The Piano
“El valor de la tecla de un piano…
Hay que escuchar las notas que no se tocan”.
El sonido entra por los ojos, lo mismo que las imágenes se me atragantan, llueve sobre el mar, todo se empapa, yo no lloro, es peor la sensación, es angustia lo que queda.
Es el viaje de una mujer, joven, muda y pianista, con su pizpireta hija, que actúa como perpetua traductora de sus signos, a Nueva Zelanda desde Gran Bretaña para contraer un matrimonio de conveniencia, asi inicia la historia de una mujer con una vida interior tan profunda, que las palabras no son necesarias.
La película, de tintes verde muerto, y de una profunda melancolía, consigue a base de unas actuaciones irrepetibles, y de una historia llena de dolor y melodía, llegar a cambiar la vida de quién la ve, rellenando ciertos espacios interiores de excelente sensorialidad.
The Piano cuenta la historia de una mujer escocesa, Ada McGrath (Holly Hunter), cuyo padre la vende en matrimonio a un hombre, Alistair Stewart (Sam Neill), y es enviada junto con su joven hija Flora (Anna Paquin) y su piano a vivir con él a Nueva Zelanda.
Ada no ha dicho una palabra desde hace años, sustituyendo su voz por la música del piano, mientras que su hija le sirve de traductora en su comunicación a través del lenguaje de signos.
Ada y Flora llegan a Nueva Zelanda, siendo abandonadas junto con sus pertenencias por la tripulación del barco en el que han llegado desde Escocia.
Su nuevo marido obliga a Ada a abandonar el piano en la playa, siendo luego vendido a George Baines (Harvey Keitel), vecino de Stewart y entusiasta de la música de piano, quien al principio le pide a Ada que le dé clases de piano, pidiéndole seguidamente hacer un trato de que ella podrá tocar el piano mientras que el la pueda tocar.
A partir de aquí, empieza una relación entre Ada y George, que marcará el devenir de la historia.
La película está muy bien lograda, la ambientación de época, una conseguida música de Michael Nyman, un adecuado vestuario, unas prolijas actuaciones irán dejando como resultado una aceptable película para reflexión y análisis de una situación de vida determinada por las pasiones y por las expresión de ideas a través del piano.
El mismo constituye desde el primer momento la causa de las demás subtramas que hay dentro del filme, y es el protagonista y testigo fiel de la realidad que se va gestando.
Una imagen que encuadra un piano, protegido con más madera, en una playa desierta, vacía, austera…
Un sonido, que te indica que las leyes de la física poco importan, la humedad no va a estropear el momento, ese será el bello recuerdo.
Una mujer que en vez de palabras tiene carácter y dedos.
Una niña libre, que habla por todos, la incomprensión de la inocencia y la crueldad de la sinceridad, y sobre todo amor por su madre.
Un hombre sin futuro, sin control, queriendo ser ambicioso sin conocer el significado de la palabra.
Unos ojos furtivos, unidos a un hombre solo, la soledad no implica no saber apreciar lo espectacular que se presenta frente a esos ojos.
Es todo sucio, cruel, vulgar, pasional, es todo triste y gris.
Nunca algo tan verde me pareció tan gris, perdí la noción del color cuando sonaron las primeras notas, los matices se disolvieron, mis defensas bajaron la guardia y ya no supe distinguir la belleza.
The Piano es una película de 1993 sobre una pianista muda y su hija, ambientada en un lugar apartado de Nueva Zelanda durante la mitad del siglo XIX.
La película fue escrita y dirigida por Jane Campion, y protagonizada por Holly Hunter, Harvey Keitel, Sam Neill, Anna Paquin y un piano Broadwood.
La banda sonora de la película fue interpretada por Michael Nyman y se convirtió en un éxito de ventas.
Curiosamente, Hunter tocó las canciones en sus escenas, y también dio clases de piano a Paquin.
La película ganó la Palma de Oro del Festival Internacional de Cine de Cannes en 1993 y Holly Hunter a la mejor actriz.
