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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

sábado, 1 de abril de 2017

花樣年華 (In The Mood For Love)

“感受熱,保持感覺燃燒,讓感覺爆炸”
(Siente el calor, mantén ardiente la sensación, deja que explote)

El cine está hecho de emociones, de pedazos de alma comprimidos, de lágrimas que corren mejilla abajo a 24 fotogramas por segundo.
El cine, en palabras de André Bazin, “sustituye nuestra mirada por un mundo más en armonía con nuestros deseos”
El cine es, por tanto, una ilusión que cobra vida ante nuestros ojos.
Y esa ilusión, y sus 24 fotogramas por segundo, se convierten en el espectador, en emoción, en sentimiento, en amor o en odio, en placer o rechazo.
En todo caso, el cine tiene la capacidad de retener en nuestras retinas, en nuestras memorias, imágenes, planos o secuencias completas, que permanecerán inmutables, si despertaron algo en nosotros, para siempre.
Aunque el tema de la infidelidad puede ser considerado un problema, desafortunadamente muy común para casi todo el mundo, pocas veces sabemos cómo reaccionar ante esta incómoda situación, cuando los afectados somos nosotros mismos.
La infidelidad, sea cual sea la época o cultura, siempre es algo serio y delicado.
Y peor aún, cuando descubrimos que aquella persona que destruye nuestra vida, está tan cerca de nosotros, que podría ser nuestro propio vecino.
El carácter arbitrario del amor, que aparece en momentos y situaciones inexplicables, e inevitables, los momentos únicos, capaces de cambiar vidas, que se dejan pasar mientras el reloj sigue dando las horas, pero que permanecen para siempre, es todo aquello que pudo decirse, y no se dijo; todo aquello que pudo hacerse y no se hizo.
Todo aquello que pudo ser y no fue, porque todo quedó escondido, a salvo, en un lugar secreto, hermético, hermoso, y cálido.
Todo quedó en suspenso, a la espera de un intérprete que lo encuentre, y le de forma.
Todo aquello... y también mucho más.
“你注意到事情,如果你注意”
(Uno se da cuenta de cosas si prestas atención)
花樣年華 (In The Mood For Love) es un drama hongkonés, del año 2000, escrito y dirigido por Wong Kar-wai.
Protagonizado por Tony Leung, Maggie Cheung, Ah Ping, Rebecca Pan, Siu Ping-Lam, Liu Chum, Chin Chi-Ang, Chan Man-Lui, Koo Kam-Wah, Yu Hsien, Chow Po-Chun, entre otros.
La idea original, y la inspiración para la película, provienen de un cuento japonés acerca de 2 personajes que a menudo caminan uno por el otro, en una escalera, pero no conversan; sin embargo, en esa historia, los personajes terminan suicidándose…
Wong Kar-wai, es un director de cine hongkonés, reconocido internacionalmente por sus filmes únicos visualmente, y muy estilizados.
Y 花樣年華 (In The Mood For Love) es visualmente fascinante, armoniosa y musical; mecida toda ella por una hipnótica banda sonora, perteneciente a la denominada “segunda ola de cine chino”
Y con ella, Wong Kar-wai entrega una de las películas más memorables de los últimos años.
Un melodrama sencillo, cotidiano, pero narrado con un arrojo inusitado, con una perfección formal inimaginable en el cine contemporáneo.
Con mimbres livianos, se convierte, gracias a la pasión de su director, en una profunda reflexión, casi susurrada, sobre las relaciones personales, la amistad y el amor.
Como dato de producción decir, que solo faltaba una semana para su premier mundial en Cannes, cuando el director chino dio por terminado el montaje.
Los organizadores del Festival, estaban nerviosos ante los continuos retrasos en el envío de la cinta; pues en el catálogo del Festival, aparece insólitamente una película sin título.
Tan absorto estaba el director en el final de montaje, que no había ni siquiera reparado en el título de la película...
Así pues, días antes de terminar la posproducción, cae en sus manos un disco de Brian Ferry titulado “As time goes by”
El cuarto tema del disco, se titula “I’m in the Mood for Love”
Ese sería el título internacional para la película; el cual es un “cover” de una canción de los años 30.
