The Killing Fields
"La elección es brutal: Quedarse o seguir con vida"
Esta es una película muy fuerte y difícil de visionar por ser muy gráfica, demasiado real, algo que no queremos imaginar pero que realmente sucedió.
Es un testimonio para evitar no caer en los mismos errores de la humidad, en su lucha constante en contra de su propia destrucción.
Todos conocemos los campos de concentración Nazis y nos horrorizamos al imaginar las atrocidades que en ellos se cometían.
Parece que fueron cosas de otra época, pero desgraciadamente, podemos encontrar otros ejemplos más "actuales".
En pleno Siglo XXI, la guerra debería ser cosa del pasado, ya que no hay nada que conquistar.
Hay muchas películas dedicadas al genocidio de los judíos por los nazis, (lo que está muy bien), a la guerra civil española inclusive, pero muy pocas dedicadas a los horrores de las democracias populares.
Fueron alrededor de 5 millones las víctimas de Lenin, 15 millones de Stalin, 50 millones de Mao, varios millones la dinastía Kim, y Pol Pot se cargó aproximadamente 2 millones de los 7 millones de habitantes de Camboya.
Veamos el marco histórico entorno a los Gritos del Silencio Camboyano y la Comunidad Internacional.
Finalizada la II Guerra mundial, Japón abandona los territorios ocupados en el sudeste asiático, entre ellos está la Indochina francesa que incluía a las actuales Vietnam, Laos y Camboya, las cuales vuelven a estar bajo la administración de Francia.
Posteriormente en el lado vietnamita de la frontera camboyana, Ho Chi Minh comandando la guerrilla del Viet Minh, desata un largo conflicto armado contra el ejército francés por la independencia de Vietnam.
En unos años, anticipando la pérdida de esta guerra, Francia da un giro a su política colonial en Asia; y entre otras resoluciones, el gobierno galo concede la total independencia a Camboya en 1953, dejándola bajo el gobierno del que fuera príncipe camboyano, el rey Norodom Sihanouk.
Sin embargo, la posterior intervención de Estados Unidos en Vietnam producto de la Guerra Fría salpica las tierras camboyanas, donde tanto el ejército norvietnamita como la guerrilla del Viet Cong se refugian con frecuencia.
La debilidad del gobierno de Sihanouk le obliga a estrechar sus relaciones con China.
Este giro por parte de Camboya pone nerviosos a los Estados Unidos que convencidos de un efecto dominó del comunismo en el sudeste asiático, instiga mediante la CIA un golpe de estado en Camboya.
Así, en 1970 se instaura el general Lon Nol como nuevo jefe de estado, al que Nixon en los cinco años siguientes aporta 15.000 soldados estadounidenses, y 1.600 millones de dólares (¡de los de entonces!).
Este nuevo cambio de gobierno y de política por parte de Lon Nol en la órbita de Estados Unidos, hacen a las facciones comunistas de Camboya sospechosas de colaboración con Vietnam del Norte, y esto las obliga a refugiarse en lo profundo de la selva.
Este grupo ahora clandestino, germen de la guerrilla del Jemer Rojo, es dirigido por unos hombres instruidos en París, e influenciados por los intelectuales izquierdistas franceses.
Los Jemeres Rojos es el nombre con el que fue conocida la organización guerrillera camboyana.
Entre ellos hay que destacar por su crueldad a Saloth Sar, futuro líder del Jemer Rojo, llamado popularmente Hermano Número Uno e internacionalmente conocido como Pol Pot.
El infierno estuvo en la Tierra... y fue Camboya.
Comienza entonces una desgarradora guerra civil en Camboya, punto de partida de la sobrecogedora historia de esta película.
El líder Pol Pot instauró una política maoísta y de extrema izquierda exaltando el campesinado, con ideas ultranacionalistas, racistas y borrando cualquier resto de influencia colonialista.
Lo primero que hizo fue evacuar las ciudades para que todos sus ciudadanos se dedicaran a la única labor de cultivar arroz, separó las familias porque los ciudadanos sólo podían pensar en el líder y en el partido, eliminó cualquier vestigio, sospecha o influencia de cualquier régimen anterior.
En el régimen había tres tipos de personas:
Los que habían abrazado la revolución antes del triunfo Jemer.
Los niños a los que Pol Pot nombró como el futuro de su país al no tener ninguna influencia por su edad de cualquier pasado en cuyas mentes se desarrollaría su ideal político, estos niños se erigían en jueces y castigadores.
Y el resto de la población.
Aquellos que no eran niños ni se unieron a la revolución eran considerados enemigos, y su cometido era trabajar en los campos de depuración.
El Reglamento de los agentes de seguridad era el siguiente:
1. Responde de acuerdo a las preguntas que te hago y no intentes desviarlas.
2. No intentes esconder los hechos inventando pretextos según tus ideas hipócritas, está estrictamente prohibido contestarme.
3. No hagas el imbécil, porque tú eres el hombre que se opone a la revolución.
4. Responde inmediatamente a mis preguntas sin tomarte tiempo para reflexionar.
5. No me hables de tus inmoralidades ni de la esencia de la revolución.
6. Durante las palizas o los electrochoques está prohibido gritar.
7. Siéntate y espera a mis órdenes, si no hay órdenes, no hagas nada, si te pido que hagas algo, hazlo inmediatamente sin protestar.
8. No tomes como pretexto Kampuchea Krom para esconder tus intenciones de traidor.
9. Si no sigues todas estas órdenes, recibirás incontables bastonazos, descargas eléctricas y electrochoques.
10. Si desobedeces cualquier punto de mis reglamentos, recibirás diez latigazos o cinco electrochoques.
Aunque las políticas económicas y sociales de Kampuceha no encajan con un marco fascista, son sorprendentes los parecidos con los campos de exterminio nazis.
Los Jemeres Rojos fueron derrotados en 1979 por los vietnamitas cuando Pol Pot les declaró la guerra para recuperar territorios fronterizos que reclamaba para Camboya.
En 1979 pasa otra vez a dominio o influencia extranjera esta vez en la órbita de Vietnam.
La comunidad internacional guardó silencio alrededor de esta situación; en medio de la Guerra Fría, a Estados Unidos le interesaba aislar a Vietnam.
Por otra parte, el régimen aisló completamente el país no permitiendo el ingreso de ningún organismo extranjero.
Durante 1975 y 1979 Camboya se convirtió en el primer productor mundial de arroz, mientras quienes lo cosechaban morían de hambre y desnutrición.
Tímidas denuncias se hicieron de parte de países como Australia, India y Nueva Zelanda, pero Estados Unidos uso su poder de veto en las Naciones Unidas.
Fue sólo con la invasión del Vietnam en octubre de 1979 y el derrocamiento del régimen Pol Pot, que se empezó un lento y doloroso descubrir de la realidad que se estaba viviendo en Camboya.
Durante este periodo de 4 años Pol Pot y su régimen exterminaron a 1/4 parte de la población camboyana (2 millones de los 8 millones que tenía el país).
Los vietnamitas decían que habían sido 3 millones de personas, la CIA decía que eran entre 50.000 y 100.000 personas, pero actualmente, y de acuerdo a investigaciones más detalladas, se calcula en 2.000.000 las personas muertas bajo el régimen de los Jemeres Rojos.
