The Village

“I:
Let the bad color not be seen.
It attracts them.
II:
Never enter the woods.
That is where they wait.
III:
Heed the warning bell, for they are coming”

El filósofo Bertrand Russell dijo una vez:
“Conquistar el miedo es el comienzo de la sabiduría”
Con esta forma de pensar, inclusive en momentos de miedo, la vida diaria puede continuar.
Los padres hablan con sus hijas.
Los hijos se enamoran.
Las amistades se vuelven más fuertes.
¡Comunicación!
¿Cuántas veces hemos oído a un padre asegurarle a su hijo que no hay nada que temer?
¿Pero estos padres dicen la verdad?
No podemos ignorar el miedo.
Vivimos con miedo todos los días.
Ya sea por criaturas en el bosque, o en nuestra sociedad moderna, la incertidumbre de la seguridad de nuestros propios hijos en el momento en que dejan la casa para irse a la escuela.
El miedo nos rodea todos los días mientras vemos las noticias en la televisión nacional y oímos acerca de secuestros de niños, enemigos de guerra, o de terrorismo.
En las palabras de Franklin D. Roosevelt:
“Lo único que tenemos que temer es el miedo mismo”
¿O es que la sociedad nos muestra lo contrario?
¿Qué hacemos para mantener nuestro sentido de comunidad en época de miedo?
¿Hasta dónde llegaríamos para proteger a mis hijos?
¿Qué sacrificios estamos verdaderamente haciendo para mejorar nuestra situación?
En tiempos de crisis, la comunidad puede ser lo que nos ayude a sobrevivir al miedo.
Cuando el miedo comienza a amenazar y a cundir, la gente busca a otras personas y recurren unos a otros para encontrar apoyo.
Es esa sensación de comunidad que hace que su fuerza aumente, también, el miedo no necesariamente tiene que ser algo a lo que le tenemos miedo.
A veces simplemente hace que nuestra imaginación vuele, y nos dejamos llevar por nuestra volátil mente.
Pero hay una pregunta importante:
¿Puede ser feliz una comunidad que tiene unos ideales justos pero que se basa en la mentira y la ocultación, en el engaño de las nuevas generaciones, en el dominio oligárquico de personas mayores?
“There are different types of love”
The Village es una película estadounidense del año 2004 escrita y dirigida por M. Night Shyamalan.
Protagonizada por Joaquin Phoenix, Bryce Dallas Howard, William Hurt, Sigourney Weaver, Adrien Brody, Judy Greer, Brendan Gleeson, Michael Pitt, Cherry Jones, Jayne Atkinson, Celia Weston, Fran Kranz, Frank Collison, Jesse Eisenberg y John Christopher Jones.
The Village estuvo nominada a un premio Óscar como mejor banda sonora para James Newton Howard.
M. Night Shyamalan es uno de los pocos directores que escriben sus propios relatos y que se atreven a exponerse de una manera valiente, casi suicida, ante el público, exprimiendo todo su ser, todo su talento, todo su esfuerzo, en cada trabajo.
Una cosa que me gusta de Shyamalan es que no trata al público como si fuéramos tontos, su cine siempre busca la implicación, es un cine inteligente que insiste en la participación activa del espectador.
Nos envuelve en sus tramas, nos hace protagonista.
Los personajes se nos dibujan por lo que hacen, sin ser presentados toscamente, sino con pinceladas que son muy significativas de su naturaleza.
The Village es en absoluto inocente y lanza ideas muy contundentes sobre el mundo en que vivimos.
A manera de registro histórico, fue filmada a solo 3 años de los atentados del 9/11 y EEUU entraba en guerra contra el terrorismo.
Está llena de "cargas de profundidad" y de mensajes encubiertos.
The Village es por tanto muy simbólica, tan así que el guión podría ser una novela-best seller de culto.
La fotografía, como siempre, lúcida y jugada.
Los movimientos de cámara se suman al engranaje de la música y montaje, que a estas alturas hacen de este director uno de los pocos que logra hacerte saltar aunque sea una vez de tu asiento.
The Village habla del dolor que tienen los hombres a perder a seres queridos, por eso se aíslan en ese pueblo en medio de un parque protegido, para descubrir, tras años del gobierno del miedo, que el miedo (dolor) está con el hombre, pues somos los primeros en generarlo.
El discurso es neto, claro y directo.
Mostrar una idiosincrasia extremista, que no permite el error ni lo pasajero en su ámbito de vida.
Una cultura signada por lo conservador y de corte clásico formal buscará miles de recursos para castigar el atrevimiento y la innovación, pondrá obstáculos a los proyectos de superación que hagan temblar la sólida base sobre la cual se apoyan sus costumbres.