No obstante, el título chino original, significa “La Era de Las Flores” o “Los Años Floridos”, una metáfora china para el tiempo fugaz de la juventud, la belleza y el amor; que deriva de una canción del mismo nombre de Zhou Xuan, de una película de 1946.
Aunque al final se decantó por la canción “Estoy en el estado de ánimo por amor”; Wong había planeado nombrarla “Secrets”
Así las cosas, el título “花樣年華” se traduce literalmente como:
“La magnificencia de los años pasa como las flores”
En numerosas entrevistas, Kar-wai reconoce que si no fuera por los compromisos que adquiere con los festivales para el estreno de sus películas, continuaría con el proceso de montaje indefinidamente.
花樣年華 (In The Mood For Love) se llevó 2 premios en El Festival Internacional de Cine de Cannes:
Uno a la calidad técnica, y otro al mejor actor para Tony Leung; siendo esta película, la 2ª parte de una trilogía junto con “阿飛正傳” (Days of Being Wild -1990) y “2046” (2004)
La trilogía tiene planteamientos estéticos distintos, pero comparten un tema en común:
Lo complicado que es comprender el amor, el paso del tiempo, y el peso del pasado.
Es un cine que hipnotiza, sin embargo, estas obras no fueron bien acogidas por el público hongkonés, que esperaba encontrar más acción en la película.
La trama se desarrolla en Hong Kong, pero la película se rodó en escenarios reales de Tailandia, China/Macao, y Camboya, sobre todo en el templo budista de Angkor, y en estudio.
El rodaje se desplazó de Pekín a Macao, después de que las autoridades chinas exigieran ver el guión completo; y como el director nunca usa guiones, se decantó por otros países.
花樣年華 (In The Mood For Love) tiene una particularidad en sí misma, es como un espejo que refleja las relaciones humanas, la consecuencia de las decisiones que tomamos, el ritmo de las cosas, y el rol del azar, que tantas veces nos toma por sorpresa, y nos confronta con nosotros mismos; se trata de una película muy apreciable sobre la crisis matrimonial, la soledad y en el breve, pero inolvidable encuentro amoroso.
Los temas principales son:
El amor, la recuperación de la memoria, el paso del tiempo, la fidelidad conyugal, la renuncia, el desamor, el desencanto, la soledad, la amistad, el carácter efímero de las cosas humanas, la futilidad del esfuerzo y del empeño, la belleza admirable del mundo, el envejecimiento, la muerte, etc.
La acción dramática tiene lugar en Hong Kong, Singapur y Camboya, en 1962, 1963 y 1966.
Chow Mo-wan (Tony Leung), es redactor jefe de un diario local, y alquila una habitación en un apartamento, el mismo día que Su Li-zhen “Chan” (Maggie Cheung), una secretaria de una compañía naviera, haciéndolos vecinos.
Ella es atractiva, guapa, melancólica, algo enigmática y muy elegante.
Le gusta dedicar tiempo, dinero y atención a su cuidado personal.
Viste con distinción, discreción y buen gusto, y destila un potente erotismo.
Es rigurosa y eficaz en el trabajo, y en la organización de su vida personal.
Mientras él, de mirada penetrante y triste, viste de modo impecable, le gusta cambiar de traje y corbata con frecuencia.
Se evade escribiendo relatos de artes marciales, y se siente fuertemente atraído por ella.
Los 2 están solos y necesitados de amor, comprensión, atenciones y compañía, debido a que por motivos de trabajo, sus respectivas parejas los dejan solos durante cierto tiempo.
A pesar de tener una casera y unos vecinos amistosos, Chow y Su, se encuentran a menudo a solas, en sus habitaciones, y entablan una amistad.
Una vez, Chow descubre que sus respectivas parejas mantienen una relación extramatrimonial en común; es a partir de este momento que ambos empiezan a pasar cada vez más tiempo juntos, reconfortándose el uno con la presencia del otro.
Chow invita a Su, a ayudarlo a escribir una serie de historias de artes marciales que escribe para un periódico.
Según su relación se vuelve más íntima, y la gente se empieza a dar cuenta...
Cada uno de ellos intenta persuadir al otro, para que no deje a su respectiva pareja.
