Lucia Y El Sexo
“Me voy a morir de tanto amor”
Lucia Y El Sexo es una película española del año 2001, dirigida por Julio Médem, con Paz Vega, Tristán Ulloa, Najwa Nimri, Daniel Freire, Javier Cámara, Silvia Llanos, Elena Anaya, Diana Suárez, Juan Fernández, Arsenio León y Javier Coromina; cuenta con una maravillosa banda sonora del gran Alberto Iglesias.
Fue rodada íntegramente con cámara digital y fue la primera cinta Europea en ser rodada 100% en este formato.
La historia se resistía a ser coherente dentro de su ambigüedad y desorden cronológico, pero finalmente todo quedó bien atado, sin lagunas ni excesos en el relato, y la historia tiene, bajo mi opinión, una fuerza que quizás otro estilo en el guión no hubiese podido darle.
La película se narra en tres tiempos: el presente, el pasado, y el inexistente.
Los flashbacks adquieren especial importancia en el desarrollo de la trama, mientras que la abundancia de metáforas narrativas (brillantemente escritas y rodadas) dota a la cinta de cierto tono surrealista y mágico.
La conjunción de tiempos narrativos conforma, de esta manera, una película que se vive como si el tiempo material no fuese con los personajes; el amor es puro y sobrevive a través del tiempo.
¿El sexo?
Mero vehículo de expresión de tanto amor.
Despreciar al filme por su valentía es despreciar el arte.
Así de sencillo.
Julio Medem comienza su filme con un plano de algas que se mueven anunciando cambios en el fondo del mar, pero inmediatamente el director traslada la narración a la superficie anunciando cuál va a ser la dinámica de la obra: ascensos y descensos emocionales, parejas, agujeros y faros, una Isla que se mueve por no estar agarrada a la tierra y un farero que la puede guiar, amor y sexo, muerte y reencuentro, algas y tierra, creador y personajes, padre e hija, arriba y abajo...
El director Julio Médem utiliza el sexo explícito para que el espectador tenga una visión más completa de los pensamientos de Lucía.
El director donostiarra ahonda en su particular investigación sobre la estructura del relato cinematográfico y plantea una historia que se mueve entre el pasado y el presente, en unas coordenadas horizontales, y entre la realidad y la ficción, en su eje vertical, para regresar al punto de partida y remarcar la condición de circularidad de la historia.
La conjunción de coordenadas permite al director salpicar de poesía las imágenes de la vida cotidiana de sus personajes y explicar los hechos irreales que se intercalan como una constante en su existencia... en palabras de Lorenzo (Tristán Ulloa), el escritor protagonista de "Lucía Y El Sexo" en el que Medem parece prolongar algo de su propia condición de creador:
«La primera ventaja es que cuando el cuento llega al final no se acaba, sino que se cae por un agujero... y el cuento reaparece en la mitad del cuento.
La segunda ventaja, y la más grande: que desde aquí se le puede cambiar el rumbo».
El título de la película, si se analiza gramaticalmente, contiene parte de las claves que permiten desgranar, poco a poco, este complejo filme.
Por un lado, está Lucía (Paz Vega), sujeto y protagonista absoluta de la historia, una mujer inocente e impulsiva que quiere a Lorenzo y que huye cuando se entera de que él ha sufrido un accidente mortal con la intención de reencontrarse con su pasado y, de paso, con la Isla que cautivó y marcó definitivamente la existencia de su amado.
La conjunción "Y" coordina al resto de personajes que circulan alrededor de la vida de Lucía -o, como apunta poéticamente Medem, lo que hay entre el Sol y la Luna-.
Lucia Y El Sexo es una película española del año 2001, dirigida por Julio Médem, con Paz Vega, Tristán Ulloa, Najwa Nimri, Daniel Freire, Javier Cámara, Silvia Llanos, Elena Anaya, Diana Suárez, Juan Fernández, Arsenio León y Javier Coromina; cuenta con una maravillosa banda sonora del gran Alberto Iglesias.
