I Confess

Yo confieso ante Dios todo poderoso… el crimen, la religión, y los romances prohibidos.

"Usted confió en mi...
Debo confesárselo, tengo que decírselo a alguien. 
Quiero que me tome en confesión"...

I Confess es una obra bastante inusual en la carrera de Hitchcock, un film oscuro y serio del que su propio creador no se sentía especialmente orgulloso por ser demasiado denso y carece de ese toque humorístico que está presente en casi todas sus películas.
De hecho el punto de partida sobre el que se sostiene todo el film (el secreto de confesión) es un concepto religioso que el director corría el riesgo de que le fuera demasiado ajeno a los espectadores no creyentes. Hasta ahora sus obras solían basarse en ideas y valores simples y universales con los que podía conectar todo el público, pero aquí tuvo que lidiar con algo más complejo que no se puede explicar de forma racional, simplemente los que ven la película tienen que entender y creer que el protagonista esté dispuesto a morir por respetar ese secreto de confesión.
Es por eso que el director pone esmero en la crucial escena de la confesión, filmándola con la tenue luz de las velas y enfatizando lo íntimo y sagrado del momento.
El concepto fundamental sobre el que incide I Confess es el de hecho de que, una vez realizada la confesión, es el padre Logan quien pasa a soportar la carga del crimen (Truffaut en su libro de entrevistas con Hitchcock llega incluso a afirmar que "se convierte en el asesino").
Logan en todo momento se comporta como si su deber fuera soportar todo lo que le sucede después de esa confesión. 
No niega categóricamente las acusaciones que le acechan ni se molesta siquiera en defenderse de ellas más allá de lo necesario, ni parece estar indignado por vivir una situación injusta. 
Al contrario, parece que el padre Logan asume que ahora es él quien debe cargar con el crimen que otro ha cometido.
En otras palabras, I Confess es una perversa vuelta de tuerca al tema favorito de Hitchcock, el falso culpable, en que por primera vez el protagonista no lucha por demostrar su inocencia a causa de sus convicciones religiosas ("No podemos hacer nada", le dice sumisamente a Ruth).
Las similitudes del calvario personal por el que pasa el padre Logan con el calvario de Jesucristo son bastante obvias y Hitchcock incluso enfatiza la idea cuando el sacerdote se pasea por la ciudad dudando sobre qué hacer y vemos un plano muy vistoso de una estatua de Jesucristo transportando su cruz en primer término con el protagonista vagando en el fondo sin rumbo. 
Jesucristo tuvo que sufrir por mantener sus convicciones hasta la misma muerte, así que desde el punto de vista del padre Logan, él también ha de pasar por ese duro proceso para ser fiel a su fe aunque pierda la vida en ello.
Otro motivo por el que el padre Logan parece soportar tan estoicamente esa dura prueba es el hecho de que ese crimen le ha sido beneficioso: la víctima le estaba chantajeando tanto a él como a su antigua amante, Ruth (ahora casada con un respetable político), y amenazaba con sacar a la luz su relación pasada. 
Aunque Logan no le ha matado, se favorece tanto del crimen como Otto, e incluso más, porque estaba su reputación como sacerdote en juego.
Resulta sorprendente el contraste entre la evolución del padre Logan y la de Otto. 
Logan se mantiene firme y sereno, soportando todo lo que se le viene encima sin quejarse; en cambio Otto al principio está nervioso y muerto de miedo. 
Aunque el padre Logan no vuelve a hacer mención a lo sucedido, Otto no deja de hablarle y sacar el tema por temor a ser traicionado hasta pasar a una segunda fase: la traición.
Repentinamente Otto recupera la tranquilidad y planifica fríamente como inculpar a su confidente. 
Ni siquiera así Logan cambia su actitud.
Alma, su fiel esposa, será entonces quien se convertirá en la conciencia de su marido, en el personaje que, aunque no dice nada, se encontrará con el dilema moral que parece que Otto ha superado. 
Ella es la única de los tres que puede hablar para poner fin a esta injusticia, pero eso implica que uno de los dos debe morir: o su esposo o un hombre inocente.
Lo que tanto hace temer a Otto y Alma es el hecho de que no puedan saber lo que pasa por la cabeza de Logan, cuyo rostro se mantiene impasible en todo momento sin mostrar ninguna simpatía o desprecio hacia ellos. 
La escena en que ella sirve el desayuno a los tres sacerdotes de la parroquia es uno de los mejores momentos del film. 
Bajo ese clima de aparente normalidad, Alma no deja de observar al padre Logan intentando adivinar qué piensa o qué va a hacer, pero los planos subjetivos de ella jamás nos muestran su rostro. 
Mientras los dos otros sacerdotes (que son el único recurso levemente humorístico del film) charlan distraídamente, subliminalmente hay una enorme tensión entre los otros dos personajes.
Finalmente, será Alma quien haga justicia a Logan intentando salvarle de esa multitud que le acosa pagando con su vida y recibiendo el perdón del padre Logan antes de morir.
El otro personaje esencial que nos queda por analizar es Ruth, hacia el cual se nota que Hitchcock no sentía demasiado interés pese a su importancia para la trama. 
Su gran momento tiene lugar cuando confiesa públicamente su romance con Logan antes de ser ordenado sacerdote.
La escena del flashback nos es mostrada con un tono que la hace parecer casi onírica e irreal, aumentando con recursos como difuminar las imágenes y el no uso de sonido, de forma que lo único que oímos es la voz de ella narrando la historia. 
Aunque esta confesión sobre su pasado en principio es revelada para salvar a Logan, inconscientemente Ruth acabará condenándole del todo al darle al inspector de policía el móvil perfecto para el crimen.
Al final de la película, Hitchcock optará por darle un impostado y nada creíble final feliz en el que repentinamente ella vuelve con su marido, al que se supone que nunca amó realmente. 