Se impondrán premios y castigos para quienes cumplan y desobedezcan las normas.
En esta sociedad escrupulosa, se erigen mitos para que se respeten las ideas, y para desbaratar el ímpetu de su juventud, de ese modo poder pasar de generación en generación las características propias de ese ideario.
Un distinguido mensaje, que encuentra en la fantasía la vía de ser puesta en práctica.
Como debe ser en una película ambientada en “esa época”, el amor es un sentimiento del que apenas se habla y que por educación, se reprime de forma constante.
Shyamalan construye una hermosa y efectiva historia de amor entre Lucius e Ivy, la hija menor uno de los líderes de la comunidad (Edward/William Hurt)
Ivy es una formidable chica ciega (Bryce Dallas Howard) que se convierte, gracias a su pureza e inocencia, en el verdadero corazón y motor de la historia.
Es la heroína.
Simbólico que sea ciega ante tanta mentira…
Pero The Village es una prueba de amor inocente, ese es el pilar principal.
Ya sea por proteccionismo, por pasión o por cariño.
Ese es el gran tema de este director, la búsqueda del amor, y es a través de una fábula en la que también caben reflexiones sobre la sociedad, el sacrificio, la inocencia y el miedo.
Y por si fuera poco, entretiene, sorprende, inquieta y emociona, desde el primero hasta el último minuto.
Resulta interesante que tanto Lucius como Ivy hayan tomado lo mejor del otro, compenetrándose y completándose, siendo mejores personas.
Ella se contagia de la valentía de Lucius, mientras que él adquiere una enérgica vitalidad.
Estas transformaciones serán esenciales para resistir y superar lo que les ocurrirá.
Dos veces intenta Lucius cruzar el bosque (para conseguir medicinas), pero será Ivy quien consiga finalmente la aprobación del consejo de “los mayores”; sólo ella puede emprender la aventura porque lo solicita en el momento adecuado, cuando ha abrazado el amor, ha perdido el miedo y está dispuesta al sacrificio.
Sólo así puede adentrarse en la oscuridad que rodea el pueblo, como una Caperucita “Amarilla”, con la esperanza de regresar con vida.
Puede decirse, por tanto, que el amor es la luz que identifica, dignifica y da sentido al ser humano.
Es aquello por lo que merece la pena vivir, y morir.
Por otra parte, los monstruos (los reales y los simbólicos) viven entre tinieblas, incompletos y violentos, inseguros y autodestructivos; ineficaces y realmente ciegos ante esa luz única.
Ivy representa la inocencia, la vida, la calidez, y consigue que la actriz no sólo dé rienda suelta a su innato talento para la interpretación, sino también que desprenda esa extraña mezcla de ingenuidad y madurez que caracteriza a Ivy, más despierta que el resto (a pesar de su ceguera); como llega a decir:
“Veo el mundo de una manera diferente a los demás”
No le hace falta el sentido de la vista para comprender nada, no los necesita para ver lo que importa de verdad.
Es muy significativa la manera en la que Shyamalan nos presenta a esta chica, abrazada a su hermana, consolándola y reconfortándola, en una habitación cálidamente iluminada por las llamas de las velas.
O la maravillosa secuencia de la entrada de las criaturas en el pueblo, con Ivy tendiendo la mano, confiando en que su amor llegará a tiempo para salvarla…
No tiene precio.
“They're coming”
Edward Walter, líder de una pequeña comunidad preindustrial emplazada en la profundidad de los bosques de Filadelfia, encarna la figura clásica del intelectual que enarbola cierto discurso anti urbano tan propio de la cultura anglosajona.
Vista con detención, la coordenada temporal en que se sitúa The Village, el elemento que sustenta la ficción, se encadena directamente con la reproducción de este discurso; en consecuencia, The Village deviene un claro ejemplo de la obsesiva idealización que el hombre hace de su pasado.
Desde la perspectiva del urbanismo, ésta se corresponde con el deseo de volver atrás y situarse en un estadio pre-urbano, para comenzar así todo de nuevo; esta premisa se complementa en The Village con la coordenada espacial que apela paulatinamente al sentido más directo de la idea de utopía, es decir, apuntando a la irrealidad del propio lugar.
Sin definirlo explícitamente, The Village va reconstruyendo un imaginario que ha llegado a ser el equivalente a una cultura de la separación espacial.
La referencia a la “aldea”, entendida como categoría específica de urbanización de menor escala, simboliza lo anti urbano en dos aspectos complementarios:
Por una parte se observa la elección de un escenario que evoca directamente la vida bucólica en oposición a la vida citadina vertiginosa, insegura, y especialmente violenta en las grandes ciudades.