Aquí no hay historia, porque no hay amor; hay deseo de amar, y eso no es visualmente explícito, eso es un sentimiento que transciende, y que llega muy adentro; por lo que es una historia de 2 personas que buscan amistad, compañía, pasión, atención, incluso amor, pero con una excesiva madurez y resignación, saben que la suya es una relación condenada, y por tanto ni siquiera se sienten con ganas de intentar que llegue a buen puerto.
Es una historia sutil, y llena de insinuaciones, sin grandilocuencia, una historia donde los pequeños gestos, las miradas, las expresiones de los rostros de los 2 protagonistas, son la verdadera historia.
La narrativa es pausada, muy pausada, los largos planos del escenario se suceden, y la película parece transcurrir entre nubes de cigarrillo, barrotes, cigarros empañados, y una fuerte lluvia que a menudo empapa a sus protagonistas, sobre todo a él.
A los respectivos cónyuges, esa parte de la historia que solo conocemos de oídas, nunca llegamos a verlos, más que de espaldas, o en planos muy indirectos.
Son esas presencias difusas, que los protagonistas sienten tan presentes como para dejar a un lado sus sentimientos.
Mientras a los protagonistas los vemos casi siempre en planos asfixiantes, en habitaciones atestadas, desde ángulos improbables, raros, casi nunca vistos de frente.
Son los reyes de las buenas formas, del disimulo, y las estratagemas para evitar habladurías; no quieren ser como los otros, no quieren caer tan bajo, y por eso acaban haciendo todo lo contrario, pues tienen principios, moral y ética.
La belleza con la que está narrada esta sencilla historia, ha hecho de ella, una de las películas más memorables del nuevo milenio, y una auténtica película de culto.
“我無所事事 我想听到你的聲音”
(No tengo nada que hacer, quería escuchar tu voz)
Dentro de la industria hongkonesa, entre un cine mayoritariamente comercial, el director Wong Kar-wai ha conseguido alzarse, con una visión poética de la vida.
Llamado “el poeta de la imagen”, ha devuelto al panorama cinematográfico, una revisión posmoderna y oriental de aquel estilo de cine que ya practicó en los sesenta “La Nouvelle Vague” francesa, lo que naturalmente ha hecho que sea encumbrado por Cahiers du Cinéma, una de las revistas de cine más prestigiosas del mundo.
Y es que el estilo de dirección de Wong Kar-wai, requiere mucho de los actores.
Rodando sin guión, el excelente autor chino, obliga al reparto a estar a la altura de los personajes, y los constantes cambios en el argumento, hacen que las películas tarden bastante en rodarse.
En un principio, la historia de 花樣年華 (In The Mood For Love), se tenía pensada en un periodo aproximado entre 1962 y 1972, pero por lo difícil de abarcar un periodo tan amplio, se redujo a 1966, evitando problemas que se pudieran presentar en la historia, al abarcar tal cantidad de tiempo.
Así nos habla de un Hong Kong que coincide con un periodo tan importante como lo fue La Revolución Cultural China.
花樣年華 (In The Mood For Love) nació como un capítulo de un proyecto sobre el Hong Kong más occidental, cuando pertenecía al Reino Británico.
Una especie de homenaje o recopilación de los recuerdos del propio cineasta del Hong Kong que conoció y vivió en su juventud.
Al nacer como uno de los capítulos de tal proyecto, su duración era menor, y su temática estaba relacionada a la gastronomía típica de Hong Kong.
Con el mismo comienzo de desarrollo, en ese pequeño hotel; pero al iniciar el rodaje, Wong Kar-wai, se enamoró locamente de los detalles que compartían estos 2 personajes, o estas 2 mitades de una pareja.
Tanta pasión sintió el director, que decidió desechar el resto del argumento del proyecto, y continuó la pequeña historia paralela de estos 2 personajes.
Una historia que continuó rodando sin guión preestablecido, buscando más los resultados de la interacción que se producía entre los personajes.
Condición ésta que le produjo muchas crisis presupuestarias, y paros en el rodaje, por falta de dinero o problemas con los productores, asumiendo al final gran parte de la producción el mismo director.
Un rodaje largo, que temporalmente se intercalaba con fases del rodaje de su otra película “2046”
Técnicamente, la estrecha colaboración que se establece entre Wong Kar-wai, y su director de fotografía, el australiano Christopher Doyle, tiene en la música, su principal exponente.