En la 66ª entrega de los Premios Oscar contaba con 8 candidaturas, de las cuáles finalmente ganó 3: Mejor actriz (Holly Hunter), Mejor actriz de reparto (Anna Paquin) y Mejor guión original, y fue candidata en las categorías de Mejor fotografía, Mejor diseño de vestuario, Mejor director, Mejor montaje y Mejor película.
Un guión complejo pero salvado es digno de mención.
La dificultad de hacer del personaje principal un personaje sin voz es paliada con un lenguaje gestual y una comunicación no verbal lo suficiente expresiva para crear una protagonista con personalidad, vida y voz propia.
Holly Hunter y Michael Nyman, hacen de esta película algo muy complicado de expresar con palabras.
Cabe resaltar la fragilidad mostrada por la actriz en las escenas donde toca el piano, así como la estudiada y estática gestualidad para interpretar al personaje.
Ella toca el piano de una forma tan bella, sintiéndolo tanto, que es como si hablara a través de él.
Me encanta el halo de misterio que la rodea.
Nunca pensé que una persona pudiera expresar tanto sin hablar, solo hace falta mirarla a los ojos para saber lo que piensa.
Holly encarna en su sublime actuación, de manera perfecta la música de Michael, y él le aporta la magia al corazón de Holly.
Hay una interacción tan perfecta de almas y música, que emociona, sobre todo a los amantes del piano y para aquellas personas que realmente disfrutan la música, tal vez para otras personas este detalle pase tristemente desapercibido.
Sam Neill está espectacular.
He de confesar, que en ningún momento he llegado a ver a su personaje como un villano.
De hecho, la bondad que éste hombre contiene, se demuestra en el mismo momento, en el que asume, que cuando amas algo, dejarlo libre es el mejor regalo.
Para muchos sólo Stewart simboliza la cultura dominante; para mí ambos (Stewart y Baine) son símbolos de la cultura patriarcal: uno le corta un dedo, el otro le hace añicos sus defensas, usando el amor romántico o el mal amor.
The Piano es una película de época, con una historia que combina el toque justo de sensualidad, indecencia, pasión hasta llegar al amor, infidelidad, matrimonio concertado a ciegas y de celos hasta llegar a la desesperación.
Partamos del concepto que se quiere transmitir, la idea es ver y reflexionar sobre las diversas interacciones que hay entre un matrimonio y un tercero en discordia.
No todo se plantea en forma simple, sino que cada personaje tiene sus peculiaridades bien identificadas.
Por un lado tenemos a la introvertida Ada, quien es muda y sabe tocar el piano.
Un personaje llevado adelante por en forma magistral por Holly Hunter.
Ada posee un pasado triste y su forma de conectarse con el mundo es su pequeña hija Flora.
A través de ella canaliza hacia el exterior sus amarguras y alegrías.
Además está decir que la interpretación es notable, muy convincente y llena de entrega por parte de la actriz.
Tenemos a un Sam Neill interpretando a un granjero próspero que la espera impaciente para casarse, en él puede vivirse el amor apasionado y correcto para con su esposa, lo cual no garantiza que el matrimonio marche viento en popa.
Preocupado por el trabajo, le deja muchos espacios a su esposa para que se relacione con un lugareño con quien ella hará una alianza muy particular e indecente: dejarse manosear a cambio de ir poco a poco recuperando su tan amado piano.
Aquí la película entra en un círculo de pasiones que va dando lugar a un posible verdadero amor, lo cual irá provocando ira por la otra parte interesada.
Dentro de un laberinto de pasiones y celos, una historia de amor fuerte pero de dudosa sinceridad, se irán sucediendo las situaciones para que todo acabe en un conflicto donde será muy difícil que haya ganadores.
En el film vemos algunos planos de detalle muy particulares, como abanicos en primerísimo primer plano, tazas de té, y paisajes muy estéticos, no exclusivos de la mirada femenina, aunque algunos lo podrían ver así; la mujer, carente de ser-mirada-idad, es extremadamente fría, y no se llega a ella a través de los sentidos, ni de los impulsos escópicos, sino de un arma espiritual: su virtuosismo con el piano, instrumento a través del cual se comunica con los demás desde pequeña, en lo que ha puesto su más férrea voluntad y el más duro control sobre sí misma.