Fue rodada íntegramente con cámara digital y fue la primera cinta Europea en ser rodada 100% en este formato.
La historia se resistía a ser coherente dentro de su ambigüedad y desorden cronológico, pero finalmente todo quedó bien atado, sin lagunas ni excesos en el relato, y la historia tiene, bajo mi opinión, una fuerza que quizás otro estilo en el guión no hubiese podido darle.
La película se narra en tres tiempos: el presente, el pasado, y el inexistente.
Los flashbacks adquieren especial importancia en el desarrollo de la trama, mientras que la abundancia de metáforas narrativas (brillantemente escritas y rodadas) dota a la cinta de cierto tono surrealista y mágico.
La conjunción de tiempos narrativos conforma, de esta manera, una película que se vive como si el tiempo material no fuese con los personajes; el amor es puro y sobrevive a través del tiempo.
¿El sexo?
Mero vehículo de expresión de tanto amor.
Despreciar al filme por su valentía es despreciar el arte.
Así de sencillo.
Julio Medem comienza su filme con un plano de algas que se mueven anunciando cambios en el fondo del mar, pero inmediatamente el director traslada la narración a la superficie anunciando cuál va a ser la dinámica de la obra: ascensos y descensos emocionales, parejas, agujeros y faros, una Isla que se mueve por no estar agarrada a la tierra y un farero que la puede guiar, amor y sexo, muerte y reencuentro, algas y tierra, creador y personajes, padre e hija, arriba y abajo...
El director Julio Médem utiliza el sexo explícito para que el espectador tenga una visión más completa de los pensamientos de Lucía.
El director donostiarra ahonda en su particular investigación sobre la estructura del relato cinematográfico y plantea una historia que se mueve entre el pasado y el presente, en unas coordenadas horizontales, y entre la realidad y la ficción, en su eje vertical, para regresar al punto de partida y remarcar la condición de circularidad de la historia.
La conjunción de coordenadas permite al director salpicar de poesía las imágenes de la vida cotidiana de sus personajes y explicar los hechos irreales que se intercalan como una constante en su existencia... en palabras de Lorenzo (Tristán Ulloa), el escritor protagonista de "Lucía Y El Sexo" en el que Medem parece prolongar algo de su propia condición de creador:
«La primera ventaja es que cuando el cuento llega al final no se acaba, sino que se cae por un agujero... y el cuento reaparece en la mitad del cuento.
La segunda ventaja, y la más grande: que desde aquí se le puede cambiar el rumbo».
El título de la película, si se analiza gramaticalmente, contiene parte de las claves que permiten desgranar, poco a poco, este complejo filme.
Por un lado, está Lucía (Paz Vega), sujeto y protagonista absoluta de la historia, una mujer inocente e impulsiva que quiere a Lorenzo y que huye cuando se entera de que él ha sufrido un accidente mortal con la intención de reencontrarse con su pasado y, de paso, con la Isla que cautivó y marcó definitivamente la existencia de su amado.
La conjunción "Y" coordina al resto de personajes que circulan alrededor de la vida de Lucía -o, como apunta poéticamente Medem, lo que hay entre el Sol y la Luna-.
Lorenzo, escritor enfermo de amor y de recuerdos, que no se cree merecedor del amor de Lucía -«es mejor que no me esperes»- al que ha llegado casi de casualidad, aislado de la vida real por la incapacidad de convivir con su pasado.
Sin rumbo, se encuentra Elena (Najwa Nimri), sin su hija, sin Luna, recluida en la Isla, la mejor cocinera, la mejor amante pero no es feliz y se tiene que conformar con intentar hacer satisfacer a los demás; no puede llorar y es una sirena que ha perdido su cola.
Belén (Elena Anaya) es la conexión de Lorenzo con el universo literario, el nexo que utiliza Medem para rebasar la frontera entre realidad y ficción a su antojo, según sus conveniencias, y colocar a su protagonista ante la angustia creativa que siente el creador; Belén es una mujer que representa la parte destructiva y fatal del deseo.