Unas 700.000 personas murieron de hambre y enfermedades, entre 400.000 y 600.000 fueron ejecutadas, 400.000 fallecieron en la Regularización Obligatoria y otras 300.000 por otras causas diversas, hasta hacer el total aproximado de dos millones de víctimas.
Pol Pot falleció de muerte natural en 1998 sin ser juzgado.
Su lugarteniente Ta Mok falleció de muerte natural en 2006 sin ser juzgado.
Sus acciones y maneras de imponer su política condujeron a lo que se conoce como el «genocidio camboyano», actos que, en la actualidad, están siendo juzgados por un tribunal internacional en Phnom Penh por crímenes contra la humanidad.
Pol Pot murió impune, sin haber tenido nunca que responder de sus actos.
Y quizá tampoco los dirigentes Jemeres Rojos supervivientes serán nunca castigados.
Pero de una manera u otra, creo que habrá justicia.
Una persona cosecha lo que ha sembrado.
Según la religión budista, las buenas acciones producen buenos resultados, las malas acciones producen malos resultados.
El campesino cosecha el arroz, el pescador atrapa el pescado.
El mal y sus secuaces recogerán las acciones que han cometido.
Cosecharán lo que han sembrado.
El método de masacre que el clan de criminales de Pol Pot llevó a cabo sobre gente inocente de Kampuchea no puede ser descrito total y claramente con palabras porque la invención de este método homicida era extrañamente cruel, por lo que nos es difícil determinar qué clase de gente era: tenían forma humana pero sus corazones eran corazones de demonio.
En los primeros meses del régimen, los Jemeres Rojos ejecutaban a sus víctimas mediante disparos de fusil.
Más tarde, cuando, forzados por la necesidad, e inspirándose en las doctrinas de Mao, se fueron implantando las políticas económicas de ahorro a toda costa, los verdugos ejecutaban a sus víctimas, situadas al borde de las fosas, mediante un golpe de pico, machete o azadón en la nuca, con el fin de ahorrar proyectiles.
Los cuerpos se desplomaban en el interior de las fosas, a veces todavía moribundos.
Los moribundos iban quedando sepultados bajo los nuevos cadáveres que se les amontonaban encima.
Entre los crímenes de los jemeres rojos, los más inolvidables, para mí, son los que cometieron contra niños.
Por un lado, un gran número de niños, e incluso bebés, fueron salvajemente asesinados delante de sus padres, o enviados a las cárceles con ellos.
Pero aún peor, si fuera posible, fue la manipulación de niños pequeños, especialmente de los muchachos.
Estos niños fueron convertidos en robots, programados para cumplir ciegamente las locas órdenes del Angkar.
Arrancados de sus familias a temprana edad, y sin haberse embebido de valores tradicionales, se convirtieron en monstruos sin corazón, capaces de cometer los crímenes más atroces.
Les hacían creer que sus víctimas habían sido, en algún momento, los torturadores de sus padres.
A menudo sus padres no necesariamente habían sido liquidados por los 'capitalistas', 'feudalistas' o imperialistas', sino que podían estar vivos en otra parte de Camboya.
Los niños de menos de seis años eran confiados a mujeres de edad avanzada, las 'abuelas', que educaban a los jóvenes espíritus "contándoles historias heroicas".
Después de la edad de seis años, los niños vivían separados de sus padres, durmiendo en edificios aparte, llamados establecimientos de los niños: organizados por grupos de diez, recibían una educación escolar hecha sobre todo del aprendizaje del trabajo manual.
Después de los doce años, los jóvenes eran enrolados en las tropas móviles y no volvían a ver prácticamente nunca a sus padres.
Antes de la toma de poder, el Angkar fue capaz de persuadir a algunos jóvenes, en cursos de entrenamiento y adoctrinamiento en los bosques, de que sus padres habían muerto por los bombardeos americanos, aunque fuera una pura invención.
Esta es una película muy fuerte y difícil de visionar por ser muy gráfica, demasiado real, algo que no queremos imaginar pero que realmente sucedió.
Es un testimonio para evitar no caer en los mismos errores de la humidad, en su lucha constante en contra de su propia destrucción.
Todos conocemos los campos de concentración Nazis y nos horrorizamos al imaginar las atrocidades que en ellos se cometían.
Parece que fueron cosas de otra época, pero desgraciadamente, podemos encontrar otros ejemplos más "actuales".
En pleno Siglo XXI, la guerra debería ser cosa del pasado, ya que no hay nada que conquistar.
Hay muchas películas dedicadas al genocidio de los judíos por los nazis, (lo que está muy bien), a la guerra civil española inclusive, pero muy pocas dedicadas a los horrores de las democracias populares.
Fueron alrededor de 5 millones las víctimas de Lenin, 15 millones de Stalin, 50 millones de Mao, varios millones la dinastía Kim, y Pol Pot se cargó aproximadamente 2 millones de los 7 millones de habitantes de Camboya.
Veamos el marco histórico entorno a los Gritos del Silencio Camboyano y la Comunidad Internacional.
Finalizada la II Guerra mundial, Japón abandona los territorios ocupados en el sudeste asiático, entre ellos está la Indochina francesa que incluía a las actuales Vietnam, Laos y Camboya, las cuales vuelven a estar bajo la administración de Francia.
Posteriormente en el lado vietnamita de la frontera camboyana, Ho Chi Minh comandando la guerrilla del Viet Minh, desata un largo conflicto armado contra el ejército francés por la independencia de Vietnam.
En unos años, anticipando la pérdida de esta guerra, Francia da un giro a su política colonial en Asia; y entre otras resoluciones, el gobierno galo concede la total independencia a Camboya en 1953, dejándola bajo el gobierno del que fuera príncipe camboyano, el rey Norodom Sihanouk.
Sin embargo, la posterior intervención de Estados Unidos en Vietnam producto de la Guerra Fría salpica las tierras camboyanas, donde tanto el ejército norvietnamita como la guerrilla del Viet Cong se refugian con frecuencia.
La debilidad del gobierno de Sihanouk le obliga a estrechar sus relaciones con China.
Este giro por parte de Camboya pone nerviosos a los Estados Unidos que convencidos de un efecto dominó del comunismo en el sudeste asiático, instiga mediante la CIA un golpe de estado en Camboya.
Así, en 1970 se instaura el general Lon Nol como nuevo jefe de estado, al que Nixon en los cinco años siguientes aporta 15.000 soldados estadounidenses, y 1.600 millones de dólares (¡de los de entonces!).
Este nuevo cambio de gobierno y de política por parte de Lon Nol en la órbita de Estados Unidos, hacen a las facciones comunistas de Camboya sospechosas de colaboración con Vietnam del Norte, y esto las obliga a refugiarse en lo profundo de la selva.
Este grupo ahora clandestino, germen de la guerrilla del Jemer Rojo, es dirigido por unos hombres instruidos en París, e influenciados por los intelectuales izquierdistas franceses.
Los Jemeres Rojos es el nombre con el que fue conocida la organización guerrillera camboyana.
Entre ellos hay que destacar por su crueldad a Saloth Sar, futuro líder del Jemer Rojo, llamado popularmente Hermano Número Uno e internacionalmente conocido como Pol Pot.
El infierno estuvo en la Tierra... y fue Camboya.