Ambientado en los años 60, 花樣年華 (In The Mood For Love) expone forma estilizada, claustrofóbica, la relación de amor entre los personajes, en escenarios interiores llenos de color, utilizando en ocasiones, una lírica cámara lenta con sonidos de cuerda, y en otras canciones en español, interpretadas por Nat King Cole, que se armonizan con el sentir de los caracteres.
A destacar el inteligente, detallista, íntimo, sugestivo sentido visual y narrativo de su puesta en escena, con el uso de la voz en diálogos fuera de cuadro, la música citada, o los personajes ubicados en planos cortos con muros, paredes, escaleras, corredores, mobiliario… y la sofisticación de Maggie Cheung, luciendo un diverso y hermoso vestuario.
Así estamos en Hong Kong, en un superpoblado y estrecho edificio habitacional, las familias Chan y Chow, se mudan en departamentos vecinos.
Con el paso del tiempo, Chow y Chan, se convierten en buenos amigos, compartiendo la cena, o aliviando la soledad en que sus respectivos esposos les han abandonado.
En uno de esos encuentros, por diversas coincidencias y suposiciones, comprueban que sus cónyuges son amantes…
La viven de diversos modos, ya sea con la resignación de Chow, o con el profundo dolor y obstinación que gobierna a Chan.
Un respiro o asfixia a esta situación, provocará el deseo, tanto abierto como reprimido, de ambos, de también ser amantes.
Todo ello hace de 花樣年華 (In The Mood For Love) un cine romántico de amor oculto, y no correspondido.
Desde las incesantes miradas que estos 2 solitarios se tenían, ingeniosamente retratadas por Kar-wai, con un vivo matiz naranja, embelleciéndolas con el sensual canto de los violines en una hermosa melodía llamada “Yumeji’s Theme”; hasta los encuentros y charlas entre ellos, narradas de forma acumulativa, como la vida misma nos ofrece la formación y crecimiento de un romance, dando al final, un todo coherente del porqué se han enamorado, evitando ofrecer respuestas gratuitas que suelen darnos los melodramas convencionales.
Esta ha sido la propuesta original y efectiva que Kar-wai ofrece, contando pausadamente, solo la historia necesaria en la brevedad que una hora y media permite, sin mirar siquiera a los ojos literalmente a los infieles esposos, porque eso a Kar-wai no le importa.
Lo que sí era de su interés, y cubre con excelencia pocas veces vista, es examinar paso a paso a estos 2 seres humanos en su frustración, encuentro, enamoramiento y deseo por amar, hasta llegar al punto del conflicto, de ceder o no, bajo el riesgo que Chan exige evitarse:
Ser como ellos, como los esposos infieles.
La verdad es que vivimos en un mundo con valores casi esfumados e inexistentes, y en ausencia de buscar nuevos, para reavivar nuestra civilización, solamente nos dedicamos a seguirla fracturando de manera vil y despiadada.
En el transcurso de la historia, veremos que los valores como imperativos categóricos e irrefutables, se van yendo, no por falta de principios, sino por la soledad y sentimientos que los obligan.
La primera vez que Chow y Chan salen a comer, y finalmente cercioran su tragedia común en las “coincidencias” presentadas entre las corbatas y el bolso que las 2 mujeres, que tanto ella como su vecina usan, nos hace pensar que estas “coincidencias” no existen, y que efectivamente, las cosas se notan cuando uno pone un poco de atención en los detalles.
El tiempo, es un fiel testigo de la historia, siempre está presente, siempre hay relojes que anuncian el devenir inevitable que todo lo arrasa.
El transcurrir de tiempo/espacio, también está muchas veces determinado por los 19 cambios en el vestuario de Maggie Cheung, modelando como cuando obtuvo el segundo lugar en Miss Hong Kong en 1983.
Cuando por fin, nuestros protagonistas mantienen una relación de amistad que más tarde se vuelve dependencia, a escondidas de sus demás vecinos, se consideran irónicamente tan culpables como sus parejas.
Su relación, pronto se vuelve un refugio a su soledad y compañía en aquellos días tan difíciles.