La forma como despacha este personaje en la última escena es otra muestra de lo poco que le interesaba al director.
Pese a eso, I Confess sigue siendo una película bastante arriesgada que se sirve de una temática bastante delicada y poco tratada por aquel entonces (en el cine de Hollywood los sacerdotes pocas veces eran vistos como seres humanos con sentimientos y oscuros secretos, ya que ésos aún eran temas tabú) para incorporarla al universo hitchcockiano, en el cual todo el mundo, incluso un sacerdote, puede verse involucrado en una oscura trama criminal.
Hitchcock trata con una profundidad encomiable temas propios del catolicismo como el respeto al sacramento del matrimonio, el voto de castidad o la culpa, que suelen aparecer frecuentemente en su filmografía.
La película está basada en una obra teatral francesa de 1902, escrita por Paul Anthelme llamada Nos Deux Consciences.
La película se rodó en Québec, Canadá, con numerosos exteriores de la ciudad y escenas interiores de sus iglesias y otros edificios emblemáticos, como el Château Frontenac.
Los cameos de Alfred Hitchcock son una constante en la mayoría de sus películas. 
En I confess puede ser visto (después de los títulos créditos) cruzando unas escaleras.
La Iglesia Católica declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. 
Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes.
El Código de Derecho Canónico, canon 983,1 dice:
«El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo».
¿No hay excepciones?
El secreto de confesión no admite excepción. 
Se llama "sigilo sacramental" y consiste en que todo lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda "sellado" por el sacramento.
Un sacerdote no puede hablar a nadie sobre lo que se le dice en confesión. 
Aun cuando él supiera la identidad del penitente y posteriormente se encontrara con él no puede comentarle nada de lo que le dijo en confesión, a menos que sea el mismo penitente quien primero lo comente. 
Entonces y sólo entonces, puede discutirlo sólo con él. 
De lo contrario debe permanecer en silencio.
¿Cómo se asegura este secreto?
Bajo ninguna circunstancia puede quebrantarse el “sigilo” de la confesión. 
De acuerdo a la ley canónica, la penalización para un sacerdote que viole este sigilo sería la excomunión automática (Código de Derecho Canónico, canon 1388).
El sigilo obliga por derecho natural (en virtud del cuasi contrato establecido entre el penitente y el confesor), por derecho divino (en el juicio de la confesión, establecido por Cristo, el penitente es el reo, acusador y único testigo; lo cual supone implícitamente la obligación estricta de guardar secreto) y por derecho eclesiástico (Código de Derecho Canónico, canon 983).
¿Y si revelando una confesión se pudiera evitar un mal?
El sigilo sacramental es inviolable; por tanto, es un crimen para un confesor el traicionar a un penitente ya sea de palabra o de cualquier otra forma o por cualquier motivo.
No hay excepciones a esta ley, sin importar quién sea el penitente. 
Esto se aplica a todos los fieles, obispos, sacerdotes, religiosos y seglares. 
El sigilo sacramental es protección de la confianza sagrada entre la persona que confiesa su pecado y Dios, y nada ni nadie puede romperlo.
¿Qué puede hacer entonces un sacerdote si alguien le confiesa un crimen?
Si bien el sacerdote no puede romper el sello de la confesión al revelar lo que se le ha dicho ni usar esta información en forma alguna, sí está en la posición -dentro del confesionario- de ayudar al penitente a enfrentar su propio pecado, llevándolo así a una verdadera contrición y esta contrición debería conducirlo a desear hacer lo correcto.
¿Las autoridades judiciales podrían obligar a un sacerdote a revelar un secreto de confesión?
En el Derecho de la Iglesia la cuestión está clara: el sigilo sacramental es inviolable. 
El confesor que viola el secreto de confesión incurre en excomunión automática.
Esta rigurosa protección del sigilo sacramental implica también para el confesor la exención de la obligación de responder en juicio «respecto a todo lo que conoce por razón de su ministerio», y la incapacidad de ser testigo en relación con lo que conoce por confesión sacramental, aunque el penitente le releve del secreto «y le pida que lo manifieste», (cánones 1548 y 1550).
¿Aunque contando el secreto el sacerdote pudiera obtener algo bueno para alguien?
El sigilo sacramental no puede quebrantarse jamás bajo ningún pretexto, cualquiera que sea el daño privado o público que con ello se pudiera evitar o el bien que se pudiera promover.
Obliga incluso a soportar el martirio antes que quebrantarlo, como fue el caso de San Juan Nepomuceno. Aquí debe tenerse firme lo que afirmaba Santo Tomás: 
«lo que se sabe bajo confesión es como no sabido, porque no se sabe en cuanto hombre, sino en cuanto Dios» (In IV Sent., 21, 3,1).
¿Y si otra persona oye o graba la confesión y la revela?
La Iglesia ha precisado que incurre también en excomunión quien capta mediante cualquier instrumento técnico, o divulga las palabras del confesor o del penitente, ya sea la confesión verdadera o fingida, propia o de un tercero.
¿Y en el caso de que el sacerdote no haya dado la absolución?
El sigilo obliga a guardar secreto absoluto de todo lo dicho en el sacramento de la confesión, aunque no se obtenga la absolución de los pecados o la confesión resulte inválida.
En ninguna parte de la Escritura es enseñado el concepto de la confesión de pecados a un sacerdote. Debemos confesar nuestros pecados a Dios (1 Juan 1:9). 
Como creyentes del Nuevo Pacto, no necesitamos mediadores entre Dios y nosotros. 
Podemos ir directamente ante Dios por el sacrificio de Jesucristo por nosotros. 
1 Timoteo 2:5 dice:

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.”



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