Comienza entonces una desgarradora guerra civil en Camboya, punto de partida de la sobrecogedora historia de esta película.
El líder Pol Pot instauró una política maoísta y de extrema izquierda exaltando el campesinado, con ideas ultranacionalistas, racistas y borrando cualquier resto de influencia colonialista.
Lo primero que hizo fue evacuar las ciudades para que todos sus ciudadanos se dedicaran a la única labor de cultivar arroz, separó las familias porque los ciudadanos sólo podían pensar en el líder y en el partido, eliminó cualquier vestigio, sospecha o influencia de cualquier régimen anterior.
En el régimen había tres tipos de personas:
Los que habían abrazado la revolución antes del triunfo Jemer.
Los niños a los que Pol Pot nombró como el futuro de su país al no tener ninguna influencia por su edad de cualquier pasado en cuyas mentes se desarrollaría su ideal político, estos niños se erigían en jueces y castigadores.
Y el resto de la población.
Aquellos que no eran niños ni se unieron a la revolución eran considerados enemigos, y su cometido era trabajar en los campos de depuración.
El Reglamento de los agentes de seguridad era el siguiente:
1. Responde de acuerdo a las preguntas que te hago y no intentes desviarlas.
2. No intentes esconder los hechos inventando pretextos según tus ideas hipócritas, está estrictamente prohibido contestarme.
3. No hagas el imbécil, porque tú eres el hombre que se opone a la revolución.
4. Responde inmediatamente a mis preguntas sin tomarte tiempo para reflexionar.
5. No me hables de tus inmoralidades ni de la esencia de la revolución.
6. Durante las palizas o los electrochoques está prohibido gritar.
7. Siéntate y espera a mis órdenes, si no hay órdenes, no hagas nada, si te pido que hagas algo, hazlo inmediatamente sin protestar.
8. No tomes como pretexto Kampuchea Krom para esconder tus intenciones de traidor.
9. Si no sigues todas estas órdenes, recibirás incontables bastonazos, descargas eléctricas y electrochoques.
10. Si desobedeces cualquier punto de mis reglamentos, recibirás diez latigazos o cinco electrochoques.
Aunque las políticas económicas y sociales de Kampuceha no encajan con un marco fascista, son sorprendentes los parecidos con los campos de exterminio nazis.
Los Jemeres Rojos fueron derrotados en 1979 por los vietnamitas cuando Pol Pot les declaró la guerra para recuperar territorios fronterizos que reclamaba para Camboya.
En 1979 pasa otra vez a dominio o influencia extranjera esta vez en la órbita de Vietnam.
La comunidad internacional guardó silencio alrededor de esta situación; en medio de la Guerra Fría, a Estados Unidos le interesaba aislar a Vietnam.
Por otra parte, el régimen aisló completamente el país no permitiendo el ingreso de ningún organismo extranjero.
Durante 1975 y 1979 Camboya se convirtió en el primer productor mundial de arroz, mientras quienes lo cosechaban morían de hambre y desnutrición.
Tímidas denuncias se hicieron de parte de países como Australia, India y Nueva Zelanda, pero Estados Unidos uso su poder de veto en las Naciones Unidas.
Fue sólo con la invasión del Vietnam en octubre de 1979 y el derrocamiento del régimen Pol Pot, que se empezó un lento y doloroso descubrir de la realidad que se estaba viviendo en Camboya.
Durante este periodo de 4 años Pol Pot y su régimen exterminaron a 1/4 parte de la población camboyana (2 millones de los 8 millones que tenía el país).
Los vietnamitas decían que habían sido 3 millones de personas, la CIA decía que eran entre 50.000 y 100.000 personas, pero actualmente, y de acuerdo a investigaciones más detalladas, se calcula en 2.000.000 las personas muertas bajo el régimen de los Jemeres Rojos.
Unas 700.000 personas murieron de hambre y enfermedades, entre 400.000 y 600.000 fueron ejecutadas, 400.000 fallecieron en la Regularización Obligatoria y otras 300.000 por otras causas diversas, hasta hacer el total aproximado de dos millones de víctimas.
Pol Pot falleció de muerte natural en 1998 sin ser juzgado.
Su lugarteniente Ta Mok falleció de muerte natural en 2006 sin ser juzgado.
Sus acciones y maneras de imponer su política condujeron a lo que se conoce como el «genocidio camboyano», actos que, en la actualidad, están siendo juzgados por un tribunal internacional en Phnom Penh por crímenes contra la humanidad.
Pol Pot murió impune, sin haber tenido nunca que responder de sus actos.
Y quizá tampoco los dirigentes Jemeres Rojos supervivientes serán nunca castigados.
Pero de una manera u otra, creo que habrá justicia.
Una persona cosecha lo que ha sembrado.
Según la religión budista, las buenas acciones producen buenos resultados, las malas acciones producen malos resultados.
El campesino cosecha el arroz, el pescador atrapa el pescado.
El mal y sus secuaces recogerán las acciones que han cometido.
Cosecharán lo que han sembrado.
El método de masacre que el clan de criminales de Pol Pot llevó a cabo sobre gente inocente de Kampuchea no puede ser descrito total y claramente con palabras porque la invención de este método homicida era extrañamente cruel, por lo que nos es difícil determinar qué clase de gente era: tenían forma humana pero sus corazones eran corazones de demonio.
En los primeros meses del régimen, los Jemeres Rojos ejecutaban a sus víctimas mediante disparos de fusil.
Más tarde, cuando, forzados por la necesidad, e inspirándose en las doctrinas de Mao, se fueron implantando las políticas económicas de ahorro a toda costa, los verdugos ejecutaban a sus víctimas, situadas al borde de las fosas, mediante un golpe de pico, machete o azadón en la nuca, con el fin de ahorrar proyectiles.
Los cuerpos se desplomaban en el interior de las fosas, a veces todavía moribundos.
Los moribundos iban quedando sepultados bajo los nuevos cadáveres que se les amontonaban encima.
Entre los crímenes de los jemeres rojos, los más inolvidables, para mí, son los que cometieron contra niños.
Por un lado, un gran número de niños, e incluso bebés, fueron salvajemente asesinados delante de sus padres, o enviados a las cárceles con ellos.
Pero aún peor, si fuera posible, fue la manipulación de niños pequeños, especialmente de los muchachos.
Estos niños fueron convertidos en robots, programados para cumplir ciegamente las locas órdenes del Angkar.
Arrancados de sus familias a temprana edad, y sin haberse embebido de valores tradicionales, se convirtieron en monstruos sin corazón, capaces de cometer los crímenes más atroces.
Les hacían creer que sus víctimas habían sido, en algún momento, los torturadores de sus padres.
A menudo sus padres no necesariamente habían sido liquidados por los 'capitalistas', 'feudalistas' o imperialistas', sino que podían estar vivos en otra parte de Camboya.
Los niños de menos de seis años eran confiados a mujeres de edad avanzada, las 'abuelas', que educaban a los jóvenes espíritus "contándoles historias heroicas".
Después de la edad de seis años, los niños vivían separados de sus padres, durmiendo en edificios aparte, llamados establecimientos de los niños: organizados por grupos de diez, recibían una educación escolar hecha sobre todo del aprendizaje del trabajo manual.