Porque finalmente, los 2 están en las mismas condiciones, y parecen compartir la misma pena.
Mientras Chow le pide ayuda para terminar un relato sobre artes marciales; Chan muestra siempre cierta compostura, aunque en general, su relación nunca parece perder el respeto y la propiedad aparente.
Así, la cámara de Wong tampoco accede a muchos rincones de sus cuartos, y respeta demasiado la intimidad de los 4 personajes, y a la vez nos deja mucho qué imaginar, como lo que realmente sucedió en el cuarto de hotel de Chow, cuarto 2046, como ya dije, nombre del siguiente filme de Wong; cuando Chan le dice en el taxi a Chow, que no quiere volver esa noche a casa, y finalmente quién es el padre del hijo de Chan, que aparece en las últimas imágenes de la película, como una mujer mayor, pero con un recuerdo nostálgico de un pasado incierto en alguna etapa de su vida que sólo recuerda sin poderlo tocar...
Un gran acierto de Wong, es precisamente esta incógnita, de no saber exactamente lo que sucedió en muchos de los encuentros de Chow y Chan, que por otro lado, el rostro de sus esposos nunca aparece, y es un constante recordatorio del transcurrir del tiempo en la historia.
Por eso, nunca muestra en pantalla ningún roce que nos invite a pensar en algo parecido al sexo, a la consumación de su amor, ni tan siquiera un beso... nos deja que pensemos lo que queramos de aquel furtivo encuentro, de aquellas horas interminables escribiendo, paseando a solas... pero nunca revela nada.
En 花樣年華 (In The Mood For Love), los instantes suceden a cámara lenta, son hipnóticos, y van acompañados de una perfecta banda sonora; por lo que Kar-wai trabajará entonces ese amor imposible, desde una construcción dramática que se afinca en las gradalidades de la insinuación, la sugerencia, el comedimiento, el susurro, la evocación, donde la cámara de Christopher Doyle y Mark Li Ping-Bing, entrará en inefable juego de observación de cada gesto, musitar o aproximación de los protagonistas, en finísima urdimbre compositiva de planos-detalle, ralentíes y fuera de campo decididos bajo un criterio de elevada sensibilidad poética.
En esos instantes en los que el tiempo se para...
En los que Chow y Chan se cruzan, y en los que agarrarse de la mano les supone un verdadero acto de valentía, en los que la atracción entre ellos es más que evidente.
A la vez, esos momentos reflejan la soledad que sienten los protagonistas; pues pese a estar casados, se sienten solos.
Y es curioso el tratamiento que el director da a los cónyuges de los protagonistas.
Siempre salen de espaldas a la cámara, y las situaciones dramáticas o tensas que se dan entre ellos, las representan Chow y Chan ante la cámara.
花樣年華 (In The Mood For Love) se trata de una película sumamente esteticista, en el mejor sentido de la palabra, que supone todo un canto de amor al Séptimo Arte, y nos habla de la belleza que reside en la cotidianidad, en actos tan banales como ir a comprar leche o tomarse un plato de sopa.
Pero Wong Kar-wai, hace que esos instantes adquieran una magia especial.
También, el director nos habla del milagro del azar y las coincidencias, y de algún modo, casi de un destino inescrutable, como cuando emplea ese plano vacío que parece detenerse por unos segundos, y que deja fuera de campo a ambos personajes, uno que acaba de salir del encuadre, y otro que está a punto de entrar en él; y que nos habla más de ese cruce que ha tenido lugar entre ellos, que si nos lo hubiese mostrado explícitamente.
Durante la filmación, Kar-wai improvisó a menudo con los actores, elaborando la historia y el estado de ánimo de la película a medida que avanzaba.
Originalmente, era una película romántica mucho más obvia, con los actores lanzando diálogos ingeniosos entre sí.
Pero con el tiempo, los actores y el director, decidieron darle un tono a la versión más sutil que se estrenó en los cines.
La ausencia de un guión inicial, conduce pues a los actores por un desconcierto:
No tienen dónde agarrarse para componer previamente sus personajes.
Wong Kar-wai, les confiere una libertad absoluta, confía plenamente en ellos, porque ellos son los que tienen que crear la vida de los personajes.
