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Analista Cinematográfico y de Música Clásica.

domingo, 16 de abril de 2017

The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck

“Who says Vampires are no laughing matter?”

El cine de terror, siempre se ha prestado a combinar sustos con comedia, muchas veces en contra de su propia voluntad.
La Edad de Oro de este tipo de cine, se desarrolló durante la década de los 60, con la irrupción de la productora Hammer y sus series de películas en torno a 3 de los monstruos más icónicos del terror:
Frankenstein, La Momia y por encima de todo, Drácula.
Estas películas, realizadas con medios más bien modestos, terroríficas, pero sobre todo muy divertidas, se convirtieron en un fenómeno al que Roman Polanski, antes de ser el viudo más famoso de Hollywood, y en uno de los rostros más conocidos de la campaña “No Means No”, no dudó en referenciar y satirizar en 1967.
Las evidentes impresiones que debieron de causar en Polanski, las obras de vampiros cinematográficas previas a las suyas, como:
“Nosferatu, eine Symphonie des Grauens” (1922) o “Vampyr” (1932), son muestras evidentes de los buenos trabajos que se habían hecho con sello de autor, pero es en las Hammer Films, en las que Polanski puso su ojo para su propia película de vampiros.
Estas películas, mezclaban mitos de la antigüedad con terror gótico inglés, romanticismo alemán, y temática sobrenatural con un barroquismo estético tal vez excesivo.
Este espíritu del terror centroeuropeo del siglo XIX, y principios del XX, suscitaba más diversión que terror tras las guerras, y este hecho fascinó a Polanski, hasta el punto de querer hacer una sátira.
El resultado, fue la no suficientemente valorada, aunque encumbrada como película de culto que voy a comentar.
“Oy vey, have you got the wrong vampire”
The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck es una comedia del año 1967, dirigida por Roman Polanski.
Protagonizada por Jack MacGowran, Roman Polanski, Sharon Tate, Alfie Bass, Ferdy Mayne, Jessie Robins, Iain Quarrier, Terry Downes, Fiona Lewis, entre otros.
El guión es de Gérard Brach y Roman Polanski; y representa la primera película en color del director, y la cuarta de su filmografía; que supone un ahondamiento en el cine de vampiros muy de moda en aquella época, debido a las películas de la legendaria productora de cine de terror, Hammer Productions.
Se trata pues de un homenaje al género de vampiros, en clave de humor, y con cierto toque erótico, con un toque de comedia negra, y con la introducción del primer vampiro abiertamente gay en el cine.
Rodada en un entorno magnífico que, según algunos, supera otras recreaciones del propio género; Polanski se reserva uno de los papeles protagonistas, junto a la que sería su esposa, Sharon Tate.
Para empezar, en los créditos de apertura del MGM, el león se transforma en un vampiro… y los colmillos fueron dados por El Dr. Ludwig von Krankheit; al tiempo que se nos muestra una película animada de lo que vamos a ver.
Por otra parte, Roman Polanski estaba muy disgustado con la versión hecha para EEUU de esta película; pues además de cambiar el título, la película se cortó por más de 20 minutos, y, porque la trama se había hecho incomprensible por estos cortes, por lo Polanski se reivindica; y se añadió una secuencia animada para hacer la trama un poco más clara.
Nadie parece saber, por qué el título fue cambiado, y una generación entera creció creyendo que “Dance Of The Vampires”, era el título real de la película; que posteriormente generó un musical llamado “Dance Of The Vampires” (1997)
Así las cosas, un narrador (Ferdy Mayne) nos cuenta la historia del Profesor Abronsius (Jack MacGowran) y su ayudante Alfred (Roman Polanski), cuando llegan durante el invierno a una población remota en Transilvania, motivados por los extraños sucesos que allí ocurren, los cuales generan sólidas sospechas sobre la posible presencia de vampiros.
Por lo que se alojan en la posada de Yoine Shagal (Alfie Bass), su esposa Rebeca (Jessie Robins), y su hija Sarah (Sharon Tate)
Pronto, Alfred se enamora de Sarah, pero ella desaparece, y comienza a extenderse el rumor de que ha sido secuestrada por algún vampiro...
