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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

viernes, 7 de julio de 2017

Arthur

“Not everyone who drinks is a poet, some of us drink because we're not”

Cada año, desde hace unas décadas, las revistas publican listas de solteros famosos y sensuales.
Aquellos que desde hace tiempo se han ganado la fama de ser “lobos solitarios”, o que están en una relación ahora, pero no se apresuran a hacerla “oficial”
De una u otra manera, su vida solitaria trabaja para su popularidad, mientras que sus aficionadas tienen una ligera, pero dulce esperanza.
Ellos son magnates de la tecnología, la música, la política, que si bien no han tenido suerte en el amor, no parece que la necesiten.
Y es que parece que algunos de los hombres más ricos del planeta, deben contar con algunos requisitos, por ejemplo:
Ser soltero.
La modernidad ha alcanzado a estos hombres de negocios, aunque el amor no tanto; y son considerados dentro de los hombres más poderosos del mundo, con miles de millones de dólares en sus cuentas bancarias, que aún no deciden sentar cabeza.
¿Consecuencia?
Muchos de ellos pasen a formar parte de “los solteros de oro”
¿Por qué será?
¿Es que acaso la sociedad impone que “nos” casemos?
“Perhaps you would like me to come in there and wash your dick for you, you little shit”
Arthur es una comedia del año 1981, escrita y dirigida por Steve Gordon.
Protagonizada por Dudley Moore, Liza Minnelli, John Gielgud, Geraldine Fitzgerald, Jill Eikenberry, entre otros.
Arthur está considerada una reelaboración moderna de los cuentos de P.G. Wodehouse: “Jeeves and Wooster”, donde Arthur es el equivalente de Bertie Wooster, un soltero y aristócrata menor, rico y de vida ociosa; y su sirviente Hobson, el equivalente de Jeeves, su ayuda de cámara, un hombre sorprendentemente bien informado y talentoso.
Pero Arthur fue una comedia bastante celebrada en su momento, que intentó establecer un puente entre los clásicos del género de los años 30, y las exigencias coyunturales del momento, donde se evidencian influencias de directores como Mitchell Leisen o Gregory La Cava, pero no acaban de integrarse en un conjunto dominado por los tics de su protagonista, secundado por un excelente reparto de secundarios.
Aunque el proyecto fue inicialmente a parar a Paramount, eventualmente dejó caer el proyecto, y Orion Pictures tomó el relevo.
Además, la promoción de la película resultó ser un reto, según se informa, 6 campañas publicitarias fueron descartadas, antes de que se decidiera una última.
El resultado, Arthur ganó cerca de $96 millones en EEUU, convirtiéndose en la 4ª película más taquillera de 1981, y obteniendo 2 premios Oscar:
Mejor Actor de Reparto (John Gielgud), y Mejor Canción “Best That You Can Do”, coescrita por Christopher Cross, Burt Bacharach, Carole Bayer Sager, y Peter Allen, siendo interpretada por Christopher Cross; y obtuvo otras 2 nominaciones:
Mejor actor (Dudley Moore) y guión.
El rodaje en la ciudad de New York en el verano de 1980, atrajo a miles de curiosos sobre el nuevo proyecto de Liza Minnelli; tanto que uno de los espectadores mayores, confundió a Minnelli con su madre, Judy Garland.
La acción sigue a Arthur Bach (Dudley Moore), un borracho feliz, sin pretensiones ni ambición.
También es el heredero de una inmensa fortuna de $750 millones que sólo será suya, si cumple la condición de casarse con su novia, Susan Johnson (Jill Eikenberry); porque si no, su abuela Martha (Geraldine Fitzgerald) lo desheredará.
Él, no ama a Susan, y la considera una estirada aburrida, pero su familia espera que ella logre reformarlo, y convertirlo en un hombre de provecho.
Arthur se compromete con ella, pero justo entonces conoce a Linda Morola (Liza Minnelli), una chica encantadora y sin dinero, de la que fácilmente puede caer enamorado, gracias a su vivacidad y sentido del humor.
Entonces, llega el momento de que Arthur tome una decisión:
Quedarse con su vida de millonario sin problemas, y tener una monótona existencia junto a Susan; o apostar por la que cree que podría ser la chica de sus sueños, y perder todo su dinero para acabar con Linda.
Arthur es una pasable comedia ligera, que gozó de un notable éxito en su día, pero que con los años ha envejecido bastante mal.
Lo que me resulta chocante, es que también fuese nominada al mejor guión original...
Pero la curiosidad viene en que fue el único largometraje dirigido por Steve Gordon.