Maggie Cheung y Tony Leung, están acostumbrados a esta particular forma de trabajar del director chino, ya que ambos son habituales en sus repartos.
A pesar de ello, Maggie Cheung reconoció que no tenía ni idea de que iba la trama, hasta que la vio el día de su estreno en Hong Kong.
Y es que esta película destaca por la técnica, pues emplea 2 métodos artísticos novedosos:
Uno, es la utilización repetitiva de escenas parecidas; y el otro es que ciertas secuencias, que parecen una sola, son realmente un conjunto de escenas de los numerosos encuentros que tienen los 2 protagonistas.
Estas técnicas, dan la impresión de que los 2 protagonistas hacen lo mismo un día tras otro, durante un largo período.
Sin embargo, prestando atención a los vestidos/qipao que lleva Maggie Cheung, cambian en todas las secuencias.
Obviamente, estas escenas no son la misma, editada una y otra vez, sino que realmente son escenas distintas, con diferentes maquillajes y vestidos, y tiempo.
Como dato, Maggie Cheung lleva un vestido diferente de “cheongsam” en cada escena.
Había 46 vestido en total, aunque no todos hicieron al corte final.
El “cheongsam” es un vestido chino de corte insuperablemente elegante.
Además, la sesión de cabello y maquillaje de Maggie Cheung, duraban 5 horas diarias.
Y es que no hay mujer más guapa que Maggie Cheung, ni mejor galán que Tony Leung.
Ambos tienen una carga erótica insuperable.
Destaca muchísimo la elegancia de la protagonista femenina.
En muchas películas, han dotado de elegancias supremas a las actrices protagonistas, y si no, fijémonos en Hitchcock; pero este, el interpretado por Maggie Cheung, es el personaje más elegante que he visto jamás en el cine, y uno de los más bellos.
Sin Maggie Cheung y Tony Leung, 花樣年華 (In The Mood For Love) no sería lo mismo.
Ambos están maravillosos, elegantes, impecables, de una forma que sólo podemos ver en una pantalla de cine, y decir:
¡Qué grande es el cine, finalmente!
Chow Mo-wan, parece cargar en sus ojos extraviados, la pérdida de toda su nación, nos introduce suavemente en un océano de delicadezas y deseos que nunca encuentran cristalización.
Ese sentimiento de quebranto, se acentúa también con la etérea, desolada y seductora presencia de Su Li-zhen, que puede abarcar toda clase de pasillos con un solo paso.
Una cámara fija, mira desde la distancia a los personajes, los lugares que transitan, las situaciones cotidianas, como si observáramos detrás de un cristal cuanto acontece:
El vidrio que divide la oficina de la calle, y la cortina de agua que zambulle al transeúnte, a espacios públicos o restoranes; la ventana que deja ver un más allá detrás de las paredes; la iluminación que remarca el peso de la nostalgia; todas esas ventanas, también son los ojos de los protagonistas.
La química entre ellos, es la base de la historia, y funciona a la perfección.
Cheung, es posiblemente quien lo tiene más difícil, pues en bastantes ocasiones debe resultar fría, cuando realmente no quiere, necesitando de una sutileza a la hora de interpretar, que está al alcance de muy pocas actrices, estallando en lágrimas cuando la situación ya le supera por completo; momentos ésos que te rompen el corazón.
Y Leung, es un actor carismático y encantador donde los haya, se mete en el bolsillo al espectador casi de inmediato, con esa sonrisa y esa mirada que le caracterizan.
Su personaje no es el típico seductor, pero hay fases donde bien podría estar interpretando a uno, le sobran facultades para ello, de hecho, cuando juega a ser el marido de Cheung, apenas modifica su comportamiento; mientras que ella, siendo la esposa de Leung, sí que cambia visiblemente.
Tanto uno como otro, están inmensos, pero claro, es cuando están juntos cuando la película alcanza su glorioso techo.
Sus imágenes pertenecen a esos grandes momentos que nos deja la obra maestra de Wong Kar-wai.
A pesar de que el filme ocurre en pocos lugares, 2 departamentos, cocina, sala común, calle, la misma y los mismos recovecos; 2 oficinas, cuarto de hotel, restaurantes; la superpoblada ciudad de Hong Kong, que creció en un área geográfica muy reducida a una velocidad vertiginosa entre 1950 y 1970, produce una sensación fuerte de promiscuidad, de aglomeración, de poco espacio, y mucha gente.