Después de los doce años, los jóvenes eran enrolados en las tropas móviles y no volvían a ver prácticamente nunca a sus padres.
Antes de la toma de poder, el Angkar fue capaz de persuadir a algunos jóvenes, en cursos de entrenamiento y adoctrinamiento en los bosques, de que sus padres habían muerto por los bombardeos americanos, aunque fuera una pura invención.
Así, tras la victoria, los soldados Jemeres Rojos jóvenes ya no podían 'reconocer' a sus propios padres, ya que se habían convertido en gloriosos mártires del imperialismo.
Esto puede explicar la absoluta crueldad de estos jóvenes soldados fanáticos, incluso hacia sus propias familias.
Al igual de los protagonistas reales y ficticios de The Killing Fields , existió un hombre llamado Vann Nath, uno de los pintores camboyanos más célebres de la actualidad y que fue prisionero de los Jemeres Rojos, uno de los poquísimos camboyanos (fueron siete u ocho) que consiguieron salir con vida de la prisión secreta S-21 que nos habla la película de Joffé.
Vann Nath tuvo la suerte de poder escapar en medio del caos provocado por el ataque a Phnom Penh del ejército de Vietnam a comienzos de 1979.
Vann Nath fue encarcelado en S-21 en 1977, aunque al día de hoy todavía desconoce los motivos de su arresto.
Fue apaleado y torturado, y casi murió de hambre, pero debido a sus habilidades como artista, y a pesar de figurar su nombre en la lista negra de ajusticiables, no fue asesinado: en lugar de ello fue obligado a pintar retratos de Pol Pot a partir de fotografías del 'Gran Hermano'.
En el año que pasó en prisión, Vann Nath no pudo tener el menor contacto con su familia.
Sus dos hijos (uno de cinco años, el otro de seis meses de edad) murieron de enfermedades.
El mismo Nath cuenta que en noviembre (de 1979, tras el derrocamiento del Régimen Jemer Rojo) el gobierno le pidió a Vann Nath y a otros varios supervivientes, que ayudaran a organizar un Museo del Genocidio en los terrenos de la prisión.
La idea de volver a ese lugar terrorífico le produjo pavor, pero decidió volver.
Trabajó allí como pintor, componiendo escenas de la vida en S-21 con el fin de que los camboyanos y los visitantes de otros países pudieran saber lo que había ocurrido.
Al segundo día ya no se sentía tan angustiado de estar en los terrenos de la vieja prisión.
Tras discutir la distribución de tareas, se le asignó la responsabilidad de pintar cuadros, y encontró una habitación tranquila en el segundo piso de uno de los edificios, donde podía trabajar.
Dos meses más tarde, el 7 de enero de 1980, el Museo del Genocidio de Tuol Sleng fue abierto al público.
Los visitantes, tanto jemeres como extranjeros, quedaron conmocionados por la brutalidad que mostraban las fotografías, las pinturas y los instrumentos de tortura expuestos.
En algunos casos, se escuchó los gritos de los visitantes horrorizados que vieron las fotos de sus maridos, esposas o hijos que habían sido asesinados allí.
El tiempo pasó, y poco a poco reconstruyó su vida:
“Me siento mucho más distendido, capaz de revelar el misterio de esta prisión a los forasteros, de forma que puedan conocer lo horrible que fue.
Esto puede explicar la absoluta crueldad de estos jóvenes soldados fanáticos, incluso hacia sus propias familias.
Al igual de los protagonistas reales y ficticios de The Killing Fields , existió un hombre llamado Vann Nath, uno de los pintores camboyanos más célebres de la actualidad y que fue prisionero de los Jemeres Rojos, uno de los poquísimos camboyanos (fueron siete u ocho) que consiguieron salir con vida de la prisión secreta S-21 que nos habla la película de Joffé.
Vann Nath tuvo la suerte de poder escapar en medio del caos provocado por el ataque a Phnom Penh del ejército de Vietnam a comienzos de 1979.
Vann Nath fue encarcelado en S-21 en 1977, aunque al día de hoy todavía desconoce los motivos de su arresto.
Fue apaleado y torturado, y casi murió de hambre, pero debido a sus habilidades como artista, y a pesar de figurar su nombre en la lista negra de ajusticiables, no fue asesinado: en lugar de ello fue obligado a pintar retratos de Pol Pot a partir de fotografías del 'Gran Hermano'.
En el año que pasó en prisión, Vann Nath no pudo tener el menor contacto con su familia.
Sus dos hijos (uno de cinco años, el otro de seis meses de edad) murieron de enfermedades.
El mismo Nath cuenta que en noviembre (de 1979, tras el derrocamiento del Régimen Jemer Rojo) el gobierno le pidió a Vann Nath y a otros varios supervivientes, que ayudaran a organizar un Museo del Genocidio en los terrenos de la prisión.
La idea de volver a ese lugar terrorífico le produjo pavor, pero decidió volver.
Trabajó allí como pintor, componiendo escenas de la vida en S-21 con el fin de que los camboyanos y los visitantes de otros países pudieran saber lo que había ocurrido.
Al segundo día ya no se sentía tan angustiado de estar en los terrenos de la vieja prisión.
Tras discutir la distribución de tareas, se le asignó la responsabilidad de pintar cuadros, y encontró una habitación tranquila en el segundo piso de uno de los edificios, donde podía trabajar.
Dos meses más tarde, el 7 de enero de 1980, el Museo del Genocidio de Tuol Sleng fue abierto al público.
Los visitantes, tanto jemeres como extranjeros, quedaron conmocionados por la brutalidad que mostraban las fotografías, las pinturas y los instrumentos de tortura expuestos.
En algunos casos, se escuchó los gritos de los visitantes horrorizados que vieron las fotos de sus maridos, esposas o hijos que habían sido asesinados allí.
El tiempo pasó, y poco a poco reconstruyó su vida:
“Me siento mucho más distendido, capaz de revelar el misterio de esta prisión a los forasteros, de forma que puedan conocer lo horrible que fue.
Creo que los espíritus de los que murieron habrán aplaudido nuestro trabajo.
Contribuir al establecimiento de este Museo del Genocidio es la cosa más significativa que he hecho en mi vida.
Sólo un puñado de personas que probaron el sabor de esta prisión ha sobrevivido.
Fue una gran suerte para mí haber nacido con temperamento y amor por el dibujo y la pintura.
Si no, mi nombre no habría sido subrayado en rojo –significando que se me iba a perdonar la vida– en aquella lista 'negra' del 16 de febrero de 1978”.
Vann Nath escribió su propia biografía, A Cambodian Prison Portrait: One Year in the Khmer Rouge´s S-21 y participó activamente en el documental filmográfico del director de cine Rithy Panh, S-21: The Khmer Rouge Killing Machine, en donde el director del museo reunió varios de los antiguos guardias de la prisión.
Con su voz serena pero firme, el maestro se encara con los guardias que admitieron volver a S-21, ahora Museo Tuol Sleng y les pregunta por qué tanta crueldad.
Los guardias admiten sus excesos y dicen que en aquel tiempo eran tan sólo muchachos y que estaban concientizados a mirar a los prisioneros como enemigos y como algo menos que personas.
El maestro insiste en que se perdió el valor y el respeto por la vida humana y los guardias no pueden responder.