Su secuela, “Arthur 2: On The Rocks” (1988), con el mismo reparto, está dedicada a la memoria de Gordon, que murió a finales de 1982, a sólo 18 meses después del estreno.
Por tanto, Arthur fue su primera y última obra; debut y despedida, a los 44 años de edad.
Posteriormente tuvo un horripilante remake, “Arthur” (2011), hecho y estrenado, prácticamente, 30 años después de este estreno.
“A real woman could stop you from drinking”
Si como espectador considera que Arthur es básicamente un detallado estudio sobre el carácter de un alcohólico excéntrico, y que su principal falla es que carece de un tercer acto que selle la estructura completa de la obra, seguramente la apreciamos de maneras desiguales.
Sería relativamente sencillo ignorar el hecho de que, aún en 97 minutos de metraje, Arthur cuenta con un encanto único, en más de la mitad de ese tiempo, y me temo que la razón de ello, no es ni tan obvia ni tan evidente como para poder explicarla…
Maravillosamente interpretada, y con un guión inimitable, repleto de humor negro, el cual seguramente en 1939 no habría parecido único, pero que sinceramente lo es después de la escasa competencia que ha tenido en el género en décadas pasadas; convierten a esta creación de Gordon, en un verdadero acercamiento al famoso “screwball” de aquellos días.
Un retorno genuino y acertado a las bases de la comedia.
De estruendoso éxito comercial en su día, Arthur sirvió para encumbrar al recién descubierto y ya veterano cómico Dudley Moore, al estrellato absoluto, nominación al Oscar incluida; pero con el paso de los años, uno no puede llegar a otra conclusión que, es una de las que marcaron la transición del cine de Hollywood de los 70, aquel adulto, pesimista e innovador; al de los 80, algo lineal, bienintencionado, y dirigido a adolescentes en busca de sexo.
No es Arthur, en modo alguno una mala película, pero ni mucho menos merecedora del taquillazo en que llegó a convertirse...
Es simpática, y con algún detalle logrado en cuanto comedia, sin embargo, la figura del playboy millonario, eternamente borracho, y que consigue la redención a través del amor de una simple camarera, puede resultar, a fecha de hoy, un tanto bobalicona, amén de estar lastrada por un histrionismo interpretativo de Moore, que sitúa su trabajo muy lejos de su excelente rendimiento en cintas anteriores, que le revelan como al menos, cómico peculiarísimo.
No olvidemos que unos años más tarde, rompería las taquillas un tal Eddie Murphy, y posteriores egresados de Saturday Night Live.
Aquí, Arthur Bach es un alcohólico agradable y festivo.
Como tal, sería imposible tomarlo seriamente.
Jamás le permitirían ingresar en los restaurantes más finos.
Con él, nunca podrías ir a una de esas tardes de compras…
Y en su compañía, todas las chicas se alejarían.
Sin embargo, Arthur es el heredero de una fortuna que se acerca al billón de dólares.
No ha trabajado un solo día de su vida, y tiene 2 sirvientes:
Hobson (John Gielgud) y Bitterman (Ted Ross), quienes han estado siempre con él.
Así que un día, su padre finalmente le pone un ultimátum:
O se casa con la fiel y rica Susan Johnson, o de plano se queda sin fortuna.
Esto ocurre justo en el mismo instante en que Arthur acaba de enamorarse… quizás por primera vez en su vida, de la mesera/aspirante a actriz, Linda.
Y entonces:
¿Arthur elegirá el efectivo, o la chica?
Así las cosas, la historia ya está contada, y por tanto se conoce perfectamente que sucede después.
El guión escrito por Steve Gordon, es bueno, pues permite que el reparto saque el mayor provecho a sus hilarantes diálogos.
Atención a la continua intertextualidad entre el protagonista, inmortalizado por Dudley Moore, y Charlie Chaplin, de quien aparece imagen y música en varios compases.
Junto a esto, la otra cuestión es la brillantez de los diálogos, algunos de los cuales parecen firmados por un Oscar Wilde.
En los que Gielgud está magnífico.
Dudo mucho que nadie pueda igualarlo.
Con ese “chaplinismo” e ingenio, de uno y el otro, van labrando un tono irónico y agridulce en la mayor parte de la película.
Si este tono hubiera tenido continuidad, y si la historia en sí, superara la banalidad, podríamos haber hablado de una buena película.
Como dato, Gordon originalmente escribió el personaje titular con un actor estadounidense en mente.
Antes del “casting” de Moore, pasaron:
Al Pacino, Jack Nicholson, Richard Dreyfuss y James Caan.