Próximo al pueblo, existe un castillo en el que habita un aristócrata:
El Conde von Krolock (Ferdy Mayne) y su hijo Herbert (Iain Quarrier)
El profesor, es un investigador del vampirismo, y desea encontrarse con uno cara a cara, para poder estudiarlo con la certeza de lo verificable.
Él y su ayudante Alfred, entran al castillo tras las huellas de Sarah, la hija extraviada del posadero, y en la búsqueda de respuestas científicas al fenómeno de los “no-muertos”
Respuestas que al fin encontrarán, durante un inesperado baile, que le da el título alternativo a la película.
The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck se erige pues, como una parodia del ya muy trillado en aquel momento, subgénero de vampiros; y el cineasta polaco pone en escena los desmanes de unos vampiros homosexuales y promiscuos, así como las locuras de un científico anciano y su inepto ayudante, en una divertida historia, muy esmerada estéticamente, perfeccionista, con gags memorables, y curiosamente transmite ganas de vivir.
“Do you mind if I have a quick one?”
Estamos en 1967, y es justo el momento previo a la tempestad personal que azotaría la vida del cineasta Roman Polanski, siendo The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck su primera película para la industria hollywoodense; una comedia del absurdo, que está muy lejos de brillar por su calidad cinematográfica, pero que es capaz de entretener, e incluso hacer reír con su parodia de los escenarios y tics propios del cine de terror clásico.
Su argumento, juega con todos los ingredientes comunes en la comedia:
Tenemos a 2 cazadores de vampiros algo inocentes, una chica hermosa y ligera de cascos, y unos monstruos mucho más espabilados que cualquiera de los héroes de la película.
Pero es mérito de Polanski, el utilizar estos personajes estereotipados de una forma completamente fresca y, si bien no original del todo, si poco habitual en la época en la que fue realizada.
Los “audaces” asesinos de vampiros, no son otros que el connotado investigador de murciélagos, Profesor Abronsius, y su ayudante Alfred, quienes llegan a una posada en Transilvania, para dar inicio a sus investigaciones.
Abronsius, que ya ha publicado un libro, y tiene en imprenta el segundo, desea confirmar ciertos datos sobre los vampiros, como que el ajo los ahuyenta; que se espantan ante la presencia de una cruz; que no se reflejan en espejos; que mueren al enterrárseles una estaca de madera en el corazón, “entre la 7ª y la 8ª del lado izquierdo”; y otras aseveraciones “tan obvias” para los conocedores del vampirismo.
Como la posada le pertenece a Shagal, un comerciante casado, y junto a ellos vive la criada Magda (Fiona Lewis), y su hija Sarah.
Repleta de estereotipos que el espectador acepta con naturalidad al tratarse de una sátira, Abronsius, trasunto cómico del Van Helsing de Bram Stoker con el aspecto de un Albert Einstein despistado, se apodera de todas las escenas en las que aparece.
Alfred, el ayudante del profesor, quien despacha una actuación discreta pero efectiva, sustentada fundamentalmente en su comicidad gestual, en su apariencia “cute” algo adolescente e inocente.
Uno de los aciertos, es precisamente la química entre estos 2 personajes, cuya relación en cierta manera supone una reedición de la eterna pareja Quijote & Sancho Panza, en esta ocasión, en un periplo que les adentra, sin ellos saberlo, en el corazón de las tinieblas.
Entre los personajes secundarios, destaca el majestuoso Conde von Krolock, un canónico vampiro aristocrático, de parentela no reconocida con Drácula, y de ironía tan afilada como sus propios colmillos.
El hormonalmente alterado Shagal, posadero vampirizado para su propio deleite libidinoso; así como su hija Sarah, arquetipo femenino clásico de terror, a medias entre objeto del deseo, y de la perdición de los personajes masculinos.
Son figuras ridículas, empezando por un vampiro judío que se ríe cuando se le muestra el crucifijo, afirmando que “eso no se le muestra a un vampiro”, pero nunca superando al hijo del Conde, pues uno espera siempre encontrar un vampiro temible, espeluznante, terrorífico, y con la elegancia de los vampiros de antaño, pero uno no cuenta con toparse con un vampiro de más que dudosa virilidad, afeminado, y que se siente atraído por el joven Alfred.