Por otra, las imágenes remiten al origen mítico de la ciudad, a la etapa en que el tamaño del emplazamiento poseía una escala más humana y por lo tanto más segura, inclusive se revela como un “oscurantismo” en el sentido estricto de la palabra.
En contraposición al ejemplo histórico de las comunidades “fundadoras” de Estados Unidos, que se extendían hacia la frontera con el propósito económico de explotar los recursos naturales y alcanzar una autarquía estratégica que les asegurara el porvenir, la comunidad que habita The Village no guarda el ímpetu de salir y conquistar nuevos territorios.
Por el contrario, la emancipación que persigue es una relación más bien con una clausura sobre sí misma alimentada por sus propios temores, en una suerte de “autonomía autista” que más temprano que tarde se revela sintomática de una particular enajenación de la vida urbana.
Así, The Village se erige en una oscura metáfora del ideal tras la vida suburbana por la que optan hoy cada vez más ciudadanos, permitiendo en último término una exégesis de cierto modelo residencial que ha obtenido categoría de “global” en el pensamiento urbanístico contemporáneo.
The Village intenta, de acuerdo con su director, recoger la “inocencia” de la época preindustrial y la pureza un tanto infantil sobre la que se sustenta la comunidad retratada, la pureza que es también racial, porque en ella todos son blancos y predominantemente jóvenes o niños.
Los “mayores” velan por la comunidad actualizando de manera constante las dicotomías dentro-fuera y propio-ajeno, a partir de las cuales adquiere sentido el grupo.
A partir de un relato que alude persistentemente a lo que no se ve, o que resulta apenas entrevisto en la profundidad del bosque, se configura un ambiente de relativa tranquilidad, basado en el temor a lo externo y demandante por tanto de protección.
Como curiosidad, Shyamalan solicitó que los árboles en The Village estuvieran sin hojas y pelados, al igual que la inocencia que pierden los personajes a lo largo de la historia.
Así, lo que en The Village es ficción se reproduce a diario en nuestras ciudades; sin embargo, lo que Shyamalan propone es llevar el paroxismo de la “mentalidad fortificada” hasta el origen mismo de la ciudad.
Al encierro subyace entonces el miedo a la pérdida de la propia identidad, y un concepto de orden social fundado en el rechazo a la mezcla, la confusión y el caos, pilar de la ideología contra las grandes ciudades y de la apología al orden de la separación.
Otro tema:
El miedo, este funcionaba en varios niveles, pero el primordial estaba basado en el respeto hacia lo desconocido, el temor a lo oculto, a lo amenazante.
Y eso es, en principio, la clave para seguir la historia, a los personajes circunscritos a un ambiente de paz y concordia.
Pero si algo se asume con este dictamen, es que el miedo, del mismo modo, atenaza e inmoviliza, también se incrementa a lo largo de The Village.
También que el mal esté representado en un esquizoide tarado, presentado como el falso “tonto del pueblo”, que inteligentemente ha descubierto el gran secreto y lo utiliza con poder e intimidación sobre sus conciudadanos, provocando el caos, destruyendo la lógica de miedo impuesta por el Consejo.
La corrupción está también dentro de cada uno de nosotros, así como la bondad implícita, y no podemos huir de ello.
No por ocultarnos, no por correr, estamos a salvo.
Aquí es donde se usa como metáfora el color rojo, el oscuro color rojo de nuestros corazones.
Y para aquellos que busquen terror, yo les pregunto:
¿No es ese el verdadero miedo?
El miedo a saber que ninguno estamos a salvo de los celos, iras y perversiones del ser humano.
No necesitamos monstruos y maldiciones.
Lo que más aterra de todo esto, es que el hecho de que un ser humano (el tonto o cualquiera) acuchille a otro, es real tal y como ocurría en The Village.
Ahora, un Consejo formado por hombres y mujeres que no han nacido en la aldea y vienen de fuera, donde los personajes de Hurt y Weaver son incapaces de manifestar sus sentimientos y poseen una caja negra que oculta el gran secreto que todos esconden, eso es temor...
También lo es la contradicción de la razón de una fábula intimatoria como fruto del amor y la necesidad de aislar a los lugareños del Mal de la sociedad, fusionados en un microcosmos creado y financiado para y por una libertad que, en realidad, es una alienación egoísta.
Unos miembros regidores que son capaces de dejar morir a los suyos con tal de no enfrentarse a los fantasmas sociales que les recluyeron para siempre.
No se trata, por tanto, de hacer pasar miedo al espectador, sino de reflexionar sobre cómo funciona el miedo y cómo éste afecta a nuestras vidas.
