientos no tienen ninguna lógica, acaso es homosexual...
Según David Thewlis, Marlon Brando describió que hacer la película era como intentar completar un crucigrama mientras se caía por el hueco de un ascensor; y de hecho, David Thewlis no fue al estreno; y dijo que la experiencia fue tan negativa, que prometió no ver la película terminada.
Pero lo mejor de The Island of Dr. Moreau no es la historia de los humanos, si no la de las bestias, ahí radica la verdadera película, una realmente interesante, la lástima es que no está lo suficientemente explotada, y todas las tramas de los humanos frenan hasta cierto punto el avance de la historia.
La película debería haberse centrado más en desarrollar la historia de las bestias, y menos en intentar contentar a sus estrellas humanas; porque en esta parte de la película encontramos ideas atractivas:
Por un lado, el film nos habla de los peligros de jugar a ser Dios.
Y es el objetivo de Moreau, lo que nos lleva al quid de la película, éste quiere crear seres perfectos partiendo de animales, para que la pureza de éstos dignifique la raza humana, pero el problema es que cuanto más humanas se vuelven las bestias, más experimentan éstas las peores conductas del hombre, se vuelven seres violentos, codiciosos y obsesionados por las armas, como el momento en el que Azazello mata a Lo-Mai a sangre fría por no haber cumplido la ley, o la escena en la que Hyena dispara varias veces al cuerpo de Montgomery.
Se revelan porque comienzan a tener dudas.
¿Por qué Dios nos ha creado?
¿Por qué nos hace sufrir?
¿Por qué debemos acatar tantas normas?
Dudas humanas que no llegan a comprender.
Moreau les priva de la libertad, de la posibilidad de elección para que sean más humanos, para ello intenta erradicar sus instintos animales, pero ellos son en parte animales.
Y eso hace que al final, éstos exploten.
A diferencia de lo que sucede con los hombres, su dios es de carne y hueso, y pueden matarlo, pero no sólo matan a su dios, matan al mismo tiempo a su padre, lo que hace que sus actos sean más horribles todavía.
Y al hacerlo, creen convertirse en dioses, pero en realidad son simplemente monstruos, son simplemente hombres.
Y la gran vuelta de tuerca de la película, es que muestra a los hombres a su vez como bestias, al comienzo de la película 3 luchan por conseguir un poco de agua; Douglas incluso mata impulsado por un acto de rabia; y Montgomery es mostrado como un psicópata.
Además, Douglas es encerrado en su habitación que casi parece una jaula.
La visión que da de los humanos, es realmente fatalista y negativa.
Al final, son las criaturas de Moreau, quienes demuestran tener una mayor lucidez, al decidir dejar de ser lo que no son, humanos; y vivir en función de sus instintos, siendo animales.
Richard Stanley, estaba muy descontento con el resultado de la película, no solo por los cambios en su guión, sino porque se desvió de la novela original.
Según él, el guión de rodaje original fue cambiado por las reescrituras de Ron Hutchinson, ordenadas por John Frankenheimer, Marlon Brando, Val Kilmer y el estudio.
Frankenheimer quería cambiar el tono básico de la película, e intentó fusionar su versión con la visión de Brando de Moreau.
Las partes principales del “script”, se transformaron o desecharon; y se eliminó gran parte de la violencia de la película y el “gore”, sobre todo en su tercer acto que era mucho más explícito, al parecer, se llegaba a cocinar a uno de los personajes, y después se lo comían vivo...
Sin embargo, el Writer's Guild of America (WGA) mantuvo el crédito de coguionista de Stanley; pero todo la anterior le cobró factura al producto terminado; y como curiosidad, después de que fue despedido de la producción, Richard Stanley entró furtivamente al set, disfrazado de perro mutante, del que su reemplazo, John Frankenheimer y el elenco y el equipo no estaban al tanto, porque no había subido a un avión a Los Ángeles, y había estado viviendo en una plantación de frutas en el bosque, con los extras.
A pesar de todo, a unos gusta la película; no solo porque algunos de los aspectos más interesantes del guion de Stanley consiguieron sobrevivir, sino también porque es fascinante de ver el grado de locura que se coló en una gran película hollywoodiense.
En cierto modo, es como ver una película de los 80, pero hecha en los 90, lo cual en una década tan sosa como los 90 es ya un logro.
También resulta entretenido por sus momentos de acción, aunque la primitiva animación por ordenador hace que algunos resulten ridículos.
Lo importante es que su reflexión sobre la naturaleza del hombre, su parte animal, se mantiene más o menos intacta.
La trama evoluciona como una típica producción de Roger Corman, si Corman hubiera encontrado la manera de convencer a Brando para participar en una de sus películas, lo cual para mí es un plus, mientras que para otros, el tufo a serie B tal vez los eche para atrás.
Sinceramente lo encuentro un film muy entretenido y divertido, pero no me veo con corazón de recomendarlo a todo el mundo.