Además, Alec Guinness y David Niven, fueron considerados para el papel de Hobson.
Una vez contratado Moore, Gordon quería que interpretara el papel con un acento de EEUU, pero esto resultó polémico, ya que Moore tuvo problemas para presentarse como tal, y eventualmente convenció a Gordon para dejarle usar su acento inglés natural.
Antes de hablar de Moore, enternece a la par que inquieta pensar que existió una época lo suficientemente decadente, como para considerarle un “sex symbol”
Pero todo es posible en EEUU, y si algo predomina como si fuera el tema principal es la horripilante y cansona risa de Dudley Moore.
Es lo primero que escuchamos y sigue sonando durante la película entera…
Son como carcajadas maniacas, casi incontrolables, que en algún momento llegan a hartar por sobreactuadas.
Y va más allá:
Se asegura de que no nos hastiemos de su vida colmada de privilegios, de sus demandas, de su forma embarazosa de actuar, y de la gente que, a pesar de ello, lo sigue “amando”
No nos enfermamos de la forma tan simple en la que explica su alcoholismo...
Y esos son hechos irrefutables y aquí se pasa por puntillas… probablemente porque era la época del Studio54 y todos, como Liza, eran buenos para el chupete…
Además, Moore gozaba de una química fabulosa con Liza Minnelli, quien seguramente no ha tenido un mejor papel desde entonces.
El problema con ella, es que nunca se consigue distinguir, en que momento ella deja de sentirse atraída por el dinero, y comienza a amar al hombre borracho.
No la culpo por eso, conozco a varias mujeres así...
Otro detalle de Dudley Moore, es que llegó a repetir hasta 27 veces sus escenas, para conseguir la escena “perfecta”, seguramente incluían sus horripilantes risas para INRI del equipo.
Sin embargo, el mayor entretenimiento de Arthur, consiste en intentar diferir entre las secuencias en las que Dudley aparece borracho, y en efecto lo está; y aquellas en las que sólo finge el pedo por exigencia artística.
No seré yo quien le juzgue, hay que pillarse un buen ciego para besar a la Minnelli... y es posible que se trate de una película para ver igualmente ebrio hasta los queques.
De John Gielgud como Hobson, el mayordomo de Arthur, es el único que consigue salvar la sensación de histrionismo que transmite el resto del reparto.
Porque gran parte del encanto de Arthur, se la brinda precisamente John Gielgud, de hecho, cada vez que aparece en escena o abre la boca, eleva la película, no es raro que haya sido uno de los más grandes actores de su generación, formados en la escuela shakesperiana, y seguramente la mayor parte de los fanáticos de este proyecto, estarán de acuerdo conmigo, y lo recordarán con afecto.
Porque está interpretando a un mayordomo, y porque su interpretación es tan completa, que incluso cuando hace algún chiste, lo hace con tal seriedad que deslumbra, incluso cuando está en situaciones tan jocosas, como estar acostado en una cama, y llevar puesto un sombrero de vaquero.
Más allá de ser el centro moral de la película, nadie desarrolla mejor la esencia de los diálogos de Gordon.
El personaje de Hobson, es muy humano.
Es rápido para regañar a la gente, pero no cabe duda que lo haga porque realmente se preocupa por ellos.
Como dato, Sir John Gielgud rechazó el papel de Hobson varias veces, y finalmente terminó aceptándolo, sólo porque el salario que le ofrecieron, era demasiado bueno para dejarlo pasar.
Según se cuenta, Gielgud nunca entendió realmente las bromas que estaba dando…
Según Liza Minnelli, él siguió dirigiéndose a ella y a Dudley Moore, preguntándoles si lo que acababa de decir, era gracioso.
Yendo, no obstante, al meollo del fracaso, el final es un total despropósito, porque cae en los lugares comunes de toda esta clase de “comedias románticas” y que por ello, se le podría acusar de retratar un problema tan serio como el alcoholismo de manera frívola; por lo que el director además, opta por un mensaje capitalista, que da bueno el dinero por el dinero, al tiempo que fuerza las teclas para lograr el “happy ending”
Aquí no hay deseo de interiorizar en el drama del protagonista alcohólico, no hay voluntad de plantear un mensaje de ningún tipo.
Todo pasa para recaer en la mayor de las banalidades y las aceptaciones.
Por último, para la banda sonora, el cantante pop, Christopher Cross, fue invitado inicialmente para componerla, pero el escritor y director Steven Gordon, no se sentía cómodo con su falta de experiencia en la composición; y el trabajo fue dado a Burt Bacharach.