Hacia 1995, se encontró con Huy, uno de los verdugos de S-21, que se había entregado a las autoridades gubernamentales, admitiendo que había matado a más de 2.000 personas ("demasiado pocas", pensó Vann Nath, "sólo una fracción del número total").
Le pregunté si había visto las pinturas que había yo colgado en el museo.
Contribuir al establecimiento de este Museo del Genocidio es la cosa más significativa que he hecho en mi vida.
Sólo un puñado de personas que probaron el sabor de esta prisión ha sobrevivido.
Fue una gran suerte para mí haber nacido con temperamento y amor por el dibujo y la pintura.
Si no, mi nombre no habría sido subrayado en rojo –significando que se me iba a perdonar la vida– en aquella lista 'negra' del 16 de febrero de 1978”.
Vann Nath escribió su propia biografía, A Cambodian Prison Portrait: One Year in the Khmer Rouge´s S-21 y participó activamente en el documental filmográfico del director de cine Rithy Panh, S-21: The Khmer Rouge Killing Machine, en donde el director del museo reunió varios de los antiguos guardias de la prisión.
Con su voz serena pero firme, el maestro se encara con los guardias que admitieron volver a S-21, ahora Museo Tuol Sleng y les pregunta por qué tanta crueldad.
Los guardias admiten sus excesos y dicen que en aquel tiempo eran tan sólo muchachos y que estaban concientizados a mirar a los prisioneros como enemigos y como algo menos que personas.
El maestro insiste en que se perdió el valor y el respeto por la vida humana y los guardias no pueden responder.
Hacia 1995, se encontró con Huy, uno de los verdugos de S-21, que se había entregado a las autoridades gubernamentales, admitiendo que había matado a más de 2.000 personas ("demasiado pocas", pensó Vann Nath, "sólo una fracción del número total").
Le pregunté si había visto las pinturas que había yo colgado en el museo.
Dijo que sí.
"¿Qué opinas de las pinturas?
"¿Qué opinas de las pinturas?
¿Son demasiado exageradas?", pregunté.
"No, no son exageradas", dijo.
"Hubo escenas más brutales que ésas".
"Lo he preguntado porque quiero saber la verdad.
"No, no son exageradas", dijo.
"Hubo escenas más brutales que ésas".
"Lo he preguntado porque quiero saber la verdad.
He pintado estos cuadros en parte basándome en lo que vi y oí yo mismo, y también en lo que las víctimas directas me contaron.
Quiero que me digas la verdad".
"Te estoy diciendo la verdad: no son exageradas", dijo.
Me quedé un momento parado pensando en sus palabras.
Algunas de las escenas que yo había pintado eran lo que había visto con mis propios ojos.
Otras pinturas estaban basadas en descripciones de las víctimas.
Un cuadro –de soldados arrancando un bebé que llora de los brazos de una madre angustiada– estaba basada en los gritos y gemidos de mujeres y niños que oía desde mi habitación cada par de días.
"¿Viste la pintura de los guardianes de la prisión arrancando un bebé a su madre, mientras otro tipo golpea a la madre con una estaca?
"Te estoy diciendo la verdad: no son exageradas", dijo.
Me quedé un momento parado pensando en sus palabras.
Algunas de las escenas que yo había pintado eran lo que había visto con mis propios ojos.
Otras pinturas estaban basadas en descripciones de las víctimas.
Un cuadro –de soldados arrancando un bebé que llora de los brazos de una madre angustiada– estaba basada en los gritos y gemidos de mujeres y niños que oía desde mi habitación cada par de días.
"¿Viste la pintura de los guardianes de la prisión arrancando un bebé a su madre, mientras otro tipo golpea a la madre con una estaca?
¿Qué hacíais tú y tus hombres con los bebés?"
"Uh... nos los llevábamos para matarlos."
"¡Qué!", grité conmocionado.
"Teníamos órdenes de llevárnoslos para matarlos".
"¿Matásteis a esos pequeños bebés?
"Uh... nos los llevábamos para matarlos."
"¡Qué!", grité conmocionado.
"Teníamos órdenes de llevárnoslos para matarlos".
"¿Matásteis a esos pequeños bebés?
¡Dios mío!"
La palabra 'brutal' es demasiado suave para describir su crueldad.
No tuve el valor de preguntarle cómo mataban a aquellos niños y cuántos niños habían matado.
Miré la habitación del piso superior del Edificio C, sintiendo que el horror todavía continuaba ante mí.
Los gritos de dolor de las madres se mezclaban con los sollozos de los bebés, creando un sonido terrorífico.
Actualmente, de cuando en cuando se habla de cerrar el Museo del Genocidio de Tuol Sleng.
Hay quienes argumentan que eso ayudaría a curar las heridas y a recuperar juntos nuestra fracturada nación.
Sin embargo, creo firmemente que el museo debería permanecer abierto.
Más de 14.000 prisioneros fueron ejecutados en S-21.
Si el Museo de Tuol Sleng es abandonado o reconvertido a otros fines, eso significaría que aquellos hombres, mujeres y niños que murieron habrían sido simplemente eliminados; que sus muertes fueron absurdas.
Quiero mantener la memoria viva, de forma que los visitantes extranjeros y la nueva generación de camboyanos puedan conocer qué sucedió en aquel tiempo.
La palabra 'brutal' es demasiado suave para describir su crueldad.
No tuve el valor de preguntarle cómo mataban a aquellos niños y cuántos niños habían matado.
Miré la habitación del piso superior del Edificio C, sintiendo que el horror todavía continuaba ante mí.
Los gritos de dolor de las madres se mezclaban con los sollozos de los bebés, creando un sonido terrorífico.
Actualmente, de cuando en cuando se habla de cerrar el Museo del Genocidio de Tuol Sleng.
Hay quienes argumentan que eso ayudaría a curar las heridas y a recuperar juntos nuestra fracturada nación.
Sin embargo, creo firmemente que el museo debería permanecer abierto.
Más de 14.000 prisioneros fueron ejecutados en S-21.
Si el Museo de Tuol Sleng es abandonado o reconvertido a otros fines, eso significaría que aquellos hombres, mujeres y niños que murieron habrían sido simplemente eliminados; que sus muertes fueron absurdas.
Quiero mantener la memoria viva, de forma que los visitantes extranjeros y la nueva generación de camboyanos puedan conocer qué sucedió en aquel tiempo.
Nuestros hijos deben aprender a no tratar nunca a los seres humanos como animales, o peor que animales." Vann Nath
En el caso del maestro Vann Nath se puede ver el arte involucrado con la historia.
En el caso del maestro Vann Nath se puede ver el arte involucrado con la historia.
De hecho la obra de este pintor camboyano, más su testimonio, son una prueba de los desmanes en cuestión de Derechos Humanos durante el régimen de los jemeres rojos.
El maestro dice en el documental fílmico del director Rithy Panh que no se trata de prolongar el odio contra aquellos que fueron capaces de destruir a su propia gente, sino encontrar justicia para la paz y la tranquilidad de las víctimas y sus familiares.
A la pregunta del porqué es necesario un Juicio a los Jemeres Rojos, el artista argumenta que a pesar de los indultos y otros procesos que intentaban sanear la historia del país, hasta el presente muy pocos han hablado de un reconocimiento de culpa y una solicitud de perdón al pueblo camboyano.