En esta cinta Julio Medem quiso explorar las tres formas de sexo más usuales.
La primera la del sexo en pareja (Lucia), la segunda la del sexo espontaneo con un desconocido (Elena) y el sexo salvaje y sucio (Belén).
Medem representa el sexo de forma verídica: con amor o sin compromiso, con uno mismo o con el otro.
Un sexo explícito que responde a la necesidad de reflejar la cotidianeidad de la relación de pareja y que a este autor cinematográfico le interesa especialmente como un generador de fantasías, de fábulas y de imágenes.
Pero sobre todo, destaca la incorporación del punto de vista femenino en relación con el sexo, tabú histórico por razones ideológicas que todavía opera en muchas partes y en casi todas las pantallas.
De ahí las dos masturbaciones femeninas, restringidas al cine pornográfico como manera de excitar al hombre, y que en el filme de Medem, por el contrario, suponen la aceptación del placer sexual de las mujeres.
La representación pornográfica se incluye en el propio relato de una manera que trata de romper el molde tradicional del consumo masculino.
El hecho de que la madre de Belén sea actriz porno explica su desinhibición sexual y la concreción del deseo en actitudes placenteras que han sido tradicionalmente invisibles en el caso de las mujeres.
Curiosamente, la escena en la que Lucía y Lorenzo se hacen fotos con una cámara Polaroid se rodó con una sola toma y sin previo ensayo.
Las fotos que aparecen en la película son las mismas que se hicieron libremente los actores.
“La primera ventaja, es que cuando el cuento llega al final, no se acaba.
Sino que se cae por un agujero.
Y el cuento reaparece a mitad del cuento.
Esta es la segunda ventaja, y la más grande.
Que desde aquí se le puede cambiar el rumbo.
Si tú me dejas...
Si me das tiempo...”
Belén (Elena Anaya) es la conexión de Lorenzo con el universo literario, el nexo que utiliza Medem para rebasar la frontera entre realidad y ficción a su antojo, según sus conveniencias, y colocar a su protagonista ante la angustia creativa que siente el creador; Belén es una mujer que representa la parte destructiva y fatal del deseo.
En esta cinta Julio Medem quiso explorar las tres formas de sexo más usuales.
La primera la del sexo en pareja (Lucia), la segunda la del sexo espontaneo con un desconocido (Elena) y el sexo salvaje y sucio (Belén).
Medem representa el sexo de forma verídica: con amor o sin compromiso, con uno mismo o con el otro.
Un sexo explícito que responde a la necesidad de reflejar la cotidianeidad de la relación de pareja y que a este autor cinematográfico le interesa especialmente como un generador de fantasías, de fábulas y de imágenes.
Pero sobre todo, destaca la incorporación del punto de vista femenino en relación con el sexo, tabú histórico por razones ideológicas que todavía opera en muchas partes y en casi todas las pantallas.
De ahí las dos masturbaciones femeninas, restringidas al cine pornográfico como manera de excitar al hombre, y que en el filme de Medem, por el contrario, suponen la aceptación del placer sexual de las mujeres.
La representación pornográfica se incluye en el propio relato de una manera que trata de romper el molde tradicional del consumo masculino.
El hecho de que la madre de Belén sea actriz porno explica su desinhibición sexual y la concreción del deseo en actitudes placenteras que han sido tradicionalmente invisibles en el caso de las mujeres.
Curiosamente, la escena en la que Lucía y Lorenzo se hacen fotos con una cámara Polaroid se rodó con una sola toma y sin previo ensayo.
Las fotos que aparecen en la película son las mismas que se hicieron libremente los actores.
“La primera ventaja, es que cuando el cuento llega al final, no se acaba.
Sino que se cae por un agujero.
Y el cuento reaparece a mitad del cuento.
Esta es la segunda ventaja, y la más grande.
Que desde aquí se le puede cambiar el rumbo.
Si tú me dejas...
Si me das tiempo...”



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