Y en torno a los detalles, el movimiento de un vestido, por ejemplo, o el diálogo que habla más allá de las palabras con gestos y miradas, el sonido que hace alguien al caminar, la luz en la piel de alguien, etc., y también a la sencillez, a lo rítmico y paulatino, y a la sutileza.
La sutileza en esta historia, tiene que ver lo implícito, la sugerencia en vez de la explicación, la no necesidad de exponer todo a la luz, explícitamente, para llevarnos a una comprensión profunda e intuitiva de las cosas.
Es imposible para el espectador occidental conocerlo, pero Kar-wai también empleó la comida como elemento útil para que el público no se perdiese en la progresión temporal de la historia, algo confuso la primera vez que se ve la película, ciertamente; pues al parecer, algunos platos que aparecen en pantalla, sólo se pueden servir en momentos determinados del año.
Un detalle sin importancia, posiblemente, pero revelador de las intenciones de un realizador que, eso dice, rueda casi sin guión.
Quedan para la posteridad, los puntuales ralentíes donde los protagonistas caminan solos, una hipnótica lluvia nocturna, o el humo de un cigarrillo que parece resistirse a abandonar el plano, y cómo suenan las reincidentes notas de Michael Galasso y Shigeru Umebayashi, y el “Aquellos ojos verdes” o el “Quizás, quizás, quizás” de Nat King Cole.
La especial estética alcanzada por el filme, marca de fábrica de un autor indiscutible, contribuyen a atrapar la languidez del relato, y sus imágenes, en la memoria, como si Wong Kar-wai estuviera tratando de invocar una máquina del tiempo que combata el olvido y la muerte, y que le permita capturar de modo indeleble, la intensidad de algunos episodios vitales, y la vigencia de aquellos sentimientos que nos hicieron sentir más vivos.
Y el final, más poético imposible:
Chow se detiene ante un pequeño agujero abierto en una de las colosales paredes del templo de Angkor Wat en Camboya.
Un viento ligero, agita débilmente las telarañas adheridas a la piedra milenaria.
El hombre pasa su dedo con devoción por la superficie del agujero:
En realidad es un gesto vehemente, un ruego al dios Vishnú, una súplica de liberación de un dolor lacerante, por un amor que el destino no tuvo a bien conceder.
El hombre aproxima su rostro circunspecto al agujero, y humildemente exhala su imploración al corazón de la piedra.
Un tapón de tierra y hierba, sellará el secreto.
En ese mismo instante, todo queda sometido al designio benevolente de Vishnú.
El amor, vuelve a traspasar a Chow, cuando se encuentra frente a las ruinas de una religión que no se resigna a morir ante el ascenso de un estado laico.
El bosque al que antes acudían sus antepasados para horadar un árbol, y depositar un secreto, era un lugar sagrado al que el hombre no había llegado.
Las ruinas y templos que visita Chow, son ese bosque de la fe, ahora abandonado por el hombre, despojado del hábito, y sumergido en la cotidianeidad.
Quizás porque esa antigüedad hermosa y serena, le recuerda a Chan, envuelta en sus qipao, infinita y remotamente bella.
Ahí es donde su secreto permanecerá:
En el olvido de la civilización, demasiado consagrada a progresar como para ocuparse de su herencia espiritual; pues, como decía Goethe:
“El hombre dedica la mayor parte de su tiempo al trabajo, y al amor, el tiempo que le sobra”
Por último, la banda sonora está muy presente, y es de Michael Galasso, con canciones preciosas.
Hay varias canciones no originales, adaptadas, baladas románticas de los años 60 interpretadas por Nat King Cole, como:
“Aquellos ojos verdes”, “Quizás, quizás, quizás”, y “Te quiero, dijiste”
Hay un tema también, muy recurrente a lo largo de la película, titulado “Yumeji’s Theme”, de Shigeru Umebayashi.
La música que los acompaña en este baile de deseo, es mucho más que un puente que los une, que un camino en el que convergen; es el aire que respiran y el viento que los lleva, es la catarsis del amor necesario, pero a la vez, es la disyunción de un destino cruel e inexorable.