The Killing Fields es una película de 1984 dirigida por Roland Joffé basada en las experiencias de tres periodistas durante el régimen de los Jemeres Rojos de Camboya.
Escasos largometrajes pueden ofrecer la fuerza que tienen todos sus minutos, una suma intensa de música, actuación y fotografías perfectas en movimiento.
En varias ocasiones el cuerpo experimenta el sudor frío de los personajes de la obra, en una historia tan real como las lágrimas de rabia y alegría que, durante su visualización, pueden asomarse en algunos ojos.
La secuencia de la evacuación es un regalo para cualquier amante del buen cine.
Nominada a 7 premios de la Academia, incluyendo Mejor Película, ganó tres Oscar (Mejor Actor de Reparto, Edición y Cinematografía) y está protagonizada por Sam Waterston, Haing S. Ngor y John Malkovich que se supuso como su primera película conocida de este carismático actor.
Lo más conseguido de The Killing Fields, es sin duda la elogiadísima interpretación de Haing S. Ngor, el primer actor no profesional que se hacía con un Oscar desde 1946.
A mi juicio, debió haber ganado el Oscar a Mejor Actor Protagónico, ya que la carga de la película residió sobre sus hombros, pero uno ya sabe el rumbo político de las nominaciones, una verdadera lástima.
Los hechos relatados en The Killing Fields están basados en el reportaje The Death and Life of Dith Pran: A Story of Cambodia, publicado en el New York, por Times Magazine el 20 de enero de 1980.
El artículo, narrado en primera persona, lo escribe el corresponsal estadounidense Sydney 'Syd' Schanberg cuando en Camboya conoce al reportero local Dith Pran, con el que establece una relación en principio profesional como guía e intérprete, y que con los años se torna en verdadera amistad.
El periodista se encarga de narrar la amistad que crea con su traductor camboyano, su trabajo en condiciones límite, y la desaparición de Dith Pran cuando es entregado a los Jemeres Rojos.
A partir de esta premisa, Roland Joffé habla sobre el trabajo de periodista de guerra y critica la actitud de muchos que encuentran en el conflicto una oportunidad para la aventura y las vacaciones.
Por ejemplo, los compañeros que trabajan empotrados como periodistas oficiales en las unidades del ejército norteamericano, que no son capaces de ver o denunciar la brutalidad de su Gobierno.
Así, los dos personajes protagonistas -Sydney (Sam Waterston) y Dith (Haing S. Ngor)- ponen todos los medios para sacar a la luz sus propias historias de los olvidados, los civiles.
En esta primera parte de la película, el director intenta construir una amistad entre los dos personajes protagonistas, pero no acierta a la hora de crear las escenas propicias.
Se puede afirmar que Roland Joffé no sabe mostrar qué hay detrás de dos amigos, o qué los convierte en ello.
El único avance en esa línea de la historia que pretende mostrar la unión de Sydney y Dith se refiere a la actitud del primero con el segundo: al principio, el corresponsal del New York Times es prepotente, y trata al traductor como un simple subordinado; después, entiende que el trabajo que los dos están realizando es periodístico, los dos firman las crónicas desde Phnom Penh (capital de Camboya).
Pero el guión de este apartado es una concatenación de sucesos relacionados con la guerra: un secuestro, un atentado terrorista.
Incluso en un punto de la película, para demostrar que hay una amistad fuerte entre Sydney y Dith, el camboyano reconoce el cariño que el norteamericano siente por su familia.
Es una representación a través de la palabra y no de la acción, es poco creíble, por tanto y quizá se deba a un recorte en la edición, pero no ayuda a creerse la historia.
La segunda parte del metraje narra la esclavitud que sufre Dith Pran cuando es capturado por los Jemeres Rojos, es un relato verídico y útil que sirve al espectador para conocer cómo un estado intenta reprogramar a sus ciudadanos desobedientes y establecer el "año cero".
En este apartado, el director tiene más acierto a la hora de contar, y equilibra la película para conseguir un todo muy bueno que supo pelear en los Oscar por tres estatuillas frente a la omnipresencia de Amadeus.
Dith Pran acuñó la expresión "campos de la muerte" (Killing Fields) para referirse a los grupos de cadáveres y osamentas de las víctimas que encontró durante su huida de más de 40 millas.
Sus tres hermanos, su padre y unos cincuenta familiares directos murieron en Camboya.
Tras alcanzar su libertad, Dith Pran se hizo fotógrafo para The New York Times y preside una fundación que tiene por objeto que el genocidio camboyano no caiga en el olvido.
Precisamente, Drith Pran fue interpretado por un actor no profesional, Haing S. Ngor, que sabía muy bien lo que era sobrevivir a los campos de exterminio de los Jemeres Rojos.
Su papel se torna en un iniciático viaje al inframundo lleno de incertidumbre, en su papel Ngor despierta en los espectadores una entrañable esperanza de superación ante la adversidad.
Y uno se pregunta:
El maestro dice en el documental fílmico del director Rithy Panh que no se trata de prolongar el odio contra aquellos que fueron capaces de destruir a su propia gente, sino encontrar justicia para la paz y la tranquilidad de las víctimas y sus familiares.
A la pregunta del porqué es necesario un Juicio a los Jemeres Rojos, el artista argumenta que a pesar de los indultos y otros procesos que intentaban sanear la historia del país, hasta el presente muy pocos han hablado de un reconocimiento de culpa y una solicitud de perdón al pueblo camboyano.
The Killing Fields es una película de 1984 dirigida por Roland Joffé basada en las experiencias de tres periodistas durante el régimen de los Jemeres Rojos de Camboya.
Escasos largometrajes pueden ofrecer la fuerza que tienen todos sus minutos, una suma intensa de música, actuación y fotografías perfectas en movimiento.
En varias ocasiones el cuerpo experimenta el sudor frío de los personajes de la obra, en una historia tan real como las lágrimas de rabia y alegría que, durante su visualización, pueden asomarse en algunos ojos.
La secuencia de la evacuación es un regalo para cualquier amante del buen cine.
Nominada a 7 premios de la Academia, incluyendo Mejor Película, ganó tres Oscar (Mejor Actor de Reparto, Edición y Cinematografía) y está protagonizada por Sam Waterston, Haing S. Ngor y John Malkovich que se supuso como su primera película conocida de este carismático actor.
Lo más conseguido de The Killing Fields, es sin duda la elogiadísima interpretación de Haing S. Ngor, el primer actor no profesional que se hacía con un Oscar desde 1946.
A mi juicio, debió haber ganado el Oscar a Mejor Actor Protagónico, ya que la carga de la película residió sobre sus hombros, pero uno ya sabe el rumbo político de las nominaciones, una verdadera lástima.
Los hechos relatados en The Killing Fields están basados en el reportaje The Death and Life of Dith Pran: A Story of Cambodia, publicado en el New York, por Times Magazine el 20 de enero de 1980.
El artículo, narrado en primera persona, lo escribe el corresponsal estadounidense Sydney 'Syd' Schanberg cuando en Camboya conoce al reportero local Dith Pran, con el que establece una relación en principio profesional como guía e intérprete, y que con los años se torna en verdadera amistad.