Su propio padre, El Conde von Krolock, se advierte como un vampiro estrafalario, burlesco, que no llega al ridículo de su hijo, pero se siente una figura ya transgresora obviamente de la clásica y maligna imagen del conde chupasangre.
De esta forma, muestra a los vampiros con un satírico bosquejo como no habían sido jamás mostrados, son un manojo de ridículos y amujerados personajes.
Que resultan más que divertidos, la pareja profesor alumno, la chica a la que deben salvar, o el horrible ayudante jorobado, Koukol (Terry Downes), con extrema dentadura inglesa.
Por otra parte, Polanski utiliza el “slapstick”, o escenas en las que la violencia es protagonista, pero en las que el daño es inmaterial y, por eso, provoca, la carcajada; y acelera la velocidad de la cámara para enfatizar en los momentos cómicos.
En fin, humor muy clásico, y muy trasparente.
Como dato, que el guionista  elegido fuera Gérard Brach, no podía ser más relevante al estar este fuertemente influenciado por la figura de Kafka.
Postkafkiano de manual, Polanski incorpora a los diálogos de Brach, una serie de planos e imágenes poderosas que los complementan, no llegando a abusar de ellos.
Con esto sigue realmente la estela del dramaturgo y escrito rumano Eugène Ionesco, con quien guarda diversas similitudes desde la infancia.
Ambos, estuvieron marcados por la tragedia de la guerra, la emigración a Francia, y posterior nacionalización.
Ionesco expone el sentimiento de ridiculez de la condición humana, su incomunicación, su pesimismo, y el sinsentido de la existencia, tan lamentable que puede llegar a resultar cómica.
Todo ello fantásticamente reflejado en una de las escenas iniciales, en la que el profesor llega congelado a la taberna, y los personajes del pueblo, hablando todos a la vez, pero sin escucharse unos a otros, no hacen más que rendirse a supercherías y contradicciones, de forma cruda, pero hilarante.
Aun si la comedia es lo más relevante de la película, no hay que olvidar que se trata de una película de terror en esencia.
De hecho, ofrece escenas verdaderamente aterradoras, como la del ataque del Conde a la hija del posadero mientras se baña, la cual ha pasado por su plasticidad y lirismo, a la historia del cine de terror.
La ambientación y los escenarios, a pesar de las dificultades con las que contó la producción, consiguen crear una fuerte sensación de aislamiento.
La fotografía de Douglas Slocombe es muy imaginativa, dotando a toda la película de una cierta luminosidad macabra, en especial en las secuencias rodadas en los exteriores nevados.
Incluso en las escenas más ligeras, siempre hay una cierta sensación de peligro amenazando a los 2 protagonistas.
Polanski, se sirve de la temática, para acentuar uno de los principales trasfondos que acompañarán su cine, la presencia del mal en todas partes, excepto cuando nos miramos al espejo.
En ese sentido, la mezcla de géneros no deja de establecer un recorrido narrativo circular, de ida y vuelta, que con su conclusión, expande el mal a Europa.
Un mal que ha estado presente en su obra, ya sea a través del tránsito a la locura de sus personajes; el exterminio nazi; o de forma más explícita, como entes demoníacos.
Un mal sobre el que se refleja la mirada lúcida de quien se asoma al abismo, ya sea en el espejo de un gran salón de fiestas, como en esta ocasión, como rodeando una cuna en una de sus secuencias más celebres, donde quizá ya sea demasiado tarde para asustarse...
Un gran trabajo que siempre ha alabado Polanski, es la fotografía de William H. Clothier en “Track Of The Cat” (1954), con dirección de William A. Wellmann, quien realmente recibe también una fuerte influencia de la pintura de Pieter Bruegel, para la elaboración de The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck.
De este último toma Polanski la alegoría y los paisajes de grandes extensiones nevadas, con oscuros que contrastan con la luminosidad que se pierde entre las tinieblas, las cualidades climáticas variables, la naturaleza; todo ello se puede encontrar en la película, para tratar de ambientar a la perfección, el tétrico ambiente de los monstruos de la noche, y las adversidades climáticas, tan necesarias, al parecer, para poder cometer los crímenes con total impunidad.