Sin embargo, Cross compuso una canción para la película, y fue el “Tema de Arthur”, que él escribió con Bacharach, junto con Carole Bayer Sager y Peter Allen.
El éxito de la canción, llamada posteriormente como single, “Best That You Can Do”, la convirtió en los temas más conocido, incluso de la propia película.
Más allá de esta, la música se extiende en temas románticos, y otros urbanos, ambientales, con jazz y pop.
“I race cars, play tennis, and fondle women, but!
I have weekends off, and I am my own boss”
Crecer como persona es parte del desarrollo natural de los seres humanos, pero no por ello significa que sea sencillo.
Ser adulto requiere decidir crecer y adoptar valores y objetivos en la vida.
También requiere renunciar a algunas cosas para conseguir el objetivo, responsabilizarse de los propios errores, y tolerar la frustración, día a día.
Vamos, digámoslo de una vez:
Ingresar al Sistema.
Madurar no significa perder el niño que llevamos dentro, no dejarlo salir ocasionalmente, convierte a las personas en demasiado rígidas, pero no hay que dejar que el niño domine y obstaculice la vida del adulto, como en el caso de los “Peter Pan”
Y es imprescindible una relación de comprensión y cariño entre el adulto y el niño interior, pues madurar exitosamente consiste en lograr mantener un equilibrio entre ambas partes de la persona.
En los años 80, el psicólogo Dan Kiley observó que algunos de sus pacientes se negaban a aceptar las responsabilidades implícitas a la edad adulta, agrupando los comportamientos que éstos presentaban, bajo el nombre de “Síndrome de Peter Pan”, un término que ha sido aceptado en la psicología popular desde la publicación del libro titulado “The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up”, o “El Síndrome de Peter Pan, La Persona que Nunca Crece” de Kiley.
No existe evidencia que muestre que El Síndrome de Peter Pan sea una enfermedad psicológica existente, y no se encuentra listada en El Manual Diagnóstico y Estadístico de Los Trastornos Mentales; tampoco es una cuestión de edad; porque existen ejemplares de 30, 40, 50, 60 años, y los hay que mueren siendo Peter Pan, a pesar de la infatigable inversión que dedican a soslayar la vejez.
Son hombres que presumen de joviales, simpáticos, alma de las fiestas, deportistas, aplicados seductores de jovencitas a edades notoriamente inadecuadas, con frecuencia, no son más que “Peter Panes”, afectivamente inmaduros, y promotores de mucha desdicha en las relaciones de pareja.
Se trata de hombres que no han aprendido la diferencia entre haber crecido, y ser adultos.
Algunos ven este síndrome, como un problema muy extenso en la sociedad moderna pos-industrial; el cual se caracteriza por la inmadurez en ciertos aspectos psicológicos y sociales.
La personalidad en cuestión, es inmadura y narcisista.
El sujeto crece, pero la representación internalizada de su “yo”, es el paradigma de su infancia que se mantiene a lo largo del tiempo.
De forma más abarcadora, según Kiley, las características de un Peter Pan, incluyen algunos rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, arrogancia, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la sociedad, y de las normas por ella establecidas.
Todo esto sería una coraza defensiva para protegerse de su inseguridad, miedo a no ser queridos y aceptados.
En ocasiones, los que padecen este síndrome acaban siendo personajes solitarios.
Con escasa capacidad de empatía, o de apertura al mundo de “los grandes”, al no abrirse sentimentalmente, son vistos como individuos fríos o no predispuestos a darse, lo que vuelve como un “boomerang” a través de la no recepción de entregas o muestras ajenas de cariño.
Algunos profesionales, avanzando tal vez audazmente en sus diagnósticos, los han denominado “esquizo-afectivos”
También se dice que este padecimiento se da por no haber vivido una infancia normal, por no haber trabajado, o por otros motivos.
A nivel de relaciones amorosas, muchos de ellos son solteros que llegan a ser donjuanes, por su gran capacidad de seducción, y van de una relación a otra constantemente.
Los que tienen pareja, pueden crear relaciones superficiales, estando años sin llegar a comprometerse mucho; buscando incluso chicas más jóvenes, que impliquen menos planes de futuro, y a su vez puedan contagiarse de su inmadurez.
Si al nuevo Peter Pan todo le sale bien, disfrutará durante muchos años, pero llegará un momento de reflexión, donde comenzará su crisis.
Aunque él goce de éxito profesional y económico, se dará cuenta de que en su vida no hay nada estable ni firme.
Nunca se acabarán los “Peter Pan” en este mundo, mientras sigan existiendo las “Wendy”, pero esa es otra historia.

“Don't You Wish You Were Arthur?”



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