El periodista se encarga de narrar la amistad que crea con su traductor camboyano, su trabajo en condiciones límite, y la desaparición de Dith Pran cuando es entregado a los Jemeres Rojos.
A partir de esta premisa, Roland Joffé habla sobre el trabajo de periodista de guerra y critica la actitud de muchos que encuentran en el conflicto una oportunidad para la aventura y las vacaciones.
Por ejemplo, los compañeros que trabajan empotrados como periodistas oficiales en las unidades del ejército norteamericano, que no son capaces de ver o denunciar la brutalidad de su Gobierno.
Así, los dos personajes protagonistas -Sydney (Sam Waterston) y Dith (Haing S. Ngor)- ponen todos los medios para sacar a la luz sus propias historias de los olvidados, los civiles.
En esta primera parte de la película, el director intenta construir una amistad entre los dos personajes protagonistas, pero no acierta a la hora de crear las escenas propicias.
Se puede afirmar que Roland Joffé no sabe mostrar qué hay detrás de dos amigos, o qué los convierte en ello.
El único avance en esa línea de la historia que pretende mostrar la unión de Sydney y Dith se refiere a la actitud del primero con el segundo: al principio, el corresponsal del New York Times es prepotente, y trata al traductor como un simple subordinado; después, entiende que el trabajo que los dos están realizando es periodístico, los dos firman las crónicas desde Phnom Penh (capital de Camboya).
Pero el guión de este apartado es una concatenación de sucesos relacionados con la guerra: un secuestro, un atentado terrorista.
Incluso en un punto de la película, para demostrar que hay una amistad fuerte entre Sydney y Dith, el camboyano reconoce el cariño que el norteamericano siente por su familia.
Es una representación a través de la palabra y no de la acción, es poco creíble, por tanto y quizá se deba a un recorte en la edición, pero no ayuda a creerse la historia.
La segunda parte del metraje narra la esclavitud que sufre Dith Pran cuando es capturado por los Jemeres Rojos, es un relato verídico y útil que sirve al espectador para conocer cómo un estado intenta reprogramar a sus ciudadanos desobedientes y establecer el "año cero".
En este apartado, el director tiene más acierto a la hora de contar, y equilibra la película para conseguir un todo muy bueno que supo pelear en los Oscar por tres estatuillas frente a la omnipresencia de Amadeus.
Dith Pran acuñó la expresión "campos de la muerte" (Killing Fields) para referirse a los grupos de cadáveres y osamentas de las víctimas que encontró durante su huida de más de 40 millas.
Sus tres hermanos, su padre y unos cincuenta familiares directos murieron en Camboya.
Tras alcanzar su libertad, Dith Pran se hizo fotógrafo para The New York Times y preside una fundación que tiene por objeto que el genocidio camboyano no caiga en el olvido.
Precisamente, Drith Pran fue interpretado por un actor no profesional, Haing S. Ngor, que sabía muy bien lo que era sobrevivir a los campos de exterminio de los Jemeres Rojos.
Su papel se torna en un iniciático viaje al inframundo lleno de incertidumbre, en su papel Ngor despierta en los espectadores una entrañable esperanza de superación ante la adversidad.
Y uno se pregunta:
¿cómo un actor novato, puede tener una interpretación tan magnífica en un papel de tal calibre?
Sin duda, porque en cierta medida interpreta su propia vida.
El actor Haing S. Ngor, que en la época de este conflicto era médico de profesión, fue como tantos otros camboyanos, evacuado de su ciudad y trasladado al campo.
Sin duda, porque en cierta medida interpreta su propia vida.
El actor Haing S. Ngor, que en la época de este conflicto era médico de profesión, fue como tantos otros camboyanos, evacuado de su ciudad y trasladado al campo.
Trabajó entonces durante cuatro años en condiciones de esclavitud, en los famosos campos de la muerte (The Killing Fields) de la nueva Kampuchea Democrática, de los cuales 1.700.000 camboyanos no salieron con vida.
Contempló aterrado cómo se prohíbe el dinero, la religión, la propiedad privada, las relaciones internacionales, e incluso la familia; por aquel entonces los niños acusaban de estos "delitos" a sus propios padres ante el partido Angka (La Organización), que proclamaba una vuelta a las ancestrales comunidades agropecuarias autosuficientes, y condena cualquier influencia occidental.
Ngor se vio obligado a ocultar su condición de médico, por lo que no pudo asistir a su mujer en un difícil parto prematuro, lo que a ella le costó la vida.
Nunca se volvió a casar.
A partir del declarado Año Cero de esta nueva Camboya, cualquier cosa que recordara a su pasado reciente se sancionaba con la pena capital: si hablabas francés estabas muerto, si tenías estudios superiores estabas muerto, si practicabas el budismo estabas muerto, incluso si llevabas gafas estabas muerto.
Tras su liberación, en 1980 Ngor llegó a Estados Unidos desde Tailandia, donde había sido médico en un campo de refugiados camboyanos al que él había llegado como uno más.
Ngor se vio obligado a ocultar su condición de médico, por lo que no pudo asistir a su mujer en un difícil parto prematuro, lo que a ella le costó la vida.
Nunca se volvió a casar.
A partir del declarado Año Cero de esta nueva Camboya, cualquier cosa que recordara a su pasado reciente se sancionaba con la pena capital: si hablabas francés estabas muerto, si tenías estudios superiores estabas muerto, si practicabas el budismo estabas muerto, incluso si llevabas gafas estabas muerto.
Tras su liberación, en 1980 Ngor llegó a Estados Unidos desde Tailandia, donde había sido médico en un campo de refugiados camboyanos al que él había llegado como uno más.
Realizó diversos trabajos de mera supervivencia y un día escuchó hablar sobre un casting (el de la película mencionada) que buscaba camboyanos para interpretarla.
Se apuntó sin mucha convicción, según dicen guiado por la promesa que en su día hizo a My-Huoy (su mujer) de contar al mundo el sufrimiento acaecido en su país, y finalmente fue elegido para el papel coprotagonista, que le valdría ganar (entre otros muchos premios) el Oscar al Mejor Actor Secundario en 1984, que dedicó a la memoria de su familia, asesinada en Camboya.
Ngor aprovechó su popularidad para ayudar a la gente de su país de origen con distintos proyectos humanitarios, aunque siempre fue un hombre rodeado de melancolía.
En una entrevista concedida a la CNN en 1993 confesó:
"Tengo una casa, tengo de todo, pero no tengo una familia... Puedes ser todo lo rico que quieras, pero no puedes comprar una familia feliz".
Ahora viene la parte triste de la historia, el 25 de Febrero de 1996, Haing S. Ngor falleció después de haber sido tiroteado en el garaje de su casa en Los Ángeles.
Ngor aprovechó su popularidad para ayudar a la gente de su país de origen con distintos proyectos humanitarios, aunque siempre fue un hombre rodeado de melancolía.
En una entrevista concedida a la CNN en 1993 confesó:
"Tengo una casa, tengo de todo, pero no tengo una familia... Puedes ser todo lo rico que quieras, pero no puedes comprar una familia feliz".
Ahora viene la parte triste de la historia, el 25 de Febrero de 1996, Haing S. Ngor falleció después de haber sido tiroteado en el garaje de su casa en Los Ángeles.
Al parecer, los miembros de una banda callejera le abordaron y le pidieron el colgante que llevaba.