Como si no se pudiese asesinar con buen tiempo, porque, claro, la intensidad no es la misma...
En todo caso, Polanski recibe la influencia de este pintor, y cabe destacar sobre todo, su obra “Cazadores en la nieve” que, si bien el título no deja de ser significativo en torno a la película de vampiros, la escasez pero presencia de tonos rojos, representa el cálido aporte vital que la inocente Sharon Tate hace contrastar durante el baile con las decimonónicas interpretaciones y atuendos de los cómicos seres de la noche.
Casi todos los planos de la posada, especialmente los que hacen que se asemeje a una posada centroeuropea, hacen referencia a la obra “Yo y la aldea” de Marc Chagall, quien también es una fuente de inspiración reconocida para el cineasta.
Chagall, fue director del Teatro Judío Estatal de Moscú de 1919 a 1922, y fue un más amigo que simple conocido de Polanski, quien le rinde homenaje, además de tomando su obra como referencia propia, apellidando al posadero judío Shagal.
Un reconocimiento más que justo y comprometido con la causa judía, siempre presente en sus obras.
Las apariciones fantásticas, todo el imaginario del horror y su retrato de seres extraños, diabólicos, depauperados y desbordante imaginación en torno a la degeneración monstruosa, merecen la mención del romanticismo europeo y la inclusión de su estilo de apariciones, a partir de la obra de Henry Fusel.
Todo lo demoníaco, decadente, morboso y monstruoso, se dan la mano armónicamente en su obra, del mismo modo en que Polanski lo pone de manifiesto en la pantalla.
Bailar con el diablo no es bailar…
También hay una gran influencia literaria en las películas de Polanski; pero también política, sobre el mal endémico, evidentemente aquí.
La lectura que subyace a esta interpretación, no deja de tener cierta repercusión política, porque los elementos del absurdo, ponen de manifiesto lo difícil, por no decir imposible, que es escapar de una ideología o creencia que ya está arraigada, y que sólo puede expandirse.
Todos en el pueblo, conocen el vampirismo de la zona, eso nos queda claro, y también nos queda claro, que si de los habitantes del pueblo dependiera ese vampirismo que les chupa la sangre, no se me ocurre metáfora política más clásica, no se erradicaría, porque es demasiado “cansado”, tal vez más costoso que dejarse vampirizar de vez en cuando.
Es precisamente cuando la revolución estalla, cuando un régimen se impone; y nadie dice que ese régimen tenga que ser el mejor.
Los claros ejemplos, bajo la obra de Sławomir Mrożek, uno de los dramaturgos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, son El Comunismo y El Capitalismo.
Bajo la película de Polanski, podría serlo cualquiera.
No hay temores posibles para quienes vivieron en el horror con mayúsculas.
Y desde luego, el final, ya sin ironía aparente, lo indica:
“No hay esperanza posible, el mal está extendido por toda la sociedad, y ha llegado hasta los huesos de usted mismo, horrido espectador que se troncha de risa con el dolor ajeno, y las películas quijotescas”
Y para variar, se permite Polanski en su sátira, presentar el lado gay de un vampiro, con sutileza, y sin que parezca nada del otro mundo; hay que recordar que The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck se estrenó en los años 60; siendo uno de los elementos más originales:
La presencia de Herbert, hijo del Conde, el que toma un especial “afecto” por el dulce Alfred desde su primer encuentro; cuando el personaje representado por Polanski busca a Sarah, que debía estar en la bañera de uno de los baños del castillo, este se encuentra en su lugar con Herbert von Krolock; de aquí en adelante nos situamos frente a uno de los momentos más hilarantes y, a la vez, terroríficos de la película:
Alfred es muy tímido, por lo que ha hurtado de la biblioteca un pequeño ejemplar titulado “Cien maneras de declararle un tierno amor a una damisela decente”, teniendo como objetivo a Sarah… pero Herbert descubre su “secreto”; o era él mismo Sarah... mientras el vampiro gay intenta practicar las sugerencias del libro con Alfred; pero el tontorrón asistente del Profesor Abronsius, se da cuenta que frente al espejo, es sólo él quien se refleja…
Definitivamente, el horror es doble:
Está sentado junto a un vampiro de verdad, ¡su vida corre peligro!, pero además, su integridad sexual también está a las puertas del ocaso.