Si el personaje femenino está condenado a la inmovilidad, la impotencia y la espera, y la mejor vía para reincorporarse al establishment es el amor, nadie puede negar que esto es precisamente lo que ocurre en la película.
Como efectos de distanciamiento sentimental la realizadora usa el vestido y el peinado, que son como un muro, una pantalla, entre su personaje femenino y el placer de la mirada.
Su indumentaria es como una coraza rígida que impide todo tipo de acercamiento físico y deseo sexual, incluso sirve de refugio en la playa para las dos mujeres, ella y su hija; el peinado, un tejido complicado de moños y trenzas acoplados a su cara, a los que se sobre impone un sombrero contribuyen a ese efecto de extrañamiento y repliegue sobre sí misma; no precisa máscara porque su cara, repetidamente en primer plano, es absolutamente impenetrable; este hieratismo sumerge al marido en un mal sueño, del que quiere despertar, desconcertado ante una mujer tan extraña y tan fuerte.
Constantemente se mira al espejo, pero su imagen reflejada refuerza la misma frialdad y alejamiento que su gesto habitual, profundamente impenetrable.
Siempre acompañada de su hija, que le sirve de puente con los demás; ambas son mujeres perversas, nada sumisas, pero a la vez negociables y contradictorias, como se verá al trascurrir el film.
Y el final es poesía pura.
La escena en la que el marido de Ada se cobra su precio por las infidelidades de ésta, y el desplome en el barro, de no sólo un cuerpo, si no del peso de todo el universo arrinconado bajo las faldas abullonadas de ésta mujer mística, constituye, bajo mi juicio, una de las escenas más tristes de toda la historia del cine.
“There is a silence where hath been no sound.
There is a silence where no sound may be.
In the cold grave, under the deep, deep sea.”
Thomas Hood.
Hay que escuchar las notas que no se tocan”.
El sonido entra por los ojos, lo mismo que las imágenes se me atragantan, llueve sobre el mar, todo se empapa, yo no lloro, es peor la sensación, es angustia lo que queda.
Es el viaje de una mujer, joven, muda y pianista, con su pizpireta hija, que actúa como perpetua traductora de sus signos, a Nueva Zelanda desde Gran Bretaña para contraer un matrimonio de conveniencia, asi inicia la historia de una mujer con una vida interior tan profunda, que las palabras no son necesarias.
La película, de tintes verde muerto, y de una profunda melancolía, consigue a base de unas actuaciones irrepetibles, y de una historia llena de dolor y melodía, llegar a cambiar la vida de quién la ve, rellenando ciertos espacios interiores de excelente sensorialidad.
The Piano cuenta la historia de una mujer escocesa, Ada McGrath (Holly Hunter), cuyo padre la vende en matrimonio a un hombre, Alistair Stewart (Sam Neill), y es enviada junto con su joven hija Flora (Anna Paquin) y su piano a vivir con él a Nueva Zelanda.
Ada no ha dicho una palabra desde hace años, sustituyendo su voz por la música del piano, mientras que su hija le sirve de traductora en su comunicación a través del lenguaje de signos.
Ada y Flora llegan a Nueva Zelanda, siendo abandonadas junto con sus pertenencias por la tripulación del barco en el que han llegado desde Escocia.
Su nuevo marido obliga a Ada a abandonar el piano en la playa, siendo luego vendido a George Baines (Harvey Keitel), vecino de Stewart y entusiasta de la música de piano, quien al principio le pide a Ada que le dé clases de piano, pidiéndole seguidamente hacer un trato de que ella podrá tocar el piano mientras que el la pueda tocar.
A partir de aquí, empieza una relación entre Ada y George, que marcará el devenir de la historia.