Porque eso es The Village, una perversa fábula que, tomando algunos de los elementos más reconocibles de ciertos cuentos populares: hay un bosque ominoso, una amenaza invisible pero muy presente en él que bien podría ser el lobo feroz, una atrevida caperucita que se la juega internándose en sus procelosos caminos y hasta un peculiar Juan Sin Miedo de los Hermanos Grimm; y otros históricos, reconocibles iconos fundacionales de la cultura norteamericana: una comunidad de pioneros que, a finales del siglo XIX, se establece en un territorio virgen y aislado del mundo exterior para vivir allí según sus propias reglas; se apoya en su habitual andamiaje de ese efectivo cruce entre el cine fantástico y el de suspense para elaborar un ensayo bastante demoledor e inquietante sobre el terrible poder que puede llegar a tener el miedo no sólo para, convenientemente utilizado, ejercer el dominio sobre una sociedad, sino para la misma construcción de esa sociedad.
Significativo es, desde luego, que la única persona que vence el miedo y que puede seguir el camino es ciega.
Y los "videntes" son incapaces de ver más allá del miedo.
A ella la guía el amor, y esa es la fuerza más poderosa que hay.
Este temor por la diferencia es reforzado por la extendida creencia en criaturas diabólicas entre los habitantes de The Village, constantemente acechada por los llamados “innombrables” desde fuera de sus límites.
En The Village, esta metáfora resulta especialmente significativa, toda vez que es precisamente la presencia de los “innombrables” o al menos, la amenaza de su presencia, lo que impide que los aldeanos se adentren en el bosque y se expongan al exterior.
El sentido que se otorga en The Village a la monstruosidad de lo externo tiene que ver con que el monstruo se define por el hecho que su existencia misma y su forma no sólo es violación de las leyes de la sociedad, sino también de las leyes de la naturaleza:
El monstruo encarna el delito, la violencia y la deshumanización que al delito le imputa la retórica conservadora.
La figura del monstruo se sitúa por ende como un fenómeno límite, como el punto de quiebre de la ley.
En los “innombrables” se conjuga lo imposible con lo prohibido, la imposibilidad de establecer una comunidad aséptica y segura, y la coerción que regula el comportamiento de los propios aldeanos para contener el peligro.
Lo fundamental es que está prohibido atravesar los bosques, pues es el territorio de unas criaturas terribles, sin nombre, que mantienen una especie de tregua con los seres humanos; no hay peligro mientras nadie cruce los límites establecidos, marcados con señales amarillas, el color protector que se le asocia con la tranquilidad, pero me llama la atención que “amarillo” en inglés significa también “cobarde”.
Del mismo modo, hay un color asociado a los monstruos, que todos se empeñan en ocultar, alejar de las casas o de sí mismos; es el rojo, que simboliza peligro, agresividad, y también la sangre derramada.
A este respecto, resulta elocuente la importancia del rojo en The Village:
El rojo es el “color peligroso” que atrae a los monstruos, y por eso debe ser evitado a toda costa.
Al mismo tiempo, el rojo es la imagen de la sangre, y por extensión, del recuerdo de la violencia que parece haber sufrido los fundadores de la comunidad.
En suma, se trata de un elemento que desnuda la contradicción del proyecto comunitario, y lo imposible del deseo de expulsar la violencia o protegerse de ella, pues en nuestro interior todos llevamos el “color peligroso”; en otros términos, en nuestro interior se encuentra inevitablemente latente el peligro para toda la comunidad.
¿Es menester, entonces, mantenerse ocultos?
Resulta elocuente que en The Village la comunidad se resguarde en lo más profundo del bosque, pues la nostalgia rural es una de las imágenes más recurrentes en la huida de la metrópolis que promueven proyectos inmobiliarios como los condominios y las urbanizaciones cerradas en general.
A la base del proyecto suburbano se encuentra la idea de volver a la naturaleza y alejarse del vicio y la suciedad propios de la ciudad; al cemento se opone una imagen idealizada del verde, y a la intrincada maraña de relaciones que forman la “ciudad real”, la simplicidad de la vida rural.
En definitiva, la comunidad se ha transformado en una barricada territorial dentro de la ciudad, configurándose una nueva geografía urbana que al oponer lo comunal versus lo urbano establece la celebración del gueto.
Podemos afirmar, entonces, que la comunidad “ensimismada” se ha erigido por fin como respuesta a la “muerte social de la ciudad”, en términos de un esfuerzo por transformar valores psicológicos, como el deseo de mantener relaciones “cara a cara”, en relaciones sociales; en una sociedad que teme a la impersonalidad, esto estimularía fantasías de vida colectiva de naturaleza parroquial, transformando el “quiénes somos” en un acto de imaginación altamente selectivo:
Nuestros vecinos inmediatos es nuestra propia familia.

“The world moves for love; it kneels before it in awe”


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