Doble posibilidad de muerte.
Justo en el momento en que Herbert se dispone a “clavarle los colmillos”, Alfred le interpone el libro, y estos se clavan en la tapa de cuero, es una escena maravillosa, porque reúne todo lo que es la película:
Uno siente tanto terror, que lo único que desea como espectador, es que Alfred huya para no morir; pero es también una escena en que el humor es tan potente, que el miedo cede espacios.
¿Puede una parodia producir escenas de tanto temor como ésta?
¿Es posible reírse cuando un ser humano está a punto de morir?
Parece que sí; y el efecto es sorprendente.
En realidad, The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck se llena de referencias sexuales, más o menos explícitas, que colaboran a que el tono cómico tome una dimensión mucha más extensa.
Abronsius, es un héroe curioso, intelectual, aunque desordenado; de apariencia “einsteiniana”, de modales dignos de Los 3 Chiflados, como es ponerse la ropa sobre el pijama, y sólo las partes que están a la vista.
Nunca tiene miedo, y sólo piensa en su obsesión:
Sus teorías científicas.
Al otro lado está Alfred, su ayudante, un aspirante a sucederlo, pero dueño de una torpeza absoluta, y para variar, miedoso.
El mayor contraste con el profesor, es su juventud, no sólo en apariencia externa, sino también en el descontrol hormonal.
Mientras Abronsius sólo una vez muestra alguna tendencia sexual, al espiar por el telescopio más de lo debido a Shagal, que se introduce en el cuarto de la criada; Alfred sólo piensa en “amor”, desde su fijación en los pechos de Magda, hasta su único motivo en la expedición:
Sarah.
Para él, las teorías del profesor hace rato que ya no existen...
Ellos son 2 compañeros que comparten una misma aventura, pero con 2 motivaciones distintas.
El Conde de comportamiento político, su hijo gay, el jorobado “valeverguista”, un vampiro judío, una esposa celosa, la hija sensual, y la criada de escote infartante, completan el cuadro de una película inolvidable.
Todos defienden sus papeles con buen humor, y convencidos de lo que hacen.
Las secuencias resueltas con perfección formal absoluta, son numerosas.
De ellas, destacar el rapto de Sarah:
Magistral secuencia, de montaje y ritmo impresionantes.
Inolvidables las imágenes de cómo entra la nieve por el lucernario, la capa roja del vampiro, su descenso lento e hipnótico, el erotismo del mordisco, el punto de vista de Alfred, que descubre al vampiro, para rematarlo todo con el llanto histérico de la madre.
El fracaso en la cripta:
Inquietante, desternillante, romántica y soberbia secuencia, de gran complejidad, en la que Polanski dilata el tiempo a su antojo.
Alfred y El Profesor, acuden a exterminar a los vampiros en pleno día, pero todo es un desastre.
Es más, Alfred se olvida por completo de su maestro cuando encuentra fortuitamente a Sarah.
Los actores, perfectos, sobre todo Sharon Tate, esta bellísima y tan trágica como profética.
Y El Baile de Los Vampiros, por supuesto, la secuencia técnicamente más compleja y elaborada, la más divertida, y la más terrorífica.
Insuperable clímax de esta comedia trágica.
La coreografía del baile junto con la cámara, podría rivalizar con el Ophüls más inspirado.
Para la escena del baile, cuando la música se detiene, y sólo 3 personas son las únicas visibles en un enorme espejo, a pesar de unas pocas docenas de vampiros en la habitación; Roman Polanski tenía la sala idéntica completamente detrás de un espejo falso, con 3 dobles actuando como los protagonistas humanos.
Es decir, el espejo no existió, pero el efecto resulta perfecto.
Hoy, eso lo hubiera resuelto con un ordenador.
Tal vez, aquí reside uno de los encantos de The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck:
Cine artesanal y auténtico; y como dato para el más experto, salpicado de numerosas referencias al Rey Ricardo III de Inglaterra , que incluso aparece en la escena del baile.