La película está muy bien lograda, la ambientación de época, una conseguida música de Michael Nyman, un adecuado vestuario, unas prolijas actuaciones irán dejando como resultado una aceptable película para reflexión y análisis de una situación de vida determinada por las pasiones y por las expresión de ideas a través del piano.
El mismo constituye desde el primer momento la causa de las demás subtramas que hay dentro del filme, y es el protagonista y testigo fiel de la realidad que se va gestando.
Una imagen que encuadra un piano, protegido con más madera, en una playa desierta, vacía, austera…
Un sonido, que te indica que las leyes de la física poco importan, la humedad no va a estropear el momento, ese será el bello recuerdo.
Una mujer que en vez de palabras tiene carácter y dedos.
Una niña libre, que habla por todos, la incomprensión de la inocencia y la crueldad de la sinceridad, y sobre todo amor por su madre.
Un hombre sin futuro, sin control, queriendo ser ambicioso sin conocer el significado de la palabra.
Unos ojos furtivos, unidos a un hombre solo, la soledad no implica no saber apreciar lo espectacular que se presenta frente a esos ojos.
Es todo sucio, cruel, vulgar, pasional, es todo triste y gris.
Nunca algo tan verde me pareció tan gris, perdí la noción del color cuando sonaron las primeras notas, los matices se disolvieron, mis defensas bajaron la guardia y ya no supe distinguir la belleza.
The Piano es una película de 1993 sobre una pianista muda y su hija, ambientada en un lugar apartado de Nueva Zelanda durante la mitad del siglo XIX.
La película fue escrita y dirigida por Jane Campion, y protagonizada por Holly Hunter, Harvey Keitel, Sam Neill, Anna Paquin y un piano Broadwood.
La banda sonora de la película fue interpretada por Michael Nyman y se convirtió en un éxito de ventas.
Curiosamente, Hunter tocó las canciones en sus escenas, y también dio clases de piano a Paquin.
La película ganó la Palma de Oro del Festival Internacional de Cine de Cannes en 1993 y Holly Hunter a la mejor actriz.
En la 66ª entrega de los Premios Oscar contaba con 8 candidaturas, de las cuáles finalmente ganó 3: Mejor actriz (Holly Hunter), Mejor actriz de reparto (Anna Paquin) y Mejor guión original, y fue candidata en las categorías de Mejor fotografía, Mejor diseño de vestuario, Mejor director, Mejor montaje y Mejor película.
Un guión complejo pero salvado es digno de mención.
La dificultad de hacer del personaje principal un personaje sin voz es paliada con un lenguaje gestual y una comunicación no verbal lo suficiente expresiva para crear una protagonista con personalidad, vida y voz propia.
Holly Hunter y Michael Nyman, hacen de esta película algo muy complicado de expresar con palabras.
Cabe resaltar la fragilidad mostrada por la actriz en las escenas donde toca el piano, así como la estudiada y estática gestualidad para interpretar al personaje.
Ella toca el piano de una forma tan bella, sintiéndolo tanto, que es como si hablara a través de él.
Me encanta el halo de misterio que la rodea.
Nunca pensé que una persona pudiera expresar tanto sin hablar, solo hace falta mirarla a los ojos para saber lo que piensa.
Holly encarna en su sublime actuación, de manera perfecta la música de Michael, y él le aporta la magia al corazón de Holly.
Hay una interacción tan perfecta de almas y música, que emociona, sobre todo a los amantes del piano y para aquellas personas que realmente disfrutan la música, tal vez para otras personas este detalle pase tristemente desapercibido.
Sam Neill está espectacular.
He de confesar, que en ningún momento he llegado a ver a su personaje como un villano.
De hecho, la bondad que éste hombre contiene, se demuestra en el mismo momento, en el que asume, que cuando amas algo, dejarlo libre es el mejor regalo.
Para muchos sólo Stewart simboliza la cultura dominante; para mí ambos (Stewart y Baine) son símbolos de la cultura patriarcal: uno le corta un dedo, el otro le hace añicos sus defensas, usando el amor romántico o el mal amor.