Al negarse a darlo, fue abatido a tiros.
El colgante albergaba su tesoro más valioso, una fotografía de su mujer, My-Huoy.
Al negarse a darlo, fue abatido a tiros.
El colgante albergaba su tesoro más valioso, una fotografía de su mujer, My-Huoy.
Al final los tres pandilleros fueron encontrados culpables del asesinato.
Un triste final sin duda para un superviviente de un campo de exterminio.
Quizás debamos recordarle, con su eterna sonrisa, recogiendo su Oscar, con las gafas puestas, y pensar en las palabras que dijo a la prensa entonces:
"Si muero a partir de ahora no me importa, esta película durará para siempre".
Dith Pran a quien Ngor había interpretado en The Killing Fields, dijo sobre la muerte del actor:
"Él es como un gemelo conmigo...
Un triste final sin duda para un superviviente de un campo de exterminio.
Quizás debamos recordarle, con su eterna sonrisa, recogiendo su Oscar, con las gafas puestas, y pensar en las palabras que dijo a la prensa entonces:
"Si muero a partir de ahora no me importa, esta película durará para siempre".
Dith Pran a quien Ngor había interpretado en The Killing Fields, dijo sobre la muerte del actor:
"Él es como un gemelo conmigo...
Él es como un co-mensajero y ahora estoy solo"
Pran falleció el 30 de marzo de 2008, tras ser diagnosticado, cuatro meses antes, de cáncer de páncreas.
Sin lugar a dudas, estamos ante una película fundamental para entender el cine de los años 80.
La explosión visual y también emocional que supone esta película la hace difícil de olvidar, y su increíble parecido con la también estupenda " The Year of Living Dangerously " (1982, Peter Weir) no hace sino engrandecerla, ya que a diferencia de la última, The Killing Fields está evidentemente basada en hechos reales.
Esta es una película que nos habla de los desastres de la guerra, con especial énfasis en la vertiente humana y personal, resaltando algunas facetas como la soledad, la impotencia, y sobre todo la amistad.
Denuncia los horrores de este conflicto, como una llamada de atención y toma de conciencia, que dan testimonio del drama del ser humano forzado a recorrer el filo entre la vida y la muerte.
Lo realmente impresionante de esta película es lo aséptico de los acontecimientos, no necesita recurrir a facilones recursos melodramáticos, ni recrearse mórbidamente ante los estertores del que agoniza, no precisa de sobreactuaciones desenfrenadas, los hechos en sí son mucho más terribles que todo eso...
Camboya es hoy uno de los países del mundo con más minas antipersona enterradas en su territorio, en este aspecto, uno de los países más peligrosos del mundo, y cada cierto tiempo se producen nuevos heridos con nuevas explosiones de minas olvidadas y no detectadas.
Los viajeros conscientes se cuidan mucho de salirse de los senderos trillados cuando se internan por los campos o junglas.
Algo parecido sucede en los vecinos Laos y Vietnam.
Es impresionante el gran número de camboyanos discapacitados, tullidos, lisiados o invidentes que puede verse por las calles de las ciudades y pueblos de Camboya, con piernas o brazos amputados, o cicatrices de metralla en el rostro.
Muchas de las víctimas de las minas se ganan hoy la vida interpretando piezas musicales en solitario o en pequeñas orquestas de música tradicional jemer.
El Tratado de Ottawa, que entró en vigor el 1 marzo 1999, aboga por la prohibición a nivel mundial de las minas terrestres.
Los países firmantes se comprometieron a no utilizar, fabricar o comercializar minas antipersona.
El tratado fue ratificado originalmente por 122 países, a los que posteriormente se fueron añadiendo más, hasta llegar a 152.
De los 42 países que no han firmado, los más poderosos son China, India, Estados Unidos y Rusia.
Actualmente, 15 países siguen fabricando minas: Birmania, China, Corea del Norte, Corea del Sur, Cuba, Egipto, Estados Unidos, India, Irán, Irak, Nepal, Pakistán, Rusia, Singapur y Vietnam.
Es una historia que sin duda merecía ser contada.
Si es que aún no la habéis visto, espero al menos que conozcáis estas palabras:
“Imagine all the people
Sharing all the world...
You may say I'm a dreamer
But I'm not the only one
I hope someday you'll join us
And the world will live as one”.
(John Lennon)
El silencio queda después de verla… PAZ!
Sin lugar a dudas, estamos ante una película fundamental para entender el cine de los años 80.
La explosión visual y también emocional que supone esta película la hace difícil de olvidar, y su increíble parecido con la también estupenda " The Year of Living Dangerously " (1982, Peter Weir) no hace sino engrandecerla, ya que a diferencia de la última, The Killing Fields está evidentemente basada en hechos reales.
Esta es una película que nos habla de los desastres de la guerra, con especial énfasis en la vertiente humana y personal, resaltando algunas facetas como la soledad, la impotencia, y sobre todo la amistad.
Denuncia los horrores de este conflicto, como una llamada de atención y toma de conciencia, que dan testimonio del drama del ser humano forzado a recorrer el filo entre la vida y la muerte.
Lo realmente impresionante de esta película es lo aséptico de los acontecimientos, no necesita recurrir a facilones recursos melodramáticos, ni recrearse mórbidamente ante los estertores del que agoniza, no precisa de sobreactuaciones desenfrenadas, los hechos en sí son mucho más terribles que todo eso...
Camboya es hoy uno de los países del mundo con más minas antipersona enterradas en su territorio, en este aspecto, uno de los países más peligrosos del mundo, y cada cierto tiempo se producen nuevos heridos con nuevas explosiones de minas olvidadas y no detectadas.
Los viajeros conscientes se cuidan mucho de salirse de los senderos trillados cuando se internan por los campos o junglas.
Algo parecido sucede en los vecinos Laos y Vietnam.
Es impresionante el gran número de camboyanos discapacitados, tullidos, lisiados o invidentes que puede verse por las calles de las ciudades y pueblos de Camboya, con piernas o brazos amputados, o cicatrices de metralla en el rostro.
Muchas de las víctimas de las minas se ganan hoy la vida interpretando piezas musicales en solitario o en pequeñas orquestas de música tradicional jemer.
El Tratado de Ottawa, que entró en vigor el 1 marzo 1999, aboga por la prohibición a nivel mundial de las minas terrestres.
Los países firmantes se comprometieron a no utilizar, fabricar o comercializar minas antipersona.
El tratado fue ratificado originalmente por 122 países, a los que posteriormente se fueron añadiendo más, hasta llegar a 152.
De los 42 países que no han firmado, los más poderosos son China, India, Estados Unidos y Rusia.
Actualmente, 15 países siguen fabricando minas: Birmania, China, Corea del Norte, Corea del Sur, Cuba, Egipto, Estados Unidos, India, Irán, Irak, Nepal, Pakistán, Rusia, Singapur y Vietnam.
Es una historia que sin duda merecía ser contada.
Si es que aún no la habéis visto, espero al menos que conozcáis estas palabras:
“Imagine all the people
Sharing all the world...
You may say I'm a dreamer
But I'm not the only one
I hope someday you'll join us
And the world will live as one”.
(John Lennon)
El silencio queda después de verla… PAZ!



Comentarios
Publicar un comentario