Desgraciadamente, toda obra maestra, tiene que tener algunos “fallos”
En este caso, su final no muy claro...  pues queda algo abierto.
Al final, Sarah no es rescatada a tiempo...
Ya ha salvo de sus perseguidores, Sarah muerde a Alfred, y El Profesor Abronsius no se da cuenta de nada, y se oye una voz “en off” que dice que “el profesor esparcirá por el mundo la epidemia que él estaba tratando de erradicar”
Una película de aventuras, que tiene fugas trepidantes, escaqueos, devaneos con la muerte y escapadas satisfactorias, no puede acabar mal, porque:
¿Entonces para qué la aventura, para qué tanto correr?
Para acabar como al principio o peor...
De todas formas, como digo, el final es abierto, puede que alegórico para un marco histórico referenciado en la vida del director.
Porque el que se extienda el vampirismo por el mundo, no quiere decir que al final ganaran los malos, simplemente que el despistado Profesor, propagó el vampirismo por el mundo:
De todas formas, con ese final se sale de lo típico, “los buenos siempre ganan”, y eso le da originalidad a The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck.
Pero por encima de todo, la película permite que la joven Sharon Tate muestre su indiscutible belleza.
A día de hoy, es inevitable contemplar este film, sin que deje un poso de tristeza en el espectador; ese espectador que conoce el macabro futuro que le esperaba a la hermosa Sharon Tate, apenas un año después del rodaje de esta película, cuando fue asesinada a manos de la secta satánica del siniestro Charles Manson.
Contemplar a un joven Polanski, y a su bella esposa en sus escenas de intimidad, ajenos al horror que les deparaba un futuro próximo, es uno de los macabros y melancólicos intereses de esta extraña película, realizada por uno de los cineastas más personales, todavía en activo, que ha dado la historia del cine.
Por último, la magnífica partitura del compositor polaco, Krzysztof Komeda, habitual en filmes de Polanski, para acompañar esta terrorífica comedia, o cómica cinta de terror, en que la ironía y el horror, los escalofríos y las risas, se suceden a lo largo del metraje.
La música opta por el miedo, y hay que reconocer que en pocas películas clásicas del género, se hace tan efectiva.
“I told you, no bath!
No bath!
No bath!
No bath!”
Del mismo modo que Roman Polanski nos lleva de un lado a otro con su cine, de lo mejor a lo peor; mirando la pantalla, podemos descubrir, cómo él ha ido de un lugar a otro, del amor al desamor, en su vida privada.
Este hombre rueda una película, y se enamora de la protagonista, olvidando a todas las demás mujeres del universo.
O hace una película para promocionar a la chica que tiene en la cabeza:
Bárbara Kwiatkowska-Lass, Sharon Tate, Nastassja Kinski, y Emmanuelle Seigner, han sido las esposas de Polanski.
La última, todavía, lo es…
Y viendo cada película en las que intervienen, podemos hacernos una idea de cómo era el estado de ánimo del realizador, y de cuál era la relación con cada una de ellas.
A esto hay que sumar esa propensión de Polanski por las jovencitas menores de edad, y por cometer delitos sexuales siendo estas sus víctimas...
Con el tiempo, The Fearless Vampire Killers, or Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck despertó aún más interés, ya que supuso el inicio del romance de Polanski con Sharon Tate, y todo lo que posteriormente pasó.
Sin embargo, Sharon Tate no es el único protagonista que de esta película tuvo un final trágico:
Jack MacGowran, el actor que da vida al Profesor Abronsius, murió tras el rodaje de “The Exorcist” en 1973, en el cual participó; o incluso el compositor de la película, Christopher Komeda, murió en 1969, en un accidente de tráfico debido a una gran borrachera...
Lo que está claro, es que es una película que el paso del tiempo la va convirtiendo poco a poco en una película de culto dentro del género de terror...
¿Cómico?

“That night, fleeing from Transylvania, Professor Abronsius never guessed he was carrying away with him the very evil he had wished to destroy.
Thanks to him, this evil would at last be able to spread across the world”



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