The Piano es una película de época, con una historia que combina el toque justo de sensualidad, indecencia, pasión hasta llegar al amor, infidelidad, matrimonio concertado a ciegas y de celos hasta llegar a la desesperación.
Partamos del concepto que se quiere transmitir, la idea es ver y reflexionar sobre las diversas interacciones que hay entre un matrimonio y un tercero en discordia.
No todo se plantea en forma simple, sino que cada personaje tiene sus peculiaridades bien identificadas.
Por un lado tenemos a la introvertida Ada, quien es muda y sabe tocar el piano.
Un personaje llevado adelante por en forma magistral por Holly Hunter.
Ada posee un pasado triste y su forma de conectarse con el mundo es su pequeña hija Flora.
A través de ella canaliza hacia el exterior sus amarguras y alegrías.
Además está decir que la interpretación es notable, muy convincente y llena de entrega por parte de la actriz.
Tenemos a un Sam Neill interpretando a un granjero próspero que la espera impaciente para casarse, en él puede vivirse el amor apasionado y correcto para con su esposa, lo cual no garantiza que el matrimonio marche viento en popa.
Preocupado por el trabajo, le deja muchos espacios a su esposa para que se relacione con un lugareño con quien ella hará una alianza muy particular e indecente: dejarse manosear a cambio de ir poco a poco recuperando su tan amado piano.
Aquí la película entra en un círculo de pasiones que va dando lugar a un posible verdadero amor, lo cual irá provocando ira por la otra parte interesada.
Dentro de un laberinto de pasiones y celos, una historia de amor fuerte pero de dudosa sinceridad, se irán sucediendo las situaciones para que todo acabe en un conflicto donde será muy difícil que haya ganadores.
En el film vemos algunos planos de detalle muy particulares, como abanicos en primerísimo primer plano, tazas de té, y paisajes muy estéticos, no exclusivos de la mirada femenina, aunque algunos lo podrían ver así; la mujer, carente de ser-mirada-idad, es extremadamente fría, y no se llega a ella a través de los sentidos, ni de los impulsos escópicos, sino de un arma espiritual: su virtuosismo con el piano, instrumento a través del cual se comunica con los demás desde pequeña, en lo que ha puesto su más férrea voluntad y el más duro control sobre sí misma.
Si el personaje femenino está condenado a la inmovilidad, la impotencia y la espera, y la mejor vía para reincorporarse al establishment es el amor, nadie puede negar que esto es precisamente lo que ocurre en la película.
Como efectos de distanciamiento sentimental la realizadora usa el vestido y el peinado, que son como un muro, una pantalla, entre su personaje femenino y el placer de la mirada.
Su indumentaria es como una coraza rígida que impide todo tipo de acercamiento físico y deseo sexual, incluso sirve de refugio en la playa para las dos mujeres, ella y su hija; el peinado, un tejido complicado de moños y trenzas acoplados a su cara, a los que se sobre impone un sombrero contribuyen a ese efecto de extrañamiento y repliegue sobre sí misma; no precisa máscara porque su cara, repetidamente en primer plano, es absolutamente impenetrable; este hieratismo sumerge al marido en un mal sueño, del que quiere despertar, desconcertado ante una mujer tan extraña y tan fuerte.
Constantemente se mira al espejo, pero su imagen reflejada refuerza la misma frialdad y alejamiento que su gesto habitual, profundamente impenetrable.
Siempre acompañada de su hija, que le sirve de puente con los demás; ambas son mujeres perversas, nada sumisas, pero a la vez negociables y contradictorias, como se verá al trascurrir el film.
Y el final es poesía pura.
La escena en la que el marido de Ada se cobra su precio por las infidelidades de ésta, y el desplome en el barro, de no sólo un cuerpo, si no del peso de todo el universo arrinconado bajo las faldas abullonadas de ésta mujer mística, constituye, bajo mi juicio, una de las escenas más tristes de toda la historia del cine.
“There is a silence where hath been no sound.
There is a silence where no sound may be.
In the cold grave, under the deep, deep sea.”
Thomas Hood.



Comentarios
Publicar un comentario