En todo caso, y quién sabe si es aportación personal de Frankenheimer, en su día miembro combativo del ala más progresista de Hollywood, de entre sus amorfas imágenes parece filtrarse una especie de denuncia anti-totalitaria, desde luego mal planteada.
Así, Moreau se ha erigido en dios en esa isla, en dictador absolutista, incluso totalitario, en cuanto que no solo quiere ser obedecido, sino amado, en su forma de decidir sobre la vida y la muerte; que no acepta, claro, la menor divergencia.
En cuanto a esto último, el guión inventa otra novedad, más bien simple:
Moreau ha implantado dentro del cuerpo de sus creaciones, un chip que le permite provocar terribles descargas eléctricas gracias a un mando a distancia.
De este modo, La Ley no puede ser sino una burla, una parodia de organización social, y no deja de ser simbólico que El Recitador sea en esta ocasión… ciego.
Así, cuando se produce el caos final, del cual Moreau es su primera víctima, en rasgo de insólito respeto hacia la novela, el animal que lidera la revuelta, la Hyena, no pretende liberar a sus semejantes, sino convertirse en su nuevo tirano “orweliano”, para lo cual él, que se ha arrancado previamente el chip, se apodera del susodicho mando.
La parábola política, por otra parte, se basa, ante todo, en la idea retórica de que el hombre es siempre lobo para el hombre, es decir, más animal que los animales; en su propósito de encontrar en la bestia la pureza inocente que él perdió hace mucho tiempo, lo que consigue en realidad, es humanizar al animal, esto es, hacerlo tan sanguinario y malvado como él.
Lo cual podía haber deparado un film interesante, pero no lo consigue nunca:
Muy pronto nos damos cuenta, de que la desidia es la reina de la función, y aunque al menos es encomiable que el director Frankenheimer brinde una narrativa clásica que en unos momentos en que el “mainstream” ya acostumbraba a hacer ininteligible toda escena de acción; permite saber siempre todo lo que está pasando en la pantalla, no basta.
Y nada más significativo que señalar que lo más recordable de la película son sus títulos de crédito, un conjunto de imágenes de pupilas, humanas y animales, que van sucediéndose en la pantalla para sugerir la fusión/confusión de naturalezas, que tiene una capacidad de sugerencia que luego será inexistente en la historia.
Tal vez, The Island of Dr. Moreau es lo único que podía salir de tan caótico rodaje, y de tanta lucha de egos; y no más que la suma de un montón de malas decisiones.
Al final, fue una abominación más horrible que cualquiera de los experimentos de Moreau.
“There is no pain, there is no law!”
Cuando la novela “The Island of Dr. Moreau” fue escrita a fines del siglo XIX, la comunidad científica del Reino Unido estaba sumida en los debates sobre la vivisección de animales.
Incluso, ciertos grupos de interés, formaron, para abordar la cuestión, La Unión Británica para La Abolición de La Vivisección, constituida 2 años después de la publicación de la novela; que recibió duras críticas por el periodismo de la época, siendo calificada de “morbosa y sensacionalista”, acusada de ofender a la “decencia y el sentido común de la sociedad”, o de “faltar a la verosimilitud científica por considerar posible en biología, la manufacturación de monstruos”, lo que lo relaciona con el tema de la ingeniería genética actual.
Pero eso no era suficiente, en el ensayo corto “The Limits of Individual Plasticity” (1895), el mismo H.G. Wells expuso su firme creencia de que los eventos representados en la novela “The Island of Dr. Moreau” son completamente posibles si tales experimentos vivisectivos alguna vez fueran probados fuera de los confines de la ciencia ficción; y especula con sus teorías sobre la plasticidad de los animales, explicando que la forma biológica predeterminada de un animal, puede alterarse de manera que continúe sobreviviendo incluso si, de alguna manera, ya no se parece a su forma inherente.
Según Wells, esto podría lograrse teóricamente mediante una modificación quirúrgica o química.
Wells era plenamente consciente, de que la modificación quirúrgica es solo un cambio físico, y no alteraría el plano genético de un animal; e hizo notar que si un animal fuera modificado quirúrgicamente, su descendencia probablemente retendría la forma física original de su criatura parental.
Sin embargo, la medicina moderna ha demostrado que los animales carecen de la estructura cerebral necesaria para emular las facultades humanas, como el habla.
Además, las respuestas inmunes a los tejidos extraños, significan que el trasplante dentro de una especie es muy complicado, y mucho menos cruzar especies, y es un problema que aún no ha sido resuelto por la ciencia médica.
¿Acaso hay algunos humanimales viviendo en nuestro mundo?
¡No se sabe!

“This is a true record of what I saw.
I set it down only leaving out the longitude and latitude of the island, as a warning to all who would follow in Moreau's footsteps.
Most times, I keep the memory far in the back of my mind, a distant cloud.
But there are times when the little cloud spreads, until it obscures the sky.
And those times I look around at my fellow men and I am reminded of some likeness of the beast-people, and I feel as though the animal is surging up in them.
And I know they are neither wholly animal nor wholly man, but an unstable combination of both.
As unstable as anything Moreau created.
And I go... in fear”



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