Es también la lluvia que los junta en los pequeños aleros de los edificios, mientras la noche cae mansamente sobre la ciudad.
Como un mantra espiritual, las notas lánguidas del violín de “Yumeji’s Theme”, nos arrullan y nos llevan por una catarata de sentimientos llenos de melancolía.
También es color esa bendita música; pues son rojos, verdes, azules, naranjas…
“他記得那些消失的歲月。 好像看著一個塵土飛揚的窗戶,過去是他可以看到的東西,但沒有觸摸
他看到的一切都模糊不清”
(Él recuerda esa época pasada como si mirase a través de un cristal cubierto de polvo.
El pasado es algo que se puede ver, pero no tocar.
Y cuando se ve, está borroso y confuso)
En la década de los 60, en Hong Kong, los valores familiares y las tradiciones chinas, son puestos a prueba, al pasar la gente más tiempo en las fábricas que en sus hogares.
Otras dificultades que marcaron este período, eran la escasez en el suministro de agua, turnos de trabajo extremadamente largos, junto con salarios sumamente reducidos.
Por otro lado, la gripe de Hong Kong de 1968, infecta al 15% de la población...
Pero en el medio de todos estos cambios y penurias, el rótulo “Made in Hong Kong”, fue sufriendo una transición de uno asociado a productos baratos, y de baja calidad, a identificar bienes y productos de calidad superior.
花樣年華 (In The Mood For Love) se desarrolla en ese marco histórico, de la década de 1960, cuando Hong Kong fundaba su potencial económico en la industria manufacturera, y el vórtice político del capitalismo colonial, modificaba la forma de vida de los hongkoneses, asediados también, por el creciente poder del comunismo de Mao Tse Tung.
Un episodio en el que China particularmente, perdió su identidad durante La Revolución Cultural, que negó su pasado, clausurando la mayoría de los templos budistas y taoístas; e intentó recuperarla a partir de los vestigios de su propia lengua, cuando la sociedad aceptó como propia, la unificación gubernamental de caracteres en la escritura ideográfica, que se llevó a cabo entre 1956 y 1964.
Esto definió la, hoy marcada diferencia entre la China continental, y la cultura de Hong Kong, y es lo que queda registrado en la obra de Wong Kar-wai, quien exalta en la isla, una atmósfera cargada de hermosura suburbana.
Pero 花樣年華 (In The Mood For Love) es también una oda nostálgica al Hong Kong de los 60, en el que el propio Wong Kar-wai vivió desde que en 1963 emigrase desde su China natal.
El Hong Kong de la época, era una fusión entre tradición y modernidad:
La modernidad reflejada en el personaje de Maggie Cheung, una mujer de otro tiempo, atrapada en una sociedad tradicional, y se nota en su vestuario.
A través de sus imágenes, Wong Kar-wai parece querer capturar el tiempo, a veces literalmente, pues abundan las cámaras lentas e incluso la congelación de la imagen; y encerrarlo en un pequeño baúl, como muestra de que aquello que él muestra, existió.
Hay una nostalgia tremendamente tierna en sus imágenes.
Y un estilo retro que deja su huella en cada uno de los incontables “cheongsam” que Maggie Cheung lleva con gran estilo a lo largo de toda la película, de las cortinas que decoran las habitaciones de los pisos contiguos que habitan Chang y Chow, e incluso en la atmósfera que inunda las calles de Hong Kong.
Un Hong Kong que, por temor a la llegada del comunismo desde China, y dada la inestabilidad política, condujo a muchos hongkoneses, a abandonar el país, y emigrar a diversos rincones del planeta.

“在過去,如果有人有秘密,他們不想分享...
你知道他們做了什麼?
他們爬上一座山,找到一棵樹,在裡面刻了一個洞,把秘密低聲說出來
然後他們用泥土覆蓋 並把秘密留在那里永遠”
(En la antigüedad, si alguien tenía un secreto que no quería compartir.
¿Sabes lo que hacía?
Iba a la montaña, encontraba un árbol, escarbaba un hoyo en él, y le susurraba su secreto.
Luego lo cubría con barro, y dejaba el secreto ahí para siempre)



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